Capítulo XXXV: Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XXXV
Poco más quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchón dondereposaba don Quijote salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:-Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la másreñida y trabada batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios, que ha dadouna cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que leha tajado la cabeza, cercen a cercen, como si fuera un nabo!-¿Qué dices, hermano? -dijo el cura, dejando de leer lo que de la novelaquedaba-. ¿Estáis en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que decís,estando el gigante dos mil leguas de aquí?En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decía avoces:-¡Tente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo, y no te ha de valertu cimitarra!Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:-No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o aayudar a mi amo; aunque ya no será menester, porque, sin duda alguna, elgigante está ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida, queyo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caída a un lado,que es tamaña como un gran cuero de vino.-Que me maten -dijo a esta sazón el ventero- si don Quijote, o don diablo,no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a sucabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parecesangre a este buen hombre.Y, con esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a donQuijote en el más estraño traje del mundo: estaba en camisa, la cual no eratan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrástenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas devello y no nada limpias; tenía en la cabeza un bonetillo colorado,grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenía revuelta lamanta de la cama, con quien tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien elporqué; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual dabacuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamenteestuviera peleando con algún gigante. Y es lo bueno que no tenía los ojosabiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con elgigante; que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba afenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón, yque ya estaba en la pelea con su enemigo. Y había dado tantas cuchilladasen los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposentoestaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo quearremetió con don Quijote, y a puño cerrado le comenzó a dar tantos golpesque si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara la guerra delgigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta queel barbero trujo un gran caldero de agua fría del pozo y se le echó portodo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote; mas no con tantoacuerdo que echase de ver de la manera que estaba.Dorotea, que vio cuán corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar aver la batalla de su ayudador y de su contrario.Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como nola hallaba, dijo:-Ya yo sé que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en estemesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos,sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parecepor aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangrecorría del cuerpo como de una fuente.-¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? -dijo elventero-. ¿No vees, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa queestos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en esteaposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó?-No sé nada -respondió Sancho-; sólo sé que vendré a ser tan desdichadoque, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la salen el agua.Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían laspromesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba de ver laflema del escudero y el maleficio del señor, y juraba que no había de sercomo la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le habían devaler los previlegios de su caballería para dejar de pagar lo uno y lootro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habían de echar alos rotos cueros.Tenía el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya habíaacabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, sehincó de rodillas delante del cura, diciendo:-Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa señora, vivir, de hoy más,segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo también, dehoy más, soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda del altoDios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la hecumplido.-¿No lo dije yo? -dijo oyendo esto Sancho-. Sí que no estaba yo borracho:¡mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! ¡Ciertos son los toros:mi condado está de molde!¿Quién no había de reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todosreían sino el ventero, que se daba a Satanás. Pero, en fin, tanto hicieronel barbero, Cardenio y el cura que, con no poco trabajo, dieron con donQuijote en la cama, el cual se quedó dormido, con muestras de grandísimocansancio. Dejáronle dormir, y saliéronse al portal de la venta a consolara Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque mástuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por larepentina muerte de sus cueros. Y la ventera decía en voz y en grito:-En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante,que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasadase fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para él ypara su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era caballeroaventurero (que mala ventura le dé Dios a él y a cuantos aventureros hay enel