Capítulo XLV: Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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-¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores -dijo el barbero-, de lo queafirman estos gentiles hombres, pues aún porfían que ésta no es bacía,sino yelmo?

-Y quien lo contrario dijere -dijo don Quijote-, le haré yo conocer quemiente, si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.

Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocidoel humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante laburla para que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero:

-Señor barbero, o quien sois, sabed que yo también soy de vuestro oficio, ytengo más ha de veinte años carta de examen, y conozco muy bien de todoslos instrumentos de la barbería, sin que le falte uno; y ni más ni menosfui un tiempo en mi mocedad soldado, y sé también qué es yelmo, y qué esmorrión, y celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, digo, alos géneros de armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer,remitiéndome siempre al mejor entendimiento, que esta pieza que está aquídelante y que este buen señor tiene en las manos, no sólo no es bacía debarbero, pero está tan lejos de serlo como está lejos lo blanco de lo negroy la verdad de la mentira; también digo que éste, aunque es yelmo, no esyelmo entero.

-No, por cierto -dijo don Quijote-, porque le falta la mitad, que es lababera.

-Así es -dijo el cura, que ya había entendido la intención de su amigo elbarbero.

Y lo mismo confirmó Cardenio, don Fernando y sus camaradas; y aun el oidor,si no estuviera tan pensativo con el negocio de don Luis, ayudara, por suparte, a la burla; pero las veras de lo que pensaba le tenían tan suspenso,que poco o nada atendía a aquellos donaires.

-¡Válame Dios! -dijo a esta sazón el barbero burlado-; ¿que es posible quetanta gente honrada diga que ésta no es bacía, sino yelmo? Cosa parece éstaque puede poner en admiración a toda una Universidad, por discreta que sea.Basta: si es que esta bacía es yelmo, también debe de ser esta albarda jaezde caballo, como este señor ha dicho.

-A mí albarda me parece -dijo don Quijote-, pero ya he dicho que en eso nome entremeto.

-De que sea albarda o jaez -dijo el cura- no está en más de decirlo elseñor don Quijote; que en estas cosas de la caballería todos estos señoresy yo le damos la ventaja.

-Por Dios, señores míos -dijo don Quijote-, que son tantas y tan estrañaslas cosas que en este castillo, en dos veces que en él he alojado, me hansucedido, que no me atreva a decir afirmativamente ninguna cosa de lo queacerca de lo que en él se contiene se preguntare, porque imagino que cuantoen él se trata va por vía de encantamento. La primera vez me fatigó muchoun moro encantado que en él hay, y a Sancho no le fue muy bien con otrossus secuaces; y anoche estuve colgado deste brazo casi dos horas, sin sabercómo ni cómo no vine a caer en aquella desgracia. Así que, ponerme yo agoraen cosa de tanta confusión a dar mi parecer, será caer en juicio temerario.En lo que toca a lo que dicen que ésta es bacía, y no yelmo, ya yo tengorespondido; pero, en lo de declarar si ésa es albarda o jaez, no me atrevoa dar sentencia difinitiva: sólo lo dejo al buen parecer de vuestrasmercedes. Quizá por no ser armados caballeros, como yo lo soy, no tendránque ver con vuestras mercedes los encantamentos deste lugar, y tendrán losentendimientos libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo comoellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían.

-No hay duda -respondió a esto don Fernando-, sino que el señor don Quijoteha dicho muy bien hoy que a nosotros toca la difinición deste caso; y,porque vaya con más fundamento, yo tomaré en secreto los votos destosseñores, y de lo que resultare daré entera y clara noticia.

Para aquellos que la tenían del humor de don Quijote, era todo esto materiade grandísima risa; pero, para los que le ignoraban, les parecía el mayordisparate del mundo, especialmente a los cuatro criados de don Luis, y adon Luis ni más ni menos, y a otros tres pasajeros que acaso habían llegadoa la venta, que tenían parecer de ser cuadrilleros, como, en efeto, loeran. Pero el que más se desesperaba era el barbero, cuya bacía, allídelante de sus ojos, se le había vuelto en yelmo de Mambrino, y cuyaalbarda pensaba sin duda alguna que se le había de volver en jaez rico decaballo; y los unos y los otros se reían de ver cómo andaba don Fernandotomando los votos de unos en otros, hablándolos al oído para que en secretodeclarasen si era albarda o jaez aquella joya sobre quien tanto se habíapeleado. Y, después que hubo tomado los votos de aquellos que a don Quijoteconocían, dijo en alta voz:

-El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantospareceres, porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no mediga que es disparate el decir que ésta sea albarda de jumento, sino jaezde caballo, y aun de caballo castizo; y así, habréis de tener paciencia,porque, a vuestro pesar y al de vuestro asno, éste es jaez y no albarda, yvos habéis alegado y probado muy mal de vuestra parte.

-No la tenga yo en el cielo -dijo el sobrebarbero- si todos vuestrasmercedes no se engañan, y que así parezca mi ánima ante Dios como ella meparece a mí albarda, y no jaez; pero allá van leyes..., etcétera; y no digomás; y en verdad que no estoy borracho: que no me he desayunado, si depecar no.

No menos causaban risa las necedades que decía el barbero que losdisparates de don Quijote, el cual a esta sazón dijo:

-Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y aquien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.

Uno de los cuatro dijo:

-Si ya no es que esto sea burla pesada, no me puedo persuadir que hombresde tan buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aquí están, seatrevan a decir y afirmar que ésta no es bacía, ni aquélla albarda; mas,como veo que lo afirman y lo dicen, me doy a entender que no carece demisterio el porfiar una cosa tan contraria de lo que nos muestra la mismaverdad y la misma experiencia; porque, ¡voto a tal! -y arrojóle redondo-,que no me den a mí a entender cuantos hoy viven en el mundo al revés de queésta no sea bacía de barbero y ésta albarda de asno.

-Bien podría ser de borrica -dijo el cura.

-Tanto monta -dijo el criado-, que el caso no consiste en eso, sino en sies o no es albarda, como vuestras mercedes dicen.

Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habían entrado, que había oído lapendencia y quistión, lleno de cólera y de enfado, dijo:

-Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe deestar hecho uva.

-Mentís como bellaco villano -respondió don Quijote.

Y, alzando el lanzón, que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargartal golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero, se le dejaraallí tendido. El lanzón se hizo pedazos en el suelo, y los demáscuadrilleros, que vieron tratar mal a su compañero, alzaron la voz pidiendofavor a la Santa Hermandad.

El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por suespada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luisrodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero,viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizoSancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros.Don Luis daba voces a sus criados que le dejasen a él y acorriesen a donQuijote, y a Cardenio, y a don Fernando, que todos favorecían a donQuijote. El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se afligía,Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa, Luscinda suspensa y doña Claradesmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho molía al barbero; donLuis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo porque no sefuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el oidor ledefendía, don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero,midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero tornó a reforzarla voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta erallantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias,cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre. Y, en la mitaddeste caos, máquina y laberinto de cosas, se le representó en la memoria dedon Quijote que se veía metido de hoz y de coz en la discordia del campo deAgramante; y así dijo, con voz que atronaba la venta:

-¡Ténganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; óiganme todos, sitodos quieren quedar con vida!

A cuya gran voz, todos se pararon, y él prosiguió diciendo:

-¿No os dije yo, señores, que este castillo era encantado, y que algunaregión de demonios debe de habitar en él? En confirmación de lo cual,quiero que veáis por vuestros ojos cómo se ha pasado aquí y trasladadoentre nosotros la discordia del campo de Agramante. Mirad cómo allí sepelea por la espada, aquí por el caballo, acullá por el águila, acá por elyelmo, y todos peleamos, y todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestramerced, señor oidor, y vuestra merced, señor cura, y el uno sirva de reyAgramante, y el otro de rey Sobrino, y pónganos en paz; porque por DiosTodopoderoso que es gran bellaquería que tanta gente principal como aquíestamos se mate por causas tan livianas.

Los cuadrilleros, que no entendían el frasis de don Quijote, y se veíanmalparados de don Fernando, Cardenio y sus camaradas, no querían sosegarse;el barbero sí, porque en la pendencia tenía deshechas las barbas y elalbarda; Sancho, a la más mínima voz de su amo, obedeció como buen criado;los cuatro criados de don Luis también se estuvieron quedos, viendo cuánpoco les iba en no estarlo. Sólo el ventero porfiaba que se habían decastigar las insolencias de aquel loco, que a cada paso le alborotaba laventa. Finalmente, el rumor se apaciguó por entonces, la albarda se quedópor jaez hasta el día del juicio, y la bacía por yelmo y la venta porcastillo en la imaginación de don Quijote.

Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos a persuasión del oidory del cura, volvieron los criados de don Luis a porfiarle que al momento seviniese con ellos; y, en tanto que él con ellos se avenía, el oidorcomunicó con don Fernando, Cardenio y el cura qué debía hacer en aquelcaso, contándoseles con las razones que don Luis le había dicho. En fin,fue acordado que don Fernando dijese a los criados de don Luis quién él eray cómo era su gusto que don Luis se fuese con él al Andalucía, donde de suhermano el marqués sería estimado como el valor de don Luis merecía; porquedesta manera se sabía de la intención de don Luis que no volvería poraquella vez a los ojos de su padre, si le hiciesen pedazos. Entendida,pues, de los cuatro la calidad de don Fernando y la intención de don Luis,determinaron entre ellos que los tres se volviesen a contar lo que pasaba asu padre, y el otro se quedase a servir a don Luis, y a no dejalle hastaque ellos volviesen por él, o viese lo que su padre les ordenaba.

Desta manera se apaciguó aquella máquina de pendencias, por la autoridad deAgramante y prudencia del rey Sobrino; pero, viéndose el enemigo de laconcordia y el émulo de la paz menospreciado y burlado, y el poco fruto quehabía granjeado de haberlos puesto a todos en tan confuso laberinto, acordóde probar otra vez la mano, resucitando nuevas pendencias y desasosiegos.

Es, pues, el caso que los cuadrilleros se sosegaron, por haber entreoído lacalidad de los que con ellos se habían combatido, y se retiraron de lapendencia, por parecerles que, de cualquiera manera que sucediese, habíande llevar lo peor de la batalla; pero uno dellos, que fue el que fue molidoy pateado por don Fernando, le vino a la memoria que, entre algunosmandamientos que traía para prender a algunos delincuentes, traía unocontra don Quijote, a quien la Santa Hermandad había mandado prender, porla libertad que dio a los galeotes, y como Sancho, con mucha razón, habíatemido.

Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si las señas que de don Quijotetraía venían bien, y, sacando del seno un pergamino, topó con el quebuscaba; y, poniéndosele a leer de espacio, porque no era buen lector, acada palabra que leía ponía los ojos en don Quijote, y iba cotejando lasseñas del mandamiento con el rostro de don Quijote, y halló que, sin dudaalguna, era el que el mandamiento rezaba. Y, apenas se hubo certificado,cuando, recogiendo su pergamino, en la izquierda tomó el mandamiento, y conla derecha asió a don Quijote del cuello fuertemente, que no le dejabaalentar, y a grandes voces decía:

-¡Favor a la Santa Hermandad! Y, para que se vea que lo pido de veras,léase este mandamiento, donde se contiene que se prenda a este salteador decaminos.

Tomó el mandamiento el cura, y vio como era verdad cuanto el cuadrillerodecía, y cómo convenía con las señas con don Quijote; el cual, viéndosetratar mal de aquel villano malandrín, puesta la cólera en su punto ycrujiéndole los huesos de su cuerpo, como mejor pudo él, asió alcuadrillero con entrambas manos de la garganta, que, a no ser socorrido desus compañeros, allí dejara la vida antes que don Quijote la presa. Elventero, que por fuerza había de favorecer a los de su oficio, acudió luegoa dalle favor. La ventera, que vio de nuevo a su marido en pendencias, denuevo alzó la voz, cuyo tenor le llevaron luego Maritornes y su hija,pidiendo favor al cielo y a los que allí estaban. Sancho dijo, viendo loque pasaba:

-¡Vive el Señor, que es verdad cuanto mi amo dice de los encantos destecastillo, pues no es posible vivir una hora con quietud en él!

Don Fernando despartió al cuadrillero y a don Quijote, y, con gusto deentrambos, les desenclavijó las manos, que el uno en el collar del sayo deluno, y el otro en la garganta del otro, bien asidas tenían; pero no poresto cesaban los cuadrilleros de pedir su preso, y que les ayudasen adársele atado y entregado a toda su voluntad, porque así convenía alservicio del rey y de la Santa Hermandad, de cuya parte de nuevo les pedíansocorro y favor para hacer aquella prisión de aquel robador y salteador desendas y de carreras. Reíase de oír decir estas razones don Quijote; y, conmucho sosiego, dijo:

-Venid acá, gente soez y malnacida: ¿saltear de caminos llamáis al darlibertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables,alzar los caídos, remediar los menesterosos? ¡Ah gente infame, digna porvuestro bajo y vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor quese encierra en la caballería andante, ni os dé a entender el pecado eignorancia en que estáis en no reverenciar la sombra, cuanto más laasistencia, de cualquier caballero andante! Venid acá, ladrones encuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de laSanta Hermandad; decidme: ¿quién fue el ignorante que firmó mandamiento deprisión contra un tal caballero como yo soy? ¿Quién el que ignoró que sonesentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su ley es suespada; sus fueros, sus bríos; sus premáticas, su voluntad? ¿Quién fue elmentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay secutoria de hidalgo contantas preeminencias, ni esenciones, como la que adquiere un caballeroandante el día que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de lacaballería? ¿Qué caballero andante pagó pecho, alcabala, chapín de lareina, moneda forera, portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura devestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que lehiciese pagar el escote? ¿Qué rey no le asentó a su mesa? ¿Qué doncella nose le aficionó y se le entregó rendida, a todo su talante y voluntad? Y,finalmente, ¿qué caballero andante ha habido, hay ni habrá en el mundo, queno tenga bríos para dar él solo cuatrocientos palos a cuatrocientoscuadrilleros que se le pongan delante?

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