Capítulo XI: De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Fue recogido de los cabreros con buen ánimo; y, habiendo Sancho, lo mejorque pudo, acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor quedespedían de sí ciertos tasajos de cabra que hirviendo al fuego en uncaldero estaban; y, aunque él quisiera en aquel mesmo punto ver si estabanen sazón de trasladarlos del caldero al estómago, lo dejó de hacer, porquelos cabreros los quitaron del fuego, y, tendiendo por el suelo unas pielesde ovejas, aderezaron con mucha priesa su rústica mesa y convidaron a losdos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que tenían. Sentáronse a laredonda de las pieles seis dellos, que eran los que en la majada había,habiendo primero con groseras ceremonias rogado a don Quijote que sesentase sobre un dornajo que vuelto del revés le pusieron. Sentóse donQuijote, y quedábase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha decuerno. Viéndole en pie su amo, le dijo:

-Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería, ycuán a pique están los que en cualquiera ministerio della se ejercitan devenir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a milado y en compañía desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosaconmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas pordonde yo bebiere; porque de la caballería andante se puede decir lo mesmoque del amor se dice: que todas las cosas iguala.

-¡Gran merced! -dijo Sancho-; pero sé decir a vuestra merced que, como yotuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solascomo sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, muchomejor me sabe lo que como en mi rincón, sin melindres ni respetos, aunquesea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzosomascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser sime viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traenconsigo. Ansí que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darmepor ser ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendoescudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de máscómodo y provecho; que éstas, aunque las doy por bien recebidas, lasrenuncio para desde aquí al fin del mundo.

-Con todo eso, te has de sentar; porque a quien se humilla, Dios leensalza.

Y, asiéndole por el brazo, le forzó a que junto dél se sentase.

No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballerosandantes, y no hacían otra cosa que comer y callar, y mirar a sushuéspedes, que, con mucho donaire y gana, embaulaban tasajo como el puño.Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad debellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, más duro que sifuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porqueandaba a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vacío, como arcaduz denoria) que con facilidad vació un zaque de dos que estaban de manifiesto.Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño debellotas en la mano, y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantesrazones:

-Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieronnombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad dehierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatigaalguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dospalabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes;a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otrotrabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, queliberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Lasclaras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas ytransparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lohueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretasabejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosechade su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sinotro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, conque se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas,no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era pazentonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesadareja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestraprimera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes desu fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar alos hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples yhermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y encabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrirhonestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra;y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiroy la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojasverdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposasy compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinasinvenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decorabanlos concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo ymanera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras paraencarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con laverdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin quela osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tantoahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se habíasentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar,ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengodicho, por dondequiera, sola y señora, sin temor que la ajena desenvolturay lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto ypropria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no estásegura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el deCreta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de lamaldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar contodo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más lostiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballerosandantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a loshuérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, aquien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a miescudero; que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados afavorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin sabervosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con lavoluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.

Toda esta larga arenga -que se pudiera muy bien escusar- dijo nuestrocaballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria laedad dorada y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros,que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieronescuchando. Sancho, asimesmo, callaba y comía bellotas, y visitaba muy amenudo el segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenían colgadode un alcornoque.

Más tardó en hablar don Quijote que en acabarse la cena; al fin de la cual,uno de los cabreros dijo:

-Para que con más veras pueda vuestra merced decir, señor caballeroandante, que le agasajamos con prompta y buena voluntad, queremos darlesolaz y contento con hacer que cante un compañero nuestro que no tardarámucho en estar aquí; el cual es un zagal muy entendido y muy enamorado, yque, sobre todo, sabe leer y escrebir y es músico de un rabel, que no haymás que desear.

Apenas había el cabrero acabado de decir esto, cuando llegó a sus oídos elson del rabel, y de allí a poco llegó el que le tañía, que era un mozo dehasta veinte y dos años, de muy buena gracia. Preguntáronle sus compañerossi había cenado, y, respondiendo que sí, el que había hecho losofrecimientos le dijo:

-De esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco,porque vea este señor huésped que tenemos quien; también por los montes yselvas hay quien sepa de música. Hémosle dicho tus buenas habilidades, ydeseamos que las muestres y nos saques verdaderos; y así, te ruego por tuvida que te sientes y cantes el romance de tus amores que te compuso elbeneficiado tu tío, que en el pueblo ha parecido muy bien.

-Que me place -respondió el mozo.

Y, sin hacerse más de rogar, se sentó en el tronco de una desmochadaencina, y, templando su rabel, de allí a poco, con muy buena gracia,comenzó a cantar, diciendo desta manera:

Antonio

-Yo sé, Olalla, que me adoras,puesto que no me lo has dichoni aun con los ojos siquiera,mudas lenguas de amoríos.Porque sé que eres sabida,en que me quieres me afirmo;que nunca fue desdichadoamor que fue conocido.Bien es verdad que tal vez,Olalla, me has dado indicioque tienes de bronce el almay el blanco pecho de risco.Mas allá entre tus reprochesy honestísimos desvíos,tal vez la esperanza muestrala orilla de su vestido.Abalánzase al señuelomi fe, que nunca ha podido,ni menguar por no llamado,ni crecer por escogido.Si el amor es cortesía,de la que tienes colijoque el fin de mis esperanzasha de ser cual imagino.Y si son servicios partede hacer un pecho benigno,algunos de los que he hechofortalecen mi partido.Porque si has mirado en ello,más de una vez habrás vistoque me he vestido en los luneslo que me honraba el domingo.Como el amor y la galaandan un mesmo camino,en todo tiempo a tus ojosquise mostrarme polido.Dejo el bailar por tu causa,ni las músicas te pintoque has escuchado a deshorasy al canto del gallo primo.No cuento las alabanzasque de tu belleza he dicho;que, aunque verdaderas, hacenser yo de algunas malquisto.Teresa del Berrocal,yo alabándote, me dijo:''Tal piensa que adora a un ángel,y viene a adorar a un jimio;merced a los muchos dijesy a los cabellos postizos,y a hipócritas hermosuras,que engañan al Amor mismo''.Desmentíla y enojóse;volvió por ella su primo:desafióme, y ya sabeslo que yo hice y él hizo.No te quiero yo a montón,ni te pretendo y te sirvopor lo de barraganía;que más bueno es mi designio.Coyundas tiene la Iglesiaque son lazadas de sirgo;pon tú el cuello en la gamella;verás como pongo el mío.Donde no, desde aquí juro,por el santo más bendito,de no salir destas sierrassino para capuchino.

Con esto dio el cabrero fin a su canto; y, aunque don Quijote le rogó quealgo más cantase, no lo consintió Sancho Panza, porque estaba más paradormir que para oír canciones. Y ansí, dijo a su amo:-Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde ha de posar estanoche, que el trabajo que estos buenos hombres tienen todo el día nopermite que pasen las noches cantando.-Ya te entiendo, Sancho -le respondió don Quijote-; que bien se me trasluceque las visitas del zaque piden más recompensa de sueño que de música.-A todos nos sabe bien, bendito sea Dios -respondió Sancho.-No lo niego -replicó don Quijote-, pero acomódate tú donde quisieres, quelos de mi profesión mejor parecen velando que durmiendo. Pero, con todoesto, sería bien, Sancho, que me vuelvas a curar esta oreja, que me vadoliendo más de lo que es menester.Hizo Sancho lo que se le mandaba; y, viendo uno de los cabreros la herida,le dijo que no tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente sesanase. Y, tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allí había,las mascó y las mezcló con un poco de sal, y, aplicándoselas a la oreja, sela vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra medicina; y asífue la verdad.

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