Capítulo XXXII: Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Acabóse la buena comida, ensillaron luego, y, sin que les sucediese cosadigna de contar, llegaron otro día a la venta, espanto y asombro de SanchoPanza; y, aunque él quisiera no entrar en ella, no lo pudo huir. Laventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y aSancho, les salieron a recebir con muestras de mucha alegría, y él lasrecibió con grave continente y aplauso, y díjoles que le aderezasen otromejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondió la huéspeda que comola pagase mejor que la otra vez, que ella se la daría de príncipes. DonQuijote dijo que sí haría, y así, le aderezaron uno razonable en el mismocaramanchón de marras, y él se acostó luego, porque venía muy quebrantado yfalto de juicio.No se hubo bien encerrado, cuando la huéspeda arremetió al barbero, y,asiéndole de la barba, dijo:-Para mi santiguada, que no se ha aún de aprovechar más de mi rabo para subarba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esossuelos, que es vergüenza; digo, el peine, que solía yo colgar de mi buenacola.No se la quería dar el barbero, aunque ella más tiraba, hasta que ellicenciado le dijo que se la diese, que ya no era menester más usar deaquella industria, sino que se descubriese y mostrase en su misma forma, ydijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes sehabían venido a aquella venta huyendo; y que si preguntase por el escuderode la princesa, le dirían que ella le había enviado adelante a dar aviso alos de su reino como ella iba y llevaba consigo el libertador de todos. Conesto, dio de buena gana la cola a la ventera el barbero, y asimismo levolvieron todos los adherentes que había prestado para la libertad de donQuijote. Espantáronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, yaun del buen talle del zagal Cardenio. Hizo el cura que les aderezasen decomer de lo que en la venta hubiese, y el huésped, con esperanza de mejorpaga, con diligencia les aderezó una razonable comida; y a todo esto dormíadon Quijote, y fueron de parecer de no despertalle, porque más provecho leharía por entonces el dormir que el comer.Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija,Maritornes, todos los pasajeros, de la estraña locura de don Quijote y delmodo que le habían hallado. La huéspeda les contó lo que con él y con elarriero les había acontecido, y, mirando si acaso estaba allí Sancho, comono le viese, contó todo lo de su manteamiento, de que no poco gustorecibieron. Y, como el cura dijese que los libros de caballerías que donQuijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero:-No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, nohay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otrospapeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otrosmuchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas,muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge unodestos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosleescuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sédecir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que loscaballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estaroyéndolos noches y días.-Y yo ni más ni menos -dijo la ventera-, porque nunca tengo buen rato en micasa sino aquel que vos estáis escuchando leer: que estáis tan embobado,que no os acordáis de reñir por entonces.-Así es la verdad -dijo Maritornes-, y a buena fe que yo también gustomucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas; y más, cuando cuentan quese está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, yque les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con muchosobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.-Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? -dijo el cura, hablando con lahija del ventero.-No sé, señor, en mi ánima -respondió ella-; también yo lo escucho, y enverdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oíllo; pero no gustoyo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que loscaballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras: que en verdad quealgunas veces me hacen llorar de compasión que les tengo.-Luego, ¿bien las remediárades vos, señora doncella -dijo Dorotea-, si porvos lloraran?-No sé lo que me hiciera -respondió la moza-; sólo sé que hay algunasseñoras de aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres yleones y otras mil inmundicias. Y, ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquéllatan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado,le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para qué es tantomelindre: si lo hacen de honradas, cásense con ellos, que ellos no deseanotra cosa.-Calla, niña -dijo la ventera-, que parece que sabes mucho destas cosas, yno está bien a las doncellas saber ni hablar tanto.-Como me lo pregunta este señor -respondió ella-, no pude dejar derespondelle.-Ahora bien -dijo el cura-, traedme, señor huésped, aquesos libros, que losquiero ver.-Que me place -respondió él.Y, entrando en su aposento, sacó dél una maletilla vieja, cerrada con unacadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papelesde muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abrió vio que eraDon Cirongilio de Tracia; y el otro, de Felixmarte de Hircania; y el otro,la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida deDiego García de Paredes. Así como el cura leyó los dos títulos primeros,volvió el rostro al barbero y dijo:-Falta nos hacen aquí ahora el ama de mi amigo y su sobrina.-No hacen -respondió el barbero-, que también sé yo llevallos al corral o ala chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella.-Luego, ¿quiere vuestra merced quemar más libros? -dijo el ventero.-No más -dijo el cura- que estos dos: el de Don Cirongilio y el deFelixmarte.-Pues, ¿por ventura -dijo el ventero- mis libros son herejes o flemáticos,que los quiere quemar?-Cismáticos queréis decir, amigo -dijo el barbero-, que no flemáticos.

-Así es -replicó el ventero-; mas si alguno quiere quemar, sea ese del GranCapitán y dese Diego García, que antes dejaré quemar un hijo que dejarquemar ninguno desotros.-Hermano mío -dijo el cura-, estos dos libros son mentirosos y están llenosde disparates y devaneos; y este del Gran Capitán es historia verdadera, ytiene los hechos de Gonzalo Hernández de Córdoba, el cual, por sus muchas ygrandes hazañas, mereció ser llamado de todo el mundo Gran Capitán,renombre famoso y claro, y dél sólo merecido. Y este Diego García deParedes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, enEstremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que deteníacon un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con unmontante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerableejército, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas que, como si éllas cuenta y las escribe él asimismo, con la modestia de caballero y decoronista propio, las escribiera otro, libre y desapasionado, pusieran ensu olvido las de los Hétores, Aquiles y Roldanes.-¡Tomaos con mi padre! -dijo el dicho ventero-. ¡Mirad de qué se espanta:de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora había vuestra merced deleer lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cincogigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como losfrailecicos que hacen los niños. Y otra vez arremetió con un grandísimo ypoderosísimo ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos milsoldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarató atodos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, ¿qué me dirán del bueno dedon Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se verá en ellibro, donde cuenta que, navegando por un río, le salió de la mitad delagua una serpiente de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre ella, yse puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apretó conambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que laiba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río,llevándose tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? Y, cuandollegaron allá bajo, se halló en unos palacios y en unos jardines tan lindosque era maravilla; y luego la sierpe se volvió en un viejo anciano, que ledijo tantas de cosas que no hay más que oír. Calle, señor, que si oyeseesto, se volvería loco de placer. ¡Dos higas para el Gran Capitán y paraese Diego García que dice!Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:-Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de donQuijote.-Así me parece a mí -respondió Cardenio-, porque, según da indicio, éltiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pasó ni más ni menosque lo escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos.-Mirad, hermano -tornó a decir el cura-, que no hubo en el mundo Felixmartede Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantesque los libros de caballerías cuentan, porque todo es compostura y ficciónde ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos decís deentretener el tiempo, como lo entretienen leyéndolos vuestros segadores;porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, nitales hazañas ni disparates acontecieron en él.-¡A otro perro con ese hueso! -respondió el ventero-. ¡Como si yo nosupiese cuántas son cinco y adónde me aprieta el zapato! No piense vuestramerced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. ¡Bueno es quequiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenoslibros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de losseñores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejarimprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos quequitan el juicio!-Ya os he dicho, amigo -replicó el cura-, que esto se hace para entretenernuestros ociosos pensamientos; y, así como se consiente en las repúblicasbien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, paraentretener a algunos que ni tienen, ni deben, ni pueden trabajar, así seconsiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, queno ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdaderaninguna destos libros. Y si me fuera lícito agora, y el auditorio lorequiriera, yo dijera cosas acerca de lo que han de tener los libros decaballerías para ser buenos, que quizá fueran de provecho y aun de gustopara algunos; pero yo espero que vendrá tiempo en que lo pueda comunicarcon quien pueda remediallo, y en este entretanto creed, señor ventero, loque os he dicho, y tomad vuestros libros, y allá os avenid con sus verdadeso mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no cojeéis del pieque cojea vuestro huésped don Quijote.-Eso no -respondió el ventero-, que no seré yo tan loco que me hagacaballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba enaquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famososcaballeros.A la mitad desta plática se halló Sancho presente, y quedó muy confuso ypensativo de lo que había oído decir que ahora no se usaban caballerosandantes, y que todos los libros de caballerías eran necedades y mentiras,y propuso en su corazón de esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo,y que si no salía con la felicidad que él pensaba, determinaba de dejalle yvolverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo.Llevábase la maleta y los libros el ventero, mas el cura le dijo:-Esperad, que quiero ver qué papeles son esos que de tan buena letra estánescritos.Sacólos el huésped, y, dándoselos a leer, vio hasta obra de ocho pliegosescritos de mano, y al principio tenían un título grande que decía: Noveladel curioso impertinente. Leyó el cura para sí tres o cuatro renglones ydijo:-Cierto que no me parece mal el título desta novela, y que me vienevoluntad de leella toda.A lo que respondió el ventero:-Pues bien puede leella su reverencia, porque le hago saber que algunoshuéspedes que aquí la han leído les ha contentado mucho, y me la han pedidocon muchas veras; mas yo no se la he querido dar, pensando volvérsela aquien aquí dejó esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; quebien puede ser que vuelva su dueño por aquí algún tiempo, y, aunque sé queme han de hacer falta los libros, a fe que se los he de volver: que, aunqueventero, todavía soy cristiano.-Vos tenéis mucha razón, amigo -dijo el cura-, mas, con todo eso, si lanovela me contenta, me la habéis de dejar trasladar.-De muy buena gana -respondió el ventero.Mientras los dos esto decían, había tomado Cardenio la novela y comenzado aleer en ella; y, pareciéndole lo mismo que al cura, le rogó que la leyesede modo que todos la oyesen.-Sí leyera -dijo el cura-, si no fuera mejor gastar este tiempo en dormirque en leer.-Harto reposo será para mí -dijo Dorotea- entretener el tiempo oyendo algúncuento, pues aún no tengo el espíritu tan sosegado que me conceda dormircuando fuera razón.-Pues desa manera -dijo el cura-, quiero leerla, por curiosidad siquiera;quizá tendrá alguna de gusto.Acudió maese Nicolás a rogarle lo mesmo, y Sancho también; lo cual vistodel cura, y entendiendo que a todos daría gusto y él le recibiría, dijo:-Pues así es, esténme todos atentos, que la novela comienza desta manera:

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