Capítulo XXXVII: Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su ánima, viendo que sele desparecían e iban en humo las esperanzas de su ditado, y que la lindaprincesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en donFernando, y su amo se estaba durmiendo a sueño suelto, bien descuidado detodo lo sucedido. No se podía asegurar Dorotea si era soñado el bien queposeía. Cardenio estaba en el mismo pensamiento, y el de Luscinda corríapor la misma cuenta. Don Fernando daba gracias al cielo por la mercedrecebida y haberle sacado de aquel intricado laberinto, donde se hallabatan a pique de perder el crédito y el alma; y, finalmente, cuantos en laventa estaban, estaban contentos y gozosos del buen suceso que habíantenido tan trabados y desesperados negocios.

Todo lo ponía en su punto el cura, como discreto, y a cada uno daba elparabién del bien alcanzado; pero quien más jubilaba y se contentaba era laventera, por la promesa que Cardenio y el cura le habían hecho de pagalletodos los daños e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesenvenido. Sólo Sancho, como ya se ha dicho, era el afligido, el desventuradoy el triste; y así, con malencónico semblante, entró a su amo, el cualacababa de despertar, a quien dijo:

-Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo quequisiere, sin cuidado de matar a ningún gigante, ni de volver a la princesasu reino: que ya todo está hecho y concluido.

-Eso creo yo bien -respondió don Quijote-, porque he tenido con el gigantela más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los díasde mi vida; y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo, y fuetanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra como sifueran de agua.

-Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor-respondió Sancho-, porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no losabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobasde vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es la putaque me parió, y llévelo todo Satanás.

-Y ¿qué es lo que dices, loco? -replicó don Quijote-. ¿Estás en tu seso?

-Levántese vuestra merced -dijo Sancho-, y verá el buen recado que hahecho, y lo que tenemos que pagar; y verá a la reina convertida en una damaparticular, llamada Dorotea, con otros sucesos que, si cae en ellos, le hande admirar.

-No me maravillaría de nada deso -replicó don Quijote-, porque, si bien teacuerdas, la otra vez que aquí estuvimos te dije yo que todo cuanto aquísucedía eran cosas de encantamento, y no sería mucho que ahora fuese lomesmo.

-Todo lo creyera yo -respondió Sancho-, si también mi manteamiento fueracosa dese jaez, mas no lo fue, sino real y verdaderamente; y vi yo que elventero que aquí está hoy día tenía del un cabo de la manta, y me empujabahacia el cielo con mucho donaire y brío, y con tanta risa como fuerza; ydonde interviene conocerse las personas, tengo para mí, aunque simple ypecador, que no hay encantamento alguno, sino mucho molimiento y mucha malaventura.

-Ahora bien, Dios lo remediará -dijo don Quijote-. Dame de vestir y déjamesalir allá fuera, que quiero ver los sucesos y transformaciones que dices.

Diole de vestir Sancho, y, en el entretanto que se vestía, contó el cura adon Fernando y a los demás las locuras de don Quijote, y del artificio quehabían usado para sacarle de la Peña Pobre, donde él se imaginaba estar pordesdenes de su señora. Contóles asimismo casi todas las aventuras queSancho había contado, de que no poco se admiraron y rieron, por parecerleslo que a todos parecía: ser el más estraño género de locura que podía caberen pensamiento desparatado. Dijo más el cura: que, pues ya el buen sucesode la señora Dorotea impidía pasar con su disignio adelante, que eramenester inventar y hallar otro para poderle llevar a su tierra. OfrecióseCardenio de proseguir lo comenzado, y que Luscinda haría y representaría lapersona de Dorotea.

-No -dijo don Fernando-, no ha de ser así: que yo quiero que Doroteaprosiga su invención; que, como no sea muy lejos de aquí el lugar destebuen caballero, yo holgaré de que se procure su remedio.

-No está más de dos jornadas de aquí.

-Pues, aunque estuviera más, gustara yo de caminallas, a trueco de hacertan buena obra.

Salió, en esto, don Quijote, armado de todos sus pertrechos, con el yelmo,aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela yarrimado a su tronco o lanzón. Suspendió a don Fernando y a los demás laestraña presencia de don Quijote, viendo su rostro de media legua deandadura, seco y amarillo, la desigualdad de sus armas y su mesuradocontinente, y estuvieron callando hasta ver lo que él decía, el cual, conmucha gravedad y reposo, puestos los ojos en la hermosa Dorotea, dijo:

-Estoy informado, hermosa señora, deste mi escudero que la vuestra grandezase ha aniquilado, y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y granseñora que solíades ser os habéis vuelto en una particular doncella. Siesto ha sido por orden del rey nigromante de vuestro padre, temeroso que yono os diese la necesaria y debida ayuda, digo que no supo ni sabe de lamisa la media, y que fue poco versado en las historias caballerescas,porque si él las hubiera leído y pasado tan atentamente y con tanto espaciocomo yo las pasé y leí, hallara a cada paso cómo otros caballeros de menorfama que la mía habían acabado cosas más dificultosas, no siéndolo muchomatar a un gigantillo, por arrogante que sea; porque no ha muchas horas queyo me vi con él, y... quiero callar, porque no me digan que miento; pero eltiempo, descubridor de todas las cosas, lo dirá cuando menos lo pensemos.

-Vístesos vos con dos cueros, que no con un gigante -dijo a esta sazón elventero.

Al cual mandó don Fernando que callase y no interrumpiese la plática de donQuijote en ninguna manera; y don Quijote prosiguió diciendo:

-Digo, en fin, alta y desheredada señora, que si por la causa que he dichovuestro padre ha hecho este metamorfóseos en vuestra persona, que no ledeis crédito alguno, porque no hay ningún peligro en la tierra por quien nose abra camino mi espada, con la cual, poniendo la cabeza de vuestroenemigo en tierra, os pondré a vos la corona de la vuestra en la cabeza enbreves días.

No dijo más don Quijote, y esperó a que la princesa le respondiese, lacual, como ya sabía la determinación de don Fernando de que se prosiguieseadelante en el engaño hasta llevar a su tierra a don Quijote, con muchodonaire y gravedad, le respondió:

-Quienquiera que os dijo, valeroso caballero de la Triste Figura, que yo mehabía mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma queayer fui me soy hoy. Verdad es que alguna mudanza han hecho en mí ciertosacaecimientos de buena ventura, que me la han dado la mejor que yo pudieradesearme, pero no por eso he dejado de ser la que antes y de tener losmesmos pensamientos de valerme del valor de vuestro valeroso e invenerablebrazo que siempre he tenido. Así que, señor mío, vuestra bondad vuelva lahonra al padre que me engendró, y téngale por hombre advertido y prudente,pues con su ciencia halló camino tan fácil y tan verdadero para remediar midesgracia; que yo creo que si por vos, señor, no fuera, jamás acertara atener la ventura que tengo; y en esto digo tanta verdad como son buenostestigos della los más destos señores que están presentes. Lo que resta esque mañana nos pongamos en camino, porque ya hoy se podrá hacer pocajornada, y en lo demás del buen suceso que espero, lo dejaré a Dios y alvalor de vuestro pecho.

Esto dijo la discreta Dorotea, y, en oyéndolo don Quijote, se volvió aSancho, y, con muestras de mucho enojo, le dijo:

-Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España.Dime, ladrón vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta princesa sehabía vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza queentiendo que corté a un gigante era la puta que te parió, con otrosdisparates que me pusieron en la mayor confusión que jamás he estado entodos los días de mi vida? ¡Voto... -y miró al cielo y apretó los dientes-que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la mollera a todoscuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes, de aquíadelante, en el mundo!

-Vuestra merced se sosiegue, señor mío -respondió Sancho-, que bien podríaser que yo me hubiese engañado en lo que toca a la mutación de la señoraprincesa Micomicona; pero, en lo que toca a la cabeza del gigante, o, a lomenos, a la horadación de los cueros y a lo de ser vino tinto la sangre, nome engaño, ¡vive Dios!, porque los cueros allí están heridos, a la cabeceradel lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene hecho un lago elaposento; y si no, al freír de los huevos lo verá; quiero decir que lo verácuando aquí su merced del señor ventero le pida el menoscabo de todo. De lodemás, de que la señora reina se esté como se estaba, me regocijo en elalma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino.

-Ahora yo te digo, Sancho -dijo don Quijote-, que eres un mentecato; yperdóname, y basta.

-Basta -dijo don Fernando-, y no se hable más en esto; y, pues la señoraprincesa dice que se camine mañana, porque ya hoy es tarde, hágase así, yesta noche la podremos pasar en buena conversación hasta el venidero día,donde todos acompañaremos al señor don Quijote, porque queremos sertestigos de las valerosas e inauditas hazañas que ha de hacer en eldiscurso desta grande empresa que a su cargo lleva.

-Yo soy el que tengo de serviros y acompañaros -respondió don Quijote-, yagradezco mucho la merced que se me hace y la buena opinión que de mí setiene, la cual procuraré que salga verdadera, o me costará la vida, y aunmás, si más costarme puede.

Muchas palabras de comedimiento y muchos ofrecimientos pasaron entre donQuijote y don Fernando; pero a todo puso silencio un pasajero que enaquella sazón entró en la venta, el cual en su traje mostraba ser cristianorecién venido de tierra de moros, porque venía vestido con una casaca depaño azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los calzoneseran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color; traía unosborceguíes datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahelí que leatravesaba el pecho. Entró luego tras él, encima de un jumento, una mujer ala morisca vestida, cubierto el rostro con una toca en la cabeza; traía unbonetillo de brocado, y vestida una almalafa, que desde los hombros a lospies la cubría. Era el hombre de robusto y agraciado talle, de edad de pocomás de cuarenta años, algo moreno de rostro, largo de bigotes y la barbamuy bien puesta. En resolución, él mostraba en su apostura que si estuvierabien vestido, le juzgaran por persona de calidad y bien nacida.

Pidió, en entrando, un aposento, y, como le dijeron que en la venta no lehabía, mostró recebir pesadumbre; y, llegándose a la que en el trajeparecía mora, la apeó en sus brazos. Luscinda, Dorotea, la ventera, su hijay Maritornes, llevadas del nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon ala mora, y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta,pareciéndole que así ella como el que la traía se congojaban por la faltadel aposento, le dijo:

-No os dé mucha pena, señora mía, la incomodidad de regalo que aquí falta,pues es proprio de ventas no hallarse en ellas; pero, con todo esto, sigustáredes de pasar con nosotras -señalando a Luscinda-, quizá en eldiscurso de este camino habréis hallado otros no tan buenos acogimientos.

No respondió nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse dedonde sentado se había, y, puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho,inclinada la cabeza, dobló el cuerpo en señal de que lo agradecía. Por susilencio imaginaron que, sin duda alguna, debía de ser mora, y que no sabíahablar cristiano. Llegó, en esto, el cautivo, que entendiendo en otra cosahasta entonces había estado, y, viendo que todas tenían cercada a la quecon él venía, y que ella a cuanto le decían callaba, dijo:

-Señoras mías, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni sabe hablar otraninguna sino conforme a su tierra, y por esto no debe de haber respondido,ni responde, a lo que se le ha preguntado.

-No se le pregunta otra cosa ninguna -respondió Luscinda- sino ofrecellepor esta noche nuestra compañía y parte del lugar donde nos acomodáremos,donde se le hará el regalo que la comodidad ofreciere, con la voluntad queobliga a servir a todos los estranjeros que dello tuvieren necesidad,especialmente siendo mujer a quien se sirve.

-Por ella y por mí -respondió el captivo- os beso, señora mía, las manos, yestimo mucho y en lo que es razón la merced ofrecida; que en tal ocasión, yde tales personas como vuestro parecer muestra, bien se echa de ver que hade ser muy grande.

-Decidme, señor -dijo Dorotea-: ¿esta señora es cristiana o mora? Porque eltraje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querríamos que fuese.

-Mora es en el traje y en el cuerpo, pero en el alma es muy grandecristiana, porque tiene grandísimos deseos de serlo.

-Luego, ¿no es baptizada? -replicó Luscinda.

-No ha habido lugar para ello -respondió el captivo- después que salió deArgel, su patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro demuerte tan cercana que obligase a baptizalla sin que supiese primero todaslas ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda; pero Dios seráservido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su personamerece, que es más de lo que muestra su hábito y el mío.

Con estas razones puso gana en todos los que escuchándole estaban desaber quién fuese la mora y el captivo, pero nadie se lo quiso preguntarpor entonces, por ver que aquella sazón era más para procurarles descansoque para preguntarles sus vidas. Dorotea la tomó por la mano y la llevó asentar junto a sí, y le rogó que se quitase el embozo. Ella miró alcautivo, como si le preguntara le dijese lo que decían y lo que ella haría.Él, en lengua arábiga, le dijo que le pedían se quitase el embozo, y que lohiciese; y así, se lo quitó, y descubrió un rostro tan hermoso que Doroteala tuvo por más hermosa que a Luscinda, y Luscinda por más hermosa que aDorotea, y todos los circustantes conocieron que si alguno se podríaigualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que leaventajaron en alguna cosa. Y, como la hermosura tenga prerrogativa ygracia de reconciliar los ánimos y atraer las voluntades, luego serindieron todos al deseo de servir y acariciar a la hermosa mora.

Preguntó don Fernando al captivo cómo se llamaba la mora, el cual respondióque lela Zoraida; y, así como esto oyó, ella entendió lo que le habíanpreguntado al cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja ydonaire:

-¡No, no Zoraida: María, María! -dando a entender que se llamaba María y noZoraida.

Estas palabras, el grande afecto con que la mora las dijo, hicieronderramar más de una lágrima a algunos de los que la escucharon,especialmente a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas.Abrazóla Luscinda con mucho amor, diciéndole:

-Sí, sí: María, María.

A lo cual respondió la mora:

-¡Sí, sí: María; Zoraida macange! -que quiere decir no.

Ya en esto llegaba la noche, y, por orden de los que venían con donFernando, había el ventero puesto diligencia y cuidado en aderezarles decenar lo mejor que a él le fue posible. Llegada, pues, la hora, sentáronsetodos a una larga mesa, como de tinelo, porque no la había redonda nicuadrada en la venta, y dieron la cabecera y principal asiento, puesto queél lo rehusaba, a don Quijote, el cual quiso que estuviese a su lado laseñora Micomicona, pues él era su aguardador. Luego se sentaron Luscinda yZoraida, y frontero dellas don Fernando y Cardenio, y luego el cautivo ylos demás caballeros, y, al lado de las señoras, el cura y el barbero. Yasí, cenaron con mucho contento, y acrecentóseles más viendo que, dejandode comer don Quijote, movido de otro semejante espíritu que el que le movióa hablar tanto como habló cuando cenó con los cabreros, comenzó a decir:

-Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditascosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, ¿cuálde los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste castilloentrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea quenosotros somos quien somos? ¿Quién podrá decir que esta señora que está ami lado es la gran reina que todos sabemos, y que yo soy aquel Caballero dela Triste Figura que anda por ahí en boca de la fama? Ahora no hay quedudar, sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellosque los hombres inventaron, y tanto más se ha de tener en estima cuanto amás peligros está sujeto. Quítenseme delante los que dijeren que las letrashacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que nosaben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir, y a lo queellos más se atienen, es que los trabajos del espíritu exceden a los delcuerpo, y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese suejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester más de buenasfuerzas; o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no seencerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallosmucho entendimiento; o como si no trabajase el ánimo del guerrero que tienea su cargo un ejército, o la defensa de una ciudad sitiada, así con elespíritu como con el cuerpo. Si no, véase si se alcanza con las fuerzascorporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los disignios, lasestratagemas, las dificultades, el prevenir los daños que se temen; quetodas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene partealguna el cuerpo. Siendo pues ansí, que las armas requieren espíritu, comolas letras, veamos ahora cuál de los dos espíritus, el del letrado o el delguerrero, trabaja más. Y esto se vendrá a conocer por el fin y paradero aque cada uno se encamina, porque aquella intención se ha de estimar en másque tiene por objeto más noble fin. Es el fin y paradero de las letras...,y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminarlas almas al cielo, que a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se lepuede igualar; hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su puntola justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacerque las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto y dignode grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armasatienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bienque los hombres pueden desear en esta vida. Y así, las primeras buenasnuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron losángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires:''Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra, a los hombres de buenavoluntad''; y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cieloenseñó a sus allegados y favoridos, fue decirles que cuando entrasen enalguna casa, dijesen: ''Paz sea en esta casa''; y otras muchas veces lesdijo: ''Mi paz os doy, mi paz os dejo: paz sea con vosotros'', bien comojoya y prenda dada y dejada de tal mano; joya que sin ella, en la tierra nien el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de laguerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, estaverdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja alfin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y alos del profesor de las armas, y véase cuáles son mayores.

De tal manera, y por tan buenos términos, iba prosiguiendo en su pláticadon Quijote que obligó a que, por entonces, ninguno de los que escuchándoleestaban le tuviese por loco; antes, como todos los más eran caballeros, aquien son anejas las armas, le escuchaban de muy buena gana; y él prosiguiódiciendo:

-Digo, pues, que los trabajos del estudiante son éstos: principalmentepobreza (no porque todos sean pobres, sino por poner este caso en todo elestremo que pueda ser); y, en haber dicho que padece pobreza, me parece queno había que decir más de su mala ventura, porque quien es pobre no tienecosa buena. Esta pobreza la padece por sus partes, ya en hambre, ya enfrío, ya en desnudez, ya en todo junto; pero, con todo eso, no es tanta queno coma, aunque sea un poco más tarde de lo que se usa, aunque sea de lassobras de los ricos; que es la mayor miseria del estudiante éste que entreellos llaman andar a la sopa; y no les falta algún ajeno brasero ochimenea, que, si no callenta, a lo menos entibie su frío, y, en fin, lanoche duermen debajo de cubierta. No quiero llegar a otras menudencias,conviene a saber, de la falta de camisas y no sobra de zapatos, la raridady poco pelo del vestido, ni aquel ahitarse con tanto gusto, cuando la buenasuerte les depara algún banquete. Por este camino que he pintado, áspero ydificultoso, tropezando aquí, cayendo allí, levantándose acullá, tornando acaer acá, llegan al grado que desean; el cual alcanzado, a muchos hemosvisto que, habiendo pasado por estas Sirtes y por estas Scilas y Caribdis,como llevados en vuelo de la favorable fortuna, digo que los hemos vistomandar y gobernar el mundo desde una silla, trocada su hambre en hartura,su frío en refrigerio, su desnudez en galas, y su dormir en una estera enreposar en holandas y damascos: premio justamente merecido de su virtud.Pero, contrapuestos y comparados sus trabajos con los del mílite guerrero,se quedan muy atrás en todo, como ahora diré.

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