Capítulo XXXI: De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XXXI
-Todo eso no me descontenta; prosigue adelante -dijo don Quijote-.Llegaste, ¿y qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que lahallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de cañutillopara este su cautivo caballero.-No la hallé -respondió Sancho- sino ahechando dos hanegas de trigo en uncorral de su casa.-Pues haz cuenta -dijo don Quijote- que los granos de aquel trigo erangranos de perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo ¿eracandeal, o trechel?-No era sino rubión -respondió Sancho.-Pues yo te aseguro -dijo don Quijote- que, ahechado por sus manos, hizopan candeal, sin duda alguna. Pero pasa adelante: cuando le diste mi carta,¿besóla? ¿Púsosela sobre la cabeza? ¿Hizo alguna ceremonia digna de talcarta, o qué hizo?-Cuando yo se la iba a dar -respondió Sancho-, ella estaba en la fuga delmeneo de una buena parte de trigo que tenía en la criba, y díjome: ''Poned,amigo, esa carta sobre aquel costal, que no la puedo leer hasta que acabede acribar todo lo que aquí está''.-¡Discreta señora! -dijo don Quijote-. Eso debió de ser por leerla despacioy recrearse con ella. Adelante, Sancho: y, en tanto que estaba en sumenester, ¿qué coloquios pasó contigo? ¿Qué te preguntó de mí? Y tú, ¿quéle respondiste? Acaba, cuéntamelo todo; no se te quede en el tintero unamínima.-Ella no me preguntó nada -dijo Sancho-, mas yo le dije de la manera quevuestra merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, desnudo de lacintura arriba, metido entre estas sierras como si fuera salvaje, durmiendoen el suelo, sin comer pan a manteles ni sin peinarse la barba, llorando ymaldiciendo su fortuna.-En decir que maldecía mi fortuna dijiste mal -dijo don Quijote-, porqueantes la bendigo y bendeciré todos los días de mi vida, por haberme hechodigno de merecer amar tan alta señora como Dulcinea del Toboso.-Tan alta es -respondió Sancho-, que a buena fe que me lleva a mí más de uncoto.-Pues, ¿cómo, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Haste medido tú con ella?-Medíme en esta manera -respondió Sancho-: que, llegándole a ayudar a ponerun costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan juntos que eché de verque me llevaba más de un gran palmo.-Pues ¡es verdad -replicó don Quijote- que no acompaña esa grandeza y laadorna con mil millones y gracias del alma! Pero no me negarás, Sancho, unacosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un olor sabeo, unafragancia aromática, y un no sé qué de bueno, que yo no acierto a dallenombre? Digo, ¿un tuho o tufo como si estuvieras en la tienda de algúncurioso guantero?-Lo que sé decir -dijo Sancho- es que sentí un olorcillo algo hombruno; ydebía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algocorreosa.-No sería eso -respondió don Quijote-, sino que tú debías de estarromadizado, o te debiste de oler a ti mismo; porque yo sé bien a lo quehuele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbardesleído.-Todo puede ser -respondió Sancho-, que muchas veces sale de mí aquel olorque entonces me pareció que salía de su merced de la señora Dulcinea; perono hay de qué maravillarse, que un diablo parece a otro.-Y bien -prosiguió don Quijote-, he aquí que acabó de limpiar su trigo y deenviallo al molino. ¿Qué hizo cuando leyó la carta?-La carta -dijo Sancho- no la leyó, porque dijo que no sabía leer niescribir; antes, la rasgó y la hizo menudas piezas, diciendo que no laquería dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos,y que bastaba lo que yo le había dicho de palabra acerca del amor quevuestra merced le tenía y de la penitencia extraordinaria que por su causaquedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese a vuestra merced que lebesaba las manos, y que allí quedaba con más deseo de verle que deescribirle; y que, así, le suplicaba y mandaba que, vista la presente,saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates, y sepusiese luego luego en camino del Toboso, si otra cosa de más importanciano le sucediese, porque tenía gran deseo de ver a vuestra merced. Riósemucho cuando le dije como se llamaba vuestra merced el Caballero de laTriste Figura. Preguntéle si había ido allá el vizcaíno de marras; díjomeque sí, y que era un hombre muy de bien. También le pregunté por losgaleotes, mas díjome que no había visto hasta entonces alguno.-Todo va bien hasta agora -dijo don Quijote-. Pero dime: ¿qué joya fue laque te dio, al despedirte, por las nuevas que de mí le llevaste? Porque esusada y antigua costumbre entre los caballeros y damas andantes dar a losescuderos, doncellas o enanos que les llevan nuevas, de sus damas a ellos,a ellas de sus andantes, alguna rica joya en albricias, en agradecimientode su recado.-Bien puede eso ser así, y yo la tengo por buena usanza; pero eso debió deser en los tiempos pasados, que ahora sólo se debe de acostumbrar a dar unpedazo de pan y queso, que esto fue lo que me dio mi señora Dulcinea, porlas bardas de un corral, cuando della me despedí; y aun, por más señas, erael queso ovejuno.-Es liberal en estremo -dijo don Quijote-, y si no te dio joya de oro, sinduda debió de ser porque no la tendría allí a la mano para dártela; perobuenas son mangas después de Pascua: yo la veré, y se satisfará todo.¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste yveniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venirdesde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de treinta leguas; por locual me doy a entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con miscosas y es mi amigo (porque por fuerza le hay, y le ha de haber, so penaque yo no sería buen caballero andante); digo que este tal te debió deayudar a caminar, sin que tú lo sintieses; que hay sabio déstos que coge aun caballero andante durmiendo en su cama, y, sin saber cómo o en quémanera, amanece otro día más de mil leguas de donde anocheció. Y si nofuese por esto, no se podrían socorrer en sus peligros los caballerosandantes unos a otros, como se socorren a cada paso. Que acaece estar unopeleando en las sierras de Armenia con algún endriago, o con algún fierovestiglo, o con otro caballero, donde lleva lo peor de la batalla y está yaa punto de muerte, y cuando no os me cato, asoma por acullá, encima de unanube, o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo, que poco antesse hallaba en Ingalaterra, que le favorece y libra de la muerte, y a lanoche se halla en su posada, cenando muy a su sabor; y suele haber de launa a la otra parte dos o tres mil leguas. Y todo esto se hace porindustria y sabiduría destos sabios encantadores que tienen cuidado destosvalerosos caballeros. Así que, amigo Sancho, no se me hace dificultosocreer que en tan breve tiempo hayas ido y venido desde este lugar al delToboso, pues, como tengo dicho, algún sabio amigo te debió de llevar envolandillas, sin que tú lo sintieses.-Así sería -dijo Sancho-; porque a buena fe que andaba Rocinante como sifuera asno de gitano con azogue en los oídos.-Y ¡cómo si llevaba azogue! -dijo don Quijote-, y aun una legión dedemonios, que es gente que camina y hace caminar, sin cansarse, todoaquello que se les antoja. Pero, dejando esto aparte, ¿qué te parece a tique debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi señora me manda que la vaya aver?; que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su mandamiento, véometambién imposibilitado del don que he prometido a la princesa que connosotros viene, y fuérzame la ley de caballería a cumplir mi palabra antesque mi gusto. Por una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver a mi señora;por otra, me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de alcanzaren esta empresa. Pero lo que pienso hacer será caminar apriesa y llegarpresto donde está este gigante, y, en llegando, le cortaré la cabeza, ypondré a la princesa pacíficamente en su estado, y al punto daré la vueltaa ver a la luz que mis sentidos alumbra, a la cual daré tales disculpas queella venga a tener por buena mi tardanza, pues verá que todo redunda enaumento de su gloria y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo yalcanzare por las armas en esta vida, toda me viene del favor que ella meda y de ser yo suyo.
-¡Ay -dijo Sancho-, y cómo está vuestra merced lastimado de esos cascos!Pues dígame, señor: ¿piensa vuestra merced caminar este camino en balde, ydejar pasar y perder un tan rico y tan principal casamiento como éste,donde le dan en dote un reino, que a buena verdad que he oído decir quetiene más de veinte mil leguas de contorno, y que es abundantísimo de todaslas cosas que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que esmayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y tengavergüenza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perdóneme, y cáseseluego en el primer lugar que haya cura; y si no, ahí está nuestrolicenciado, que lo hará de perlas. Y advierta que ya tengo edad para darconsejos, y que este que le doy le viene de molde, y que más vale pájaro enmano que buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, por bien quese enoja no se venga.-Mira, Sancho -respondió don Quijote-: si el consejo que me das de que mecase es porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga cómodo parahacerte mercedes y darte lo prometido, hágote saber que sin casarme podrécumplir tu deseo muy fácilmente, porque yo sacaré de adahala, antes deentrar en la batalla, que, saliendo vencedor della, ya que no me case, mehan de dar una parte del reino, para que la pueda dar a quien yo quisiere;y, en dándomela, ¿a quién quieres tú que la dé sino a ti?-Eso está claro -respondió Sancho-, pero mire vuestra merced que la escojahacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda, pueda embarcarmis negros vasallos y hacer dellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced nose cure de ir por agora a ver a mi señora Dulcinea, sino váyase a matar algigante, y concluyamos este negocio; que por Dios que se me asienta que hade ser de mucha honra y de mucho provecho.-Dígote, Sancho -dijo don Quijote-, que estás en lo cierto, y que habré detomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver aDulcinea. Y avísote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotrosvienen, de lo que aquí hemos departido y tratado; que, pues Dulcinea es tanrecatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no será bien que yo,ni otro por mí, los descubra.-Pues si eso es así -dijo Sancho-, ¿cómo hace vuestra merced que todos losque vence por su brazo se vayan a presentar ante mi señora Dulcinea, siendoesto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado? Y, siendoforzoso que los que fueren se han de ir a hincar de finojos ante supresencia, y decir que van de parte de vuestra merced a dalle laobediencia, ¿cómo se pueden encubrir los pensamientos de entrambos?-¡Oh, qué necio y qué simple que eres! -dijo don Quijote-. ¿Tú no ves,Sancho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento? Porque has de saberque en este nuestro estilo de caballería es gran honra tener una damamuchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se estiendan más suspensamientos que a servilla, por sólo ser ella quien es, sin esperar otropremio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contente deacetarlos por sus caballeros.-Con esa manera de amor -dijo Sancho- he oído yo predicar que se ha de amara Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temorde pena. Aunque yo le querría amar y servir por lo que pudiese.-¡Válate el diablo por villano -dijo don Quijote-, y qué de discrecionesdices a las veces! No parece sino que has estudiado.-Pues a fe mía que no sé leer -respondió Sancho.En esto, les dio voces maese Nicolás que esperasen un poco, que queríandetenerse a beber en una fontecilla que allí estaba. Detúvose don Quijote,con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y temíano le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que él sabía que Dulcineaera una labradora del Toboso, no la había visto en toda su vida.Habíase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos que Dorotea traíacuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hacían mucha ventaja alos que dejaba. Apeáronse junto a la fuente, y con lo que el cura seacomodó en la venta satisficieron, aunque poco, la mucha hambre que todostraían.Estando en esto, acertó a pasar por allí un muchacho que iba de camino, elcual, poniéndose a mirar con mucha atención a los que en la fuente estaban,de allí a poco arremetió a don Quijote, y, abrazándole por las piernas,comenzó a llorar muy de propósito, diciendo:-¡Ay, señor mío! ¿No me conoce vuestra merced? Pues míreme bien, que yo soyaquel mozo Andrés que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado.Reconocióle don Quijote, y, asiéndole por la mano, se volvió a los que allíestaban y dijo:-Porque vean vuestras mercedes cuán de importancia es haber caballerosandantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él sehacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan vuestrasmercedes que los días pasados, pasando yo por un bosque, oí unos gritos yunas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acudíluego, llevado de mi obligación, hacia la parte donde me pareció que laslamentables voces sonaban, y hallé atado a una encina a este muchacho queahora está delante (de lo que me huelgo en el alma, porque será testigo queno me dejará mentir en nada); digo que estaba atado a la encina, desnudodel medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con las riendas deuna yegua un villano, que después supe que era amo suyo; y, así como yo levi, le pregunté la causa de tan atroz vapulamiento; respondió el zafio quele azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenía nacíanmás de ladrón que de simple; a lo cual este niño dijo: ''Señor, no me azotasino porque le pido mi salario''. El amo replicó no sé qué arengas ydisculpas, las cuales, aunque de mí fueron oídas, no fueron admitidas. Enresolución, yo le hice desatar, y tomé juramento al villano de que lellevaría consigo y le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados. ¿No esverdad todo esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto imperio se lo mandé,y con cuánta humildad prometió de hacer todo cuanto yo le impuse, ynotifiqué y quise? Responde; no te turbes ni dudes en nada: di lo que pasóa estos señores, porque se vea y considere ser del provecho que digo habercaballeros andantes por los caminos.-Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad -respondió elmuchacho-, pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestramerced se imagina.-¿Cómo al revés? -replicó don Quijote-; luego, ¿no te pagó el villano?-No sólo no me pagó -respondió el muchacho-, pero, así como vuestra mercedtraspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina, yme dio de nuevo tantos azotes que quedé hecho un San Bartolomé desollado;y, a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacerburla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de loque decía. En efeto: él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome enun hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cualtiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y noviniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amose contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara ypagara cuanto me debía. Mas, como vuestra merced le deshonró tan sinpropósito y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y, como no lapudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí elnublado, de modo que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.-El daño estuvo -dijo don Quijote- en irme yo de allí; que no me había deir hasta dejarte pagado, porque bien debía yo de saber, por luengasexperiencias, que no hay villano que guarde palabra que tiene, si él veeque no le está bien guardalla. Pero ya te acuerdas, Andrés, que yo juré quesi no te pagaba, que había de ir a buscarle, y que le había de hallar,aunque se escondiese en el vientre de la ballena.-Así es la verdad -dijo Andrés-, pero no aprovechó nada.-Ahora verás si aprovecha -dijo don Quijote.Y, diciendo esto, se levantó muy apriesa y mandó a Sancho que enfrenase aRocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos comían.Preguntóle Dorotea qué era lo que hacer quería. Él le respondió que queríair a buscar al villano y castigalle de tan mal término, y hacer pagado aAndrés hasta el último maravedí, a despecho y pesar de cuantos villanoshubiese en el mundo. A lo que ella respondió que advirtiese que no podía,conforme al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar lasuya; y que, pues esto sabía él mejor que otro alguno, que sosegase elpecho hasta la vuelta de su reino.-Así es verdad -respondió don Quijote-, y es forzoso que Andrés tengapaciencia hasta la vuelta, como vos, señora, decís; que yo le torno a jurary a prometer de nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado.-No me creo desos juramentos -dijo Andrés-; más quisiera tener agora conqué llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo: déme, si tiene ahí,algo que coma y lleve, y quédese con Dios su merced y todos los caballerosandantes; que tan bien andantes sean ellos para consigo como lo han sidopara conmigo.Sacó de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y, dándoseloal mozo, le dijo:-Tomá, hermano Andrés, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.-Pues, ¿qué parte os alcanza a vos? -preguntó Andrés.-Esta parte de queso y pan que os doy -respondió Sancho-, que Dios sabe sime ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderosde los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura,y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.Andrés asió de su pan y queso, y, viendo que nadie le daba otra cosa, abajósu cabeza y tomó el camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdadque, al partirse, dijo a don Quijote:-Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare,aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con midesgracia; que no será tanta, que no sea mayor la que me vendrá de su ayudade vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballerosandantes han nacido en el mundo.Íbase a levantar don Quijote para castigalle, mas él se puso a correr demodo que ninguno se atrevió a seguille. Quedó corridísimo don Quijote delcuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con noreírse, por no acaballe de correr del todo.
-¡Ay -dijo Sancho-, y cómo está vuestra merced lastimado de esos cascos!Pues dígame, señor: ¿piensa vuestra merced caminar este camino en balde, ydejar pasar y perder un tan rico y tan principal casamiento como éste,donde le dan en dote un reino, que a buena verdad que he oído decir quetiene más de veinte mil leguas de contorno, y que es abundantísimo de todaslas cosas que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que esmayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y tengavergüenza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perdóneme, y cáseseluego en el primer lugar que haya cura; y si no, ahí está nuestrolicenciado, que lo hará de perlas. Y advierta que ya tengo edad para darconsejos, y que este que le doy le viene de molde, y que más vale pájaro enmano que buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, por bien quese enoja no se venga.-Mira, Sancho -respondió don Quijote-: si el consejo que me das de que mecase es porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga cómodo parahacerte mercedes y darte lo prometido, hágote saber que sin casarme podrécumplir tu deseo muy fácilmente, porque yo sacaré de adahala, antes deentrar en la batalla, que, saliendo vencedor della, ya que no me case, mehan de dar una parte del reino, para que la pueda dar a quien yo quisiere;y, en dándomela, ¿a quién quieres tú que la dé sino a ti?-Eso está claro -respondió Sancho-, pero mire vuestra merced que la escojahacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda, pueda embarcarmis negros vasallos y hacer dellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced nose cure de ir por agora a ver a mi señora Dulcinea, sino váyase a matar algigante, y concluyamos este negocio; que por Dios que se me asienta que hade ser de mucha honra y de mucho provecho.-Dígote, Sancho -dijo don Quijote-, que estás en lo cierto, y que habré detomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver aDulcinea. Y avísote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotrosvienen, de lo que aquí hemos departido y tratado; que, pues Dulcinea es tanrecatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no será bien que yo,ni otro por mí, los descubra.-Pues si eso es así -dijo Sancho-, ¿cómo hace vuestra merced que todos losque vence por su brazo se vayan a presentar ante mi señora Dulcinea, siendoesto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado? Y, siendoforzoso que los que fueren se han de ir a hincar de finojos ante supresencia, y decir que van de parte de vuestra merced a dalle laobediencia, ¿cómo se pueden encubrir los pensamientos de entrambos?-¡Oh, qué necio y qué simple que eres! -dijo don Quijote-. ¿Tú no ves,Sancho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento? Porque has de saberque en este nuestro estilo de caballería es gran honra tener una damamuchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se estiendan más suspensamientos que a servilla, por sólo ser ella quien es, sin esperar otropremio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contente deacetarlos por sus caballeros.-Con esa manera de amor -dijo Sancho- he oído yo predicar que se ha de amara Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temorde pena. Aunque yo le querría amar y servir por lo que pudiese.-¡Válate el diablo por villano -dijo don Quijote-, y qué de discrecionesdices a las veces! No parece sino que has estudiado.-Pues a fe mía que no sé leer -respondió Sancho.En esto, les dio voces maese Nicolás que esperasen un poco, que queríandetenerse a beber en una fontecilla que allí estaba. Detúvose don Quijote,con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y temíano le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que él sabía que Dulcineaera una labradora del Toboso, no la había visto en toda su vida.Habíase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos que Dorotea traíacuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hacían mucha ventaja alos que dejaba. Apeáronse junto a la fuente, y con lo que el cura seacomodó en la venta satisficieron, aunque poco, la mucha hambre que todostraían.Estando en esto, acertó a pasar por allí un muchacho que iba de camino, elcual, poniéndose a mirar con mucha atención a los que en la fuente estaban,de allí a poco arremetió a don Quijote, y, abrazándole por las piernas,comenzó a llorar muy de propósito, diciendo:-¡Ay, señor mío! ¿No me conoce vuestra merced? Pues míreme bien, que yo soyaquel mozo Andrés que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado.Reconocióle don Quijote, y, asiéndole por la mano, se volvió a los que allíestaban y dijo:-Porque vean vuestras mercedes cuán de importancia es haber caballerosandantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él sehacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan vuestrasmercedes que los días pasados, pasando yo por un bosque, oí unos gritos yunas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acudíluego, llevado de mi obligación, hacia la parte donde me pareció que laslamentables voces sonaban, y hallé atado a una encina a este muchacho queahora está delante (de lo que me huelgo en el alma, porque será testigo queno me dejará mentir en nada); digo que estaba atado a la encina, desnudodel medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con las riendas deuna yegua un villano, que después supe que era amo suyo; y, así como yo levi, le pregunté la causa de tan atroz vapulamiento; respondió el zafio quele azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenía nacíanmás de ladrón que de simple; a lo cual este niño dijo: ''Señor, no me azotasino porque le pido mi salario''. El amo replicó no sé qué arengas ydisculpas, las cuales, aunque de mí fueron oídas, no fueron admitidas. Enresolución, yo le hice desatar, y tomé juramento al villano de que lellevaría consigo y le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados. ¿No esverdad todo esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto imperio se lo mandé,y con cuánta humildad prometió de hacer todo cuanto yo le impuse, ynotifiqué y quise? Responde; no te turbes ni dudes en nada: di lo que pasóa estos señores, porque se vea y considere ser del provecho que digo habercaballeros andantes por los caminos.-Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad -respondió elmuchacho-, pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestramerced se imagina.-¿Cómo al revés? -replicó don Quijote-; luego, ¿no te pagó el villano?-No sólo no me pagó -respondió el muchacho-, pero, así como vuestra mercedtraspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina, yme dio de nuevo tantos azotes que quedé hecho un San Bartolomé desollado;y, a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacerburla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de loque decía. En efeto: él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome enun hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cualtiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y noviniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amose contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara ypagara cuanto me debía. Mas, como vuestra merced le deshonró tan sinpropósito y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y, como no lapudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí elnublado, de modo que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.-El daño estuvo -dijo don Quijote- en irme yo de allí; que no me había deir hasta dejarte pagado, porque bien debía yo de saber, por luengasexperiencias, que no hay villano que guarde palabra que tiene, si él veeque no le está bien guardalla. Pero ya te acuerdas, Andrés, que yo juré quesi no te pagaba, que había de ir a buscarle, y que le había de hallar,aunque se escondiese en el vientre de la ballena.-Así es la verdad -dijo Andrés-, pero no aprovechó nada.-Ahora verás si aprovecha -dijo don Quijote.Y, diciendo esto, se levantó muy apriesa y mandó a Sancho que enfrenase aRocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos comían.Preguntóle Dorotea qué era lo que hacer quería. Él le respondió que queríair a buscar al villano y castigalle de tan mal término, y hacer pagado aAndrés hasta el último maravedí, a despecho y pesar de cuantos villanoshubiese en el mundo. A lo que ella respondió que advirtiese que no podía,conforme al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar lasuya; y que, pues esto sabía él mejor que otro alguno, que sosegase elpecho hasta la vuelta de su reino.-Así es verdad -respondió don Quijote-, y es forzoso que Andrés tengapaciencia hasta la vuelta, como vos, señora, decís; que yo le torno a jurary a prometer de nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado.-No me creo desos juramentos -dijo Andrés-; más quisiera tener agora conqué llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo: déme, si tiene ahí,algo que coma y lleve, y quédese con Dios su merced y todos los caballerosandantes; que tan bien andantes sean ellos para consigo como lo han sidopara conmigo.Sacó de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y, dándoseloal mozo, le dijo:-Tomá, hermano Andrés, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.-Pues, ¿qué parte os alcanza a vos? -preguntó Andrés.-Esta parte de queso y pan que os doy -respondió Sancho-, que Dios sabe sime ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderosde los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura,y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.Andrés asió de su pan y queso, y, viendo que nadie le daba otra cosa, abajósu cabeza y tomó el camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdadque, al partirse, dijo a don Quijote:-Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare,aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con midesgracia; que no será tanta, que no sea mayor la que me vendrá de su ayudade vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballerosandantes han nacido en el mundo.Íbase a levantar don Quijote para castigalle, mas él se puso a correr demodo que ninguno se atrevió a seguille. Quedó corridísimo don Quijote delcuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con noreírse, por no acaballe de correr del todo.
Capítulo anterior: Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto
Capítulo siguiente: Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote