Capítulo III: Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo III
Y así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; lacual acabada, llamó al ventero, y, encerrándose con él en la caballeriza,se hincó de rodillas ante él, diciéndole:
-No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que lavuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará enalabanza vuestra y en pro del género humano.
El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones,estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba conél que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él leotorgaba el don que le pedía.
-No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío-respondió don Quijote-; y así, os digo que el don que os he pedido, y devuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana en aquel día mehabéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestrocastillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo quetanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes delmundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargode la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo asemejantes fazañas es inclinado.
El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunosbarruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuandoacabó de oírle semejantes razones, y, por tener qué reír aquella noche,determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado enlo que deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de loscaballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presenciamostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado aaquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando susaventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán,Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla deGranada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo yotras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies,sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas,deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente,dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en todaEspaña; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo,donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos loscaballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo porla mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes, enpago de su buen deseo.
Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde podervelar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que,en caso de necesidad, él sabía que se podían velar dondequiera, y queaquella noche las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana,siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias, de manera que élquedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en elmundo.
Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca,porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes queninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; que,puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido alos autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tannecesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso sehabía de creer que no los trujeron; y así, tuviese por cierto y averiguadoque todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos yatestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiesesucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena deungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en loscampos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien loscurase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luegolos socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enanocon alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della,luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal algunohubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron lospasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos dedineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos paracurarse; y, cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos,que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unasalforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo,como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasiónsemejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballerosandantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar comoa su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allíadelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuánbien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.
Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con todapuntualidad; y así, se dio luego orden como velase las armas en un corralgrande que a un lado de la venta estaba; y, recogiéndolas don Quijotetodas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y, embrazando suadarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a paseardelante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de suhuésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba.Admiráronse de tan estraño género de locura y fuéronselo a mirar desdelejos, y vieron que, con sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras,arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buenespacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de laluna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto elnovel caballero hacía era bien visto de todos. Antojósele en esto a uno delos arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fuemenester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; elcual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar lasarmas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada!, mira lo que hacesy no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porquefuera curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó grantrecho de sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo, y,puesto el pensamiento -a lo que pareció- en su señora Dulcinea, dijo:
-Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestroavasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trancevuestro favor y amparo.
Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó lalanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza,que le derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, notuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas ytornó a pasearse con el mismo reposo que primero. Desde allí a poco, sinsaberse lo que había pasado (porque aún estaba aturdido el arriero), llegóotro con la mesma intención de dar agua a sus mulos; y, llegando a quitarlas armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sinpedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza, y,sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porquese la abrió por cuatro. Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entreellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga, y, puestamano a su espada, dijo:
-¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío!Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivocaballero, que tamaña aventura está atendiendo.
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos losarrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de losheridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedrassobre don Quijote, el cual, lo mejor que podía, se reparaba con su adarga,y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El venterodaba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y quepor loco se libraría, aunque los matase a todos. También don Quijote lasdaba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor delcastillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentíaque se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido laorden de caballería, que él le diera a entender su alevosía:
-Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad,venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago quelleváis de vuestra sandez y demasía.
Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en losque le acometían; y, así por esto como por las persuasiones del ventero, ledejaron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de susarmas con la misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinóabreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que otradesgracia sucediese. Y así, llegándose a él, se desculpó de la insolenciaque aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna;pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole como ya lehabía dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restabade hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armadocaballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él teníanoticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo sepodía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de lasarmas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más, que él habíaestado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, y dijo que él estabaallí pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad quepudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, nopensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él lemandase, a quien por su respeto dejaría.
Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro dondeasentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de velaque le traía un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adondedon Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en sumanual, como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzóla mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesmaespada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre dientes, como querezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada,la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menesterpoca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero lasproezas que ya habían visto del novel caballero les tenía la risa a raya.Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:
-Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura enlides.
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelantea quién quedaba obligado por la merced recebida; porque pensaba darlealguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ellarespondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de unremendón natural de Toledo que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, yque dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. DonQuijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelantese pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra lecalzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la dela espada: preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y queera hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó donQuijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevosservicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, novio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras;y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y, abrazando a su huésped, ledijo cosas tan estrañas, agradeciéndole la merced de haberle armadocaballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle yafuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más breves palabras,respondió a las suyas, y, sin pedirle la costa de la posada, le dejó ir ala buen hora.
-No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que lavuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará enalabanza vuestra y en pro del género humano.
El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones,estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba conél que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él leotorgaba el don que le pedía.
-No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío-respondió don Quijote-; y así, os digo que el don que os he pedido, y devuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana en aquel día mehabéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestrocastillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo quetanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes delmundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargode la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo asemejantes fazañas es inclinado.
El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunosbarruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuandoacabó de oírle semejantes razones, y, por tener qué reír aquella noche,determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado enlo que deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de loscaballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presenciamostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado aaquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando susaventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán,Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla deGranada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo yotras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies,sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas,deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente,dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en todaEspaña; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo,donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos loscaballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo porla mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes, enpago de su buen deseo.
Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde podervelar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que,en caso de necesidad, él sabía que se podían velar dondequiera, y queaquella noche las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana,siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias, de manera que élquedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en elmundo.
Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca,porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes queninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; que,puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido alos autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tannecesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso sehabía de creer que no los trujeron; y así, tuviese por cierto y averiguadoque todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos yatestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiesesucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena deungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en loscampos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien loscurase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luegolos socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enanocon alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della,luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal algunohubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron lospasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos dedineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos paracurarse; y, cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos,que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unasalforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo,como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasiónsemejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballerosandantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar comoa su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allíadelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuánbien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.
Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con todapuntualidad; y así, se dio luego orden como velase las armas en un corralgrande que a un lado de la venta estaba; y, recogiéndolas don Quijotetodas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y, embrazando suadarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a paseardelante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de suhuésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba.Admiráronse de tan estraño género de locura y fuéronselo a mirar desdelejos, y vieron que, con sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras,arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buenespacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de laluna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto elnovel caballero hacía era bien visto de todos. Antojósele en esto a uno delos arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fuemenester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; elcual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar lasarmas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada!, mira lo que hacesy no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porquefuera curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó grantrecho de sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo, y,puesto el pensamiento -a lo que pareció- en su señora Dulcinea, dijo:
-Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestroavasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trancevuestro favor y amparo.
Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó lalanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza,que le derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, notuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas ytornó a pasearse con el mismo reposo que primero. Desde allí a poco, sinsaberse lo que había pasado (porque aún estaba aturdido el arriero), llegóotro con la mesma intención de dar agua a sus mulos; y, llegando a quitarlas armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sinpedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza, y,sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porquese la abrió por cuatro. Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entreellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga, y, puestamano a su espada, dijo:
-¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío!Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivocaballero, que tamaña aventura está atendiendo.
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos losarrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de losheridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedrassobre don Quijote, el cual, lo mejor que podía, se reparaba con su adarga,y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El venterodaba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y quepor loco se libraría, aunque los matase a todos. También don Quijote lasdaba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor delcastillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentíaque se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido laorden de caballería, que él le diera a entender su alevosía:
-Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad,venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago quelleváis de vuestra sandez y demasía.
Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en losque le acometían; y, así por esto como por las persuasiones del ventero, ledejaron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de susarmas con la misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinóabreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que otradesgracia sucediese. Y así, llegándose a él, se desculpó de la insolenciaque aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna;pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole como ya lehabía dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restabade hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armadocaballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él teníanoticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo sepodía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de lasarmas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más, que él habíaestado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, y dijo que él estabaallí pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad quepudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, nopensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él lemandase, a quien por su respeto dejaría.
Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro dondeasentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de velaque le traía un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adondedon Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en sumanual, como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzóla mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesmaespada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre dientes, como querezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada,la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menesterpoca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero lasproezas que ya habían visto del novel caballero les tenía la risa a raya.Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:
-Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura enlides.
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelantea quién quedaba obligado por la merced recebida; porque pensaba darlealguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ellarespondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de unremendón natural de Toledo que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, yque dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. DonQuijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelantese pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra lecalzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la dela espada: preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y queera hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó donQuijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevosservicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, novio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras;y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y, abrazando a su huésped, ledijo cosas tan estrañas, agradeciéndole la merced de haberle armadocaballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle yafuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más breves palabras,respondió a las suyas, y, sin pedirle la costa de la posada, le dejó ir ala buen hora.
Capítulo anterior: Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote
Capítulo siguiente: De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta