Capítulo XII: De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


Índice Don Quijote de la Mancha

Capítulo anterior: De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros
Capítulo siguiente: Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos

Estando en esto, llegó otro mozo de los que les traían del aldea elbastimento, y dijo:-¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros?-¿Cómo lo podemos saber? -respondió uno dellos.-Pues sabed -prosiguió el mozo- que murió esta mañana aquel famoso pastorestudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores deaquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquéllaque se anda en hábito de pastora por esos andurriales.-Por Marcela dirás -dijo uno.-Por ésa digo -respondió el cabrero-. Y es lo bueno, que mandó en sutestamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea alpie de la peña donde está la fuente del alcornoque; porque, según es fama,y él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Ytambién mandó otras cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no sehan de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. Atodo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, quetambién se vistió de pastor con él, que se ha de cumplir todo, sin faltarnada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y sobre esto anda el puebloalborotado; mas, a lo que se dice, en fin se hará lo que Ambrosio y todoslos pastores sus amigos quieren; y mañana le vienen a enterrar con granpompa adonde tengo dicho. Y tengo para mí que ha de ser cosa muy de ver; alo menos, yo no dejaré de ir a verla, si supiese no volver mañana al lugar.-Todos haremos lo mesmo -respondieron los cabreros-; y echaremos suertes aquién ha de quedar a guardar las cabras de todos.-Bien dices, Pedro -dijo uno-; aunque no será menester usar de esadiligencia, que yo me quedaré por todos. Y no lo atribuyas a virtud y apoca curiosidad mía, sino a que no me deja andar el garrancho que el otrodía me pasó este pie.-Con todo eso, te lo agradecemos -respondió Pedro.Y don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquél y qué pastoraaquélla; a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto eraun hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, elcual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cualeshabía vuelto a su lugar, con opinión de muy sabio y muy leído.-«Principalmente, decían que sabía la ciencia de las estrellas, y de lo quepasan, allá en el cielo, el sol y la luna; porque puntualmente nos decía elcris del sol y de la luna.»-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminaresmayores -dijo don Quijote.Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su cuento diciendo:

-«Asimesmo adevinaba cuándo había de ser el año abundante o estil.»-Estéril queréis decir, amigo -dijo don Quijote.-Estéril o estil -respondió Pedro-, todo se sale allá. «Y digo que con estoque decía se hicieron su padre y sus amigos, que le daban crédito, muyricos, porque hacían lo que él les aconsejaba, diciéndoles: ''Sembrad esteaño cebada, no trigo; en éste podéis sembrar garbanzos y no cebada; el queviene será de guilla de aceite; los tres siguientes no se cogerá gota''.»-Esa ciencia se llama astrología -dijo don Quijote.-No sé yo cómo se llama -replicó Pedro-, mas sé que todo esto sabía, y aúnmás. «Finalmente, no pasaron muchos meses, después que vino de Salamanca,cuando un día remaneció vestido de pastor, con su cayado y pellico,habiéndose quitado los hábitos largos que como escolar traía; y juntamentese vistió con él de pastor otro su grande amigo, llamado Ambrosio, quehabía sido su compañero en los estudios. Olvidábaseme de decir comoGrisóstomo, el difunto, fue grande hombre de componer coplas; tanto, que élhacía los villancicos para la noche del Nacimiento del Señor, y los autospara el día de Dios, que los representaban los mozos de nuestro pueblo, ytodos decían que eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan deimproviso vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron admirados, yno podían adivinar la causa que les había movido a hacer aquella tanestraña mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nuestroGrisóstomo, y él quedó heredado en mucha cantidad de hacienda, ansí enmuebles como en raíces, y en no pequeña cantidad de ganado, mayor y menor,y en gran cantidad de dineros; de todo lo cual quedó el mozo señordesoluto, y en verdad que todo lo merecía, que era muy buen compañero ycaritativo y amigo de los buenos, y tenía una cara como una bendición.Después se vino a entender que el haberse mudado de traje no había sido porotra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella pastoraMarcela que nuestro zagal nombró denantes, de la cual se había enamorado elpobre difunto de Grisóstomo.» Y quiéroos decir agora, porque es bien que losepáis, quién es esta rapaza; quizá, y aun sin quizá, no habréis oídosemejante cosa en todos los días de vuestra vida, aunque viváis más añosque sarna.-Decid Sarra -replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de losvocablos del cabrero.-Harto vive la sarna -respondió Pedro-; y si es, señor, que me habéis deandar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un año.-Perdonad, amigo -dijo don Quijote-; que por haber tanta diferencia desarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive mássarna que Sarra; y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más ennada.-«Digo, pues, señor mío de mi alma -dijo el cabrero-, que en nuestra aldeahubo un labrador aún más rico que el padre de Grisóstomo, el cual sellamaba Guillermo, y al cual dio Dios, amén de las muchas y grandesriquezas, una hija, de cuyo parto murió su madre, que fue la más honradamujer que hubo en todos estos contornos. No parece sino que ahora la veo,con aquella cara que del un cabo tenía el sol y del otro la luna; y, sobretodo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar suánima a la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de lamuerte de tan buena mujer murió su marido Guillermo, dejando a su hijaMarcela, muchacha y rica, en poder de un tío suyo sacerdote y beneficiadoen nuestro lugar. Creció la niña con tanta belleza, que nos hacía acordarde la de su madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba quele había de pasar la de la hija. Y así fue, que, cuando llegó a edad decatorce a quince años, nadie la miraba que no bendecía a Dios, que tanhermosa la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella.Guardábala su tío con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, contodo esto, la fama de su mucha hermosura se estendió de manera que, así porella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo,sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores dellos, erarogado, solicitado e importunado su tío se la diese por mujer. Mas él, quea las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, así comola vía de edad, no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a laganancia y granjería que le ofrecía el tener la hacienda de la moza,dilatando su casamiento. Y a fe que se dijo esto en más de un corrillo enel pueblo, en alabanza del buen sacerdote.» Que quiero que sepa, señorandante, que en estos lugares cortos de todo se trata y de todo se murmura;y tened para vos, como yo tengo para mí, que debía de ser demasiadamentebueno el clérigo que obliga a sus feligreses a que digan bien dél,especialmente en las aldeas.-Así es la verdad -dijo don Quijote-, y proseguid adelante, que el cuentoes muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy buena gracia.-La del Señor no me falte, que es la que hace al caso. «Y en lo demássabréis que, aunque el tío proponía a la sobrina y le decía las calidadesde cada uno en particular, de los muchos que por mujer la pedían, rogándoleque se casase y escogiese a su gusto, jamás ella respondió otra cosa sinoque por entonces no quería casarse, y que, por ser tan muchacha, no sesentía hábil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba,al parecer justas escusas, dejaba el tío de importunarla, y esperaba a queentrase algo más en edad y ella supiese escoger compañía a su gusto. Porquedecía él, y decía muy bien, que no habían de dar los padres a sus hijosestado contra su voluntad. Pero hételo aquí, cuando no me cato, queremanece un día la melindrosa Marcela hecha pastora; y, sin ser parte sutío ni todos los del pueblo, que se lo desaconsejaban, dio en irse al campocon las demás zagalas del lugar, y dio en guardar su mesmo ganado. Y, asícomo ella salió en público y su hermosura se vio al descubierto, no ossabré buenamente decir cuántos ricos mancebos, hidalgos y labradores hantomado el traje de Grisóstomo y la andan requebrando por esos campos. Unode los cuales, como ya está dicho, fue nuestro difunto, del cual decían quela dejaba de querer, y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela sepuso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningúnrecogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga enmenoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia conque mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se haalabado, ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado alguna pequeñaesperanza de alcanzar su deseo. Que, puesto que no huye ni se esquiva de lacompañía y conversación de los pastores, y los trata cortés yamigablemente, en llegando a descubrirle su intención cualquiera dellos,aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sí comocon un trabuco. Y con esta manera de condición hace más daño en esta tierraque si por ella entrara la pestilencia; porque su afabilidad y hermosuraatrae los corazones de los que la tratan a servirla y a amarla, pero sudesdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse; y así, no sabenqué decirle, sino llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros títulosa éste semejantes, que bien la calidad de su condición manifiestan. Y siaquí estuviésedes, señor, algún día, veríades resonar estas sierras y estosvalles con los lamentos de los desengañados que la siguen. No está muylejos de aquí un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hayninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre deMarcela; y encima de alguna, una corona grabada en el mesmo árbol, como simás claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda lahermosura humana. Aquí sospira un pastor, allí se queja otro; acullá seoyen amorosas canciones, acá desesperadas endechas. Cuál hay que pasa todaslas horas de la noche sentado al pie de alguna encina o peñasco, y allí,sin plegar los llorosos ojos, embebecido y transportado en suspensamientos, le halló el sol a la mañana; y cuál hay que, sin dar vado nitregua a sus suspiros, en mitad del ardor de la más enfadosa siesta delverano, tendido sobre la ardiente arena, envía sus quejas al piadoso cielo.Y déste y de aquél, y de aquéllos y de éstos, libre y desenfadadamentetriunfa la hermosa Marcela; y todos los que la conocemos estamos esperandoen qué ha de parar su altivez y quién ha de ser el dichoso que ha de venira domeñar condición tan terrible y gozar de hermosura tan estremada.» Porser todo lo que he contado tan averiguada verdad, me doy a entender quetambién lo es la que nuestro zagal dijo que se decía de la causa de lamuerte de Grisóstomo. Y así, os aconsejo, señor, que no dejéis de hallarosmañana a su entierro, que será muy de ver, porque Grisóstomo tiene muchosamigos, y no está de este lugar a aquél donde manda enterrarse media legua.-En cuidado me lo tengo -dijo don Quijote-, y agradézcoos el gusto que mehabéis dado con la narración de tan sabroso cuento.-¡Oh! -replicó el cabrero-, aún no sé yo la mitad de los casos sucedidos alos amantes de Marcela, mas podría ser que mañana topásemos en el caminoalgún pastor que nos los dijese. Y, por ahora, bien será que os vais adormir debajo de techado, porque el sereno os podría dañar la herida,puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que temer decontrario acidente.Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó,por su parte, que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. Hízoloasí, y todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señoraDulcinea, a imitación de los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomodóentre Rocinante y su jumento, y durmió, no como enamorado desfavorecido,sino como hombre molido a coces.

Índice Don Quijote de la Mancha

Capítulo anterior: De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros
Capítulo siguiente: Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos