Capítulo XV: Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XV
Tercera parte del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli que, así como don Quijote se despidióde sus huéspedes y de todos los que se hallaron al entierro del pastorGrisóstomo, él y su escudero se entraron por el mesmo bosque donde vieronque se había entrado la pastora Marcela; y, habiendo andado más de doshoras por él, buscándola por todas partes sin poder hallarla, vinieron aparar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyoapacible y fresco; tanto, que convidó y forzó a pasar allí las horas de lasiesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar.Apeáronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a Rocinante a susanchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a lasalforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozocomieron lo que en ellas hallaron.No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que leconocía por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesade Córdoba no le hicieran tomar mal siniestro. Ordenó, pues, la suerte, yel diablo, que no todas veces duerme, que andaban por aquel valle paciendouna manada de hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales escostumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y agua; y aqueldonde acertó a hallarse don Quijote era muy a propósito de los gallegos.Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con lasseñoras facas; y saliendo, así como las olió, de su natural paso ycostumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadilloy se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo quepareció, debían de tener más gana de pacer que de ál, recibiéronle con lasherraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio, se lerompieron las cinchas y quedó, sin silla, en pelota. Pero lo que él debiómás de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas seles hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que lederribaron malparado en el suelo.Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante habían visto,llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:-A lo que yo veo, amigo Sancho, éstos no son caballeros, sino gente soez yde baja ralea. Dígolo porque bien me puedes ayudar a tomar la debidavenganza del agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho aRocinante.-¿Qué diablos de venganza hemos de tomar -respondió Sancho-, si éstos sonmás de veinte y nosotros no más de dos, y aun, quizá, nosotros sino uno ymedio?-Yo valgo por ciento -replicó don Quijote.Y, sin hacer más discursos, echó mano a su espada y arremetió a losgallegos, y lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del ejemplo de suamo. Y, a las primeras, dio don Quijote una cuchillada a uno, que le abrióun sayo de cuero de que venía vestido, con gran parte de la espalda.Los gallegos, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos, siendoellos tantos, acudieron a sus estacas, y, cogiendo a los dos en medio,comenzaron a menudear sobre ellos con grande ahínco y vehemencia. Verdad esque al segundo toque dieron con Sancho en el suelo, y lo mesmo le avino adon Quijote, sin que le valiese su destreza y buen ánimo; y quiso suventura que viniese a caer a los pies de Rocinante, que aún no se habíalevantado; donde se echa de ver la furia con que machacan estacas puestasen manos rústicas y enojadas.Viendo, pues, los gallegos el mal recado que habían hecho, con la mayorpresteza que pudieron, cargaron su recua y siguieron su camino, dejando alos dos aventureros de mala traza y de peor talante.El primero que se resintió fue Sancho Panza; y, hallándose junto a suseñor, con voz enferma y lastimada, dijo:-¡Señor don Quijote! ¡Ah, señor don Quijote!-¿Qué quieres, Sancho hermano? -respondió don Quijote con el mesmo tonoafeminado y doliente que Sancho.-Querría, si fuese posible -respondió Sancho Panza-, que vuestra merced mediese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestramerced ahí a mano. Quizá será de provecho para los quebrantamientos dehuesos como lo es para las feridas.-Pues, a tenerla yo aquí, desgraciado yo, ¿qué nos faltaba? -respondió donQuijote-. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de caballero andante, queantes que pasen dos días, si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo detener en mi poder, o mal me han de andar las manos.-Pues, ¿en cuántos le parece a vuestra merced que podremos mover los pies?-replicó Sancho Panza.-De mí sé decir -dijo el molido caballero don Quijote- que no sabré ponertérmino a esos días. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no había deponer mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros comoyo; y así, creo que, en pena de haber pasado las leyes de la caballería, hapermitido el dios de las batallas que se me diese este castigo. Por locual, Sancho Panza, conviene que estés advertido en esto que ahora te diré,porque importa mucho a la salud de entrambos; y es que, cuando veas quesemejante canalla nos hace algún agravio, no aguardes a que yo ponga manoal espada para ellos, porque no lo haré en ninguna manera, sino pon tú manoa tu espada y castígalos muy a tu sabor; que si en su ayuda y defensaacudieren caballeros, yo te sabré defender y ofendellos con todo mi poder;que ya habrás visto por mil señales y experiencias hasta adónde se estiendeel valor de este mi fuerte brazo.Tal quedó de arrogante el pobre señor con el vencimiento del valientevizcaíno. Mas no le pareció tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo quedejase de responder, diciendo:-Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimilar cualquierainjuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar. Así que, séale avuestra merced también aviso, pues no puede ser mandato, que en ningunamanera pondré mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero; yque, desde aquí para delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hechoy han de hacer: ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona altao baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condiciónalguna.Lo cual oído por su amo, le respondió:-Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y que eldolor que tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto, para darte aentender, Panza, en el error en que estás. Ven acá, pecador; si el vientode la fortuna, hasta ahora tan contrario, en nuestro favor se vuelve,llevándonos las velas del deseo para que seguramente y sin contraste algunotomemos puerto en alguna de las ínsulas que te tengo prometida, ¿qué seríade ti si, ganándola yo, te hiciese señor della? Pues ¿lo vendrás aimposibilitar por no ser caballero, ni quererlo ser, ni tener valor niintención de vengar tus injurias y defender tu señorío? Porque has de saberque en los reinos y provincias nuevamente conquistados nunca están tanquietos los ánimos de sus naturales, ni tan de parte del nuevo señor que nose tengan temor de que han de hacer alguna novedad para alterar de nuevolas cosas, y volver, como dicen, a probar ventura; y así, es menester queel nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor paraofender y defenderse en cualquiera acontecimiento.-En este que ahora nos ha acontecido -respondió Sancho-, quisiera yo tenerese entendimiento y ese valor que vuestra merced dice; mas yo le juro, a fede pobre hombre, que más estoy para bizmas que para pláticas. Mire vuestramerced si se puede levantar, y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece,porque él fue la causa principal de todo este molimiento. Jamás tal creí deRocinante, que le tenía por persona casta y tan pacífica como yo. En fin,bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a conocer las personas,y que no hay cosa segura en esta vida. ¿Quién dijera que tras de aquellastan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel desdichadocaballero andante, había de venir, por la posta y en seguimiento suyo, estatan grande tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas?-Aun las tuyas, Sancho -replicó don Quijote-, deben de estar hechas asemejantes nublados; pero las mías, criadas entre sinabafas y holandas,claro está que sentirán más el dolor desta desgracia. Y si no fuese porqueimagino..., ¿qué digo imagino?, sé muy cierto, que todas estasincomodidades son muy anejas al ejercicio de las armas, aquí me dejaríamorir de puro enojo.A esto replicó el escudero:-Señor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballería, dígamevuestra merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus tiempos limitadosen que acaecen; porque me parece a mí que a dos cosechas quedaremosinútiles para la tercera, si Dios, por su infinita misericordia, no nossocorre.-Sábete, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que la vida de loscaballeros andantes está sujeta a mil peligros y desventuras; y, ni más nimenos, está en potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes yemperadores, como lo ha mostrado la experiencia en muchos y diversoscaballeros, de cuyas historias yo tengo entera noticia. Y pudiérate contaragora, si el dolor me diera lugar, de algunos que, sólo por el valor de subrazo, han subido a los altos grados que he contado; y estos mesmos sevieron antes y después en diversas calamidades y miserias. Porque elvaleroso Amadís de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcaláus elencantador, de quien se tiene por averiguado que le dio, teniéndolepreso, más de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a unacoluna de un patio. Y aun hay un autor secreto, y de no poco crédito, quedice que, habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta trampa quese le hundió debajo de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se hallóen una honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y allí leecharon una destas que llaman melecinas, de agua de nieve y arena, de loque llegó muy al cabo; y si no fuera socorrido en aquella gran cuita de unsabio grande amigo suyo, lo pasara muy mal el pobre caballero. Ansí que,bien puedo yo pasar entre tanta buena gente; que mayores afrentas son lasque éstos pasaron, que no las que ahora nosotros pasamos. Porque quierohacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con losinstrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto está en la ley delduelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero da a otro con lahorma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no poreso se dirá que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo esto porqueno pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamosafrentados; porque las armas que aquellos hombres traían, con que nosmachacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se meacuerda, tenía estoque, espada ni puñal.-No me dieron a mí lugar -respondió Sancho- a que mirase en tanto; porque,apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con suspinos, de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de lospies, dando conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna elpensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor delos golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en lasespaldas.-Con todo eso, te hago saber, hermano Panza -replicó don Quijote-, que nohay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma.-Pues, ¿qué mayor desdicha puede ser -replicó Panza- de aquella que aguardaal tiempo que la consuma y a la muerte que la acabe? Si esta nuestradesgracia fuera de aquellas que con un par de bizmas se curan, aun no tanmalo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos de unhospital para ponerlas en buen término siquiera.-Déjate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho -respondió don Quijote-,que así haré yo, y veamos cómo está Rocinante; que, a lo que me parece, nole ha cabido al pobre la menor parte desta desgracia.-No hay de qué maravillarse deso -respondió Sancho-, siendo él tan buencaballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi jumento hayaquedado libre y sin costas donde nosotros salimos sin costillas.-Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para darremedio a ellas -dijo don Quijote-. Dígolo porque esa bestezuela podrásuplir ahora la falta de Rocinante, llevándome a mí desde aquí a algúncastillo donde sea curado de mis feridas. Y más, que no tendré a deshonrala tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejoSileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entró en laciudad de las cien puertas iba, muy a su placer, caballero sobre un muyhermoso asno.-Verdad será que él debía de ir caballero, como vuestra merced dice-respondió Sancho-, pero hay grande diferencia del ir caballero al iratravesado como costal de basura.A lo cual respondió don Quijote:-Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan.Así que, Panza amigo, no me repliques más, sino, como ya te he dicho,levántate lo mejor que pudieres y ponme de la manera que más te agradareencima de tu jumento, y vamos de aquí antes que la noche venga y nos salteeen este despoblado.-Pues yo he oído decir a vuestra merced -dijo Panza- que es muy decaballeros andantes el dormir en los páramos y desiertos lo más del año, yque lo tienen a mucha ventura.-Eso es -dijo don Quijote- cuando no pueden más, o cuando están enamorados;y es tan verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre unapeña, al sol y a la sombra, y a las inclemencias del cielo, dos años, sinque lo supiese su señora. Y uno déstos fue Amadís, cuando, llamándoseBeltenebros, se alojó en la Peña Pobre, ni sé si ocho años o ocho meses,que no estoy muy bien en la cuenta: basta que él estuvo allí haciendopenitencia, por no sé qué sinsabor que le hizo la señora Oriana. Perodejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra desgracia aljumento, como a Rocinante.-Aun ahí sería el diablo -dijo Sancho.Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetesy reniegos de quien allí le había traído, se levantó, quedándose agobiadoen la mitad del camino, como arco turquesco, sin poder acabar deenderezarse; y con todo este trabajo aparejó su asno, que también habíaandado algo destraído con la demasiada libertad de aquel día. Levantó luegoa Rocinante, el cual, si tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro queSancho ni su amo no le fueran en zaga.En resolución, Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno y puso de reata aRocinante; y, llevando al asno de cabestro, se encaminó, poco más a menos,hacia donde le pareció que podía estar el camino real. Y la suerte, que suscosas de bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua,cuando le deparó el camino, en el cual descubrió una venta que, a pesarsuyo y gusto de don Quijote, había de ser castillo. Porfiaba Sancho que eraventa, y su amo que no, sino castillo; y tanto duró la porfía, que tuvieronlugar, sin acabarla, de llegar a ella, en la cual Sancho se entró, sin másaveriguación, con toda su recua.
Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli que, así como don Quijote se despidióde sus huéspedes y de todos los que se hallaron al entierro del pastorGrisóstomo, él y su escudero se entraron por el mesmo bosque donde vieronque se había entrado la pastora Marcela; y, habiendo andado más de doshoras por él, buscándola por todas partes sin poder hallarla, vinieron aparar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyoapacible y fresco; tanto, que convidó y forzó a pasar allí las horas de lasiesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar.Apeáronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a Rocinante a susanchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a lasalforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozocomieron lo que en ellas hallaron.No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que leconocía por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesade Córdoba no le hicieran tomar mal siniestro. Ordenó, pues, la suerte, yel diablo, que no todas veces duerme, que andaban por aquel valle paciendouna manada de hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales escostumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y agua; y aqueldonde acertó a hallarse don Quijote era muy a propósito de los gallegos.Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con lasseñoras facas; y saliendo, así como las olió, de su natural paso ycostumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadilloy se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo quepareció, debían de tener más gana de pacer que de ál, recibiéronle con lasherraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio, se lerompieron las cinchas y quedó, sin silla, en pelota. Pero lo que él debiómás de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas seles hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que lederribaron malparado en el suelo.Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante habían visto,llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:-A lo que yo veo, amigo Sancho, éstos no son caballeros, sino gente soez yde baja ralea. Dígolo porque bien me puedes ayudar a tomar la debidavenganza del agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho aRocinante.-¿Qué diablos de venganza hemos de tomar -respondió Sancho-, si éstos sonmás de veinte y nosotros no más de dos, y aun, quizá, nosotros sino uno ymedio?-Yo valgo por ciento -replicó don Quijote.Y, sin hacer más discursos, echó mano a su espada y arremetió a losgallegos, y lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del ejemplo de suamo. Y, a las primeras, dio don Quijote una cuchillada a uno, que le abrióun sayo de cuero de que venía vestido, con gran parte de la espalda.Los gallegos, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos, siendoellos tantos, acudieron a sus estacas, y, cogiendo a los dos en medio,comenzaron a menudear sobre ellos con grande ahínco y vehemencia. Verdad esque al segundo toque dieron con Sancho en el suelo, y lo mesmo le avino adon Quijote, sin que le valiese su destreza y buen ánimo; y quiso suventura que viniese a caer a los pies de Rocinante, que aún no se habíalevantado; donde se echa de ver la furia con que machacan estacas puestasen manos rústicas y enojadas.Viendo, pues, los gallegos el mal recado que habían hecho, con la mayorpresteza que pudieron, cargaron su recua y siguieron su camino, dejando alos dos aventureros de mala traza y de peor talante.El primero que se resintió fue Sancho Panza; y, hallándose junto a suseñor, con voz enferma y lastimada, dijo:-¡Señor don Quijote! ¡Ah, señor don Quijote!-¿Qué quieres, Sancho hermano? -respondió don Quijote con el mesmo tonoafeminado y doliente que Sancho.-Querría, si fuese posible -respondió Sancho Panza-, que vuestra merced mediese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestramerced ahí a mano. Quizá será de provecho para los quebrantamientos dehuesos como lo es para las feridas.-Pues, a tenerla yo aquí, desgraciado yo, ¿qué nos faltaba? -respondió donQuijote-. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de caballero andante, queantes que pasen dos días, si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo detener en mi poder, o mal me han de andar las manos.-Pues, ¿en cuántos le parece a vuestra merced que podremos mover los pies?-replicó Sancho Panza.-De mí sé decir -dijo el molido caballero don Quijote- que no sabré ponertérmino a esos días. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no había deponer mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros comoyo; y así, creo que, en pena de haber pasado las leyes de la caballería, hapermitido el dios de las batallas que se me diese este castigo. Por locual, Sancho Panza, conviene que estés advertido en esto que ahora te diré,porque importa mucho a la salud de entrambos; y es que, cuando veas quesemejante canalla nos hace algún agravio, no aguardes a que yo ponga manoal espada para ellos, porque no lo haré en ninguna manera, sino pon tú manoa tu espada y castígalos muy a tu sabor; que si en su ayuda y defensaacudieren caballeros, yo te sabré defender y ofendellos con todo mi poder;que ya habrás visto por mil señales y experiencias hasta adónde se estiendeel valor de este mi fuerte brazo.Tal quedó de arrogante el pobre señor con el vencimiento del valientevizcaíno. Mas no le pareció tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo quedejase de responder, diciendo:-Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimilar cualquierainjuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar. Así que, séale avuestra merced también aviso, pues no puede ser mandato, que en ningunamanera pondré mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero; yque, desde aquí para delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hechoy han de hacer: ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona altao baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condiciónalguna.Lo cual oído por su amo, le respondió:-Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y que eldolor que tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto, para darte aentender, Panza, en el error en que estás. Ven acá, pecador; si el vientode la fortuna, hasta ahora tan contrario, en nuestro favor se vuelve,llevándonos las velas del deseo para que seguramente y sin contraste algunotomemos puerto en alguna de las ínsulas que te tengo prometida, ¿qué seríade ti si, ganándola yo, te hiciese señor della? Pues ¿lo vendrás aimposibilitar por no ser caballero, ni quererlo ser, ni tener valor niintención de vengar tus injurias y defender tu señorío? Porque has de saberque en los reinos y provincias nuevamente conquistados nunca están tanquietos los ánimos de sus naturales, ni tan de parte del nuevo señor que nose tengan temor de que han de hacer alguna novedad para alterar de nuevolas cosas, y volver, como dicen, a probar ventura; y así, es menester queel nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor paraofender y defenderse en cualquiera acontecimiento.-En este que ahora nos ha acontecido -respondió Sancho-, quisiera yo tenerese entendimiento y ese valor que vuestra merced dice; mas yo le juro, a fede pobre hombre, que más estoy para bizmas que para pláticas. Mire vuestramerced si se puede levantar, y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece,porque él fue la causa principal de todo este molimiento. Jamás tal creí deRocinante, que le tenía por persona casta y tan pacífica como yo. En fin,bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a conocer las personas,y que no hay cosa segura en esta vida. ¿Quién dijera que tras de aquellastan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel desdichadocaballero andante, había de venir, por la posta y en seguimiento suyo, estatan grande tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas?-Aun las tuyas, Sancho -replicó don Quijote-, deben de estar hechas asemejantes nublados; pero las mías, criadas entre sinabafas y holandas,claro está que sentirán más el dolor desta desgracia. Y si no fuese porqueimagino..., ¿qué digo imagino?, sé muy cierto, que todas estasincomodidades son muy anejas al ejercicio de las armas, aquí me dejaríamorir de puro enojo.A esto replicó el escudero:-Señor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballería, dígamevuestra merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus tiempos limitadosen que acaecen; porque me parece a mí que a dos cosechas quedaremosinútiles para la tercera, si Dios, por su infinita misericordia, no nossocorre.-Sábete, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que la vida de loscaballeros andantes está sujeta a mil peligros y desventuras; y, ni más nimenos, está en potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes yemperadores, como lo ha mostrado la experiencia en muchos y diversoscaballeros, de cuyas historias yo tengo entera noticia. Y pudiérate contaragora, si el dolor me diera lugar, de algunos que, sólo por el valor de subrazo, han subido a los altos grados que he contado; y estos mesmos sevieron antes y después en diversas calamidades y miserias. Porque elvaleroso Amadís de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcaláus elencantador, de quien se tiene por averiguado que le dio, teniéndolepreso, más de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a unacoluna de un patio. Y aun hay un autor secreto, y de no poco crédito, quedice que, habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta trampa quese le hundió debajo de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se hallóen una honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y allí leecharon una destas que llaman melecinas, de agua de nieve y arena, de loque llegó muy al cabo; y si no fuera socorrido en aquella gran cuita de unsabio grande amigo suyo, lo pasara muy mal el pobre caballero. Ansí que,bien puedo yo pasar entre tanta buena gente; que mayores afrentas son lasque éstos pasaron, que no las que ahora nosotros pasamos. Porque quierohacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con losinstrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto está en la ley delduelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero da a otro con lahorma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no poreso se dirá que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo esto porqueno pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamosafrentados; porque las armas que aquellos hombres traían, con que nosmachacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se meacuerda, tenía estoque, espada ni puñal.-No me dieron a mí lugar -respondió Sancho- a que mirase en tanto; porque,apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con suspinos, de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de lospies, dando conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna elpensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor delos golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en lasespaldas.-Con todo eso, te hago saber, hermano Panza -replicó don Quijote-, que nohay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma.-Pues, ¿qué mayor desdicha puede ser -replicó Panza- de aquella que aguardaal tiempo que la consuma y a la muerte que la acabe? Si esta nuestradesgracia fuera de aquellas que con un par de bizmas se curan, aun no tanmalo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos de unhospital para ponerlas en buen término siquiera.-Déjate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho -respondió don Quijote-,que así haré yo, y veamos cómo está Rocinante; que, a lo que me parece, nole ha cabido al pobre la menor parte desta desgracia.-No hay de qué maravillarse deso -respondió Sancho-, siendo él tan buencaballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi jumento hayaquedado libre y sin costas donde nosotros salimos sin costillas.-Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para darremedio a ellas -dijo don Quijote-. Dígolo porque esa bestezuela podrásuplir ahora la falta de Rocinante, llevándome a mí desde aquí a algúncastillo donde sea curado de mis feridas. Y más, que no tendré a deshonrala tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejoSileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entró en laciudad de las cien puertas iba, muy a su placer, caballero sobre un muyhermoso asno.-Verdad será que él debía de ir caballero, como vuestra merced dice-respondió Sancho-, pero hay grande diferencia del ir caballero al iratravesado como costal de basura.A lo cual respondió don Quijote:-Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan.Así que, Panza amigo, no me repliques más, sino, como ya te he dicho,levántate lo mejor que pudieres y ponme de la manera que más te agradareencima de tu jumento, y vamos de aquí antes que la noche venga y nos salteeen este despoblado.-Pues yo he oído decir a vuestra merced -dijo Panza- que es muy decaballeros andantes el dormir en los páramos y desiertos lo más del año, yque lo tienen a mucha ventura.-Eso es -dijo don Quijote- cuando no pueden más, o cuando están enamorados;y es tan verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre unapeña, al sol y a la sombra, y a las inclemencias del cielo, dos años, sinque lo supiese su señora. Y uno déstos fue Amadís, cuando, llamándoseBeltenebros, se alojó en la Peña Pobre, ni sé si ocho años o ocho meses,que no estoy muy bien en la cuenta: basta que él estuvo allí haciendopenitencia, por no sé qué sinsabor que le hizo la señora Oriana. Perodejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra desgracia aljumento, como a Rocinante.-Aun ahí sería el diablo -dijo Sancho.Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetesy reniegos de quien allí le había traído, se levantó, quedándose agobiadoen la mitad del camino, como arco turquesco, sin poder acabar deenderezarse; y con todo este trabajo aparejó su asno, que también habíaandado algo destraído con la demasiada libertad de aquel día. Levantó luegoa Rocinante, el cual, si tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro queSancho ni su amo no le fueran en zaga.En resolución, Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno y puso de reata aRocinante; y, llevando al asno de cabestro, se encaminó, poco más a menos,hacia donde le pareció que podía estar el camino real. Y la suerte, que suscosas de bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua,cuando le deparó el camino, en el cual descubrió una venta que, a pesarsuyo y gusto de don Quijote, había de ser castillo. Porfiaba Sancho que eraventa, y su amo que no, sino castillo; y tanto duró la porfía, que tuvieronlugar, sin acabarla, de llegar a ella, en la cual Sancho se entró, sin másaveriguación, con toda su recua.
Capítulo anterior: Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos
Capítulo siguiente: De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo