Capítulo XXVIII: Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedió en la mesma sierra


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


Índice Don Quijote de la Mancha

Capítulo anterior: De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia
Capítulo siguiente: Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo

Cuarta parte del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Felicísimos y venturosos fueron los tiempos donde se echó al mundo elaudacísimo caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tanhonrosa determinación como fue el querer resucitar y volver al mundo la yaperdida y casi muerta orden de la andante caballería, gozamos ahora, enesta nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no sólo de ladulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della,que, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que lamisma historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspadohilo, cuenta que, así como el cura comenzó a prevenirse para consolar aCardenio, lo impidió una voz que llegó a sus oídos, que, con tristesacentos, decía desta manera:-¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir deescondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mivoluntad sostengo? Sí será, si la soledad que prometen estas sierras no memiente. ¡Ay, desdichada, y cuán más agradable compañía harán estos riscos ymalezas a mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comuniquemi desgracia al cielo, que no la de ningún hombre humano, pues no hayninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivioen las quejas, ni remedio en los males!Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban,y por parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron abuscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detrás de unpeñasco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido comolabrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavabalos pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver porentonces. Y ellos llegaron con tanto silencio que dél no fueron sentidos,ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, queno parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedrasdel arroyo se habían nacido. Suspendióles la blancura y belleza de lospies, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar trasel arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño; y así, viendoque no habían sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo señas a losotros dos que se agazapasen o escondiesen detrás de unos pedazos de peñaque allí había, y así lo hicieron todos, mirando con atención lo que elmozo hacía; el cual traía puesto un capotillo pardo de dos haldas, muyceñido al cuerpo con una toalla blanca. Traía, ansimesmo, unos calzones ypolainas de paño pardo, y en la cabeza una montera parda. Tenía laspolainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, deblanco alabastro parecía. Acabóse de lavar los hermosos pies, y luego, conun paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los limpió; y, alquerer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que mirándoleestaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al cura,con voz baja:-Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte,se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los delsol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador eramujer, y delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de losdos habían visto, y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido aLuscinda; que después afirmó que sola la belleza de Luscinda podíacontender con aquélla. Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieronlas espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si noeran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía: tales y tantoseran. En esto, les sirvió de peine unas manos, que si los pies en el aguahabían parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejabanpedazos de apretada nieve; todo lo cual, en más admiración y en más deseode saber quién era ponía a los tres que la miraban.Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron deponerse en pie, la hermosa moza alzó la cabeza, y, apartándose los cabellosde delante de los ojos con entrambas manos, miró los que el ruido hacían; yapenas los hubo visto, cuando se levantó en pie, y, sin aguardar a calzarseni a recoger los cabellos, asió con mucha presteza un bulto, como de ropa,que junto a sí tenía, y quiso ponerse en huida, llena de turbación ysobresalto; mas no hubo dado seis pasos cuando, no pudiendo sufrir losdelicados pies la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo. Lo cualvisto por los tres, salieron a ella, y el cura fue el primero que le dijo:-Deteneos, señora, quienquiera que seáis, que los que aquí veis sólo tienenintención de serviros. No hay para qué os pongáis en tan impertinentehuida, porque ni vuestros pies lo podrán sufrir ni nosotros consentir.A todo esto, ella no respondía palabra, atónita y confusa. Llegaron, pues,a ella, y, asiéndola por la mano el cura, prosiguió diciendo:-Lo que vuestro traje, señora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren:señales claras que no deben de ser de poco momento las causas que handisfrazado vuestra belleza en hábito tan indigno, y traídola a tantasoledad como es ésta, en la cual ha sido ventura el hallaros, si no paradar remedio a vuestros males, a lo menos para darles consejo, pues ningúnmal puede fatigar tanto, ni llegar tan al estremo de serlo, mientras noacaba la vida, que rehúya de no escuchar siquiera el consejo que con buenaintención se le da al que lo padece. Así que, señora mía, o señor mío, o loque vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra vista os hacausado y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en nosotros juntos, oen cada uno, hallaréis quien os ayude a sentir vuestras desgracias.En tanto que el cura decía estas razones, estaba la disfrazada moza comoembelesada, mirándolos a todos, sin mover labio ni decir palabra alguna:bien así como rústico aldeano que de improviso se le muestran cosas raras ydél jamás vistas. Mas, volviendo el cura a decirle otras razones al mesmoefeto encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompió el silencio ydijo:-Pues que la soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme, ni lasoltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa milengua, en balde sería fingir yo de nuevo ahora lo que, si se me creyese,sería más por cortesía que por otra razón alguna. Presupuesto esto, digo,señores, que os agradezco el ofrecimiento que me habéis hecho, el cual meha puesto en obligación de satisfaceros en todo lo que me habéis pedido,puesto que temo que la relación que os hiciere de mis desdichas os ha decausar, al par de la compasión, la pesadumbre, porque no habéis de hallarremedio para remediarlas ni consuelo para entretenerlas. Pero, con todoesto, porque no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones, habiéndomeya conocido por mujer y viéndome moza, sola y en este traje, cosas todasjuntas, y cada una por sí, que pueden echar por tierra cualquier honestocrédito, os habré de decir lo que quisiera callar si pudiera.Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer parecía, con tan sueltalengua, con voz tan suave, que no menos les admiró su discreción que suhermosura. Y, tornándole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos paraque lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse más de rogar, calzándose contoda honestidad y recogiendo sus cabellos, se acomodó en el asiento de unapiedra, y, puestos los tres alrededor della, haciéndose fuerza por deteneralgunas lágrimas que a los ojos se le venían, con voz reposada y clara,comenzó la historia de su vida desta manera:-«En esta Andalucía hay un lugar de quien toma título un duque, que le haceuno de los que llaman grandes en España. Éste tiene dos hijos: el mayor,heredero de su estado, y, al parecer, de sus buenas costumbres; y el menor,no sé yo de qué sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de losembustes de Galalón. Deste señor son vasallos mis padres, humildes enlinaje, pero tan ricos que si los bienes de su naturaleza igualaran a losde su fortuna, ni ellos tuvieran más que desear ni yo temiera verme en ladesdicha en que me veo; porque quizá nace mi poca ventura de la que notuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tanbajos que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a mí me quitenla imaginación que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos,en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante,y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero tan ricos que suriqueza y magnífico trato les va poco a poco adquiriendo nombre dehidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza y nobleza queellos se preciaban era de tenerme a mí por hija; y, así por no tener otrani otro que los heredase como por ser padres, y aficionados, yo era una delas más regaladas hijas que padres jamás regalaron. Era el espejo en que semiraban, el báculo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban,midiéndolos con el cielo, todos sus deseos; de los cuales, por ser ellostan buenos, los míos no salían un punto. Y del mismo modo que yo era señorade sus ánimos, ansí lo era de su hacienda: por mí se recebían y despedíanlos criados; la razón y cuenta de lo que se sembraba y cogía pasaba por mimano; los molinos de aceite, los lagares de vino, el número del ganadomayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tanrico labrador como mi padre puede tener y tiene, tenía yo la cuenta, y erala mayordoma y señora, con tanta solicitud mía y con tanto gusto suyo, quebuenamente no acertaré a encarecerlo. Los ratos que del día me quedaban,después de haber dado lo que convenía a los mayorales, a capataces y aotros jornaleros, los entretenía en ejercicios que son a las doncellas tanlícitos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla,y la rueca muchas veces; y si alguna, por recrear el ánimo, estosejercicios dejaba, me acogía al entretenimiento de leer algún libro devoto,o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la música componelos ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu.»Ésta, pues, era la vida que yo tenía en casa de mis padres, la cual, sitan particularmente he contado, no ha sido por ostentación ni por dar aentender que soy rica, sino porque se advierta cuán sin culpa me he venidode aquel buen estado que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es,pues, el caso que, pasando mi vida en tantas ocupaciones y en unencerramiento tal que al de un monesterio pudiera compararse, sin servista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados de casa,porque los días que iba a misa era tan de mañana, y tan acompañada de mimadre y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada que apenas vían misojos más tierra de aquella donde ponía los pies; y, con todo esto, los delamor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince nopueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, queéste es el nombre del hijo menor del duque que os he contado».No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando aCardenio se le mudó la color del rostro, y comenzó a trasudar, con tangrande alteración que el cura y el barbero, que miraron en ello, temieronque le venía aquel accidente de locura que habían oído decir que de cuandoen cuando le venía. Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarsequedo, mirando de hito en hito a la labradora, imaginando quién ella era;la cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosiguió suhistoria, diciendo:-«Y no me hubieron bien visto cuando, según él dijo después, quedó tanpreso de mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones.Mas, por acabar presto con el cuento, que no le tiene, de mis desdichas,quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo paradeclararme su voluntad. Sobornó toda la gente de mi casa, dio y ofreciódádivas y mercedes a mis parientes. Los días eran todos de fiesta y deregocijo en mi calle; las noches no dejaban dormir a nadie las músicas. Losbilletes que, sin saber cómo, a mis manos venían, eran infinitos, llenos deenamoradas razones y ofrecimientos, con menos letras que promesas yjuramentos. Todo lo cual no sólo no me ablandaba, pero me endurecía demanera como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las obras que parareducirme a su voluntad hacía, las hiciera para el efeto contrario; noporque a mí me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni que tuviese ademasía sus solicitudes; porque me daba un no sé qué de contento verme tanquerida y estimada de un tan principal caballero, y no me pesaba ver en suspapeles mis alabanzas: que en esto, por feas que seamos las mujeres, meparece a mí que siempre nos da gusto el oír que nos llaman hermosas.»Pero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos que mispadres me daban, que ya muy al descubierto sabían la voluntad de donFernando, porque ya a él no se le daba nada de que todo el mundo lasupiese. Decíanme mis padres que en sola mi virtud y bondad dejaban ydepositaban su honra y fama, y que considerase la desigualdad que habíaentre mí y don Fernando, y que por aquí echaría de ver que suspensamientos, aunque él dijese otra cosa, mas se encaminaban a su gusto quea mi provecho; y que si yo quisiese poner en alguna manera algúninconveniente para que él se dejase de su injusta pretensión, que ellos mecasarían luego con quien yo más gustase: así de los más principales denuestro lugar como de todos los circunvecinos, pues todo se podía esperarde su mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos prometimientos,y con la verdad que ellos me decían, fortificaba yo mi entereza, y jamásquise responder a don Fernando palabra que le pudiese mostrar, aunque demuy lejos, esperanza de alcanzar su deseo.»Todos estos recatos míos, que él debía de tener por desdenes, debieron deser causa de avivar más su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a lavoluntad que me mostraba; la cual, si ella fuera como debía, no lasupiérades vosotros ahora, porque hubiera faltado la ocasión de decírosla.Finalmente, don Fernando supo que mis padres andaban por darme estado, porquitalle a él la esperanza de poseerme, o, a lo menos, porque yo tuviesemás guardas para guardarme; y esta nueva o sospecha fue causa para quehiciese lo que ahora oiréis. Y fue que una noche, estando yo en mi aposentocon sola la compañía de una doncella que me servía, teniendo bien cerradaslas puertas, por temor que, por descuido, mi honestidad no se viese enpeligro, sin saber ni imaginar cómo, en medio destos recatos yprevenciones, y en la soledad deste silencio y encierro, me le hallédelante, cuya vista me turbó de manera que me quitó la de mis ojos y meenmudeció la lengua; y así, no fui poderosa de dar voces, ni aun él creoque me las dejara dar, porque luego se llegó a mí, y, tomándome entre susbrazos (porque yo, como digo, no tuve fuerzas para defenderme, según estabaturbada), comenzó a decirme tales razones, que no sé cómo es posible quetenga tanta habilidad la mentira que las sepa componer de modo que parezcantan verdaderas. Hacía el traidor que sus lágrimas acreditasen sus palabrasy los suspiros su intención. Yo, pobrecilla, sola entre los míos, malejercitada en casos semejantes, comencé, no sé en qué modo, a tener porverdaderas tantas falsedades, pero no de suerte que me moviesen a compasiónmenos que buena sus lágrimas y suspiros.»Y así, pasándoseme aquel sobresalto primero, torné algún tanto a cobrarmis perdidos espíritus, y con más ánimo del que pensé que pudiera tener, ledije: ''Si como estoy, señor, en tus brazos, estuviera entre los de un leónfiero y el librarme dellos se me asegurara con que hiciera, o dijera, cosaque fuera en perjuicio de mi honestidad, así fuera posible hacella odecilla como es posible dejar de haber sido lo que fue. Así que, si tútienes ceñido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo atada mi alma con misbuenos deseos, que son tan diferentes de los tuyos como lo verás si conhacerme fuerza quisieres pasar adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero notu esclava; ni tiene ni debe tener imperio la nobleza de tu sangre paradeshonrar y tener en poco la humildad de la mía; y en tanto me estimo yo,villana y labradora, como tú, señor y caballero. Conmigo no han de ser deningún efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tuspalabras han de poder engañarme, ni tus suspiros y lágrimas enternecerme.Si alguna de todas estas cosas que he dicho viera yo en el que mis padresme dieran por esposo, a su voluntad se ajustara la mía, y mi voluntad de lasuya no saliera; de modo que, como quedara con honra, aunque quedara singusto, de grado te entregara lo que tú, señor, ahora con tanta fuerzaprocuras. Todo esto he dicho porque no es pensar que de mí alcance cosaalguna el que no fuere mi ligítimo esposo''. ''Si no reparas más que eneso, bellísima Dorotea -(que éste es el nombre desta desdichada), dijo eldesleal caballero-, ves: aquí te doy la mano de serlo tuyo, y sean testigosdesta verdad los cielos, a quien ninguna cosa se asconde, y esta imagen deNuestra Señora que aquí tienes''.»Cuando Cardenio le oyó decir que se llamaba Dorotea, tornó de nuevo a sussobresaltos y acabó de confirmar por verdadera su primera opinión; pero noquiso interromper el cuento, por ver en qué venía a parar lo que él ya casisabía; sólo dijo:-¿Que Dorotea es tu nombre, señora? Otra he oído yo decir del mesmo, quequizá corre parejas con tus desdichas. Pasa adelante, que tiempo vendrá enque te diga cosas que te espanten en el mesmo grado que te lastimen.Reparó Dorotea en las razones de Cardenio y en su estraño y desastradotraje, y rogóle que si alguna cosa de su hacienda sabía, se la dijeseluego; porque si algo le había dejado bueno la fortuna, era el ánimo quetenía para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese, segura de que, asu parecer, ninguno podía llegar que el que tenía acrecentase un punto.-No le perdiera yo, señora -respondió Cardenio-, en decirte lo que pienso,si fuera verdad lo que imagino; y hasta ahora no se pierde coyuntura, ni ati te importa nada el saberlo.-Sea lo que fuere -respondió Dorotea-, «lo que en mi cuento pasa fue que,tomando don Fernando una imagen que en aquel aposento estaba, la puso portestigo de nuestro desposorio. Con palabras eficacísimas y juramentosestraordinarios, me dio la palabra de ser mi marido, puesto que, antes queacabase de decirlas, le dije que mirase bien lo que hacía y que consideraseel enojo que su padre había de recebir de verle casado con una villanavasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal cual era, pues no erabastante para hallar en ella disculpa de su yerro, y que si algún bien mequería hacer, por el amor que me tenía, fuese dejar correr mi suerte a loigual de lo que mi calidad podía, porque nunca los tan desigualescasamientos se gozan ni duran mucho en aquel gusto con que se comienzan.»Todas estas razones que aquí he dicho le dije, y otras muchas de que no meacuerdo, pero no fueron parte para que él dejase de seguir su intento, bienansí como el que no piensa pagar, que, al concertar de la barata, no reparaen inconvenientes. Yo, a esta sazón, hice un breve discurso conmigo, y medije a mí mesma: ''Sí, que no seré yo la primera que por vía de matrimoniohaya subido de humilde a grande estado, ni será don Fernando el primero aquien hermosura, o ciega afición, que es lo más cierto, haya hecho tomarcompañía desigual a su grandeza. Pues si no hago ni mundo ni uso nuevo,bien es acudir a esta honra que la suerte me ofrece, puesto que en éste nodure más la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de sudeseo; que, en fin, para con Dios seré su esposa. Y si quiero con desdenesdespedille, en término le veo que, no usando el que debe, usará el de lafuerza y vendré a quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa que me podíadar el que no supiere cuán sin ella he venido a este punto. Porque, ¿quérazones serán bastantes para persuadir a mis padres, y a otros, que estecaballero entró en mi aposento sin consentimiento mío?''»Todas estas demandas y respuestas revolví yo en un instante en laimaginación; y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza y a inclinarme alo que fue, sin yo pensarlo, mi perdición: los juramentos de don Fernando,los testigos que ponía, las lágrimas que derramaba, y, finalmente, sudispusición y gentileza, que, acompañada con tantas muestras de verdaderoamor, pudieran rendir a otro tan libre y recatado corazón como el mío.Llamé a mi criada, para que en la tierra acompañase a los testigos delcielo; tornó don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos; añadió alos primeros nuevos santos por testigos; echóse mil futuras maldiciones, sino cumpliese lo que me prometía; volvió a humedecer sus ojos y a acrecentarsus suspiros; apretóme más entre sus brazos, de los cuales jamás me habíadejado; y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yodejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido.»El día que sucedió a la noche de mi desgracia se venía aun no tan apriesacomo yo pienso que don Fernando deseaba, porque, después de cumplidoaquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es apartarse dedonde le alcanzaron. Digo esto porque don Fernando dio priesa por partirsede mí, y, por industria de mi doncella, que era la misma que allí le habíatraído, antes que amaneciese se vio en la calle. Y, al despedirse de mí,aunque no con tanto ahínco y vehemencia como cuando vino, me dijo queestuviese segura de su fe y de ser firmes y verdaderos sus juramentos; y,para más confirmación de su palabra, sacó un rico anillo del dedo y lo pusoen el mío. En efecto, él se fue y yo quedé ni sé si triste o alegre; estosé bien decir: que quedé confusa y pensativa, y casi fuera de mí con elnuevo acaecimiento, y no tuve ánimo, o no se me acordó, de reñir a midoncella por la traición cometida de encerrar a don Fernando en mi mismoaposento, porque aún no me determinaba si era bien o mal el que me habíasucedido. Díjele, al partir, a don Fernando que por el mesmo camino deaquélla podía verme otras noches, pues ya era suya, hasta que, cuando élquisiese, aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si no fue lasiguiente, ni yo pude verle en la calle ni en la iglesia en más de un mes;que en vano me cansé en solicitallo, puesto que supe que estaba en la villay que los más días iba a caza, ejercicio de que él era muy aficionado.»Estos días y estas horas bien sé yo que para mí fueron aciagos ymenguadas, y bien sé que comencé a dudar en ellos, y aun a descreer de lafe de don Fernando; y sé también que mi doncella oyó entonces las palabrasque en reprehensión de su atrevimiento antes no había oído; y sé que me fueforzoso tener cuenta con mis lágrimas y con la compostura de mi rostro, porno dar ocasión a que mis padres me preguntasen que de qué andabadescontenta y me obligasen a buscar mentiras que decilles. Pero todo estose acabó en un punto, llegándose uno donde se atropellaron respectos y seacabaron los honrados discursos, y adonde se perdió la paciencia y salierona plaza mis secretos pensamientos. Y esto fue porque, de allí a pocos días,se dijo en el lugar como en una ciudad allí cerca se había casado donFernando con una doncella hermosísima en todo estremo, y de muy principalespadres, aunque no tan rica que, por la dote, pudiera aspirar a tan noblecasamiento. Díjose que se llamaba Luscinda, con otras cosas que en susdesposorios sucedieron dignas de admiración.»Oyó Cardenio el nombre de Luscinda, y no hizo otra cosa que encoger loshombros, morderse los labios, enarcar las cejas y dejar de allí a poco caerpor sus ojos dos fuentes de lágrimas. Mas no por esto dejó Dorotea deseguir su cuento, diciendo:-«Llegó esta triste nueva a mis oídos, y, en lugar de helárseme el corazónen oílla, fue tanta la cólera y rabia que se encendió en él, que faltó pocopara no salirme por las calles dando voces, publicando la alevosía ytraición que se me había hecho. Mas templóse esta furia por entonces conpensar de poner aquella mesma noche por obra lo que puse: que fue ponermeen este hábito, que me dio uno de los que llaman zagales en casa de loslabradores, que era criado de mi padre, al cual descubrí toda midesventura, y le rogué me acompañase hasta la ciudad donde entendí que mienemigo estaba. Él, después que hubo reprehendido mi atrevimiento y afeadomi determinación, viéndome resuelta en mi parecer, se ofreció a tenermecompañía, como él dijo, hasta el cabo del mundo. Luego, al momento, encerréen una almohada de lienzo un vestido de mujer, y algunas joyas y dineros,por lo que podía suceder. Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuentaa mi traidora doncella, salí de mi casa, acompañada de mi criado y demuchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad a pie, llevada envuelo del deseo de llegar, ya que no a estorbar lo que tenía por hecho, alo menos a decir a don Fernando me dijese con qué alma lo había hecho.»Llegué en dos días y medio donde quería, y, en entrando por la ciudad,pregunté por la casa de los padres de Luscinda, y al primero a quien hicela pregunta me respondió más de lo que yo quisiera oír. Díjome la casa ytodo lo que había sucedido en el desposorio de su hija, cosa tan pública enla ciudad, que se hace en corrillos para contarla por toda ella. Díjome quela noche que don Fernando se desposó con Luscinda, después de haber elladado el sí de ser su esposa, le había tomado un recio desmayo, y que,llegando su esposo a desabrocharle el pecho para que le diese el aire, lehalló un papel escrito de la misma letra de Luscinda, en que decía ydeclaraba que ella no podía ser esposa de don Fernando, porque lo era deCardenio, que, a lo que el hombre me dijo, era un caballero muy principalde la mesma ciudad; y que si había dado el sí a don Fernando, fue por nosalir de la obediencia de sus padres. En resolución, tales razones dijo quecontenía el papel, que daba a entender que ella había tenido intención dematarse en acabándose de desposar, y daba allí las razones por que se habíaquitado la vida. Todo lo cual dicen que confirmó una daga que le hallaronno sé en qué parte de sus vestidos. Todo lo cual visto por don Fernando,pareciéndole que Luscinda le había burlado y escarnecido y tenido en poco,arremetió a ella, antes que de su desmayo volviese, y con la misma daga quele hallaron la quiso dar de puñaladas; y lo hiciera si sus padres y los quese hallaron presentes no se lo estorbaran. Dijeron más: que luego seausentó don Fernando, y que Luscinda no había vuelto de su parasismo hastaotro día, que contó a sus padres cómo ella era verdadera esposa de aquelCardenio que he dicho. Supe más: que el Cardenio, según decían, se hallópresente en los desposorios, y que, en viéndola desposada, lo cual él jamáspensó, se salió de la ciudad desesperado, dejándole primero escrita unacarta, donde daba a entender el agravio que Luscinda le había hecho, y decómo él se iba adonde gentes no le viesen.»Esto todo era público y notorio en toda la ciudad, y todos hablaban dello;y más hablaron cuando supieron que Luscinda había faltado de casa de suspadres y de la ciudad, pues no la hallaron en toda ella, de que perdían eljuicio sus padres y no sabían qué medio se tomar para hallarla. Esto quesupe puso en bando mis esperanzas, y tuve por mejor no haber hallado a donFernando, que no hallarle casado, pareciéndome que aún no estaba del todocerrada la puerta a mi remedio, dándome yo a entender que podría ser que elcielo hubiese puesto aquel impedimento en el segundo matrimonio, poratraerle a conocer lo que al primero debía, y a caer en la cuenta de queera cristiano y que estaba más obligado a su alma que a los respetoshumanos. Todas estas cosas revolvía en mi fantasía, y me consolaba sintener consuelo, fingiendo unas esperanzas largas y desmayadas, paraentretener la vida, que ya aborrezco.»Estando, pues, en la ciudad, sin saber qué hacerme, pues a don Fernando nohallaba, llegó a mis oídos un público pregón, donde se prometía grandehallazgo a quien me hallase, dando las señas de la edad y del mesmo trajeque traía; y oí decir que se decía que me había sacado de casa de mispadres el mozo que conmigo vino, cosa que me llegó al alma, por ver cuán decaída andaba mi crédito, pues no bastaba perderle con mi venida, sinoañadir el con quién, siendo subjeto tan bajo y tan indigno de mis buenospensamientos. Al punto que oí el pregón, me salí de la ciudad con micriado, que ya comenzaba a dar muestras de titubear en la fe que defidelidad me tenía prometida, y aquella noche nos entramos por lo espesodesta montaña, con el miedo de no ser hallados. Pero, como suele decirseque un mal llama a otro, y que el fin de una desgracia suele ser principiode otra mayor, así me sucedió a mí, porque mi buen criado, hasta entoncesfiel y seguro, así como me vio en esta soledad, incitado de su mesmabellaquería antes que de mi hermosura, quiso aprovecharse de la ocasiónque, a su parecer, estos yermos le ofrecían; y, con poca vergüenza y menostemor de Dios ni respeto mío, me requirió de amores; y, viendo que yo confeas y justas palabras respondía a las desvergüenzas de sus propósitos,dejó aparte los ruegos, de quien primero pensó aprovecharse, y comenzó ausar de la fuerza. Pero el justo cielo, que pocas o ningunas veces deja demirar y favorecer a las justas intenciones, favoreció las mías, de maneraque con mis pocas fuerzas, y con poco trabajo, di con él por underrumbadero, donde le dejé, ni sé si muerto o si vivo; y luego, con másligereza que mi sobresalto y cansancio pedían, me entré por estas montañas,sin llevar otro pensamiento ni otro disignio que esconderme en ellas y huirde mi padre y de aquellos que de su parte me andaban buscando.»Con este deseo, ha no sé cuántos meses que entré en ellas, donde hallé unganadero que me llevó por su criado a un lugar que está en las entrañasdesta sierra, al cual he servido de zagal todo este tiempo, procurandoestar siempre en el campo por encubrir estos cabellos que ahora, tan sipensarlo, me han descubierto. Pero toda mi industria y toda mi solicitudfue y ha sido de ningún provecho, pues mi amo vino en conocimiento de queyo no era varón, y nació en él el mesmo mal pensamiento que en mi criado;y, como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no halléderrumbadero ni barranco de donde despeñar y despenar al amo, como le hallépara el criado; y así, tuve por menor inconveniente dejalle y asconderme denuevo entre estas asperezas que probar con él mis fuerzas o mis disculpas.Digo, pues, que me torné a emboscar, y a buscar donde sin impedimentoalguno pudiese con suspiros y lágrimas rogar al cielo se duela de midesventura y me dé industria y favor para salir della, o para dejar la vidaentre estas soledades, sin que quede memoria desta triste, que tan sinculpa suya habrá dado materia para que de ella se hable y murmure en lasuya y en las ajenas tierras.»

Índice Don Quijote de la Mancha

Capítulo anterior: De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia
Capítulo siguiente: Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo