Capítulo XXIX: Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XXIX
-Esta es, señores, la verdadera historia de mi tragedia: mirad y juzgadahora si los suspiros que escuchastes, las palabras que oístes y laslágrimas que de mis ojos salían, tenían ocasión bastante para mostrarse enmayor abundancia; y, considerada la calidad de mi desgracia, veréis queserá en vano el consuelo, pues es imposible el remedio della. Sólo os ruego(lo que con facilidad podréis y debéis hacer) que me aconsejéis dónde podrépasar la vida sin que me acabe el temor y sobresalto que tengo de serhallada de los que me buscan; que, aunque sé que el mucho amor que mispadres me tienen me asegura que seré dellos bien recebida, es tanta lavergüenza que me ocupa sólo el pensar que, no como ellos pensaban, tengo deparecer a su presencia, que tengo por mejor desterrarme para siempre de servista que no verles el rostro, con pensamiento que ellos miran el mío ajenode la honestidad que de mí se debían de tener prometida.Calló en diciendo esto, y el rostro se le cubrió de un color que mostróbien claro el sentimiento y vergüenza del alma. En las suyas sintieron losque escuchado la habían tanta lástima como admiración de su desgracia; y,aunque luego quisiera el cura consolarla y aconsejarla, tomó primero lamano Cardenio, diciendo:-En fin, señora, que tú eres la hermosa Dorotea, la hija única del ricoClenardo.Admirada quedó Dorotea cuando oyó el nombre de su padre, y de ver cuán depoco era el que le nombraba, porque ya se ha dicho de la mala manera queCardenio estaba vestido; y así, le dijo:-Y ¿quién sois vos, hermano, que así sabéis el nombre de mi padre? Porqueyo, hasta ahora, si mal no me acuerdo, en todo el discurso del cuento de midesdicha no le he nombrado.-Soy -respondió Cardenio- aquel sin ventura que, según vos, señora, habéisdicho, Luscinda dijo que era su esposa. Soy el desdichado Cardenio, a quienel mal término de aquel que a vos os ha puesto en el que estáis me hatraído a que me veáis cual me veis: roto, desnudo, falto de todo humanoconsuelo y, lo que es peor de todo, falto de juicio, pues no le tengo sinocuando al cielo se le antoja dármele por algún breve espacio. Yo, Teodora,soy el que me hallé presente a las sinrazones de don Fernando, y el queaguardó oír el sí que de ser su esposa pronunció Luscinda. Yo soy el que notuvo ánimo para ver en qué paraba su desmayo, ni lo que resultaba del papelque le fue hallado en el pecho, porque no tuvo el alma sufrimiento para vertantas desventuras juntas; y así, dejé la casa y la paciencia, y una cartaque dejé a un huésped mío, a quien rogué que en manos de Luscinda lapusiese, y víneme a estas soledades, con intención de acabar en ellas lavida, que desde aquel punto aborrecí como mortal enemiga mía. Mas no haquerido la suerte quitármela, contentándose con quitarme el juicio, quizápor guardarme para la buena ventura que he tenido en hallaros; pues, siendoverdad, como creo que lo es, lo que aquí habéis contado, aún podría ser quea entrambos nos tuviese el cielo guardado mejor suceso en nuestrosdesastres que nosotros pensamos. Porque, presupuesto que Luscinda no puedecasarse con don Fernando, por ser mía, ni don Fernando con ella, por servuestro, y haberlo ella tan manifiestamente declarado, bien podemos esperarque el cielo nos restituya lo que es nuestro, pues está todavía en ser, yno se ha enajenado ni deshecho. Y, pues este consuelo tenemos, nacido no demuy remota esperanza, ni fundado en desvariadas imaginaciones, suplícoos,señora, que toméis otra resolución en vuestros honrados pensamientos, puesyo la pienso tomar en los míos, acomodándoos a esperar mejor fortuna; queyo os juro, por la fe de caballero y de cristiano, de no desampararos hastaveros en poder de don Fernando, y que, cuando con razones no le pudiereatraer a que conozca lo que os debe, de usar entonces la libertad que meconcede el ser caballero, y poder con justo título desafialle, en razón dela sinrazón que os hace, sin acordarme de mis agravios, cuya venganzadejaré al cielo por acudir en la tierra a los vuestros.Con lo que Cardenio dijo se