Capítulo XLII: Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Capítulo anterior: Donde todavía prosigue el cautivo su suceso
Capítulo siguiente: Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos
Capítulo XLII
Calló, en diciendo esto, el cautivo, a quien don Fernando dijo:
-Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este estrañosuceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estrañeza del mesmo caso.Todo es peregrino y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspendena quien los oye; y es de tal manera el gusto que hemos recebido enescuchalle, que, aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en elmesmo cuento, holgáramos que de nuevo se comenzara.
Y, en diciendo esto, don Fernando y todos los demás se le ofrecieron, contodo lo a ellos posible para servirle, con palabras y razones tan amorosasy tan verdaderas que el capitán se tuvo por bien satisfecho de susvoluntades. Especialmente, le ofreció don Fernando que si quería volversecon él, que él haría que el marqués, su hermano, fuese padrino del bautismode Zoraida, y que él, por su parte, le acomodaría de manera que pudieseentrar en su tierra con el autoridad y cómodo que a su persona se debía.Todo lo agradeció cortesísimamente el cautivo, pero no quiso acetar ningunode sus liberales ofrecimientos.
En esto, llegaba ya la noche, y, al cerrar della, llegó a la venta uncoche, con algunos hombres de a caballo. Pidieron posada; a quien laventera respondió que no había en toda la venta un palmo desocupado.
-Pues, aunque eso sea -dijo uno de los de a caballo que habían entrado-, noha de faltar para el señor oidor que aquí viene.
A este nombre se turbó la güéspeda, y dijo:
-Señor, lo que en ello hay es que no tengo camas: si es que su merced delseñor oidor la trae, que sí debe de traer, entre en buen hora, que yo y mimarido nos saldremos de nuestro aposento por acomodar a su merced.
-Sea en buen hora -dijo el escudero.
Pero, a este tiempo, ya había salido del coche un hombre, que en el trajemostró luego el oficio y cargo que tenía, porque la ropa luenga, con lasmangas arrocadas, que vestía, mostraron ser oidor, como su criado habíadicho. Traía de la mano a una doncella, al parecer de hasta diez y seisaños, vestida de camino, tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda que atodos puso en admiración su vista; de suerte que, a no haber visto aDorotea y a Luscinda y Zoraida, que en la venta estaban, creyeran que otratal hermosura como la desta doncella difícilmente pudiera hallarse. Hallósedon Quijote al entrar del oidor y de la doncella, y, así como le vio, dijo:
-Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo,que, aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidaden el mundo que no dé lugar a las armas y a las letras, y más si las armasy letras traen por guía y adalid a la fermosura, como la traen las letrasde vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien deben no sólo abrirse ymanifestarse los castillos, sino apartarse los riscos, y devidirse yabajarse las montañas, para dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, eneste paraíso, que aquí hallará estrellas y soles que acompañen el cielo quevuestra merced trae consigo; aquí hallará las armas en su punto y lahermosura en su estremo.
Admirado quedó el oidor del razonamiento de don Quijote, a quien se puso amirar muy de propósito, y no menos le admiraba su talle que sus palabras;y, sin hallar ningunas con que respondelle, se tornó a admirar de nuevocuando vio delante de sí a Luscinda, Dorotea y a Zoraida, que, a las nuevasde los nuevos güéspedes y a las que la ventera les había dado de lahermosura de la doncella, habían venido a verla y a recebirla. Pero donFernando, Cardenio y el cura le hicieron más llanos y más cortesanosofrecimientos. En efecto, el señor oidor entró confuso, así de lo que veíacomo de lo que escuchaba, y las hermosas de la venta dieron la bienllegadaa la hermosa doncella.
En resolución, bien echó de ver el oidor que era gente principal toda laque allí estaba; pero el talle, visaje y la apostura de don Quijote ledesatinaba; y, habiendo pasado entre todos corteses ofrecimientos ytanteado la comodidad de la venta, se ordenó lo que antes estaba ordenado:que todas las mujeres se entrasen en el camaranchón ya referido, y que loshombres se quedasen fuera, como en su guarda. Y así, fue contento el oidorque su hija, que era la doncella, se fuese con aquellas señoras, lo queella hizo de muy buena gana. Y con parte de la estrecha cama del ventero, ycon la mitad de la que el oidor traía, se acomodaron aquella noche mejor delo que pensaban.
El cautivo, que, desde el punto que vio al oidor, le dio saltos el corazóny barruntos de que aquél era su hermano, preguntó a uno de los criados quecon él venían que cómo se llamaba y si sabía de qué tierra era. El criadole respondió que se llamaba el licenciado Juan Pérez de Viedma, y que habíaoído decir que era de un lugar de las montañas de León. Con esta relación ycon lo que él había visto se acabó de confirmar de que aquél era suhermano, que había seguido las letras por consejo de su padre; y,alborotado y contento, llamando aparte a don Fernando, a Cardenio y alcura, les contó lo que pasaba, certificándoles que aquel oidor era suhermano. Habíale dicho también el criado como iba proveído por oidor a lasIndias, en la Audiencia de Méjico. Supo también como aquella doncella erasu hija, de cuyo parto había muerto su madre, y que él había quedado muyrico con el dote que con la hija se le quedó en casa. Pidióles consejo quémodo tendría para descubrirse, o para conocer primero si, después dedescubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba o le recebía conbuenas entrañas.
-Déjeseme a mí el hacer esa experiencia -dijo el cura-; cuanto más, que nohay pensar sino que vos, señor capitán, seréis muy bien recebido; porque elvalor y prudencia que en su buen parecer descubre vuestro hermano no daindicios de ser arrogante ni desconocido, ni que no ha de saber poner loscasos de la fortuna en su punto.
-Con todo eso -dijo el capitán- yo querría, no de improviso, sino porrodeos, dármele a conocer.
-Ya os digo -respondió el cura- que yo lo trazaré de modo que todosquedemos satisfechos.
Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, ecetoel cautivo y las señoras, que cenaron de por sí en su aposento. En la mitadde la cena dijo el cura:
-Del mesmo nombre de vuestra merced, señor oidor, tuve yo una camarada enCostantinopla, donde estuve cautivo algunos años; la cual camarada era unode los valientes soldados y capitanes que había en toda la infanteríaespañola, pero tanto cuanto tenía de esforzado y valeroso lo tenía dedesdichado.
-Y ¿cómo se llamaba ese capitán, señor mío? -preguntó el oidor.
-Llamábase -respondió el cura- Ruy Pérez de Viedma, y era natural de unlugar de las montañas de León, el cual me contó un caso que a su padrecon sus hermanos le había sucedido, que, a no contármelo un hombre tanverdadero como él, lo tuviera por conseja de aquellas que las viejascuentan el invierno al fuego. Porque me dijo que su padre había dividido suhacienda entre tres hijos que tenía, y les había dado ciertos consejos,mejores que los de Catón. Y sé yo decir que el que él escogió de venir a laguerra le había sucedido tan bien que en pocos años, por su valor yesfuerzo, sin otro brazo que el de su mucha virtud, subió a ser capitán deinfantería, y a verse en camino y predicamento de ser presto maestre decampo. Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la pudiera esperar ytener buena, allí la perdió, con perder la libertad en la felicísimajornada donde tantos la cobraron, que fue en la batalla de Lepanto. Yo laperdí en la Goleta, y después, por diferentes sucesos, nos hallamoscamaradas en Costantinopla. Desde allí vino a Argel, donde sé que lesucedió uno de los más estraños casos que en el mundo han sucedido.
De aquí fue prosiguiendo el cura, y, con brevedad sucinta, contó lo que conZoraida a su hermano había sucedido; a todo lo cual estaba tan atento eloidor, que ninguna vez había sido tan oidor como entonces. Sólo llegó elcura al punto de cuando los franceses despojaron a los cristianos que en labarca venían, y la pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa morahabían quedado; de los cuales no había sabido en qué habían parado, ni sihabían llegado a España, o llevádolos los franceses a Francia.
Todo lo que el cura decía estaba escuchando, algo de allí desviado, elcapitán, y notaba todos los movimientos que su hermano hacía; el cual,viendo que ya el cura había llegado al fin de su cuento, dando un grandesuspiro y llenándosele los ojos de agua, dijo:
-¡Oh, señor, si supiésedes las nuevas que me habéis contado, y cómo metocan tan en parte que me es forzoso dar muestras dello con estas lágrimasque, contra toda mi discreción y recato, me salen por los ojos! Ese capitántan valeroso que decís es mi mayor hermano, el cual, como más fuerte y demás altos pensamientos que yo ni otro hermano menor mío, escogió el honrosoy digno ejercicio de la guerra, que fue uno de los tres caminos que nuestropadre nos propuso, según os dijo vuestra camarada en la conseja que, avuestro parecer, le oístes. Yo seguí el de las letras, en las cuales Dios ymi diligencia me han puesto en el grado que me veis. Mi menor hermano estáen el Pirú, tan rico que con lo que ha enviado a mi padre y a mí hasatisfecho bien la parte que él se llevó, y aun dado a las manos de mipadre con que poder hartar su liberalidad natural; y yo, ansimesmo, hepodido con más decencia y autoridad tratarme en mis estudios y llegar alpuesto en que me veo. Vive aún mi padre, muriendo con el deseo de saber desu hijo mayor, y pide a Dios con continuas oraciones no cierre la muertesus ojos hasta que él vea con vida a los de su hijo; del cual me maravillo,siendo tan discreto, cómo en tantos trabajos y afliciones, o prósperossucesos, se haya descuidado de dar noticia de sí a su padre; que si él losupiera, o alguno de nosotros, no tuviera necesidad de aguardar al milagrode la caña para alcanzar su rescate. Pero de lo que yo agora me temo es depensar si aquellos franceses le habrán dado libertad, o le habrán muertopor encubrir su hurto. Esto todo será que yo prosiga mi viaje, no con aquelcontento con que le comencé, sino con toda melancolía y tristeza. ¡Oh buenhermano mío, y quién supiera agora dónde estabas; que yo te fuera a buscary a librar de tus trabajos, aunque fuera a costa de los míos! ¡Oh, quiénllevara nuevas a nuestro viejo padre de que tenías vida, aunque estuvierasen las mazmorras más escondidas de Berbería; que de allí te sacaran susriquezas, las de mi hermano y las mías! ¡Oh Zoraida hermosa y liberal,quién pudiera pagar el bien que a un hermano hiciste!; ¡quién pudierahallarse al renacer de tu alma, y a las bodas, que tanto gusto a todos nosdieran!
Estas y otras semejantes palabras decía el oidor, lleno de tanta compasióncon las nuevas que de su hermano le habían dado, que todos los que le oíanle acompañaban en dar muestras del sentimiento que tenían de su lástima.
Viendo, pues, el cura que tan bien había salido con su intención y con loque deseaba el capitán, no quiso tenerlos a todos más tiempo tristes, yasí, se levantó de la mesa, y, entrando donde estaba Zoraida, la tomó porla mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea y la hija del oidor.Estaba esperando el capitán a ver lo que el cura quería hacer, que fue que,tomándole a él asimesmo de la otra mano, con entrambos a dos se fue dondeel oidor y los demás caballeros estaban, y dijo:
-Cesen, señor oidor, vuestras lágrimas, y cólmese vuestro deseo de todo elbien que acertare a desearse, pues tenéis delante a vuestro buen hermano ya vuestra buena cuñada. Éste que aquí veis es el capitán Viedma, y ésta, lahermosa mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieronen la estrecheza que veis, para que vos mostréis la liberalidad de vuestrobuen pecho.
Acudió el capitán a abrazar a su hermano, y él le puso ambas manos en lospechos por mirarle algo más apartado; mas, cuando le acabó de conocer, leabrazó tan estrechamente, derramando tan tiernas lágrimas de contento,quelos más de los que presentes estaban le hubieron de acompañar en ellas. Laspalabras que entrambos hermanos se dijeron, los sentimientos que mostraron,apenas creo que pueden pensarse, cuanto más escribirse. Allí, en brevesrazones, se dieron cuenta de sus sucesos; allí mostraron puesta en su puntola buena amistad de dos hermanos; allí abrazó el oidor a Zoraida; allí laofreció su hacienda; allí hizo que la abrazase su hija; allí la cristianahermosa y la mora hermosísima renovaron las lágrimas de todos.
Allí don Quijote estaba atento, sin hablar palabra, considerando estos tanestraños sucesos, atribuyéndolos todos a quimeras de la andante caballería.Allí concertaron que el capitán y Zoraida se volviesen con su hermano aSevilla y avisasen a su padre de su hallazgo y libertad, para que, comopudiese, viniese a hallarse en las bodas y bautismo de Zoraida, por no leser al oidor posible dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevasque de allí a un mes partía la flota de Sevilla a la Nueva España, yfuérale de grande incomodidad perder el viaje.
En resolución, todos quedaron contentos y alegres del buen suceso delcautivo; y, como ya la noche iba casi en las dos partes de su jornada,acordaron de recogerse y reposar lo que de ella les quedaba. Don Quijote seofreció a hacer la guardia del castillo, porque de algún gigante o otro malandante follón no fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro dehermosura que en aquel castillo se encerraba. Agradeciéronselo los que leconocían, y dieron al oidor cuenta del humor estraño de don Quijote, de queno poco gusto recibió.
Sólo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza del recogimiento, y sóloél se acomodó mejor que todos, echándose sobre los aparejos de su jumento,que le costaron tan caros como adelante se dirá.
Recogidas, pues, las damas en su estancia, y los demás acomodádose comomenos mal pudieron, don Quijote se salió fuera de la venta a hacer lacentinela del castillo, como lo había prometido.
Sucedió, pues, que faltando poco por venir el alba, llegó a los oídos delas damas una voz tan entonada y tan buena, que les obligó a que todas leprestasen atento oído, especialmente Dorotea, que despierta estaba, a cuyolado dormía doña Clara de Viedma, que ansí se llamaba la hija del oidor.Nadie podía imaginar quién era la persona que tan bien cantaba, y era unavoz sola, sin que la acompañase instrumento alguno. Unas veces les parecíaque cantaban en el patio; otras, que en la caballeriza; y, estando en estaconfusión muy atentas, llegó a la puerta del aposento Cardenio y dijo:
-Quien no duerme, escuche; que oirán una voz de un mozo de mulas, que detal manera canta que encanta.
-Ya lo oímos, señor -respondió Dorotea.
Y, con esto, se fue Cardenio; y Dorotea, poniendo toda la atención posible,entendió que lo que se cantaba era esto:
-Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este estrañosuceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estrañeza del mesmo caso.Todo es peregrino y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspendena quien los oye; y es de tal manera el gusto que hemos recebido enescuchalle, que, aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en elmesmo cuento, holgáramos que de nuevo se comenzara.
Y, en diciendo esto, don Fernando y todos los demás se le ofrecieron, contodo lo a ellos posible para servirle, con palabras y razones tan amorosasy tan verdaderas que el capitán se tuvo por bien satisfecho de susvoluntades. Especialmente, le ofreció don Fernando que si quería volversecon él, que él haría que el marqués, su hermano, fuese padrino del bautismode Zoraida, y que él, por su parte, le acomodaría de manera que pudieseentrar en su tierra con el autoridad y cómodo que a su persona se debía.Todo lo agradeció cortesísimamente el cautivo, pero no quiso acetar ningunode sus liberales ofrecimientos.
En esto, llegaba ya la noche, y, al cerrar della, llegó a la venta uncoche, con algunos hombres de a caballo. Pidieron posada; a quien laventera respondió que no había en toda la venta un palmo desocupado.
-Pues, aunque eso sea -dijo uno de los de a caballo que habían entrado-, noha de faltar para el señor oidor que aquí viene.
A este nombre se turbó la güéspeda, y dijo:
-Señor, lo que en ello hay es que no tengo camas: si es que su merced delseñor oidor la trae, que sí debe de traer, entre en buen hora, que yo y mimarido nos saldremos de nuestro aposento por acomodar a su merced.
-Sea en buen hora -dijo el escudero.
Pero, a este tiempo, ya había salido del coche un hombre, que en el trajemostró luego el oficio y cargo que tenía, porque la ropa luenga, con lasmangas arrocadas, que vestía, mostraron ser oidor, como su criado habíadicho. Traía de la mano a una doncella, al parecer de hasta diez y seisaños, vestida de camino, tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda que atodos puso en admiración su vista; de suerte que, a no haber visto aDorotea y a Luscinda y Zoraida, que en la venta estaban, creyeran que otratal hermosura como la desta doncella difícilmente pudiera hallarse. Hallósedon Quijote al entrar del oidor y de la doncella, y, así como le vio, dijo:
-Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo,que, aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidaden el mundo que no dé lugar a las armas y a las letras, y más si las armasy letras traen por guía y adalid a la fermosura, como la traen las letrasde vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien deben no sólo abrirse ymanifestarse los castillos, sino apartarse los riscos, y devidirse yabajarse las montañas, para dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, eneste paraíso, que aquí hallará estrellas y soles que acompañen el cielo quevuestra merced trae consigo; aquí hallará las armas en su punto y lahermosura en su estremo.
Admirado quedó el oidor del razonamiento de don Quijote, a quien se puso amirar muy de propósito, y no menos le admiraba su talle que sus palabras;y, sin hallar ningunas con que respondelle, se tornó a admirar de nuevocuando vio delante de sí a Luscinda, Dorotea y a Zoraida, que, a las nuevasde los nuevos güéspedes y a las que la ventera les había dado de lahermosura de la doncella, habían venido a verla y a recebirla. Pero donFernando, Cardenio y el cura le hicieron más llanos y más cortesanosofrecimientos. En efecto, el señor oidor entró confuso, así de lo que veíacomo de lo que escuchaba, y las hermosas de la venta dieron la bienllegadaa la hermosa doncella.
En resolución, bien echó de ver el oidor que era gente principal toda laque allí estaba; pero el talle, visaje y la apostura de don Quijote ledesatinaba; y, habiendo pasado entre todos corteses ofrecimientos ytanteado la comodidad de la venta, se ordenó lo que antes estaba ordenado:que todas las mujeres se entrasen en el camaranchón ya referido, y que loshombres se quedasen fuera, como en su guarda. Y así, fue contento el oidorque su hija, que era la doncella, se fuese con aquellas señoras, lo queella hizo de muy buena gana. Y con parte de la estrecha cama del ventero, ycon la mitad de la que el oidor traía, se acomodaron aquella noche mejor delo que pensaban.
El cautivo, que, desde el punto que vio al oidor, le dio saltos el corazóny barruntos de que aquél era su hermano, preguntó a uno de los criados quecon él venían que cómo se llamaba y si sabía de qué tierra era. El criadole respondió que se llamaba el licenciado Juan Pérez de Viedma, y que habíaoído decir que era de un lugar de las montañas de León. Con esta relación ycon lo que él había visto se acabó de confirmar de que aquél era suhermano, que había seguido las letras por consejo de su padre; y,alborotado y contento, llamando aparte a don Fernando, a Cardenio y alcura, les contó lo que pasaba, certificándoles que aquel oidor era suhermano. Habíale dicho también el criado como iba proveído por oidor a lasIndias, en la Audiencia de Méjico. Supo también como aquella doncella erasu hija, de cuyo parto había muerto su madre, y que él había quedado muyrico con el dote que con la hija se le quedó en casa. Pidióles consejo quémodo tendría para descubrirse, o para conocer primero si, después dedescubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba o le recebía conbuenas entrañas.
-Déjeseme a mí el hacer esa experiencia -dijo el cura-; cuanto más, que nohay pensar sino que vos, señor capitán, seréis muy bien recebido; porque elvalor y prudencia que en su buen parecer descubre vuestro hermano no daindicios de ser arrogante ni desconocido, ni que no ha de saber poner loscasos de la fortuna en su punto.
-Con todo eso -dijo el capitán- yo querría, no de improviso, sino porrodeos, dármele a conocer.
-Ya os digo -respondió el cura- que yo lo trazaré de modo que todosquedemos satisfechos.
Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, ecetoel cautivo y las señoras, que cenaron de por sí en su aposento. En la mitadde la cena dijo el cura:
-Del mesmo nombre de vuestra merced, señor oidor, tuve yo una camarada enCostantinopla, donde estuve cautivo algunos años; la cual camarada era unode los valientes soldados y capitanes que había en toda la infanteríaespañola, pero tanto cuanto tenía de esforzado y valeroso lo tenía dedesdichado.
-Y ¿cómo se llamaba ese capitán, señor mío? -preguntó el oidor.
-Llamábase -respondió el cura- Ruy Pérez de Viedma, y era natural de unlugar de las montañas de León, el cual me contó un caso que a su padrecon sus hermanos le había sucedido, que, a no contármelo un hombre tanverdadero como él, lo tuviera por conseja de aquellas que las viejascuentan el invierno al fuego. Porque me dijo que su padre había dividido suhacienda entre tres hijos que tenía, y les había dado ciertos consejos,mejores que los de Catón. Y sé yo decir que el que él escogió de venir a laguerra le había sucedido tan bien que en pocos años, por su valor yesfuerzo, sin otro brazo que el de su mucha virtud, subió a ser capitán deinfantería, y a verse en camino y predicamento de ser presto maestre decampo. Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la pudiera esperar ytener buena, allí la perdió, con perder la libertad en la felicísimajornada donde tantos la cobraron, que fue en la batalla de Lepanto. Yo laperdí en la Goleta, y después, por diferentes sucesos, nos hallamoscamaradas en Costantinopla. Desde allí vino a Argel, donde sé que lesucedió uno de los más estraños casos que en el mundo han sucedido.
De aquí fue prosiguiendo el cura, y, con brevedad sucinta, contó lo que conZoraida a su hermano había sucedido; a todo lo cual estaba tan atento eloidor, que ninguna vez había sido tan oidor como entonces. Sólo llegó elcura al punto de cuando los franceses despojaron a los cristianos que en labarca venían, y la pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa morahabían quedado; de los cuales no había sabido en qué habían parado, ni sihabían llegado a España, o llevádolos los franceses a Francia.
Todo lo que el cura decía estaba escuchando, algo de allí desviado, elcapitán, y notaba todos los movimientos que su hermano hacía; el cual,viendo que ya el cura había llegado al fin de su cuento, dando un grandesuspiro y llenándosele los ojos de agua, dijo:
-¡Oh, señor, si supiésedes las nuevas que me habéis contado, y cómo metocan tan en parte que me es forzoso dar muestras dello con estas lágrimasque, contra toda mi discreción y recato, me salen por los ojos! Ese capitántan valeroso que decís es mi mayor hermano, el cual, como más fuerte y demás altos pensamientos que yo ni otro hermano menor mío, escogió el honrosoy digno ejercicio de la guerra, que fue uno de los tres caminos que nuestropadre nos propuso, según os dijo vuestra camarada en la conseja que, avuestro parecer, le oístes. Yo seguí el de las letras, en las cuales Dios ymi diligencia me han puesto en el grado que me veis. Mi menor hermano estáen el Pirú, tan rico que con lo que ha enviado a mi padre y a mí hasatisfecho bien la parte que él se llevó, y aun dado a las manos de mipadre con que poder hartar su liberalidad natural; y yo, ansimesmo, hepodido con más decencia y autoridad tratarme en mis estudios y llegar alpuesto en que me veo. Vive aún mi padre, muriendo con el deseo de saber desu hijo mayor, y pide a Dios con continuas oraciones no cierre la muertesus ojos hasta que él vea con vida a los de su hijo; del cual me maravillo,siendo tan discreto, cómo en tantos trabajos y afliciones, o prósperossucesos, se haya descuidado de dar noticia de sí a su padre; que si él losupiera, o alguno de nosotros, no tuviera necesidad de aguardar al milagrode la caña para alcanzar su rescate. Pero de lo que yo agora me temo es depensar si aquellos franceses le habrán dado libertad, o le habrán muertopor encubrir su hurto. Esto todo será que yo prosiga mi viaje, no con aquelcontento con que le comencé, sino con toda melancolía y tristeza. ¡Oh buenhermano mío, y quién supiera agora dónde estabas; que yo te fuera a buscary a librar de tus trabajos, aunque fuera a costa de los míos! ¡Oh, quiénllevara nuevas a nuestro viejo padre de que tenías vida, aunque estuvierasen las mazmorras más escondidas de Berbería; que de allí te sacaran susriquezas, las de mi hermano y las mías! ¡Oh Zoraida hermosa y liberal,quién pudiera pagar el bien que a un hermano hiciste!; ¡quién pudierahallarse al renacer de tu alma, y a las bodas, que tanto gusto a todos nosdieran!
Estas y otras semejantes palabras decía el oidor, lleno de tanta compasióncon las nuevas que de su hermano le habían dado, que todos los que le oíanle acompañaban en dar muestras del sentimiento que tenían de su lástima.
Viendo, pues, el cura que tan bien había salido con su intención y con loque deseaba el capitán, no quiso tenerlos a todos más tiempo tristes, yasí, se levantó de la mesa, y, entrando donde estaba Zoraida, la tomó porla mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea y la hija del oidor.Estaba esperando el capitán a ver lo que el cura quería hacer, que fue que,tomándole a él asimesmo de la otra mano, con entrambos a dos se fue dondeel oidor y los demás caballeros estaban, y dijo:
-Cesen, señor oidor, vuestras lágrimas, y cólmese vuestro deseo de todo elbien que acertare a desearse, pues tenéis delante a vuestro buen hermano ya vuestra buena cuñada. Éste que aquí veis es el capitán Viedma, y ésta, lahermosa mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieronen la estrecheza que veis, para que vos mostréis la liberalidad de vuestrobuen pecho.
Acudió el capitán a abrazar a su hermano, y él le puso ambas manos en lospechos por mirarle algo más apartado; mas, cuando le acabó de conocer, leabrazó tan estrechamente, derramando tan tiernas lágrimas de contento,quelos más de los que presentes estaban le hubieron de acompañar en ellas. Laspalabras que entrambos hermanos se dijeron, los sentimientos que mostraron,apenas creo que pueden pensarse, cuanto más escribirse. Allí, en brevesrazones, se dieron cuenta de sus sucesos; allí mostraron puesta en su puntola buena amistad de dos hermanos; allí abrazó el oidor a Zoraida; allí laofreció su hacienda; allí hizo que la abrazase su hija; allí la cristianahermosa y la mora hermosísima renovaron las lágrimas de todos.
Allí don Quijote estaba atento, sin hablar palabra, considerando estos tanestraños sucesos, atribuyéndolos todos a quimeras de la andante caballería.Allí concertaron que el capitán y Zoraida se volviesen con su hermano aSevilla y avisasen a su padre de su hallazgo y libertad, para que, comopudiese, viniese a hallarse en las bodas y bautismo de Zoraida, por no leser al oidor posible dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevasque de allí a un mes partía la flota de Sevilla a la Nueva España, yfuérale de grande incomodidad perder el viaje.
En resolución, todos quedaron contentos y alegres del buen suceso delcautivo; y, como ya la noche iba casi en las dos partes de su jornada,acordaron de recogerse y reposar lo que de ella les quedaba. Don Quijote seofreció a hacer la guardia del castillo, porque de algún gigante o otro malandante follón no fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro dehermosura que en aquel castillo se encerraba. Agradeciéronselo los que leconocían, y dieron al oidor cuenta del humor estraño de don Quijote, de queno poco gusto recibió.
Sólo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza del recogimiento, y sóloél se acomodó mejor que todos, echándose sobre los aparejos de su jumento,que le costaron tan caros como adelante se dirá.
Recogidas, pues, las damas en su estancia, y los demás acomodádose comomenos mal pudieron, don Quijote se salió fuera de la venta a hacer lacentinela del castillo, como lo había prometido.
Sucedió, pues, que faltando poco por venir el alba, llegó a los oídos delas damas una voz tan entonada y tan buena, que les obligó a que todas leprestasen atento oído, especialmente Dorotea, que despierta estaba, a cuyolado dormía doña Clara de Viedma, que ansí se llamaba la hija del oidor.Nadie podía imaginar quién era la persona que tan bien cantaba, y era unavoz sola, sin que la acompañase instrumento alguno. Unas veces les parecíaque cantaban en el patio; otras, que en la caballeriza; y, estando en estaconfusión muy atentas, llegó a la puerta del aposento Cardenio y dijo:
-Quien no duerme, escuche; que oirán una voz de un mozo de mulas, que detal manera canta que encanta.
-Ya lo oímos, señor -respondió Dorotea.
Y, con esto, se fue Cardenio; y Dorotea, poniendo toda la atención posible,entendió que lo que se cantaba era esto:
Capítulo anterior: Donde todavía prosigue el cautivo su suceso
Capítulo siguiente: Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos