Capítulo XIII: Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XIII
Mas, apenas comenzó a descubrirse el día por los balcones del oriente,cuando los cinco de los seis cabreros se levantaron y fueron a despertar adon Quijote, y a decille si estaba todavía con propósito de ir a ver elfamoso entierro de Grisóstomo, y que ellos le harían compañía. Don Quijote,que otra cosa no deseaba, se levantó y mandó a Sancho que ensillase yenalbardase al momento, lo cual él hizo con mucha diligencia, y con lamesma se pusieron luego todos en camino. Y no hubieron andado un cuarto delegua, cuando, al cruzar de una senda, vieron venir hacia ellos hasta seispastores, vestidos con pellicos negros y coronadas las cabezas conguirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía cada uno un grueso bastón deacebo en la mano. Venían con ellos, asimesmo, dos gentiles hombres de acaballo, muy bien aderezados de camino, con otros tres mozos de a pie quelos acompañaban. En llegándose a juntar, se saludaron cortésmente, y,preguntándose los unos a los otros dónde iban, supieron que todos seencaminaban al lugar del entierro; y así, comenzaron a caminar todosjuntos.Uno de los de a caballo, hablando con su compañero, le dijo:-Paréceme, señor Vivaldo, que habemos de dar por bien empleada la tardanzaque hiciéremos en ver este famoso entierro, que no podrá dejar de serfamoso, según estos pastores nos han contado estrañezas, ansí del muertopastor como de la pastora homicida.-Así me lo parece a mí -respondió Vivaldo-; y no digo yo hacer tardanza deun día, pero de cuatro la hiciera a trueco de verle.Preguntóles don Quijote qué era lo que habían oído de Marcela y deGrisóstomo. El caminante dijo que aquella madrugada habían encontrado conaquellos pastores, y que, por haberles visto en aquel tan triste traje, leshabían preguntado la ocasión por que iban de aquella manera; que uno dellosse lo contó, contando la estrañeza y hermosura de una pastora llamadaMarcela, y los amores de muchos que la recuestaban, con la muerte de aquelGrisóstomo a cuyo entierro iban. Finalmente, él contó todo lo que Pedro adon Quijote había contado.Cesó esta plática y comenzóse otra, preguntando el que se llamaba Vivaldo adon Quijote qué era la ocasión que le movía a andar armado de aquellamanera por tierra tan pacífica. A lo cual respondió don Quijote:-La profesión de mi ejercicio no consiente ni permite que yo ande de otramanera. El buen paso, el regalo y el reposo, allá se inventó para losblandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas sólo seinventaron e hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes,de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos.Apenas le oyeron esto, cuando todos le tuvieron por loco; y, poraveriguarlo más y ver qué género de locura era el suyo, le tornó apreguntar Vivaldo que qué quería decir "caballeros andantes".-¿No han vuestras mercedes leído -respondió don Quijote- los anales ehistorias de Ingalaterra, donde se tratan las famosas fazañas del reyArturo, que continuamente en nuestro romance castellano llamamos el reyArtús, de quien es tradición antigua y común en todo aquel reino de la GranBretaña que este rey no murió, sino que, por arte de encantamento, seconvirtió en cuervo, y que, andando los tiempos, ha de volver a reinar y acobrar su reino y cetro; a cuya causa no se probará que desde aquel tiempoa éste haya ningún inglés muerto cuervo alguno? Pues en tiempo de este buenrey fue instituida aquella famosa orden de caballería de los caballeros dela Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los amores que allí secuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianeradellos y sabidora aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nacióaquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra España, de:
Nunca fuera caballerode damas tan bien servidocomo fuera Lanzarotecuando de Bretaña vino;
con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos.Pues desde entonces, de mano en mano, fue aquella orden de caballeríaestendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo; y enella fueron famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula,con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta generación, y el valerosoFelixmarte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco,y casi que en nuestros días vimos y comunicamos y oímos al invencible yvaleroso caballero don Belianís de Grecia. Esto, pues, señores, es sercaballero andante, y la que he dicho es la orden de su caballería; en lacual, como otra vez he dicho, yo, aunque pecador, he hecho profesión, y lomesmo que profesaron los caballeros referidos profeso yo. Y así, me voy porestas soledades y despoblados buscando las aventuras, con ánimo deliberadode ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa que la suerte medeparare, en ayuda de los flacos y menesterosos.Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes que eradon Quijote falto de juicio, y del género de locura que lo señoreaba, de locual recibieron la mesma admiración que recibían todos aquellos que denuevo venían en conocimiento della. Y Vivaldo, que era persona muy discretay de alegre condición, por pasar sin pesadumbre el poco camino que decíanque les faltaba, al llegar a la sierra del entierro, quiso darle ocasión aque pasase más adelante con sus disparates. Y así, le dijo:-Paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha profesado una delas más estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para mí que aunla de los frailes cartujos no es tan estrecha.-Tan estrecha bien podía ser -respondió nuestro don Quijote-, pero tannecesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda. Porque, siva a decir verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que sucapitán le manda que el mesmo capitán que se lo ordena. Quiero decir quelos religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de latierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellospiden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestrasespadas; no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blancode los insufribles rayos del sol en verano y de los erizados yelos delinvierno. Así que, somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quiense ejecuta en ella su justicia. Y, como las cosas de la guerra y las aellas tocantes y concernientes no se pueden poner en ejecución sinosudando, afanando y trabajando, síguese que aquellos que la profesantienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposoestán rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir,ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andantecomo el del encerrado religioso; sólo quiero inferir, por lo que yopadezco, que, sin duda, es más trabajoso y más aporreado, y más hambrientoy sediento, miserable, roto y piojoso; porque no hay duda sino que loscaballeros andantes pasados pasaron mucha malaventura en el discurso de suvida. Y si algunos subieron a ser emperadores por el valor de su brazo, afe que les costó buen porqué de su sangre y de su sudor; y que si a los quea tal grado subieron les faltaran encantadores y sabios que los ayudaran,que ellos quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engañados de susesperanzas.-De ese parecer estoy yo -replicó el caminante-; pero una cosa, entre otrasmuchas, me parece muy mal de los caballeros andantes, y es que, cuando seven en ocasión de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se veemanifiesto peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometellase acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado ahacer en peligros semejantes; antes, se encomiendan a sus damas, con tantagana y devoción como si ellas fueran su Dios: cosa que me parece que huelealgo a gentilidad.-Señor -respondió don Quijote-, eso no puede ser menos en ninguna manera, ycaería en mal caso el caballero andante que otra cosa hiciese; que ya estáen uso y costumbre en la caballería andantesca que el caballero andanteque, al acometer algún gran fecho de armas, tuviese su señoradelante,vuelva a ella los ojos blanda y amorosamente, como que le pide conellos le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si nadiele oye, está obligado a decir algunas palabras entre dientes, en que detodo corazón se le encomiende; y desto tenemos innumerables ejemplos en lashistorias. Y no se ha de entender por esto que han de dejar de encomendarsea Dios; que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el discurso de laobra.-Con todo eso -replicó el caminante-, me queda un escrúpulo, y es quemuchas veces he leído que se traban palabras entre dos andantes caballeros,y, de una en otra, se les viene a encender la cólera, y a volver loscaballos y tomar una buena pieza del campo, y luego, sin más ni más, a todoel correr dellos, se vuelven a encontrar; y, en mitad de la corrida, seencomiendan a sus damas; y lo que suele suceder del encuentro es que el unocae por las ancas del caballo, pasado con la lanza del contrario de parte aparte, y al otro le viene también que, a no tenerse a las crines del suyo,no pudiera dejar de venir al suelo. Y no sé yo cómo el muerto tuvo lugarpara encomendarse a Dios en el discurso de esta tan acelerada obra. Mejorfuera que las palabras que en la carrera gastó encomendándose a su dama lasgastara en lo que debía y estaba obligado como cristiano. Cuanto más, queyo tengo para mí que no todos los caballeros andantes tienen damas a quienencomendarse, porque no todos son enamorados.-Eso no puede ser -respondió don Quijote-: digo que no puede ser que hayacaballero andante sin dama, porque tan proprio y tan natural les es a lostales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que nose haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores; y porel mesmo caso que estuviese sin ellos, no sería tenido por legítimocaballero, sino por bastardo, y que entró en la fortaleza de la caballeríadicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón.-Con todo eso -dijo el caminante-, me parece, si mal no me acuerdo, haberleído que don Galaor, hermano del valeroso Amadís de Gaula, nunca tuvo damaseñalada a quien pudiese encomendarse; y, con todo esto, no fue tenido enmenos, y fue un muy valiente y famoso caballero.A lo cual respondió nuestro don Quijote:-Señor, una golondrina sola no hace verano. Cuanto más, que yo sé que desecreto estaba ese caballero muy bien enamorado; fuera que, aquello dequerer a todas bien cuantas bien le parecían era condición natural, a quienno podía ir a la mano. Pero, en resolución, averiguado está muy bien que éltenía una sola a quien él había hecho señora de su voluntad, a la cual seencomendaba muy a menudo y muy secretamente, porque se preció de secretocaballero.-Luego, si es de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado-dijo el caminante-, bien se puede creer que vuestra merced lo es, pues esde la profesión. Y si es que vuestra merced no se precia de ser tan secretocomo don Galaor, con las veras que puedo le suplico, en nombre de toda estacompañía y en el mío, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de sudama; que ella se tendría por dichosa de que todo el mundo sepa que esquerida y servida de un tal caballero como vuestra merced parece.Aquí dio un gran suspiro don Quijote, y dijo:-Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundosepa que yo la sirvo; sólo sé decir, respondiendo a lo que con tantocomedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso,un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa,pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella sevienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos debelleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frentecampos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillasrosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármolsu pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vistahumana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, quesólo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas.-El linaje, prosapia y alcurnia querríamos saber -replicó Vivaldo.A lo cual respondió don Quijote:-No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de losmodernos Colonas y Ursinos; ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña, nimenos de los Rebellas y Villanovas de Valencia; Palafoxes, Nuzas,Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragón;Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallas yMeneses de Portogal; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunquemoderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familiasde los venideros siglos. Y no se me replique en esto, si no fuere con lascondiciones que puso Cervino al pie del trofeo de las armas de Orlando, quedecía:nadie las muevaque estar no pueda con Roldán a prueba.-Aunque el mío es de los Cachopines de Laredo -respondió el caminante-, nole osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha, puesto que, para decirverdad, semejante apellido hasta ahora no ha llegado a mis oídos.-¡Como eso no habrá llegado! -replicó don Quijote.Con gran atención iban escuchando todos los demás la plática de los dos, yaun hasta los mesmos cabreros y pastores conocieron la demasiada falta dejuicio de nuestro don Quijote. Sólo Sancho Panza pensaba que cuanto su amodecía era verdad, sabiendo él quién era y habiéndole conocido desde sunacimiento; y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la lindaDulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegadojamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso.En estas pláticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos altasmontañas hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negralana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que después pareció,eran cuál de tejo y cuál de ciprés. Entre seis dellos traían unas andas,cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por unode los cabreros, dijo:-Aquellos que allí vienen son los que traen el cuerpo de Grisóstomo, y elpie de aquella montaña es el lugar donde él mandó que le enterrasen.Por esto se dieron priesa a llegar, y fue a tiempo que ya los que veníanhabían puesto las andas en el suelo; y cuatro dellos con agudos picosestaban cavando la sepultura a un lado de una dura peña.Recibiéronse los unos y los otros cortésmente; y luego don Quijote y losque con él venían se pusieron a mirar las andas, y en ellas vieron cubiertode flores un cuerpo muerto, vestido como pastor, de edad, al parecer, detreinta años; y, aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostrohermoso y de disposición gallarda. Alrededor dél tenía en las mesmasandas algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados. Y así los queesto miraban, como los que abrían la sepultura, y todos los demás que allíhabía, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de los que almuerto trujeron dijo a otro:-Mirá bien, Ambrosio, si es éste el lugar que Grisóstomo dijo, ya quequeréis que tan puntualmente se cumpla lo que dejó mandado en sutestamento.-Éste es -respondió Ambrosio-; que muchas veces en él me contó midesdichado amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él que vio lavez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano, y allí fue tambiéndonde la primera vez le declaró su pensamiento, tan honesto como enamorado,y allí fue la última vez donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar,de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aquí, enmemoria de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañasdel eterno olvido.Y, volviéndose a don Quijote y a los caminantes, prosiguió diciendo:-Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue depositariode un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. Ése es elcuerpo de Grisóstomo, que fue único en el ingenio, solo en la cortesía,estremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sinpresunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es serbueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fueaborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol,corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, dequien alcanzó por premio ser despojos de la muerte en la mitad de lacarrera de su vida, a la cual dio fin una pastora a quien él procurabaeternizar para que viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieranmostrar bien esos papeles que estáis mirando, si él no me hubiera mandadoque los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.-De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos -dijo Vivaldo- que sumesmo dueño, pues no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad dequien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso. Y no le tuvierabueno Augusto César si consintiera que se pusiera en ejecución lo que eldivino Mantuano dejó en su testamento mandado. Ansí que, señor Ambrosio, yaque deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar susescritos al olvido; que si él ordenó como agraviado, no es bien que voscumpláis como indiscreto. Antes haced, dando la vida a estos papeles, quela tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo, en lostiempos que están por venir, a los vivientes, para que se aparten y huyande caer en semejantes despeñaderos; que ya sé yo, y los que aquí venimos,la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos laamistad vuestra, y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado al acabarde la vida; de la cual lamentable historia se puede sacar cuánto haya sidola crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra,con el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda queel desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la muertede Grisóstomo, y que en este lugar había de ser enterrado; y así, decuriosidad y de lástima, dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos devenir a ver con los ojos lo que tanto nos había lastimado en oíllo. Y, enpago desta lástima y del deseo que en nosotros nació de remedialla sipudiéramos, te rogamos, ¡oh discreto Ambrosio! (a lo menos, yo te losuplico de mi parte), que, dejando de abrasar estos papeles, me dejesllevar algunos dellos.Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la mano y tomó algunos delos que más cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:-Por cortesía consentiré que os quedéis, señor, con los que ya habéistomado; pero pensar que dejaré de abrasar los que quedan es pensamientovano.Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decían, abrió luego el unodellos y vio que tenía por título: Canción desesperada. Oyólo Ambrosio ydijo:-Ése es el último papel que escribió el desdichado; y, porque veáis, señor,en el término que le tenían sus desventuras, leelde de modo que seáis oído;que bien os dará lugar a ello el que se tardare en abrir la sepultura.-Eso haré yo de muy buena gana -dijo Vivaldo.Y, como todos los circunstantes tenían el mesmo deseo, se le pusieron a laredonda; y él, leyendo en voz clara, vio que así decía:
Nunca fuera caballerode damas tan bien servidocomo fuera Lanzarotecuando de Bretaña vino;
con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos.Pues desde entonces, de mano en mano, fue aquella orden de caballeríaestendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo; y enella fueron famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula,con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta generación, y el valerosoFelixmarte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco,y casi que en nuestros días vimos y comunicamos y oímos al invencible yvaleroso caballero don Belianís de Grecia. Esto, pues, señores, es sercaballero andante, y la que he dicho es la orden de su caballería; en lacual, como otra vez he dicho, yo, aunque pecador, he hecho profesión, y lomesmo que profesaron los caballeros referidos profeso yo. Y así, me voy porestas soledades y despoblados buscando las aventuras, con ánimo deliberadode ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa que la suerte medeparare, en ayuda de los flacos y menesterosos.Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes que eradon Quijote falto de juicio, y del género de locura que lo señoreaba, de locual recibieron la mesma admiración que recibían todos aquellos que denuevo venían en conocimiento della. Y Vivaldo, que era persona muy discretay de alegre condición, por pasar sin pesadumbre el poco camino que decíanque les faltaba, al llegar a la sierra del entierro, quiso darle ocasión aque pasase más adelante con sus disparates. Y así, le dijo:-Paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha profesado una delas más estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para mí que aunla de los frailes cartujos no es tan estrecha.-Tan estrecha bien podía ser -respondió nuestro don Quijote-, pero tannecesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda. Porque, siva a decir verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que sucapitán le manda que el mesmo capitán que se lo ordena. Quiero decir quelos religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de latierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellospiden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestrasespadas; no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blancode los insufribles rayos del sol en verano y de los erizados yelos delinvierno. Así que, somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quiense ejecuta en ella su justicia. Y, como las cosas de la guerra y las aellas tocantes y concernientes no se pueden poner en ejecución sinosudando, afanando y trabajando, síguese que aquellos que la profesantienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposoestán rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir,ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andantecomo el del encerrado religioso; sólo quiero inferir, por lo que yopadezco, que, sin duda, es más trabajoso y más aporreado, y más hambrientoy sediento, miserable, roto y piojoso; porque no hay duda sino que loscaballeros andantes pasados pasaron mucha malaventura en el discurso de suvida. Y si algunos subieron a ser emperadores por el valor de su brazo, afe que les costó buen porqué de su sangre y de su sudor; y que si a los quea tal grado subieron les faltaran encantadores y sabios que los ayudaran,que ellos quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engañados de susesperanzas.-De ese parecer estoy yo -replicó el caminante-; pero una cosa, entre otrasmuchas, me parece muy mal de los caballeros andantes, y es que, cuando seven en ocasión de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se veemanifiesto peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometellase acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado ahacer en peligros semejantes; antes, se encomiendan a sus damas, con tantagana y devoción como si ellas fueran su Dios: cosa que me parece que huelealgo a gentilidad.-Señor -respondió don Quijote-, eso no puede ser menos en ninguna manera, ycaería en mal caso el caballero andante que otra cosa hiciese; que ya estáen uso y costumbre en la caballería andantesca que el caballero andanteque, al acometer algún gran fecho de armas, tuviese su señoradelante,vuelva a ella los ojos blanda y amorosamente, como que le pide conellos le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si nadiele oye, está obligado a decir algunas palabras entre dientes, en que detodo corazón se le encomiende; y desto tenemos innumerables ejemplos en lashistorias. Y no se ha de entender por esto que han de dejar de encomendarsea Dios; que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el discurso de laobra.-Con todo eso -replicó el caminante-, me queda un escrúpulo, y es quemuchas veces he leído que se traban palabras entre dos andantes caballeros,y, de una en otra, se les viene a encender la cólera, y a volver loscaballos y tomar una buena pieza del campo, y luego, sin más ni más, a todoel correr dellos, se vuelven a encontrar; y, en mitad de la corrida, seencomiendan a sus damas; y lo que suele suceder del encuentro es que el unocae por las ancas del caballo, pasado con la lanza del contrario de parte aparte, y al otro le viene también que, a no tenerse a las crines del suyo,no pudiera dejar de venir al suelo. Y no sé yo cómo el muerto tuvo lugarpara encomendarse a Dios en el discurso de esta tan acelerada obra. Mejorfuera que las palabras que en la carrera gastó encomendándose a su dama lasgastara en lo que debía y estaba obligado como cristiano. Cuanto más, queyo tengo para mí que no todos los caballeros andantes tienen damas a quienencomendarse, porque no todos son enamorados.-Eso no puede ser -respondió don Quijote-: digo que no puede ser que hayacaballero andante sin dama, porque tan proprio y tan natural les es a lostales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que nose haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores; y porel mesmo caso que estuviese sin ellos, no sería tenido por legítimocaballero, sino por bastardo, y que entró en la fortaleza de la caballeríadicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón.-Con todo eso -dijo el caminante-, me parece, si mal no me acuerdo, haberleído que don Galaor, hermano del valeroso Amadís de Gaula, nunca tuvo damaseñalada a quien pudiese encomendarse; y, con todo esto, no fue tenido enmenos, y fue un muy valiente y famoso caballero.A lo cual respondió nuestro don Quijote:-Señor, una golondrina sola no hace verano. Cuanto más, que yo sé que desecreto estaba ese caballero muy bien enamorado; fuera que, aquello dequerer a todas bien cuantas bien le parecían era condición natural, a quienno podía ir a la mano. Pero, en resolución, averiguado está muy bien que éltenía una sola a quien él había hecho señora de su voluntad, a la cual seencomendaba muy a menudo y muy secretamente, porque se preció de secretocaballero.-Luego, si es de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado-dijo el caminante-, bien se puede creer que vuestra merced lo es, pues esde la profesión. Y si es que vuestra merced no se precia de ser tan secretocomo don Galaor, con las veras que puedo le suplico, en nombre de toda estacompañía y en el mío, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de sudama; que ella se tendría por dichosa de que todo el mundo sepa que esquerida y servida de un tal caballero como vuestra merced parece.Aquí dio un gran suspiro don Quijote, y dijo:-Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundosepa que yo la sirvo; sólo sé decir, respondiendo a lo que con tantocomedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso,un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa,pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella sevienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos debelleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frentecampos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillasrosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármolsu pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vistahumana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, quesólo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas.-El linaje, prosapia y alcurnia querríamos saber -replicó Vivaldo.A lo cual respondió don Quijote:-No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de losmodernos Colonas y Ursinos; ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña, nimenos de los Rebellas y Villanovas de Valencia; Palafoxes, Nuzas,Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragón;Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallas yMeneses de Portogal; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunquemoderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familiasde los venideros siglos. Y no se me replique en esto, si no fuere con lascondiciones que puso Cervino al pie del trofeo de las armas de Orlando, quedecía:nadie las muevaque estar no pueda con Roldán a prueba.-Aunque el mío es de los Cachopines de Laredo -respondió el caminante-, nole osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha, puesto que, para decirverdad, semejante apellido hasta ahora no ha llegado a mis oídos.-¡Como eso no habrá llegado! -replicó don Quijote.Con gran atención iban escuchando todos los demás la plática de los dos, yaun hasta los mesmos cabreros y pastores conocieron la demasiada falta dejuicio de nuestro don Quijote. Sólo Sancho Panza pensaba que cuanto su amodecía era verdad, sabiendo él quién era y habiéndole conocido desde sunacimiento; y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la lindaDulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegadojamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso.En estas pláticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos altasmontañas hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negralana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que después pareció,eran cuál de tejo y cuál de ciprés. Entre seis dellos traían unas andas,cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por unode los cabreros, dijo:-Aquellos que allí vienen son los que traen el cuerpo de Grisóstomo, y elpie de aquella montaña es el lugar donde él mandó que le enterrasen.Por esto se dieron priesa a llegar, y fue a tiempo que ya los que veníanhabían puesto las andas en el suelo; y cuatro dellos con agudos picosestaban cavando la sepultura a un lado de una dura peña.Recibiéronse los unos y los otros cortésmente; y luego don Quijote y losque con él venían se pusieron a mirar las andas, y en ellas vieron cubiertode flores un cuerpo muerto, vestido como pastor, de edad, al parecer, detreinta años; y, aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostrohermoso y de disposición gallarda. Alrededor dél tenía en las mesmasandas algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados. Y así los queesto miraban, como los que abrían la sepultura, y todos los demás que allíhabía, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de los que almuerto trujeron dijo a otro:-Mirá bien, Ambrosio, si es éste el lugar que Grisóstomo dijo, ya quequeréis que tan puntualmente se cumpla lo que dejó mandado en sutestamento.-Éste es -respondió Ambrosio-; que muchas veces en él me contó midesdichado amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él que vio lavez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano, y allí fue tambiéndonde la primera vez le declaró su pensamiento, tan honesto como enamorado,y allí fue la última vez donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar,de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aquí, enmemoria de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañasdel eterno olvido.Y, volviéndose a don Quijote y a los caminantes, prosiguió diciendo:-Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue depositariode un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. Ése es elcuerpo de Grisóstomo, que fue único en el ingenio, solo en la cortesía,estremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sinpresunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es serbueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fueaborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol,corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, dequien alcanzó por premio ser despojos de la muerte en la mitad de lacarrera de su vida, a la cual dio fin una pastora a quien él procurabaeternizar para que viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieranmostrar bien esos papeles que estáis mirando, si él no me hubiera mandadoque los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.-De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos -dijo Vivaldo- que sumesmo dueño, pues no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad dequien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso. Y no le tuvierabueno Augusto César si consintiera que se pusiera en ejecución lo que eldivino Mantuano dejó en su testamento mandado. Ansí que, señor Ambrosio, yaque deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar susescritos al olvido; que si él ordenó como agraviado, no es bien que voscumpláis como indiscreto. Antes haced, dando la vida a estos papeles, quela tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo, en lostiempos que están por venir, a los vivientes, para que se aparten y huyande caer en semejantes despeñaderos; que ya sé yo, y los que aquí venimos,la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos laamistad vuestra, y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado al acabarde la vida; de la cual lamentable historia se puede sacar cuánto haya sidola crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra,con el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda queel desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la muertede Grisóstomo, y que en este lugar había de ser enterrado; y así, decuriosidad y de lástima, dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos devenir a ver con los ojos lo que tanto nos había lastimado en oíllo. Y, enpago desta lástima y del deseo que en nosotros nació de remedialla sipudiéramos, te rogamos, ¡oh discreto Ambrosio! (a lo menos, yo te losuplico de mi parte), que, dejando de abrasar estos papeles, me dejesllevar algunos dellos.Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la mano y tomó algunos delos que más cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:-Por cortesía consentiré que os quedéis, señor, con los que ya habéistomado; pero pensar que dejaré de abrasar los que quedan es pensamientovano.Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decían, abrió luego el unodellos y vio que tenía por título: Canción desesperada. Oyólo Ambrosio ydijo:-Ése es el último papel que escribió el desdichado; y, porque veáis, señor,en el término que le tenían sus desventuras, leelde de modo que seáis oído;que bien os dará lugar a ello el que se tardare en abrir la sepultura.-Eso haré yo de muy buena gana -dijo Vivaldo.Y, como todos los circunstantes tenían el mesmo deseo, se le pusieron a laredonda; y él, leyendo en voz clara, vio que así decía:
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