acabó de admirar Dorotea, y, por no saber quégracias volver a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle los pies parabesárselos; mas no lo consintió Cardenio, y el licenciado respondió porentrambos, y aprobó el buen discurso de Cardenio, y, sobre todo, les rogó,aconsejó y persuadió que se fuesen con él a su aldea, donde se podríanreparar de las cosas que les faltaban, y que allí se daría orden cómobuscar a don Fernando, o cómo llevar a Dorotea a sus padres, o hacer lo quemás les pareciese conveniente. Cardenio y Dorotea se lo agradecieron, yacetaron la merced que se les ofrecía. El barbero, que a todo había estadosuspenso y callado, hizo también su buena plática y se ofreció con no menosvoluntad que el cura a todo aquello que fuese bueno para servirles.Contó asimesmo con brevedad la causa que allí los había traído, con laestrañeza de la locura de don Quijote, y cómo aguardaban a su escudero, quehabía ido a buscalle. Vínosele a la memoria a Cardenio, como por sueños, lapendencia que con don Quijote había tenido y contóla a los demás, mas nosupo decir por qué causa fue su quistión.En esto, oyeron voces, y conocieron que el que las daba era Sancho Panza,que, por no haberlos hallado en el lugar donde los dejó, los llamaba avoces. Saliéronle al encuentro, y, preguntándole por don Quijote, les dijocómo le había hallado desnudo en camisa, flaco, amarillo y muerto dehambre, y suspirando por su señora Dulcinea; y que, puesto que le habíadicho que ella le mandaba que saliese de aquel lugar y se fuese al delToboso, donde le quedaba esperando, había respondido que estaba determinadode no parecer ante su fermosura fasta que hobiese fecho fazañas que leficiesen digno de su gracia. Y que si aquello pasaba adelante, corríapeligro de no venir a ser emperador, como estaba obligado, ni aunarzobispo, que era lo menos que podía ser. Por eso, que mirasen lo que sehabía de hacer para sacarle de allí.El licenciado le respondió que no tuviese pena, que ellos le sacarían deallí, mal que le pesase. Contó luego a Cardenio y a Dorotea lo que teníanpensado para remedio de don Quijote, a lo menos para llevarle a su casa. Alo cual dijo Dorotea que ella haría la doncella menesterosa mejor que elbarbero, y más, que tenía allí vestidos con que hacerlo al natural, y quela dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menesterpara llevar adelante su intento, porque ella había leído muchos libros decaballerías y sabía bien el estilo que tenían las doncellas cuitadas cuandopedían sus dones a los andantes caballeros.-Pues no es menester más -dijo el cura- sino que luego se ponga por obra;que, sin duda, la buena suerte se muestra en favor nuestro, pues, tan sinpensarlo, a vosotros, señores, se os ha comenzado a abrir puerta paravuestro remedio y a nosotros se nos ha facilitado la que habíamos menester.Sacó luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla rica yuna mantellina de otra vistosa tela verde, y de una cajita un collar yotras joyas, con que en un instante se adornó de manera que una rica y granseñora parecía. Todo aquello, y más, dijo que había sacado de su casa paralo que se ofreciese, y que hasta entonces no se le había ofrecido ocasiónde habello menester. A todos contentó en estremo su mucha gracia, donaire yhermosura, y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, puestanta belleza desechaba.Pero el que más se admiró fue Sancho Panza, por parecerle -como era asíverdad- que en todos los días de su vida había visto tan hermosa criatura;y así, preguntó al cura con grande ahínco le dijese quién era aquella tanfermosa señora, y qué era lo que buscaba por aquellos andurriales.-Esta hermosa señora -respondió el cura-, Sancho hermano, es, como quien nodice nada, es la heredera por línea recta de varón del gran reino deMicomicón, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cuales que le desfaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y,a la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto,de Guinea ha venido a buscarle esta princesa.-Dichosa buscada y dichoso hallazgo -dijo a esta sazón Sancho Panza-, y mássi mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece ese tuerto,matando a ese hideputa dese gigante que vuestra merced dice; que sí matarási él le encuentra, si ya no fuese fantasma, que contra las fantasmas notiene mi señor poder alguno. Pero una cosa quiero suplicar a vuestramerced, entre otras, señor licenciado, y es que, porque a mi amo no le tomegana de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra merced leaconseje que se case luego con esta princesa, y así quedará imposibilitadode recebir órdenes arzobispales y vendrá con facilidad a su imperio y yo alfin de mis deseos; que yo he mirado bien en ello y hallo por mi cuenta queno me está bien que mi amo sea arzobispo, porque yo soy inútil para laIglesia, pues soy casado, y andarme ahora a traer dispensaciones para podertener renta por la Iglesia, teniendo, como tengo, mujer y hijos, seríanunca acabar. Así que, señor, todo el toque está en que mi amo se caseluego con esta señora, que hasta ahora no sé su gracia, y así, no la llamopor su nombre.-Llámase -respondió el cura- la princesa Micomicona, porque, llamándose sureino Micomicón, claro está que ella se ha de llamar así.-No hay duda en eso -respondió Sancho-, que yo he visto a muchos tomar elapellido y alcurnia del lugar donde nacieron, llamándose Pedro de Alcalá,Juan de Úbeda y Diego de Valladolid; y esto mesmo se debe de usar allá enGuinea: tomar las reinas los nombres de sus reinos.-Así debe de ser -dijo el cura-; y en lo del casarse vuestro amo, yo haréen ello todos mis poderíos.Con lo que quedó tan contento Sancho cuanto el cura admirado de susimplicidad, y de ver cuán encajados tenía en la fantasía los mesmosdisparates que su amo, pues sin alguna duda se daba a entender que había devenir a ser emperador.Ya, en esto, se había puesto Dorotea sobre la mula del cura y el barbero sehabía acomodado al rostro la barba de la cola de buey, y dijeron a Sanchoque los guiase adonde don Quijote estaba; al cual advirtieron que no dijeseque conocía al licenciado ni al barbero, porque en no conocerlos consistíatodo el toque de venir a ser emperador su amo; puesto que ni el cura niCardenio quisieron ir con ellos, porque no se le acordase a don Quijote lapendencia que con Cardenio había tenido, y el cura porque no era menesterpor entonces su presencia. Y así, los dejaron ir delante, y ellos losfueron siguiendo a pie, poco a poco. No dejó de avisar el cura lo que habíade hacer Dorotea; a lo que ella dijo que descuidasen, que todo se haría,sin faltar punto, como lo pedían y pintaban los libros de caballerías.Tres cuartos de legua habrían andado, cuando descubrieron a don Quijoteentre unas intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado; y, así comoDorotea le vio y fue informada de Sancho que aquél era don Quijote, dio delazote a su palafrén, siguiéndole el bien barbado barbero. Y, en llegandojunto a él, el escudero se arrojó de la mula y fue a tomar en los brazos aDorotea, la cual, apeándose con grande desenvoltura, se fue a hincar derodillas ante las de don Quijote; y, aunque él pugnaba por levantarla,ella, sin levantarse, le fabló en esta guisa:-De aquí no me levantaré, ¡oh valeroso y esforzado caballero!, fasta que lavuestra bondad y cortesía me otorgue un don, el cual redundará en honra yprez de vuestra persona, y en pro de la más desconsolada y agraviadadoncella que el sol ha visto. Y si es que el valor de vuestro fuerte brazocorresponde a la voz de vuestra inmortal fama, obligado estáis a favorecera la sin ventura que de tan lueñes tierras viene, al olor de vuestro famosonombre, buscándoos para remedio de sus desdichas.-No os responderé palabra, fermosa señora -respondió don Quijote-, ni oirémás cosa de vuestra facienda, fasta que os levantéis de tierra.-No me levantaré, señor -respondió la afligida doncella-, si primero, porla vuestra cortesía, no me es otorgado el don que pido.-Yo vos le otorgo y concedo -respondió don Quijote-, como no se haya decumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de micorazón y libertad tiene la llave.-No será en daño ni en mengua de los que decís, mi buen señor -replicó ladolorosa doncella.Y, estando en esto, se llegó Sancho Panza al oído de su señor y muy pasitole dijo:-Bien puede vuestra merced, señor, concederle el don que pide, que no escosa de nada: sólo es matar a un gigantazo, y esta que lo pide es la altaprincesa Micomicona, reina del gran reino Micomicón de Etiopía.-Sea quien fuere -respondió don Quijote-, que yo haré lo que soy obligado ylo que me dicta mi conciencia, conforme a lo que profesado tengo.Y, volviéndose a la doncella, dijo:-La vuestra gran fermosura se levante, que yo le otorgo el don que pedirmequisiere.-Pues el que pido es -dijo la doncella- que la vuestra magnánima persona sevenga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no se ha deentremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza de untraidor que, contra todo derecho divino y humano, me tiene usurpado mireino.-Digo que así lo otorgo -respondió don Quijote-, y así podéis, señora,desde hoy más, desechar la malenconía que os fatiga y hacer que cobrenuevos bríos y fuerzas vuestra desmayada esperanza; que, con el ayuda deDios y la de mi brazo, vos os veréis presto restituida en vuestro reino ysentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y adespecho de los follones que contradecirlo quisieren. Y manos a labor, queen la tardanza dicen que suele estar el peligro.La menesterosa doncella pugnó, con mucha porfía, por besarle las manos, masdon Quijote, que en todo era comedido y cortés caballero, jamás loconsintió; antes, la hizo levantar y la abrazó con mucha cortesía ycomedimiento, y mandó a Sancho que requiriese las cinchas a Rocinante y learmase luego al punto. Sancho descolgó las armas, que, como trofeo, de unárbol estaban pendientes, y, requiriendo las cinchas, en un punto armó a suseñor; el cual, viéndose armado, dijo:-Vamos de aquí, en el nombre de Dios, a favorecer esta gran señora.Estábase el barbero aún de rodillas, teniendo gran cuenta de disimular larisa y de que no se le cayese la barba, con cuya caída quizá quedaran todossin conseguir su buena intención; y, viendo que ya el don estaba concedidoy con la diligencia que don Quijote se alistaba para ir a cumplirle, selevantó y tomó de la otra mano a su señora, y entre los dos la subieron enla mula. Luego subió don Quijote sobre Rocinante, y el barbero se acomodóen su cabalgadura, quedándose Sancho a pie, donde de nuevo se le renovó lapérdida del rucio, con la falta que entonces le hacía; mas todo lo llevabacon gusto, por parecerle que ya su señor estaba puesto en camino, y muy apique, de ser emperador; porque sin duda alguna pensaba que se había decasar con aquella princesa, y ser, por lo menos, rey de Micomicón. Sólo ledaba pesadumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que lagente que por sus vasallos le diesen habían de ser todos negros; a lo cualhizo luego en su imaginación un buen remedio, y díjose a sí mismo:-¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá más que cargar conellos y traerlos a España, donde los podré vender, y adonde me los pagaránde contado, de cuyo dinero podré comprar algún título o algún oficio conque vivir descansado todos los días de mi vida? ¡No, sino dormíos, y notengáis ingenio ni habilidad para disponer de las cosas y para vendertreinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas! Par Dios que los he devolar, chico con grande, o como pudiere, y que, por negros que sean, los hede volver blancos o amarillos. ¡Llegaos, que me mamo el dedo!Con esto, andaba tan solícito y tan contento que se le olvidaba lapesadumbre de caminar a pie.Todo esto miraban de entre unas breñas Cardenio y el cura, y no sabían quéhacerse para juntarse con ellos; pero el cura, que era gran tracista,imaginó luego lo que harían para conseguir lo que deseaban; y fue que conunas tijeras que traía en un estuche quitó con mucha presteza la barba aCardenio, y vistióle un capotillo pardo que él traía y diole un herreruelonegro, y él se quedó en calzas y en jubón; y quedó tan otro de lo que antesparecía Cardenio, que él mesmo no se conociera, aunque a un espejo semirara. Hecho esto, puesto ya que los otros habían pasado adelante en tantoque ellos se disfrazaron, con facilidad salieron al camino real antes queellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos lugares no concedíanque anduviesen tanto los de a caballo como los de a pie. En efeto, ellos sepusieron en el llano, a la salida de la sierra, y, así como salió della donQuijote y sus camaradas, el cura se le puso a mirar muy de espacio, dandoseñales de que le iba reconociendo; y, al cabo de haberle una buena piezaestado mirando, se fue a él abiertos los brazos y diciendo a voces:-Para bien sea hallado el espejo de la caballería, el mi buen compatriotedon Quijote de la Mancha, la flor y la nata de la gentileza, el amparo yremedio de los menesterosos, la quintaesencia de los caballeros andantes.Y, diciendo esto, tenía abrazado por la rodilla de la pierna izquierda adon Quijote; el cual, espantado de lo que veía y oía decir y hacer aquelhombre, se le puso a mirar con atención, y, al fin, le conoció y quedó comoespantado de verle, y hizo grande fuerza por apearse; mas el cura no loconsintió, por lo cual don Quijote decía:-Déjeme vuestra merced, señor licenciado, que no es razón que yo esté acaballo, y una tan reverenda persona como vuestra merced esté a pie.-Eso no consentiré yo en ningún modo -dijo el cura-: estése la vuestragrandeza a caballo, pues estando a caballo acaba las mayores fazañas yaventuras que en nuestra edad se han visto; que a mí, aunque indignosacerdote, bastaráme subir en las ancas de una destas mulas destos señoresque con vuestra merced caminan, si no lo han por enojo. Y aun haré cuentaque voy caballero sobre el caballo Pegaso, o sobre la cebra o alfana en quecabalgaba aquel famoso moro Muzaraque, que aún hasta ahora yace encantadoen la gran cuesta Zulema, que dista poco de la gran Compluto.-Aún no caía yo en tanto, mi señor licenciado -respondió don Quijote-; y yosé que mi señora la princesa será servida, por mi amor, de mandar a suescudero dé a vuestra merced la silla de su mula, que él podrá acomodarseen las ancas, si es que ella las sufre.-Sí sufre, a lo que yo creo -respondió la princesa-; y también sé que noserá menester mandárselo al señor mi escudero, que él es tan cortés y tancortesano que no consentirá que una persona eclesiástica vaya a pie,pudiendo ir a caballo.-Así es -respondió el barbero.Y, apeándose en un punto, convidó al cura con la silla, y él la tomó sinhacerse mucho de rogar. Y fue el mal que al subir a las ancas el barbero,la mula, que, en efeto, era de alquiler, que para decir que era mala estobasta, alzó un poco los cuartos traseros y dio dos coces en el aire, que, adarlas en el pecho de maese Nicolás, o en la cabeza, él diera al diablo lavenida por don Quijote. Con todo eso, le sobresaltaron de manera que cayóen el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron en elsuelo; y, como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino acudir acubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le habían derribado lasmuelas. Don Quijote, como vio todo aquel mazo de barbas, sin quijadas y sinsangre, lejos del rostro del escudero caído, dijo:-¡Vive Dios, que es gran milagro éste! ¡Las barbas le ha derribado yarrancado del rostro, como si las quitaran aposta!El cura, que vio el peligro que corría su invención de ser descubierta,acudió luego a las barbas y fuese con ellas adonde yacía maese Nicolás,dando aún voces todavía, y de un golpe, llegándole la cabeza a su pecho, selas puso, murmurando sobre él unas palabras, que dijo que era ciertoensalmo apropiado para pegar barbas, como lo verían; y, cuando se las tuvopuestas, se apartó, y quedó el escudero tan bien barbado y tan sano como deantes, de que se admiró don Quijote sobremanera, y rogó al cura que cuandotuviese lugar le enseñase aquel ensalmo; que él entendía que su virtud amás que pegar barbas se debía de estender, pues estaba claro que de dondelas barbas se quitasen había de quedar la carne llagada y maltrecha, y que,pues todo lo sanaba, a más que barbas aprovechaba.-Así es -dijo el cura, y prometió de enseñársele en la primera ocasión.Concertáronse que por entonces subiese el cura, y a trechos se fuesen lostres mudando, hasta que llegasen a la venta, que estaría hasta dos leguasde allí. Puestos los tres a caballo, es a saber, don Quijote, la princesa yel cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero y Sancho Panza, don Quijotedijo a la doncella:-Vuestra grandeza, señora mía, guíe por donde más gusto le diere.Y, antes que ella respondiese, dijo el licenciado:-¿Hacia qué reino quiere guiar la vuestra señoría? ¿Es, por ventura, haciael de Micomicón?; que sí debe de ser, o yo sé poco de reinos.Ella, que estaba bien en todo, entendió que había de responder que sí; yasí, dijo:-Sí, señor, hacia ese reino es mi camino.-Si así es -dijo el cura-, por la mitad de mi pueblo hemos de pasar, y deallí tomará vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podrá embarcarcon la buena ventura; y si hay viento próspero, mar tranquilo y sinborrasca, en poco menos de nueve años se podrá estar a vista de la granlaguna Meona, digo, Meótides, que está poco más de cien jornadas más acádel reino de vuestra grandeza.-Vuestra merced está engañado, señor mío -dijo ella-, porque no ha dos añosque yo partí dél, y en verdad que nunca tuve buen tiempo, y, con todo eso,he llegado a ver lo que tanto deseaba, que es al señor don Quijote de laMancha, cuyas nuevas llegaron a mis oídos así como puse los pies en España,y ellas me movieron a buscarle, para encomendarme en su cortesía y fiar mijusticia del valor de su invencible brazo.-No más: cesen mis alabanzas -dijo a esta sazón don Quijote-, porque soyenemigo de todo género de adulación; y, aunque ésta no lo sea, todavíaofenden mis castas orejas semejantes pláticas. Lo que yo sé decir, señoramía, que ora tenga valor o no, el que tuviere o no tuviere se ha de emplearen vuestro servicio hasta perder la vida; y así, dejando esto para sutiempo, ruego al señor licenciado me diga qué es la causa que le ha traídopor estas partes, tan solo, y tan sin criados, y tan a la ligera, que mepone espanto.-A eso yo responderé con brevedad -respondió el cura-, porque sabrá vuestramerced, señor don Quijote, que yo y maese Nicolás, nuestro amigo y nuestrobarbero, íbamos a Sevilla a cobrar cierto dinero que un pariente mío que hamuchos años que pasó a Indias me había enviado, y no tan pocos que no pasande sesenta mil pesos ensayados, que es otro que tal; y, pasando ayer porestos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores y nos quitaronhasta las barbas; y de modo nos las quitaron, que le convino al barberoponérselas postizas; y aun a este mancebo que aquí va -señalando aCardenio- le pusieron como de nuevo. Y es lo bueno que es pública fama portodos estos contornos que los que nos saltearon son de unos galeotes quedicen que libertó, casi en este mesmo sitio, un hombre tan valiente que, apesar del comisario y de las guardas, los soltó a todos; y, sin dudaalguna, él debía de estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellacocomo ellos, o algún hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar allobo entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre lamiel; quiso defraudar la justicia, ir contra su rey y señor natural, puesfue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las galeras suspies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que había muchos años quereposaba; quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma yno se gane su cuerpo.Habíales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes,que acabó su amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el curarefiriéndola, por ver lo que hacía o decía don Quijote; al cual se lemudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido ellibertador de aquella buena gente.-Éstos, pues -dijo el cura-, fueron los que nos robaron; que Dios, por sumisericordia, se lo perdone al que no los dejó llevar al debido suplicio.
Capítulo anterior: Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedió en la mesma sierra
Capítulo siguiente: Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto