Capítulo XXXVI: Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XXXVI
Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:
-Esta que viene es una hermosa tropa de huéspedes: si ellos paran aquí,gaudeamus tenemos.
-¿Qué gente es? -dijo Cardenio.
-Cuatro hombres -respondió el ventero- vienen a caballo, a la jineta, conlanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene unamujer vestida de blanco, en un sillón, ansimesmo cubierto el rostro, yotros dos mozos de a pie.
-¿Vienen muy cerca? -preguntó el cura.
-Tan cerca -respondió el ventero-, que ya llegan.
Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro, y Cardenio se entró en elaposento de don Quijote; y casi no habían tenido lugar para esto, cuandoentraron en la venta todos los que el ventero había dicho; y, apeándose loscuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposición eran, fueron aapear a la mujer que en el sillón venía; y, tomándola uno dellos en susbrazos, la sentó en una silla que estaba a la entrada del aposento dondeCardenio se había escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos sehabían quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; sólo que, alsentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dejó caer losbrazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron loscaballos a la caballeriza.
Viendo esto el cura, deseoso de saber qué gente era aquella que con taltraje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellosle preguntó lo que ya deseaba; el cual le respondió:
-Pardiez, señor, yo no sabré deciros qué gente sea ésta; sólo sé quemuestra ser muy principal, especialmente aquel que llegó a tomar en susbrazos a aquella señora que habéis visto; y esto dígolo porque todos losdemás le tienen respeto, y no se hace otra cosa más de la que él ordena ymanda.
-Y la señora, ¿quién es? -preguntó el cura.
-Tampoco sabré decir eso -respondió el mozo-, porque en todo el camino nola he visto el rostro; suspirar sí la he oído muchas veces, y dar unosgemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es demaravillar que no sepamos más de lo que habemos dicho, porque mi compañeroy yo no ha más de dos días que los acompañamos; porque, habiéndolosencontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que viniésemos conellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien.
-¿Y habéis oído nombrar a alguno dellos? -preguntó el cura.
-No, por cierto -respondió el mozo-, porque todos caminan con tantosilencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que lossuspiros y sollozos de la pobre señora, que nos mueven a lástima; y sinduda tenemos creído que ella va forzada dondequiera que va, y, según sepuede colegir por su hábito, ella es monja, o va a serlo, que es lo máscierto, y quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, vatriste, como parece.
-Todo podría ser -dijo el cura.
Y, dejándolos, se volvió adonde estaba Dorotea, la cual, como había oídosuspirar a la embozada, movida de natural compasión, se llegó a ella y ledijo:
-¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es alguno de quien las mujeressuelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco unabuena voluntad de serviros.
A todo esto callaba la lastimada señora; y, aunque Dorotea tornó conmayores ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta que llegó elcaballero embozado que dijo el mozo que los demás obedecían, y dijo aDorotea:
-No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene porcostumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que osresponda, si no queréis oír alguna mentira de su boca.
-Jamás la dije -dijo a esta sazón la que hasta allí había estado callando-;antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora entanta desventura; y desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mipura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.
Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estabatan junto de quien las decía que sola la puerta del aposento de don Quijoteestaba en medio; y, así como las oyó, dando una gran voz dijo:
-¡Válgame Dios! ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado amis oídos?
Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y, noviendo quién las daba, se levantó en pie y fuese a entrar en el aposento;lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. Aella, con la turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán con que traíacubierto el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostromilagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andabarodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahínco,que parecía persona fuera de juicio; cuyas señales, sin saber por qué lashacía, pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban. Teníala elcaballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado entenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le caía, como, enefeto, se le cayó del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada conla señora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposodon Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo íntimo desus entrañas un luengo y tristísimo ''¡ay!'', se dejó caer de espaldasdesmayada; y, a no hallarse allí junto el barbero, que la recogió en losbrazos, ella diera consigo en el suelo.
Acudió luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro,y así como la descubrió la conoció don Fernando, que era el que estabaabrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque dejase,con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse desus brazos; la cual había conocido en el suspiro a Cardenio, y él la habíaconocido a ella. Oyó asimesmo Cardenio el ¡ay! que dio Dorotea cuando secayó desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, salió del aposentodespavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que tenía abrazada aLuscinda. También don Fernando conoció luego a Cardenio; y todos tres,Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber loque les había acontecido.
Callaban todos y mirábanse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando aCardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien primerorompió el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:
-Dejadme, señor don Fernando, por lo que debéis a ser quien sois, ya quepor otro respeto no lo hagáis; dejadme llegar al muro de quien yo soyyedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestrasimportunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras dádivas.Notad cómo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me hapuesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sabéis por mil costosasexperiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria.Sean, pues, parte tan claros desengaños para que volváis, ya que no podáishacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme conél la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo, la daré porbien empleada: quizá con mi muerte quedará satisfecho de la fe que lemantuve hasta el último trance de la vida.
Había en este entretanto vuelto Dorotea en sí, y había estado escuchandotodas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento dequién ella era; que, viendo que don Fernando aún no la dejaba de losbrazos, ni respondía a sus razones, esforzándose lo más que pudo, selevantó y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando muchacantidad de hermosas y lastimeras lágrimas, así le comenzó a decir:
-Si ya no es, señor mío, que los rayos deste sol que en tus brazoseclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado dever que la que a tus pies está arrodillada es la sin ventura, hasta que túquieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quientú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poderllamarse tuya. Soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivióvida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer,justos y amorosos sentimientos, abrió las puertas de su recato y te entrególas llaves de su libertad: dádiva de ti tan mal agradecida, cual lo muestrabien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verteyo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querría que cayeseen tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos de mi deshonra,habiéndome traído sólo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada.Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera que, aunque ahoraquieras que no lo sea, no será posible que tú dejes de ser mío. Mira, señormío, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejasla incomparable voluntad que te tengo. Tú no puedes ser de la hermosaLuscinda, porque eres mío, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; ymás fácil te será, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quiente adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. Túsolicitaste mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no ignoraste micalidad, tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad: note queda lugar ni acogida de llamarte a engaño. Y si esto es así, como loes, y tú eres tan cristiano como caballero, ¿por qué por tantos rodeosdilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en losprincipios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera ylegítima esposa, quiéreme, a lo menos, y admíteme por tu esclava; que, comoyo esté en tu poder, me tendré por dichosa y bien afortunada. No permitas,con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra;no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales serviciosque, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te pareceque has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mía, considera quepocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por estecamino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso enlas ilustres decendencias; cuanto más, que la verdadera nobleza consiste enla virtud, y si ésta a ti te falta, negándome lo que tan justamente medebes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes. En fin,señor, lo que últimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tuesposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, siya es que te precias de aquello por que me desprecias; testigo será lafirma que hiciste, y testigo el cielo, a quien tú llamaste por testigo delo que me prometías. Y, cuando todo esto falte, tu misma conciencia no hade faltar de dar voces callando en mitad de tus alegrías, volviendo poresta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y contentos.
Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento ylágrimas, que los mismos que acompañaban a don Fernando, y cuantospresentes estaban, la acompañaron en ellas. Escuchóla don Fernando sinreplicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantossollozos y suspiros, que bien había de ser corazón de bronce el que conmuestras de tanto dolor no se enterneciera. Mirándola estaba Luscinda, nomenos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreción yhermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas palabras deconsuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la tenían.El cual, lleno de confusión y espanto, al cabo de un buen espacio queatentamente estuvo mirando a Dorotea, abrió los brazos y, dejando libre aLuscinda, dijo:
-Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo paranegar tantas verdades juntas.
Con el desmayo que Luscinda había tenido, así como la dejó don Fernando,iba a caer en el suelo; mas, hallándose Cardenio allí junto, que a lasespaldas de don Fernando se había puesto porque no le conociese,prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudió a sostener aLuscinda, y, cogiéndola entre sus brazos, le dijo:
-Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas algún descanso, leal,firme y hermosa señora mía, en ninguna parte creo yo que le tendrás másseguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo terecibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mía.
A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzadoa conocerle, primero por la voz, y asegurándose que él era con la vista,casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ningún honesto respeto, le echólos brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:
-Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva, aunquemás lo impida la contraria suerte, y, aunque más amenazas le hagan a estavida que en la vuestra se sustenta.
Estraño espectáculo fue éste para don Fernando y para todos loscircunstantes, admirándose de tan no visto suceso. Parecióle a Dorotea quedon Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de querervengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en laespada; y, así como lo pensó, con no vista presteza se abrazó con él porlas rodillas, besándoselas y teniéndole apretado, que no le dejaba mover,y, sin cesar un punto de sus lágrimas, le decía:
-¿Qué es lo que piensas hacer, único refugio mío, en este tan impensadotrance? Tú tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea estáen los brazos de su marido. Mira si te estará bien o te será posibledeshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendrá querer levantar aigualar a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en suverdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, bañados de licoramoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es teruego, y por quien tú eres te suplico, que este tan notorio desengaño nosólo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal manera, que conquietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sinimpedimiento tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere concedérsele; y enesto mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundoque tiene contigo más fuerza la razón que el apetito.
En tanto que esto decía Dorotea, aunque Cardenio tenía abrazada a Luscinda,no quitaba los ojos de don Fernando, con determinación de que, si le viesehacer algún movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender comomejor pudiese a todos aquellos que en su daño se mostrasen, aunque lecostase la vida. Pero a esta sazón acudieron los amigos de don Fernando, yel cura y el barbero, que a todo habían estado presentes, sin que faltaseel bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplicándoletuviese por bien de mirar las lágrimas de Dorotea; y que, siendo verdad,como sin duda ellos creían que lo era, lo que en sus razones había dicho,que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Queconsiderase que, no acaso, como parecía, sino con particular providenciadel cielo, se habían todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba; yque advirtiese -dijo el cura- que sola la muerte podía apartar a Luscindade Cardenio; y, aunque los dividiesen filos de alguna espada, ellostendrían por felicísima su muerte; y que en los lazos inremediables erasuma cordura, forzándose y venciéndose a sí mismo, mostrar un generosopecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos gozasen el bien que elcielo ya les había concedido; que pusiese los ojos ansimesmo en la beldadde Dorotea, y vería que pocas o ninguna se le podían igualar, cuanto máshacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su humildad y el estremo delamor que le tenía; y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba decaballero y de cristiano, que no podía hacer otra cosa que cumplille lapalabra dada, y que, cumpliéndosela, cumpliría con Dios y satisfaría a lasgentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de lahermosura, aunque esté en sujeto humilde, como se acompañe con lahonestidad, poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota demenoscabo del que la levanta e iguala a sí mismo; y, cuando se cumplen lasfuertes leyes del gusto, como en ello no intervenga pecado, no debe de serculpado el que las sigue.
En efeto, a estas razones añadieron todos otras, tales y tantas, que elvaleroso pecho de don Fernando (en fin, como alimentado con ilustre sangre)se ablandó y se dejó vencer de la verdad, que él no pudiera negar aunquequisiera; y la señal que dio de haberse rendido y entregado al buen parecerque se le había propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, diciéndole:
-Levantaos, señora mía, que no es justo que esté arrodillada a mis pies laque yo tengo en mi alma; y si hasta aquí no he dado muestras de lo quedigo, quizá ha sido por orden del cielo, para que, viendo yo en vos la fecon que me amáis, os sepa estimar en lo que merecéis. Lo que os ruego esque no me reprehendáis mi mal término y mi mucho descuido, pues la mismaocasión y fuerza que me movió para acetaros por mía, esa misma me impeliópara procurar no ser vuestro. Y que esto sea verdad, volved y mirad losojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallaréis disculpa de todos misyerros; y, pues ella halló y alcanzó lo que deseaba, y yo he hallado en voslo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos y felices años con suCardenio, que yo rogaré al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.
Y, diciendo esto, la tornó a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, contan tierno sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que laslágrimas no acabasen de dar indubitables señas de su amor yarrepentimiento. No lo hicieron así las de Luscinda y Cardenio, y aun lasde casi todos los que allí presentes estaban, porque comenzaron a derramartantas, los unos de contento proprio y los otros del ajeno, que no parecíasino que algún grave y mal caso a todos había sucedido. Hasta Sancho Panzalloraba, aunque después dijo que no lloraba él sino por ver que Dorotea noera, como él pensaba, la reina Micomicona, de quien él tantas mercedesesperaba. Duró algún espacio, junto con el llanto, la admiración en todos,y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de rodillas ante donFernando, dándole gracias de la merced que les había hecho con tan cortesesrazones, que don Fernando no sabía qué responderles; y así, los levantó yabrazó con muestras de mucho amor y de mucha cortesía.
Preguntó luego a Dorotea le dijese cómo había venido a aquel lugar tanlejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, contó todo lo queantes había contado a Cardenio, de lo cual gustó tanto don Fernando y losque con él venían, que quisieran que durara el cuento más tiempo: tanta erala gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, así como huboacabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le había acontecido despuésque halló el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser esposa deCardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo hiciera si desus padres no fuera impedido; y que así, se salió de su casa, despechado ycorrido, con determinación de vengarse con más comodidad; y que otro díasupo como Luscinda había faltado de casa de sus padres, sin que nadiesupiese decir dónde se había ido, y que, en resolución, al cabo de algunosmeses vino a saber como estaba en un monesterio, con voluntad de quedarseen él toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que, así como losupo, escogiendo para su compañía aquellos tres caballeros, vino al lugardonde estaba, a la cual no había querido hablar, temeroso que, en sabiendoque él estaba allí, había de haber más guarda en el monesterio; y así,aguardando un día a que la portería estuviese abierta, dejó a los dos a laguarda de la puerta, y él, con otro, habían entrado en el monesteriobuscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con unamonja; y, arrebatándola, sin darle lugar a otra cosa, se habían venido conella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester paratraella. Todo lo cual habían podido hacer bien a su salvo, por estar elmonesterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que, así comoLuscinda se vio en su poder, perdió todos los sentidos; y que, después devuelta en sí, no había hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablarpalabra alguna; y que así, acompañados de silencio y de lágrimas, habíanllegado a aquella venta, que para él era haber llegado al cielo, donde serematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra.
-Esta que viene es una hermosa tropa de huéspedes: si ellos paran aquí,gaudeamus tenemos.
-¿Qué gente es? -dijo Cardenio.
-Cuatro hombres -respondió el ventero- vienen a caballo, a la jineta, conlanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene unamujer vestida de blanco, en un sillón, ansimesmo cubierto el rostro, yotros dos mozos de a pie.
-¿Vienen muy cerca? -preguntó el cura.
-Tan cerca -respondió el ventero-, que ya llegan.
Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro, y Cardenio se entró en elaposento de don Quijote; y casi no habían tenido lugar para esto, cuandoentraron en la venta todos los que el ventero había dicho; y, apeándose loscuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposición eran, fueron aapear a la mujer que en el sillón venía; y, tomándola uno dellos en susbrazos, la sentó en una silla que estaba a la entrada del aposento dondeCardenio se había escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos sehabían quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; sólo que, alsentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dejó caer losbrazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron loscaballos a la caballeriza.
Viendo esto el cura, deseoso de saber qué gente era aquella que con taltraje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellosle preguntó lo que ya deseaba; el cual le respondió:
-Pardiez, señor, yo no sabré deciros qué gente sea ésta; sólo sé quemuestra ser muy principal, especialmente aquel que llegó a tomar en susbrazos a aquella señora que habéis visto; y esto dígolo porque todos losdemás le tienen respeto, y no se hace otra cosa más de la que él ordena ymanda.
-Y la señora, ¿quién es? -preguntó el cura.
-Tampoco sabré decir eso -respondió el mozo-, porque en todo el camino nola he visto el rostro; suspirar sí la he oído muchas veces, y dar unosgemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es demaravillar que no sepamos más de lo que habemos dicho, porque mi compañeroy yo no ha más de dos días que los acompañamos; porque, habiéndolosencontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que viniésemos conellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien.
-¿Y habéis oído nombrar a alguno dellos? -preguntó el cura.
-No, por cierto -respondió el mozo-, porque todos caminan con tantosilencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que lossuspiros y sollozos de la pobre señora, que nos mueven a lástima; y sinduda tenemos creído que ella va forzada dondequiera que va, y, según sepuede colegir por su hábito, ella es monja, o va a serlo, que es lo máscierto, y quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, vatriste, como parece.
-Todo podría ser -dijo el cura.
Y, dejándolos, se volvió adonde estaba Dorotea, la cual, como había oídosuspirar a la embozada, movida de natural compasión, se llegó a ella y ledijo:
-¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es alguno de quien las mujeressuelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco unabuena voluntad de serviros.
A todo esto callaba la lastimada señora; y, aunque Dorotea tornó conmayores ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta que llegó elcaballero embozado que dijo el mozo que los demás obedecían, y dijo aDorotea:
-No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene porcostumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que osresponda, si no queréis oír alguna mentira de su boca.
-Jamás la dije -dijo a esta sazón la que hasta allí había estado callando-;antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora entanta desventura; y desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mipura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.
Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estabatan junto de quien las decía que sola la puerta del aposento de don Quijoteestaba en medio; y, así como las oyó, dando una gran voz dijo:
-¡Válgame Dios! ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado amis oídos?
Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y, noviendo quién las daba, se levantó en pie y fuese a entrar en el aposento;lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. Aella, con la turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán con que traíacubierto el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostromilagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andabarodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahínco,que parecía persona fuera de juicio; cuyas señales, sin saber por qué lashacía, pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban. Teníala elcaballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado entenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le caía, como, enefeto, se le cayó del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada conla señora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposodon Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo íntimo desus entrañas un luengo y tristísimo ''¡ay!'', se dejó caer de espaldasdesmayada; y, a no hallarse allí junto el barbero, que la recogió en losbrazos, ella diera consigo en el suelo.
Acudió luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro,y así como la descubrió la conoció don Fernando, que era el que estabaabrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque dejase,con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse desus brazos; la cual había conocido en el suspiro a Cardenio, y él la habíaconocido a ella. Oyó asimesmo Cardenio el ¡ay! que dio Dorotea cuando secayó desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, salió del aposentodespavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que tenía abrazada aLuscinda. También don Fernando conoció luego a Cardenio; y todos tres,Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber loque les había acontecido.
Callaban todos y mirábanse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando aCardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien primerorompió el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:
-Dejadme, señor don Fernando, por lo que debéis a ser quien sois, ya quepor otro respeto no lo hagáis; dejadme llegar al muro de quien yo soyyedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestrasimportunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras dádivas.Notad cómo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me hapuesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sabéis por mil costosasexperiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria.Sean, pues, parte tan claros desengaños para que volváis, ya que no podáishacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme conél la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo, la daré porbien empleada: quizá con mi muerte quedará satisfecho de la fe que lemantuve hasta el último trance de la vida.
Había en este entretanto vuelto Dorotea en sí, y había estado escuchandotodas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento dequién ella era; que, viendo que don Fernando aún no la dejaba de losbrazos, ni respondía a sus razones, esforzándose lo más que pudo, selevantó y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando muchacantidad de hermosas y lastimeras lágrimas, así le comenzó a decir:
-Si ya no es, señor mío, que los rayos deste sol que en tus brazoseclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado dever que la que a tus pies está arrodillada es la sin ventura, hasta que túquieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quientú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poderllamarse tuya. Soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivióvida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer,justos y amorosos sentimientos, abrió las puertas de su recato y te entrególas llaves de su libertad: dádiva de ti tan mal agradecida, cual lo muestrabien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verteyo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querría que cayeseen tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos de mi deshonra,habiéndome traído sólo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada.Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera que, aunque ahoraquieras que no lo sea, no será posible que tú dejes de ser mío. Mira, señormío, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejasla incomparable voluntad que te tengo. Tú no puedes ser de la hermosaLuscinda, porque eres mío, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; ymás fácil te será, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quiente adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. Túsolicitaste mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no ignoraste micalidad, tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad: note queda lugar ni acogida de llamarte a engaño. Y si esto es así, como loes, y tú eres tan cristiano como caballero, ¿por qué por tantos rodeosdilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en losprincipios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera ylegítima esposa, quiéreme, a lo menos, y admíteme por tu esclava; que, comoyo esté en tu poder, me tendré por dichosa y bien afortunada. No permitas,con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra;no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales serviciosque, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te pareceque has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mía, considera quepocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por estecamino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso enlas ilustres decendencias; cuanto más, que la verdadera nobleza consiste enla virtud, y si ésta a ti te falta, negándome lo que tan justamente medebes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes. En fin,señor, lo que últimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tuesposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, siya es que te precias de aquello por que me desprecias; testigo será lafirma que hiciste, y testigo el cielo, a quien tú llamaste por testigo delo que me prometías. Y, cuando todo esto falte, tu misma conciencia no hade faltar de dar voces callando en mitad de tus alegrías, volviendo poresta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y contentos.
Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento ylágrimas, que los mismos que acompañaban a don Fernando, y cuantospresentes estaban, la acompañaron en ellas. Escuchóla don Fernando sinreplicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantossollozos y suspiros, que bien había de ser corazón de bronce el que conmuestras de tanto dolor no se enterneciera. Mirándola estaba Luscinda, nomenos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreción yhermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas palabras deconsuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la tenían.El cual, lleno de confusión y espanto, al cabo de un buen espacio queatentamente estuvo mirando a Dorotea, abrió los brazos y, dejando libre aLuscinda, dijo:
-Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo paranegar tantas verdades juntas.
Con el desmayo que Luscinda había tenido, así como la dejó don Fernando,iba a caer en el suelo; mas, hallándose Cardenio allí junto, que a lasespaldas de don Fernando se había puesto porque no le conociese,prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudió a sostener aLuscinda, y, cogiéndola entre sus brazos, le dijo:
-Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas algún descanso, leal,firme y hermosa señora mía, en ninguna parte creo yo que le tendrás másseguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo terecibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mía.
A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzadoa conocerle, primero por la voz, y asegurándose que él era con la vista,casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ningún honesto respeto, le echólos brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:
-Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva, aunquemás lo impida la contraria suerte, y, aunque más amenazas le hagan a estavida que en la vuestra se sustenta.
Estraño espectáculo fue éste para don Fernando y para todos loscircunstantes, admirándose de tan no visto suceso. Parecióle a Dorotea quedon Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de querervengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en laespada; y, así como lo pensó, con no vista presteza se abrazó con él porlas rodillas, besándoselas y teniéndole apretado, que no le dejaba mover,y, sin cesar un punto de sus lágrimas, le decía:
-¿Qué es lo que piensas hacer, único refugio mío, en este tan impensadotrance? Tú tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea estáen los brazos de su marido. Mira si te estará bien o te será posibledeshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendrá querer levantar aigualar a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en suverdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, bañados de licoramoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es teruego, y por quien tú eres te suplico, que este tan notorio desengaño nosólo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal manera, que conquietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sinimpedimiento tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere concedérsele; y enesto mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundoque tiene contigo más fuerza la razón que el apetito.
En tanto que esto decía Dorotea, aunque Cardenio tenía abrazada a Luscinda,no quitaba los ojos de don Fernando, con determinación de que, si le viesehacer algún movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender comomejor pudiese a todos aquellos que en su daño se mostrasen, aunque lecostase la vida. Pero a esta sazón acudieron los amigos de don Fernando, yel cura y el barbero, que a todo habían estado presentes, sin que faltaseel bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplicándoletuviese por bien de mirar las lágrimas de Dorotea; y que, siendo verdad,como sin duda ellos creían que lo era, lo que en sus razones había dicho,que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Queconsiderase que, no acaso, como parecía, sino con particular providenciadel cielo, se habían todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba; yque advirtiese -dijo el cura- que sola la muerte podía apartar a Luscindade Cardenio; y, aunque los dividiesen filos de alguna espada, ellostendrían por felicísima su muerte; y que en los lazos inremediables erasuma cordura, forzándose y venciéndose a sí mismo, mostrar un generosopecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos gozasen el bien que elcielo ya les había concedido; que pusiese los ojos ansimesmo en la beldadde Dorotea, y vería que pocas o ninguna se le podían igualar, cuanto máshacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su humildad y el estremo delamor que le tenía; y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba decaballero y de cristiano, que no podía hacer otra cosa que cumplille lapalabra dada, y que, cumpliéndosela, cumpliría con Dios y satisfaría a lasgentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de lahermosura, aunque esté en sujeto humilde, como se acompañe con lahonestidad, poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota demenoscabo del que la levanta e iguala a sí mismo; y, cuando se cumplen lasfuertes leyes del gusto, como en ello no intervenga pecado, no debe de serculpado el que las sigue.
En efeto, a estas razones añadieron todos otras, tales y tantas, que elvaleroso pecho de don Fernando (en fin, como alimentado con ilustre sangre)se ablandó y se dejó vencer de la verdad, que él no pudiera negar aunquequisiera; y la señal que dio de haberse rendido y entregado al buen parecerque se le había propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, diciéndole:
-Levantaos, señora mía, que no es justo que esté arrodillada a mis pies laque yo tengo en mi alma; y si hasta aquí no he dado muestras de lo quedigo, quizá ha sido por orden del cielo, para que, viendo yo en vos la fecon que me amáis, os sepa estimar en lo que merecéis. Lo que os ruego esque no me reprehendáis mi mal término y mi mucho descuido, pues la mismaocasión y fuerza que me movió para acetaros por mía, esa misma me impeliópara procurar no ser vuestro. Y que esto sea verdad, volved y mirad losojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallaréis disculpa de todos misyerros; y, pues ella halló y alcanzó lo que deseaba, y yo he hallado en voslo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos y felices años con suCardenio, que yo rogaré al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.
Y, diciendo esto, la tornó a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, contan tierno sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que laslágrimas no acabasen de dar indubitables señas de su amor yarrepentimiento. No lo hicieron así las de Luscinda y Cardenio, y aun lasde casi todos los que allí presentes estaban, porque comenzaron a derramartantas, los unos de contento proprio y los otros del ajeno, que no parecíasino que algún grave y mal caso a todos había sucedido. Hasta Sancho Panzalloraba, aunque después dijo que no lloraba él sino por ver que Dorotea noera, como él pensaba, la reina Micomicona, de quien él tantas mercedesesperaba. Duró algún espacio, junto con el llanto, la admiración en todos,y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de rodillas ante donFernando, dándole gracias de la merced que les había hecho con tan cortesesrazones, que don Fernando no sabía qué responderles; y así, los levantó yabrazó con muestras de mucho amor y de mucha cortesía.
Preguntó luego a Dorotea le dijese cómo había venido a aquel lugar tanlejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, contó todo lo queantes había contado a Cardenio, de lo cual gustó tanto don Fernando y losque con él venían, que quisieran que durara el cuento más tiempo: tanta erala gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, así como huboacabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le había acontecido despuésque halló el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser esposa deCardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo hiciera si desus padres no fuera impedido; y que así, se salió de su casa, despechado ycorrido, con determinación de vengarse con más comodidad; y que otro díasupo como Luscinda había faltado de casa de sus padres, sin que nadiesupiese decir dónde se había ido, y que, en resolución, al cabo de algunosmeses vino a saber como estaba en un monesterio, con voluntad de quedarseen él toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que, así como losupo, escogiendo para su compañía aquellos tres caballeros, vino al lugardonde estaba, a la cual no había querido hablar, temeroso que, en sabiendoque él estaba allí, había de haber más guarda en el monesterio; y así,aguardando un día a que la portería estuviese abierta, dejó a los dos a laguarda de la puerta, y él, con otro, habían entrado en el monesteriobuscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con unamonja; y, arrebatándola, sin darle lugar a otra cosa, se habían venido conella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester paratraella. Todo lo cual habían podido hacer bien a su salvo, por estar elmonesterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que, así comoLuscinda se vio en su poder, perdió todos los sentidos; y que, después devuelta en sí, no había hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablarpalabra alguna; y que así, acompañados de silencio y de lágrimas, habíanllegado a aquella venta, que para él era haber llegado al cielo, donde serematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra.
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