mundo) y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que así estabaescrito en los aranceles de la caballería andantesca. Y ahora, por surespeto, vino estotro señor y me llevó mi cola, y hámela vuelto con más dedos cuartillos de daño, toda pelada, que no puede servir para lo que laquiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, romperme mis cueros yderramarme mi vino; que derramada le vea yo su sangre. ¡Pues no se piense;que, por los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo hande pagar un cuarto sobre otro, o no me llamaría yo como me llamo ni seríahija de quien soy!Estas y otras razones tales decía la ventera con grande enojo, y ayudábalasu buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando sesonreía. El cura lo sosegó todo, prometiendo de satisfacerles su pérdida lomejor que pudiese, así de los cueros como del vino, y principalmente delmenoscabo de la cola, de quien tanta cuenta hacían. Dorotea consoló aSancho Panza diciéndole que cada y cuando que pareciese haber sido verdadque su amo hubiese descabezado al gigante, le prometía, en viéndosepacífica en su reino, de darle el mejor condado que en él hubiese.Consolóse con esto Sancho, y aseguró a la princesa que tuviese por ciertoque él había visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía unabarba que le llegaba a la cintura; y que si no parecía, era porque todocuanto en aquella casa pasaba era por vía de encantamento, como él lo habíaprobado otra vez que había posado en ella. Dorotea dijo que así lo creía, yque no tuviese pena, que todo se haría bien y sucedería a pedir de boca.Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio quefaltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los demás le rogaron la acabase.Él, que a todos quiso dar gusto, y por el que él tenía de leerla, prosiguióel cuento, que así decía:«Sucedió, pues, que, por la satisfación que Anselmo tenía de la bondad deCamila, vivía una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria, hacíamal rostro a Lotario, porque Anselmo entendiese al revés de la voluntad quele tenía; y, para más confirmación de su hecho, pidió licencia Lotario parano venir a su casa, pues claramente se mostraba la pesadumbre que con suvista Camila recebía; mas el engañado Anselmo le dijo que en ninguna maneratal hiciese. Y, desta manera, por mil maneras era Anselmo el fabricador desu deshonra, creyendo que lo era de su gusto.»En esto, el que tenía Leonela de verse cualificada, no de con sus amores,llegó a tanto que, sin mirar a otra cosa, se iba tras él a suelta rienda,fiada en que su señora la encubría, y aun la advertía del modo que con pocorecelo pudiese ponerle en ejecución. En fin, una noche sintió Anselmo pasosen el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quién los daba, sintióque le detenían la puerta, cosa que le puso más voluntad de abrirla; ytanta fuerza hizo, que la abrió, y entró dentro a tiempo que vio que unhombre saltaba por la ventana a la calle; y, acudiendo con presteza aalcanzarle o conocerle, no pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque Leonelase abrazó con él, diciéndole:»-Sosiégate, señor mío, y no te alborotes, ni sigas al que de aquí saltó;es cosa mía, y tanto, que es mi esposo.»No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sacó la daga y quisoherir a Leonela, diciéndole que le dijese la verdad, si no, que la mataría.Ella, con el miedo, sin saber lo que se decía, le dijo:»-No me mates, señor, que yo te diré cosas de más importancia de las quepuedes imaginar.
»-Dilas luego -dijo Anselmo-; si no, muerta eres.
»-Por ahora será imposible -dijo Leonela-, según estoy de turbada; déjamehasta mañana, que entonces sabrás de mí lo que te ha de admirar; y estáseguro que el que saltó por esta ventana es un mancebo desta ciudad, que meha dado la mano de ser mi esposo.
»Sosegóse con esto Anselmo y quiso aguardar el término que se le pedía,porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese, por estar de su bondadtan satisfecho y seguro; y así, se salió del aposento y dejó encerrada enél a Leonela, diciéndole que de allí no saldría hasta que le dijese lo quetenía que decirle.
»Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, todo aquello que consu doncella le había pasado, y la palabra que le había dado de decirlegrandes cosas y de importancia. Si se turbó Camila o no, no hay para quédecirlo, porque fue tanto el temor que cobró, creyendo verdaderamente -yera de creer- que Leonela había de decir a Anselmo todo lo que sabía de supoca fe, que no tuvo ánimo para esperar si su sospecha salía falsa o no. Yaquella mesma noche, cuando le pareció que Anselmo dormía, juntó lasmejores joyas que tenía y algunos dineros, y, sin ser de nadie sentida,salió de casa y se fue a la de Lotario, a quien contó lo que pasaba, y lepidió que la pusiese en cobro, o que se ausentasen los dos donde de Anselmopudiesen estar seguros. La confusión en que Camila puso a Lotario fue tal,que no le sabía responder palabra, ni menos sabía resolverse en lo queharía.
»En fin, acordó de llevar a Camila a un monesterio, en quien era priora unasu hermana. Consintió Camila en ello, y, con la presteza que el caso pedía,la llevó Lotario y la dejó en el monesterio, y él, ansimesmo, se ausentóluego de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia.
»Cuando amaneció, sin echar de ver Anselmo que Camila faltaba de su lado,con el deseo que tenía de saber lo que Leonela quería decirle, se levantó yfue adonde la había dejado encerrada. Abrió y entró en el aposento, pero nohalló en él a Leonela: sólo halló puestas unas sábanas añudadas a laventana, indicio y señal que por allí se había descolgado e ido. Volvióluego muy triste a decírselo a Camila, y, no hallándola en la cama ni entoda la casa, quedó asombrado.Preguntó a los criados de casa por ella, peronadie le supo dar razón de lo que pedía.
»Acertó acaso, andando a buscar a Camila, que vio sus cofres abiertos y quedellos faltaban las más de sus joyas, y con esto acabó de caer en la cuentade su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura. Y, ansícomo estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuentade su desdicha a su amigo Lotario. Mas, cuando no le halló, y sus criadosle dijeron que aquella noche había faltado de casa y había llevado consigotodos los dineros que tenía, pensó perder el juicio. Y, para acabar deconcluir con todo, volviéndose a su casa, no halló en ella ninguno decuantos criados ni criadas tenía, sino la casa desierta y sola.
»No sabía qué pensar, qué decir, ni qué hacer, y poco a poco se le ibavolviendo el juicio. Contemplábase y mirábase en un instante sin mujer, sinamigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubría, ysobre todo sin honra, porque en la falta de Camila vio su perdición.
»Resolvióse, en fin, a cabo de una gran pieza, de irse a la aldea de suamigo, donde había estado cuando dio lugar a que se maquinase toda aquelladesventura. Cerró las puertas de su casa, subió a caballo, y con desmayadoaliento se puso en camino; y, apenas hubo andado la mitad, cuando, acosadode sus pensamientos, le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a unárbol, a cuyo tronco se dejó caer, dando tiernos y dolorosos suspiros, yallí se estuvo hasta casi que anochecía; y aquella hora vio que venía unhombre a caballo de la ciudad, y, después de haberle saludado, le preguntóqué nuevas había en Florencia. El ciudadano respondió:
»-Las más estrañas que muchos días ha se han oído en ella; porque se dicepúblicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico, que vivíaa San Juan, se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampocoparece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que anoche la halló elgobernador descolgándose con una sábana por las ventanas de la casa deAnselmo. En efeto, no sé puntualmente cómo pasó el negocio; sólo sé quetoda la ciudad está admirada deste suceso, porque no se podía esperar talhecho de la mucha y familiar amistad de los dos, que dicen que era tanta,que los llamaban los dos amigos.
»-¿Sábese, por ventura -dijo Anselmo-, el camino que llevan Lotario yCamila?
»-Ni por pienso -dijo el ciudadano-, puesto que el gobernador ha usado demucha diligencia en buscarlos
»-A Dios vais, señor -dijo Anselmo.
»-Con Él quedéis -respondió el ciudadano, y fuese.
»Con tan desdichadas nuevas, casi casi llegó a términos Anselmo, no sólo deperder el juicio, sino de acabar la vida. Levantóse como pudo y llegó acasa de su amigo, que aún no sabía su desgracia; mas, como le vio llegaramarillo, consumido y seco, entendió que de algún grave mal venía fatigado.Pidió luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen aderezo de escribir.Hízose así, y dejáronle acostado y solo, porque él así lo quiso, y aun quele cerrasen la puerta. Viéndose, pues, solo, comenzó a cargar tanto laimaginación de su desventura, que claramente conoció que se le iba acabandola vida; y así, ordenó de dejar noticia de la causa de su estraña muerte;y, comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo que quería, lefaltó el aliento y dejó la vida en las manos del dolor que le causó sucuriosidad impertinente.
»Viendo el señor de casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba, acordóde entrar a saber si pasaba adelante su indisposición, y hallóle tendidoboca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete,sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y él tenía aún lapluma en la mano. Llegóse el huésped a él, habiéndole llamado primero; y,trabándole por la mano, viendo que no le respondía y hallándole frío, vioque estaba muerto. Admiróse y congojóse en gran manera, y llamó a la gentede casa para que viesen la desgracia a Anselmo sucedida; y, finalmente,leyó el papel, que conoció que de su mesma mano estaba escrito, el cualcontenía estas razones:
Un necio e impertinente deseo me quitó la vida. Si las nuevas de mi muertellegaren a los oídos de Camila, sepa que yo la perdono, porque no estabaella obligada a hacer milagros, ni yo tenía necesidad de querer que ellalos hiciese; y, pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay paraqué...
»Hasta aquí escribió Anselmo, por donde se echó de ver que en aquel punto,sin poder acabar la razón, se le acabó la vida. Otro día dio aviso su amigoa los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya sabían su desgracia,y el monesterio donde Camila estaba, casi en el término de acompañar a suesposo en aquel forzoso viaje, no por las nuevas del muerto esposo, mas porlas que supo del ausente amigo. Dícese que, aunque se vio viuda, no quisosalir del monesterio, ni, menos, hacer profesión de monja, hasta que, no deallí a muchos días, le vinieron nuevas que Lotario había muerto en unabatalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capitán GonzaloFernández de Córdoba en el reino de Nápoles, donde había ido a parar eltarde arrepentido amigo; lo cual sabido por Camila, hizo profesión, y acabóen breves días la vida a las rigurosas manos de tristezas y melancolías.Éste fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado principio.»
-Bien -dijo el cura- me parece esta novela, pero no me puedo persuadir queesto sea verdad; y si es fingido, fingió mal el autor, porque no se puedeimaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experienciacomo Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galán y una dama, pudiérasellevar, pero entre marido y mujer, algo tiene del imposible; y, en lo quetoca al modo de contarle, no me descontenta.
»-Dilas luego -dijo Anselmo-; si no, muerta eres.
»-Por ahora será imposible -dijo Leonela-, según estoy de turbada; déjamehasta mañana, que entonces sabrás de mí lo que te ha de admirar; y estáseguro que el que saltó por esta ventana es un mancebo desta ciudad, que meha dado la mano de ser mi esposo.
»Sosegóse con esto Anselmo y quiso aguardar el término que se le pedía,porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese, por estar de su bondadtan satisfecho y seguro; y así, se salió del aposento y dejó encerrada enél a Leonela, diciéndole que de allí no saldría hasta que le dijese lo quetenía que decirle.
»Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, todo aquello que consu doncella le había pasado, y la palabra que le había dado de decirlegrandes cosas y de importancia. Si se turbó Camila o no, no hay para quédecirlo, porque fue tanto el temor que cobró, creyendo verdaderamente -yera de creer- que Leonela había de decir a Anselmo todo lo que sabía de supoca fe, que no tuvo ánimo para esperar si su sospecha salía falsa o no. Yaquella mesma noche, cuando le pareció que Anselmo dormía, juntó lasmejores joyas que tenía y algunos dineros, y, sin ser de nadie sentida,salió de casa y se fue a la de Lotario, a quien contó lo que pasaba, y lepidió que la pusiese en cobro, o que se ausentasen los dos donde de Anselmopudiesen estar seguros. La confusión en que Camila puso a Lotario fue tal,que no le sabía responder palabra, ni menos sabía resolverse en lo queharía.
»En fin, acordó de llevar a Camila a un monesterio, en quien era priora unasu hermana. Consintió Camila en ello, y, con la presteza que el caso pedía,la llevó Lotario y la dejó en el monesterio, y él, ansimesmo, se ausentóluego de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia.
»Cuando amaneció, sin echar de ver Anselmo que Camila faltaba de su lado,con el deseo que tenía de saber lo que Leonela quería decirle, se levantó yfue adonde la había dejado encerrada. Abrió y entró en el aposento, pero nohalló en él a Leonela: sólo halló puestas unas sábanas añudadas a laventana, indicio y señal que por allí se había descolgado e ido. Volvióluego muy triste a decírselo a Camila, y, no hallándola en la cama ni entoda la casa, quedó asombrado.Preguntó a los criados de casa por ella, peronadie le supo dar razón de lo que pedía.
»Acertó acaso, andando a buscar a Camila, que vio sus cofres abiertos y quedellos faltaban las más de sus joyas, y con esto acabó de caer en la cuentade su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura. Y, ansícomo estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuentade su desdicha a su amigo Lotario. Mas, cuando no le halló, y sus criadosle dijeron que aquella noche había faltado de casa y había llevado consigotodos los dineros que tenía, pensó perder el juicio. Y, para acabar deconcluir con todo, volviéndose a su casa, no halló en ella ninguno decuantos criados ni criadas tenía, sino la casa desierta y sola.
»No sabía qué pensar, qué decir, ni qué hacer, y poco a poco se le ibavolviendo el juicio. Contemplábase y mirábase en un instante sin mujer, sinamigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubría, ysobre todo sin honra, porque en la falta de Camila vio su perdición.
»Resolvióse, en fin, a cabo de una gran pieza, de irse a la aldea de suamigo, donde había estado cuando dio lugar a que se maquinase toda aquelladesventura. Cerró las puertas de su casa, subió a caballo, y con desmayadoaliento se puso en camino; y, apenas hubo andado la mitad, cuando, acosadode sus pensamientos, le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a unárbol, a cuyo tronco se dejó caer, dando tiernos y dolorosos suspiros, yallí se estuvo hasta casi que anochecía; y aquella hora vio que venía unhombre a caballo de la ciudad, y, después de haberle saludado, le preguntóqué nuevas había en Florencia. El ciudadano respondió:
»-Las más estrañas que muchos días ha se han oído en ella; porque se dicepúblicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico, que vivíaa San Juan, se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampocoparece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que anoche la halló elgobernador descolgándose con una sábana por las ventanas de la casa deAnselmo. En efeto, no sé puntualmente cómo pasó el negocio; sólo sé quetoda la ciudad está admirada deste suceso, porque no se podía esperar talhecho de la mucha y familiar amistad de los dos, que dicen que era tanta,que los llamaban los dos amigos.
»-¿Sábese, por ventura -dijo Anselmo-, el camino que llevan Lotario yCamila?
»-Ni por pienso -dijo el ciudadano-, puesto que el gobernador ha usado demucha diligencia en buscarlos
»-A Dios vais, señor -dijo Anselmo.
»-Con Él quedéis -respondió el ciudadano, y fuese.
»Con tan desdichadas nuevas, casi casi llegó a términos Anselmo, no sólo deperder el juicio, sino de acabar la vida. Levantóse como pudo y llegó acasa de su amigo, que aún no sabía su desgracia; mas, como le vio llegaramarillo, consumido y seco, entendió que de algún grave mal venía fatigado.Pidió luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen aderezo de escribir.Hízose así, y dejáronle acostado y solo, porque él así lo quiso, y aun quele cerrasen la puerta. Viéndose, pues, solo, comenzó a cargar tanto laimaginación de su desventura, que claramente conoció que se le iba acabandola vida; y así, ordenó de dejar noticia de la causa de su estraña muerte;y, comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo que quería, lefaltó el aliento y dejó la vida en las manos del dolor que le causó sucuriosidad impertinente.
»Viendo el señor de casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba, acordóde entrar a saber si pasaba adelante su indisposición, y hallóle tendidoboca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete,sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y él tenía aún lapluma en la mano. Llegóse el huésped a él, habiéndole llamado primero; y,trabándole por la mano, viendo que no le respondía y hallándole frío, vioque estaba muerto. Admiróse y congojóse en gran manera, y llamó a la gentede casa para que viesen la desgracia a Anselmo sucedida; y, finalmente,leyó el papel, que conoció que de su mesma mano estaba escrito, el cualcontenía estas razones:
Un necio e impertinente deseo me quitó la vida. Si las nuevas de mi muertellegaren a los oídos de Camila, sepa que yo la perdono, porque no estabaella obligada a hacer milagros, ni yo tenía necesidad de querer que ellalos hiciese; y, pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay paraqué...
»Hasta aquí escribió Anselmo, por donde se echó de ver que en aquel punto,sin poder acabar la razón, se le acabó la vida. Otro día dio aviso su amigoa los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya sabían su desgracia,y el monesterio donde Camila estaba, casi en el término de acompañar a suesposo en aquel forzoso viaje, no por las nuevas del muerto esposo, mas porlas que supo del ausente amigo. Dícese que, aunque se vio viuda, no quisosalir del monesterio, ni, menos, hacer profesión de monja, hasta que, no deallí a muchos días, le vinieron nuevas que Lotario había muerto en unabatalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capitán GonzaloFernández de Córdoba en el reino de Nápoles, donde había ido a parar eltarde arrepentido amigo; lo cual sabido por Camila, hizo profesión, y acabóen breves días la vida a las rigurosas manos de tristezas y melancolías.Éste fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado principio.»
-Bien -dijo el cura- me parece esta novela, pero no me puedo persuadir queesto sea verdad; y si es fingido, fingió mal el autor, porque no se puedeimaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experienciacomo Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galán y una dama, pudiérasellevar, pero entre marido y mujer, algo tiene del imposible; y, en lo quetoca al modo de contarle, no me descontenta.
Capítulo anterior: Donde se prosigue la novela del Curioso impertinente
Capítulo siguiente: Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron