Capítulo XVII: Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal, pensó que era castillo
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XVII
Había ya vuelto en este tiempo de su parasismo don Quijote, y, con el mesmotono de voz con que el día antes había llamado a su escudero, cuando estabatendido en el val de las estacas, le comenzó a llamar, diciendo:-Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo Sancho?-¿Qué tengo de dormir, pesia a mí -respondió Sancho, lleno de pesadumbre yde despecho-; que no parece sino que todos los diablos han andado conmigoesta noche?-Puédeslo creer ansí, sin duda -respondió don Quijote-, porque, o yo sépoco, o este castillo es encantado. Porque has de saber... Mas, esto queahora quiero decirte hasme de jurar que lo tendrás secreto hasta después demi muerte.-Sí juro -respondió Sancho.-Dígolo -replicó don Quijote-, porque soy enemigo de que se quite la honraa nadie.-Digo que sí juro -tornó a decir Sancho- que lo callaré hasta después delos días de vuestra merced, y plega a Dios que lo pueda descubrir mañana.-¿Tan malas obras te hago, Sancho -respondió don Quijote-, que me querríasver muerto con tanta brevedad?-No es por eso -respondió Sancho-, sino porque soy enemigo de guardar mucholas cosas, y no querría que se me pudriesen de guardadas.-Sea por lo que fuere -dijo don Quijote-; que más fío de tu amor y de tucortesía; y así, has de saber que esta noche me ha sucedido una de las másestrañas aventuras que yo sabré encarecer; y, por contártela en breve,sabrás que poco ha que a mí vino la hija del señor deste castillo, que esla más apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se puedehallar. ¿Qué te podría decir del adorno de su persona? ¿Qué de su gallardoentendimiento? ¿Qué de otras cosas ocultas, que, por guardar la fe que deboa mi señora Dulcinea del Toboso, dejaré pasar intactas y en silencio? Sólote quiero decir que, envidioso el cielo de tanto bien como la ventura mehabía puesto en las manos, o quizá, y esto es lo más cierto, que, comotengo dicho, es encantado este castillo, al tiempo que yo estaba con ellaen dulcísimos y amorosísimos coloquios, sin que yo la viese ni supiese pordónde venía, vino una mano pegada a algún brazo de algún descomunal gigantey asentóme una puñada en las quijadas, tal, que las tengo todas bañadas ensangre; y después me molió de tal suerte que estoy peor que ayer cuando losgallegos, que, por demasías de Rocinante, nos hicieron el agravio quesabes. Por donde conjeturo que el tesoro de la fermosura desta doncella ledebe de guardar algún encantado moro, y no debe de ser para mí.-Ni para mí tampoco -respondió Sancho-, porque más de cuatrocientos morosme han aporreado a mí, de manera que el molimiento de las estacas fuetortas y pan pintado. Pero dígame, señor, ¿cómo llama a ésta buena y raraaventura, habiendo quedado della cual quedamos? Aun vuestra merced menosmal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho,pero yo, ¿qué tuve sino los mayores porrazos que pienso recebir en toda mivida? ¡Desdichado de mí y de la madre que me parió, que ni soy caballeroandante, ni lo pienso ser jamás, y de todas las malandanzas me cabe lamayor parte!-Luego, ¿también estás tú aporreado? -respondió don Quijote.-¿No le he dicho que sí, pesia a mi linaje? -dijo Sancho.-No tengas pena, amigo -dijo don Quijote-, que yo haré agora el bálsamoprecioso con que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos.Acabó en esto de encender el candil el cuadrillero, y entró a ver el quepensaba que era muerto; y, así como le vio entrar Sancho, viéndole venir encamisa y con su paño de cabeza y candil en la mano, y con una muy malacara, preguntó a su amo:-Señor, ¿si será éste, a dicha, el moro encantado, que nos vuelve acastigar, si se dejó algo en el tintero?-No puede ser el moro -respondió don Quijote-, porque los encantados no sedejan ver de nadie.-Si no se dejan ver, déjanse sentir -dijo Sancho-; si no, díganlo misespaldas.-También lo podrían decir las mías -respondió don Quijote-, pero no esbastante indicio ése para creer que este que se vee sea el encantado moro.Llegó el cuadrillero, y, como los halló hablando en tan sosegadaconversación, quedó suspenso. Bien es verdad que aún don Quijote se estababoca arriba, sin poderse menear, de puro molido y emplastado. Llegóse a élel cuadrillero y díjole:-Pues, ¿cómo va, buen hombre?-Hablara yo más bien criado -respondió don Quijote-, si fuera que vos.¿Úsase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes,majadero?El cuadrillero, que se vio tratar tan mal de un hombre de tan mal parecer,no lo pudo sufrir, y, alzando el candil con todo su aceite, dio a donQuijote con él en la cabeza, de suerte que le dejó muy bien descalabrado;y, como todo quedó ascuras, salióse luego; y Sancho Panza dijo:-Sin duda, señor, que éste es el moro encantado, y debe de guardar eltesoro para otros, y para nosotros sólo guarda las puñadas y loscandilazos.-Así es -respondió don Quijote-, y no hay que hacer caso destas cosas deencantamentos, ni hay para qué tomar cólera ni enojo con ellas; que, comoson invisibles y fantásticas, no hallaremos de quién vengarnos, aunque máslo procuremos. Levántate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide destafortaleza, y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romeropara hacer el salutífero bálsamo; que en verdad que creo que lo he bienmenester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida que esta fantasmame ha dado.Levántose Sancho con harto dolor de sus huesos, y fue ascuras donde estabael ventero; y, encontrándose con el cuadrillero, que estaba escuchando enqué paraba su enemigo, le dijo:-Señor, quien quiera que seáis, hacednos merced y beneficio de darnos unpoco de romero, aceite, sal y vino, que es menester para curar uno de losmejores caballeros andantes que hay en la tierra, el cual yace en aquellacama, malferido por las manos del encantado moro que está en esta venta.Cuando el cuadrillero tal oyó, túvole por hombre falto de seso; y, porqueya comenzaba a amanecer, abrió la puerta de la venta, y, llamando alventero, le dijo lo que aquel buen hombre quería. El ventero le proveyó decuanto quiso, y Sancho se lo llevó a don Quijote, que estaba con las manosen la cabeza, quejándose del dolor del candilazo, que no le había hecho másmal que levantarle dos chichones algo crecidos, y lo que él pensaba que erasangre no era sino sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta.En resolución, él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto,mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció queestaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y, como no lahubo en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza o aceitera de hojade lata, de quien el ventero le hizo grata donación. Y luego dijo sobre laalcuza más de ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves ycredos, y a cada palabra acompañaba una cruz, a modo de bendición; a todolo cual se hallaron presentes Sancho, el ventero y cuadrillero; que ya elarriero sosegadamente andaba entendiendo en el beneficio de sus machos.Hecho esto, quiso él mesmo hacer luego la esperiencia de la virtud de aquelprecioso bálsamo que él se imaginaba; y así, se bebió, de lo que no pudocaber en la alcuza y quedaba en la olla donde se había cocido, casi mediaazumbre; y apenas lo acabó de beber, cuando comenzó a vomitar de manera queno le quedó cosa en el estómago; y con las ansias y agitación del vómito ledio un sudor copiosísimo, por lo cual mandó que le arropasen y le dejasensolo. Hiciéronlo ansí, y quedóse dormido más de tres horas, al cabo de lascuales despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo, y en tal manera mejorde su quebrantamiento que se tuvo por sano; y verdaderamente creyó quehabía acertado con el bálsamo de Fierabrás, y que con aquel remedio podíaacometer desde allí adelante, sin temor alguno, cualesquiera ruinas,batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen.Sancho Panza, que también tuvo a milagro la mejoría de su amo, le rogó quele diese a él lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad.Concedióselo don Quijote, y él, tomándola a dos manos, con buena fe y mejortalante, se la echó a pechos, y envasó bien poco menos que su amo. Es,pues, el caso que el estómago del pobre Sancho no debía de ser tan delicadocomo el de su amo, y así, primero que vomitase, le dieron tantas ansias ybascas, con tantos trasudores y desmayos que él pensó bien y verdaderamenteque era llegada su última hora; y, viéndose tan afligido y congojado,maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado. Viéndole así donQuijote, le dijo:-Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero,porque tengo para mí que este licor no debe de aprovechar a los que no loson.-Si eso sabía vuestra merced -replicó Sancho-, ¡mal haya yo y toda miparentela!, ¿para qué consintió que lo gustase?En esto, hizo su operación el brebaje, y comenzó el pobre escudero adesaguarse por entrambas canales, con tanta priesa que la estera de enea,sobre quien se había vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que secubría, fueron más de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos yaccidentes, que no solamente él, sino todos pensaron que se le acababa lavida. Duróle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de lascuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado que no se podíatener.Pero don Quijote, que, como se ha dicho, se sintió aliviado y sano, quisopartirse luego a buscar aventuras, pareciéndole que todo el tiempo que allíse tardaba era quitársele al mundo y a los en él menesterosos de su favor yamparo; y más con la seguridad y confianza que llevaba en su bálsamo. Yasí, forzado deste deseo, él mismo ensilló a Rocinante y enalbardó aljumento de su escudero, a quien también ayudó a vestir y a subir en elasno. Púsose luego a caballo, y, llegándose a un rincón de la venta, asióde un lanzón que allí estaba, para que le sirviese de lanza.Estábanle mirando todos cuantos había en la venta, que pasaban de más deveinte personas; mirábale también la hija del ventero, y él también noquitaba los ojos della, y de cuando en cuando arrojaba un sospiro queparecía que le arrancaba de lo profundo de sus entrañas, y todos pensabanque debía de ser del dolor que sentía en las costillas; a lo menos,pensábanlo aquellos que la noche antes le habían visto bizmar.Ya que estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de la venta, llamóal ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo:-Muchas y muy grandes son las mercedes, señor alcaide, que en este vuestrocastillo he recebido, y quedo obligadísimo a agradecéroslas todos los díasde mi vida. Si os las puedo pagar en haceros vengado de algún soberbio queos haya fecho algún agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer alos que poco pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y castigaralevosías. Recorred vuestra memoria, y si halláis alguna cosa deste jaezque encomendarme, no hay sino decilla; que yo os prometo, por la orden decaballero que recebí, de faceros satisfecho y pagado a toda vuestravoluntad.El ventero le respondió con el mesmo sosiego:-Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengueningún agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece, cuando se mehacen. Sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta nocheha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como dela cena y camas.-Luego, ¿venta es ésta? -replicó don Quijote.-Y muy honrada -respondió el ventero.-Engañado he vivido hasta aquí -respondió don Quijote-, que en verdad quepensé que era castillo, y no malo; pero, pues es ansí que no es castillosino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga,que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de loscuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, quejamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se lesdebe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere,en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de nochey de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre,con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todoslos incómodos de la tierra.-Poco tengo yo que ver en eso -respondió el ventero-; págueseme lo que seme debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuentacon otra cosa que con cobrar mi hacienda.-Vos sois un sandio y mal hostalero -respondió don Quijote.Y, poniendo piernas al Rocinante y terciando su lanzón, se salió de laventa sin que nadie le detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero,se alongó un buen trecho.El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de SanchoPanza, el cual dijo que, pues su señor no había querido pagar, que tampocoél pagaría; porque, siendo él escudero de caballero andante, como era, lamesma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa algunaen los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle quesi no le pagaba, que lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sanchorespondió que, por la ley de caballería que su amo había recebido, nopagaría un solo cornado, aunque le costase la vida; porque no había deperder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni sehabían de quejar dél los escuderos de los tales que estaban por venir almundo, reprochándole el quebrantamiento de tan justo fuero.Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que, entre la gente que estabaen la venta, se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros delPotro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bienintencionada, maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados ymovidos de un mesmo espíritu, se llegaron a Sancho, y, apeándole del asno,uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella,alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habíanmenester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía porlímite el cielo. Y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron alevantarle en alto y a holgarse con él como con perro por carnestolendas.Las voces que el mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron a losoídos de su amo; el cual, determinándose a escuchar atentamente, creyó quealguna nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el quegritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galopellegó a la venta, y, hallándola cerrada, la rodeó por ver si hallaba pordonde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no eranmuy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a su escudero. Violebajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza que, si la cólera ledejara, tengo para mí que se riera. Probó a subir desde el caballo a lasbardas, pero estaba tan molido y quebrantado que aun apearse no pudo; yasí, desde encima del caballo, comenzó a decir tantos denuestos y baldonesa los que a Sancho manteaban, que no es posible acertar a escribillos; masno por esto cesaban ellos de su risa y de su obra, ni el volador Sanchodejaba sus quejas, mezcladas ya con amenazas, ya con ruegos; mas todoaprovechaba poco, ni aprovechó, hasta que de puro cansados le dejaron.Trujéronle allí su asno, y, subiéndole encima, le arroparon con su gabán. Yla compasiva de Maritornes, viéndole tan fatigado, le pareció ser biensocorrelle con un jarro de agua, y así, se le trujo del pozo, por ser másfrío. Tomóle Sancho, y llevándole a la boca, se paró a las voces que su amole daba, diciendo:-¡Hijo Sancho, no bebas agua! ¡Hijo, no la bebas, que te matará! ¿Ves? Aquítengo el santísimo bálsamo -y enseñábale la alcuza del brebaje-, que condos gotas que dél bebas sanarás sin duda.A estas voces volvió Sancho los ojos, como de través, y dijo con otrasmayores:-¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced como yo no soy caballero, oquiere que acabe de vomitar las entrañas que me quedaron de anoche?Guárdese su licor con todos los diablos y déjeme a mí.Y el acabar de decir esto y el comenzar a beber todo fue uno; mas, como alprimer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante, y rogó a Maritornesque se le trujese de vino, y así lo hizo ella de muy buena voluntad, y lopagó de su mesmo dinero; porque, en efecto, se dice della que, aunqueestaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana.Así como bebió Sancho, dio de los carcaños a su asno, y, abriéndole lapuerta de la venta de par en par, se salió della, muy contento de no haberpagado nada y de haber salido con su intención, aunque había sido a costade sus acostumbrados fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que elventero se quedó con sus alforjas en pago de lo que se le debía; mas Sanchono las echó menos, según salió turbado. Quiso el ventero atrancar bien lapuerta así como le vio fuera, mas no lo consintieron los manteadores, queeran gente que, aunque don Quijote fuera verdaderamente de los caballerosandantes de la Tabla Redonda, no le estimaran en dos ardites.
Capítulo anterior: De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo
Capítulo siguiente: Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas