Capítulo XXI: Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


Índice Don Quijote de la Mancha

Capítulo anterior: De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha
Capítulo siguiente: De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir

En esto, comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en elmolino de los batanes; mas habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote,por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y así,torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habíanllevado el día de antes.De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo, que traía en lacabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aún él apenas lehubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:-Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos sonsentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas,especialmente aquel que dice: "Donde una puerta se cierra, otra se abre".Dígolo porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la quebuscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en parotra, para otra mejor y más cierta aventura; que si yo no acertare a entrarpor ella, mía será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia debatanes ni a la escuridad de la noche. Digo esto porque, si no me engaño,hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino,sobre que yo hice el juramento que sabes.-Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace -dijo Sancho-,que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar yaporrear el sentido.-¡Válate el diablo por hombre! -replicó don Quijote-. ¿Qué va de yelmo abatanes?-No sé nada -respondió Sancho-; mas, a fe que si yo pudiera hablar tantocomo solía, que quizá diera tales razones que vuestra merced viera que seengañaba en lo que dice.-¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor escrupuloso? -dijo donQuijote-. Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre uncaballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?-Lo que yo veo y columbro -respondió Sancho- no es sino un hombre sobre unasno pardo, como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.-Pues ése es el yelmo de Mambrino -dijo don Quijote-. Apártate a una partey déjame con él a solas: verás cuán sin hablar palabra, por ahorrar deltiempo, concluyo esta aventura y queda por mío el yelmo que tanto hedeseado.-Yo me tengo en cuidado el apartarme -replicó Sancho-, mas quiera Dios,torno a decir, que orégano sea, y no batanes.-Ya os he dicho, hermano, que no me mentéis, ni por pienso, más eso de losbatanes -dijo don Quijote-; que voto..., y no digo más, que os batanee elalma.Calló Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le habíaechado, redondo como una bola.Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijoteveía, era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeñoque ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto, sí; yasí, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad unenfermo de sangrarse y otro de hacerse la barba, para lo cual venía elbarbero, y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte que, al tiempo quevenía, comenzó a llover, y, porque no se le manchase el sombrero, que debíade ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza; y, como estaba limpia,desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo,y ésta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio rodado, ycaballero, y yelmo de oro; que todas las cosas que veía, con muchafacilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y malandantespensamientos. Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sinponerse con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con ellanzón bajo, llevando intención de pasarle de parte a parte; mas cuando aél llegaba, sin detener la furia de su carrera, le dijo:-¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu voluntad lo que contanta razón se me debe!El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo, vio venir aquella fantasmasobre sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza,si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuandose levantó más ligero que un gamo y comenzó a correr por aquel llano, queno le alcanzara el viento. Dejóse la bacía en el suelo, con la cual secontentó don Quijote, y dijo que el pagano había andado discreto y quehabía imitado al castor, el cual, viéndose acosado de los cazadores, setaraza y arpa con los dientes aquéllo por lo que él, por distinto natural,sabe que es perseguido. Mandó a Sancho que alzase el yelmo, el cual,tomándola en las manos, dijo:-Por Dios, que la bacía es buena y que vale un real de a ocho como unmaravedí.Y, dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola a unaparte y a otra, buscándole el encaje; y, como no se le hallaba, dijo:-Sin duda que el pagano, a cuya medida se forjó primero esta famosa celada,debía de tener grandísima cabeza, y lo peor dello es que le falta la mitad.Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada, no pudo tener la risa; masvínosele a las mientes la cólera de su amo, y calló en la mitad della.-¿De qué te ríes, Sancho? -dijo don Quijote.-Ríome -respondió él- de considerar la gran cabeza que tenía el paganodueño deste almete, que no semeja sino una bacía de barbero pintiparada.-¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo,por algún estraño acidente, debió de venir a manos de quien no supo conocerni estimar su valor, y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo,debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otramitad hizo ésta, que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero, sea loque fuere; que para mí que la conozco no hace al caso su trasmutación; queyo la aderezaré en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte que nole haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo y forjó el dios de lasherrerías para el dios de las batallas; y, en este entretanto, la traerécomo pudiere, que más vale algo que no nada; cuanto más, que bien serábastante para defenderme de alguna pedrada.-Eso será -dijo Sancho- si no se tira con honda, como se tiraron en lapelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra merced lasmuelas y le rompieron el alcuza donde venía aquel benditísimo brebaje queme hizo vomitar las asaduras.along-No me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes tú, Sancho -dijo donQuijote-, que yo tengo la receta en la memoria.-También la tengo yo -respondió Sancho-, pero si yo le hiciere ni leprobare más en mi vida, aquí sea mi hora. Cuanto más, que no pienso ponermeen ocasión de haberle menester, porque pienso guardarme con todos mis cincosentidos de ser ferido ni de ferir a nadie. De lo del ser otra vezmanteado, no digo nada, que semejantes desgracias mal se pueden prevenir, ysi vienen, no hay que hacer otra cosa sino encoger los hombros, detener elaliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde la suerte y la manta nosllevare.-Mal cristiano eres, Sancho -dijo, oyendo esto, don Quijote-, porque nuncaolvidas la injuria que una vez te han hecho; pues sábete que es de pechosnobles y generosos no hacer caso de niñerías. ¿Qué pie sacaste cojo, quécostilla quebrada, qué cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla?Que, bien apurada la cosa, burla fue y pasatiempo; que, a no entenderlo yoansí, ya yo hubiera vuelto allá y hubiera hecho en tu venganza más daño queel que hicieron los griegos por la robada Elena. La cual, si fuera en estetiempo, o mi Dulcinea fuera en aquél, pudiera estar segura que no tuvieratanta fama de hermosa como tiene.Y aquí dio un sospiro, y le puso en las nubes. Y dijo Sancho:-Pase por burlas, pues la venganza no puede pasar en veras; pero yo sé dequé calidad fueron las veras y las burlas, y sé también que no se me caeránde la memoria, como nunca se quitarán de las espaldas. Pero, dejando estoaparte, dígame vuestra merced qué haremos deste caballo rucio rodado, queparece asno pardo, que dejó aquí desamparado aquel Martino que vuestramerced derribó; que, según él puso los pies en polvorosa y cogió las deVilladiego, no lleva pergenio de volver por él jamás; y ¡para mis barbas,si no es bueno el rucio!-Nunca yo acostumbro -dijo don Quijote- despojar a los que venzo, ni es usode caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese queel vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que, en tal caso,lícito es tomar el del vencido, como ganado en guerra lícita. Así que,Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo que tú quisieres que sea, que, comosu dueño nos vea alongados de aquí, volverá por él.-Dios sabe si quisiera llevarle -replicó Sancho-, o, por lo menos, trocallecon este mío, que no me parece tan bueno. Verdaderamente que son estrechaslas leyes de caballería, pues no se estienden a dejar trocar un asno porotro; y querría saber si podría trocar los aparejos siquiera.-En eso no estoy muy cierto -respondió don Quijote-; y, en caso de duda,hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes dellosnecesidad estrema.-Tan estrema es -respondió Sancho- que si fueran para mi misma persona, nolos hubiera menester más.Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum y puso sujumento a las mil lindezas, dejándole mejorado en tercio y quinto.Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron,bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos:tal era el aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les habíanpuesto.Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron a caballo, y, sintomar determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomarninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinantequiso, que se llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siemprele seguía por dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todoesto, volvieron al camino real y siguieron por él a la ventura, sin otrodisignio alguno.Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo:-Señor, ¿quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con él?Que, después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio, se me hanpodrido más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo enel pico de la lengua no querría que se mal lograse.-Dila -dijo don Quijote-, y sé breve en tus razonamientos, que ninguno haygustoso si es largo.-Digo, pues, señor -respondió Sancho-, que, de algunos días a esta parte,he considerado cuán poco se gana y granjea de andar buscando estasaventuras que vuestra merced busca por estos desiertos y encrucijadas decaminos, donde, ya que se venzan y acaben las más eligrosas, no hay quienlas vea ni sepa; y así, se han de quedar en perpetuo silencio, y enperjuicio de la intención de vuestra merced y de lo que ellas merecen. Yasí, me parece que sería mejor, salvo el mejor parecer de vuestra merced,que nos fuésemos a servir a algún emperador, o a otro príncipe grande quetenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor de supersona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto delseñor a quien sirviéremos, por fuerza nos ha de remunerar, a cada cualsegún sus méritos, y allí no faltará quien ponga en escrito las hazañas devuestra merced, para perpetua memoria. De las mías no digo nada, pues nohan de salir de los límites escuderiles; aunque sé decir que, si se usa enla caballería escribir hazañas de escuderos, que no pienso que se han dequedar las mías entre renglones.-No dices mal, Sancho -respondió don Quijote-; mas, antes que se llegue aese término, es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscandolas aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal que,cuando se fuere a la corte de algún gran monarca, ya sea el caballeroconocido por sus obras; y que, apenas le hayan visto entrar los muchachospor la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan y rodeen, dando voces,diciendo: ''Éste es el Caballero del Sol'', o de la Sierpe, o de otrainsignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes hazañas. ''Éstees -dirán- el que venció en singular batalla al gigantazo Brocabruno de laGran Fuerza; el que desencantó al Gran Mameluco de Persia del largoencantamento en que había estado casi novecientos años''. Así que, de manoen mano, irán pregonando tus hechos, y luego, al alboroto de los muchachosy de la demás gente, se parará a las fenestras de su real palacio el rey deaquel reino, y así como vea al caballero, conociéndole por las armas o porla empresa del escudo, forzosamente ha de decir: ''¡Ea, sus! ¡Salgan miscaballeros, cuantos en mi corte están, a recebir a la flor de lacaballería, que allí viene!'' A cuyo mandamiento saldrán todos, y élllegará hasta la mitad de la escalera, y le abrazará estrechísimamente, yle dará paz besándole en el rostro; y luego le llevará por la mano alaposento de la señora reina, adonde el caballero la hallará con la infanta,su hija, que ha de ser una de las más fermosas y acabadas doncellas que, engran parte de lo descubierto de la tierra, a duras penas se pueda hallar.Sucederá tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en elcaballero y él en los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina quehumana; y, sin saber cómo ni cómo no, han de quedar presos y enlazados enla intricable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones por no sabercómo se han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos. Desde allíle llevarán, sin duda, a algún cuarto del palacio, ricamente aderezado,donde, habiéndole quitado las armas, le traerán un rico manto de escarlatacon que se cubra; y si bien pareció armado, tan bien y mejor ha de pareceren farseto. Venida la noche, cenará con el rey, reina e infanta, dondenunca quitará los ojos della, mirándola a furto de los circustantes, y ellahará lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo dicho, es muydiscreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrará a deshora por lapuerta de la sala un feo y pequeño enano con una fermosa dueña, que, entredos gigantes, detrás del enano viene, con cierta aventura, hecha por unantiquísimo sabio, que el que la acabare será tenido por el mejor caballerodel mundo. Mandará luego el rey que todos los que están presentes laprueben, y ninguno le dará fin y cima sino el caballero huésped, en muchopro de su fama, de lo cual quedará contentísima la infanta, y se tendrá porcontenta y pagada además, por haber puesto y colocado sus pensamientos entan alta parte. Y lo bueno es que este rey, o príncipe, o lo que es, tieneuna muy reñida guerra con otro tan poderoso como él, y el caballero huéspedle pide (al cabo de algunos días que ha estado en su corte) licencia parair a servirle en aquella guerra dicha. Darásela el rey de muy buen talante,y el caballero le besará cortésmente las manos por la merced que le face. Yaquella noche se despedirá de su señora la infanta por las rejas de unjardín, que cae en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otrasmuchas veces la había fablado, siendo medianera y sabidora de todo unadoncella de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirará él, desmayaráseella, traerá agua la doncella, acuitaráse mucho porque viene la mañana, yno querría que fuesen descubiertos, por la honra de su señora. Finalmente,la infanta volverá en sí y dará sus blancas manos por la reja al caballero,el cual se las besará mil y mil veces y se las bañará en lágrimas. Quedaráconcertado entre los dos del modo que se han de hacer saber sus buenos omalos sucesos, y rogarále la princesa que se detenga lo menos que pudiere;prometérselo ha él con muchos juramentos; tórnale a besar las manos, ydespídese con tanto sentimiento que estará poco por acabar la vida. Vasedesde allí a su aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir del dolorde la partida, madruga muy de mañana, vase a despedir del rey y de la reinay de la infanta; dícenle, habiéndose despedido de los dos, que la señorainfanta está mal dispuesta y que no puede recebir visita; piensa elcaballero que es de pena de su partida, traspásasele el corazón, y faltapoco de no dar indicio manifiesto de su pena. Está la doncella medianeradelante, halo de notar todo, váselo a decir a su señora, la cual la recibecon lágrimas y le dice que una de las mayores penas que tiene es no saberquién sea su caballero, y si es de linaje de reyes o no; asegúrala ladoncella que no puede caber tanta cortesía, gentileza y valentía como la desu caballero sino en subjeto real y grave; consuélase con esto la cuitada;procura consolarse, por no dar mal indicio de sí a sus padres, y, a cabo dedos días, sale en público. Ya se es ido el caballero: pelea en la guerra,vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas,vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele, conciértase que la pidaa su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la quiere dar el rey,porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada o de otra cualquiersuerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y su padre lo viene atener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero eshijo de un valeroso rey de no sé qué reino, porque creo que no debe deestar en el mapa. Muérese el padre, hereda la infanta, queda rey elcaballero en dos palabras. Aquí entra luego el hacer mercedes a su escuderoy a todos aquellos que le ayudaron a subir a tan alto estado: casa a suescudero con una doncella de la infanta, que será, sin duda, la que fuetercera en sus amores, que es hija de un duque muy principal.-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-; a eso me atengo, porque todo,al pie de la letra, ha de suceder por vuestra merced, llamándose elCaballero de la Triste Figura.-No lo dudes, Sancho -replicó don Quijote-, porque del mesmo y por losmesmos pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros andantesa ser reyes y emperadores. Sólo falta agora mirar qué rey de los cristianoso de los paganos tenga guerra y tenga hija hermosa; pero tiempo habrá parapensar esto, pues, como te tengo dicho, primero se ha de cobrar fama porotras partes que se acuda a la corte. También me falta otra cosa; que,puesto caso que se halle rey con guerra y con hija hermosa, y que yo hayacobrado fama increíble por todo el universo, no sé yo cómo se podía hallarque yo sea de linaje de reyes, o, por lo menos, primo segundo de emperador;porque no me querrá el rey dar a su hija por mujer si no está primero muyenterado en esto, aunque más lo merezcan mis famosos hechos. Así que, poresta falta, temo perder lo que mi brazo tiene bien merecido. Bien es verdadque yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesión y propriedad y dedevengar quinientos sueldos; y podría ser que el sabio que escribiese mihistoria deslindase de tal manera mi parentela y decendencia, que mehallase quinto o sesto nieto de rey. Porque te hago saber, Sancho, que haydos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derriban sudecendencia de príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo hadeshecho, y han acabado en punta, como pirámide puesta al revés; otrostuvieron principio de gente baja, y van subiendo de grado en grado, hastallegar a ser grandes señores. De manera que está la diferencia en que unosfueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron; y podría ser yodéstos que, después de averiguado, hubiese sido mi principio grande yfamoso, con lo cual se debía de contentar el rey, mi suegro, que hubiere deser. Y cuando no, la infanta me ha de querer de manera que, a pesar de supadre, aunque claramente sepa que soy hijo de un azacán, me ha de admitirpor señor y por esposo; y si no, aquí entra el roballa y llevalla donde másgusto me diere; que el tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de suspadres.-Ahí entra bien también -dijo Sancho- lo que algunos desalmados dicen: "Nopidas de grado lo que puedes tomar por fuerza"; aunque mejor cuadra decir:"Más vale salto de mata que ruego de hombres buenos". Dígolo porque si elseñor rey, suegro de vuestra merced, no se quisiere domeñar a entregalle ami señora la infanta, no hay sino, como vuestra merced dice, roballa ytrasponella. Pero está el daño que, en tanto que se hagan las paces y segoce pacíficamente el reino, el pobre escudero se podrá estar a diente enesto de las mercedes. Si ya no es que la doncella tercera, que ha de ser sumujer, se sale con la infanta, y él pasa con ella su mala ventura, hastaque el cielo ordene otra cosa; porque bien podrá, creo yo, desde luegodársela su señor por ligítima esposa.-Eso no hay quien la quite -dijo don Quijote.-Pues, como eso sea -respondió Sancho-, no hay sino encomendarnos a Dios, ydejar correr la suerte por donde mejor lo encaminare.-Hágalo Dios -respondió don Quijote- como yo deseo y tú, Sancho, hasmenester; y ruin sea quien por ruin se tiene.-Sea par Dios -dijo Sancho-, que yo cristiano viejo soy, y para ser condeesto me basta.-Y aun te sobra -dijo don Quijote-; y cuando no lo fueras, no hacía nada alcaso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin que lacompres ni me sirvas con nada. Porque, en haciéndote conde, cátate ahícaballero, y digan lo que dijeren; que a buena fe que te han de llamarseñoría, mal que les pese.-Y ¡montas que no sabría yo autorizar el litado! -dijo Sancho.-Dictado has de decir, que no litado -dijo su amo.-Sea ansí -respondió Sancho Panza-. Digo que le sabría bien acomodar,porque, por vida mía, que un tiempo fui muñidor de una cofradía, y que measentaba tan bien la ropa de muñidor, que decían todos que tenía presenciapara poder ser prioste de la mesma cofradía. Pues, ¿qué será cuando meponga un ropón ducal a cuestas, o me vista de oro y de perlas, a uso deconde estranjero? Para mí tengo que me han de venir a ver de cien leguas.-Bien parecerás -dijo don Quijote-, pero será menester que te rapes lasbarbas a menudo; que, según las tienes de espesas, aborrascadas y malpuestas, si no te las rapas a navaja, cada dos días por lo menos, a tiro deescopeta se echará de ver lo que eres.-¿Qué hay más -dijo Sancho-, sino tomar un barbero y tenelle asalariado encasa? Y aun, si fuere menester, le haré que ande tras mí, como caballerizode grande.-Pues, ¿cómo sabes tú -preguntó don Quijote- que los grandes llevan detrásde sí a sus caballerizos?-Yo se lo diré -respondió Sancho-: los años pasados estuve un mes en lacorte, y allí vi que, paseándose un señor muy pequeño, que decían que eramuy grande, un hombre le seguía a caballo a todas las vueltas que daba, queno parecía sino que era su rabo. Pregunté que cómo aquel hombre no sejuntaba con el otro, sino que siempre andaba tras dél. Respondiéronme queera su caballerizo y que era uso de los grandes llevar tras sí a los tales.Desde entonces lo sé tan bien que nunca se me ha olvidado.-Digo que tienes razón -dijo don Quijote-, y que así puedes tú llevar a tubarbero; que los usos no vinieron todos juntos, ni se inventaron a una, ypuedes ser tú el primero conde que lleve tras sí su barbero; y aun es demás confianza el hacer la barba que ensillar un caballo.-Quédese eso del barbero a mi cargo -dijo Sancho-, y al de vuestra mercedse quede el procurar venir a ser rey y el hacerme conde.-Así será -respondió don Quijote.Y, alzando los ojos, vio lo que se dirá en el siguiente capítulo.

Índice Don Quijote de la Mancha

Capítulo anterior: De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha
Capítulo siguiente: De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir