Capítulo XLVI: De la notable aventura de los cuadrilleros, y la gran ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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En tanto que don Quijote esto decía, estaba persuadiendo el cura a loscuadrilleros como don Quijote era falto de juicio, como lo veían por susobras y por sus palabras, y que no tenían para qué llevar aquel negocioadelante, pues, aunque le prendiesen y llevasen, luego le habían de dejarpor loco; a lo que respondió el del mandamiento que a él no tocaba juzgarde la locura de don Quijote, sino hacer lo que por su mayor le era mandado,y que una vez preso, siquiera le soltasen trecientas.

-Con todo eso -dijo el cura-, por esta vez no le habéis de llevar, ni aunél dejará llevarse, a lo que yo entiendo.

En efeto, tanto les supo el cura decir, y tantas locuras supo don Quijotehacer, que más locos fueran que no él los cuadrilleros si no conocieran lafalta de don Quijote; y así, tuvieron por bien de apaciguarse, y aun de sermedianeros de hacer las paces entre el barbero y Sancho Panza, que todavíaasistían con gran rancor a su pendencia. Finalmente, ellos, como miembrosde justicia, mediaron la causa y fueron árbitros della, de tal modo queambas partes quedaron, si no del todo contentas, a lo menos en algosatisfechas, porque se trocaron las albardas, y no las cinchas y jáquimas;y en lo que tocaba a lo del yelmo de Mambrino, el cura, a socapa y sin quedon Quijote lo entendiese, le dio por la bacía ocho reales, y el barbero lehizo una cédula del recibo y de no llamarse a engaño por entonces, ni porsiempre jamás amén.

Sosegadas, pues, estas dos pendencias, que eran las más principales y demás tomo, restaba que los criados de don Luis se contentasen de volver lostres, y que el uno quedase para acompañarle donde don Fernando le queríallevar; y, como ya la buena suerte y mejor fortuna había comenzado a romperlanzas y a facilitar dificultades en favor de los amantes de la venta y delos valientes della, quiso llevarlo al cabo y dar a todo felice suceso,porque los criados se contentaron de cuanto don Luis quería; de que recibiótanto contento doña Clara, que ninguno en aquella sazón la mirara al rostroque no conociera el regocijo de su alma.

Zoraida, aunque no entendía bien todos los sucesos que había visto, seentristecía y alegraba a bulto, conforme veía y notaba los semblantes acada uno, especialmente de su español, en quien tenía siempre puestos losojos y traía colgada el alma. El ventero, a quien no se le pasó por altola dádiva y recompensa que el cura había hecho al barbero, pidió el escotede don Quijote, con el menoscabo de sus cueros y falta de vino, jurando queno saldría de la venta Rocinante, ni el jumento de Sancho, sin que se lepagase primero hasta el último ardite. Todo lo apaciguó el cura, y lo pagódon Fernando, puesto que el oidor, de muy buena voluntad, había tambiénofrecido la paga; y de tal manera quedaron todos en paz y sosiego, que yano parecía la venta la discordia del campo de Agramante, como don Quijotehabía dicho, sino la misma paz y quietud del tiempo de Otaviano; de todo locual fue común opinión que se debían dar las gracias a la buena intención ymucha elocuencia del señor cura y a la incomparable liberalidad de donFernando.

Viéndose, pues, don Quijote libre y desembarazado de tantas pendencias, asíde su escudero como suyas, le pareció que sería bien seguir su comenzadoviaje y dar fin a aquella grande aventura para que había sido llamado yescogido; y así, con resoluta determinación se fue a poner de hinojos anteDorotea, la cual no le consintió que hablase palabra hasta que selevantase; y él, por obedecella, se puso en pie y le dijo:

-Es común proverbio, fermosa señora, que la diligencia es madre de la buenaventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia que lasolicitud del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero en ningunascosas se muestra más esta verdad que en las de la guerra, adonde laceleridad y presteza previene los discursos del enemigo, y alcanza lavitoria antes que el contrario se ponga en defensa. Todo esto digo, alta ypreciosa señora, porque me parece que la estada nuestra en este castillo yaes sin provecho, y podría sernos de tanto daño que lo echásemos de veralgún día; porque, ¿quién sabe si por ocultas espías y diligentes habrásabido ya vuestro enemigo el gigante de que yo voy a destruille?; y,dándole lugar el tiempo, se fortificase en algún inexpugnable castillo ofortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la fuerza de miincansable brazo. Así que, señora mía, prevengamos, como tengo dicho, connuestra diligencia sus designios, y partámonos luego a la buena ventura;que no está más de tenerla vuestra grandeza como desea, de cuanto yo tardede verme con vuestro contrario.

Calló y no dijo más don Quijote, y esperó con mucho sosiego la respuesta dela fermosa infanta; la cual, con ademán señoril y acomodado al estilo dedon Quijote, le respondió desta manera:

-Yo os agradezco, señor caballero, el deseo que mostráis tener defavorecerme en mi gran cuita, bien así como caballero, a quien es anejo yconcerniente favorecer los huérfanos y menesterosos; y quiera el cielo queel vuestro y mi deseo se cumplan, para que veáis que hay agradecidasmujeres en el mundo. Y en lo de mi partida, sea luego; que yo no tengo másvoluntad que la vuestra: disponed vos de mí a toda vuestra guisa y talante;que la que una vez os entregó la defensa de su persona y puso en vuestrasmanos la restauración de sus señoríos no ha de querer ir contra lo que lavuestra prudencia ordenare.

-A la mano de Dios -dijo don Quijote-; pues así es que una señora se mehumilla, no quiero yo perder la ocasión de levantalla y ponella en suheredado trono. La partida sea luego, porque me va poniendo espuelas aldeseo y al camino lo que suele decirse que en la tardanza está el peligro.Y, pues no ha criado el cielo, ni visto el infierno, ninguno que me espanteni acobarde, ensilla, Sancho, a Rocinante, y apareja tu jumento y elpalafrén de la reina, y despidámonos del castellano y destos señores, yvamos de aquí luego al punto.

Sancho, que a todo estaba presente, dijo, meneando la cabeza a una parte ya otra:

-¡Ay señor, señor, y cómo hay más mal en el aldegüela que se suena, conperdón sea dicho de las tocadas honradas!

-¿Qué mal puede haber en ninguna aldea, ni en todas las ciudades del mundo,que pueda sonarse en menoscabo mío, villano?

-Si vuestra merced se enoja -respondió Sancho-, yo callaré, y dejaré dedecir lo que soy obligado como buen escudero, y como debe un buen criadodecir a su señor.

-Di lo que quisieres -replicó don Quijote-, como tus palabras no seencaminen a ponerme miedo; que si tú le tienes, haces como quien eres, y siyo no le tengo, hago como quien soy.

-No es eso, ¡pecador fui yo a Dios! -respondió Sancho-, sino que yo tengopor cierto y por averiguado que esta señora que se dice ser reina del granreino Micomicón no lo es más que mi madre; porque, a ser lo que ella dice,no se anduviera hocicando con alguno de los que están en la rueda, a vueltade cabeza y a cada traspuesta.

Paróse colorada con las razones de Sancho Dorotea, porque era verdad que suesposo don Fernando, alguna vez, a hurto de otros ojos, había cogido conlos labios parte del premio que merecían sus deseos (lo cual había vistoSancho, y pareciéndole que aquella desenvoltura más era de dama cortesanaque de reina de tan gran reino), y no pudo ni quiso responder palabra aSancho, sino dejóle proseguir en su plática, y él fue diciendo:

-Esto digo, señor, porque, si al cabo de haber andado caminos y carreras, ypasado malas noches y peores días, ha de venir a coger el fruto de nuestrostrabajos el que se está holgando en esta venta, no hay para qué darmepriesa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafrén,pues será mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos.

¡Oh, válame Dios, y cuán grande que fue el enojo que recibió don Quijote,oyendo las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que,con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos,dijo:

-¡Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo,deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¿Tales palabras has osadodecir en mi presencia y en la destas ínclitas señoras, y talesdeshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación?¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras,almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicadorde sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! ¡Vete;no parezcas delante de mí, so pena de mi ira!

Y, diciendo esto, enarcó las cejas, hinchó los carrillos, miró a todaspartes, y dio con el pie derecho una gran patada en el suelo, señales todasde la ira que encerraba en sus entrañas. A cuyas palabras y furibundosademanes quedó Sancho tan encogido y medroso, que se holgara que en aquelinstante se abriera debajo de sus pies la tierra y le tragara. Y no supoqué hacerse, sino volver las espaldas y quitarse de la enojada presencia desu señor. Pero la discreta Dorotea, que tan entendido tenía ya el humor dedon Quijote, dijo, para templarle la ira:

-No os despechéis, señor Caballero de la Triste Figura, de las sandeces quevuestro buen escudero ha dicho, porque quizá no las debe de decir sinocasión, ni de su buen entendimiento y cristiana conciencia se puedesospechar que levante testimonio a nadie; y así, se ha de creer, sin ponerduda en ello, que, como en este castillo, según vos, señor caballero,decís, todas las cosas van y suceden por modo de encantamento, podría ser,digo, que Sancho hubiese visto por esta diabólica vía lo que él dice quevio, tan en ofensa de mi honestidad.

-Por el omnipotente Dios juro -dijo a esta sazón don Quijote-, que lavuestra grandeza ha dado en el punto, y que alguna mala visión se le pusodelante a este pecador de Sancho, que le hizo ver lo que fuera imposibleverse de otro modo que por el de encantos no fuera; que sé yo bien de labondad e inocencia deste desdichado, que no sabe levantar testimonios anadie.

-Ansí es y ansí será -dijo don Fernando-; por lo cual debe vuestra merced,señor don Quijote, perdonalle y reducille al gremio de su gracia, sicuterat in principio, antes que las tales visiones le sacasen de juicio.

Don Quijote respondió que él le perdonaba, y el cura fue por Sancho, elcual vino muy humilde, y, hincándose de rodillas, pidió la mano a su amo; yél se la dio, y, después de habérsela dejado besar, le echó la bendición,diciendo:

-Agora acabarás de conocer, Sancho hijo, ser verdad lo que yo otras muchasveces te he dicho de que todas las cosas deste castillo son hechas por víade encantamento.

-Así lo creo yo -dijo Sancho-, excepto aquello de la manta, que realmentesucedió por vía ordinaria.

-No lo creas -respondió don Quijote-; que si así fuera, yo te vengaraentonces, y aun agora; pero ni entonces ni agora pude ni vi en quién tomarvenganza de tu agravio.

Desearon saber todos qué era aquello de la manta, y el ventero lo contó,punto por punto: la volatería de Sancho Panza, de que no poco se rierontodos; y de que no menos se corriera Sancho, si de nuevo no le asegurara suamo que era encantamento; puesto que jamás llegó la sandez de Sancho atanto, que creyese no ser verdad pura y averiguada, sin mezcla de engañoalguno, lo de haber sido manteado por personas de carne y hueso, y no porfantasmas soñadas ni imaginadas, como su señor lo creía y lo afirmaba.

Dos días eran ya pasados los que había que toda aquella ilustre compañíaestaba en la venta; y, pareciéndoles que ya era tiempo de partirse, dieronorden para que, sin ponerse al trabajo de volver Dorotea y don Fernando condon Quijote a su aldea, con la invención de la libertad de la reinaMicomicona, pudiesen el cura y el barbero llevársele, como deseaban, yprocurar la cura de su locura en su tierra. Y lo que ordenaron fue que seconcertaron con un carretero de bueyes que acaso acertó a pasar por allí,para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palosenrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote; yluego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y loscuadrilleros, juntamente con el ventero, todos por orden y parecer delcura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quién de una manera yquién de otra, de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de laque en aquel castillo había visto.

Hecho esto, con grandísimo silencio se entraron adonde él estaba durmiendoy descansando de las pasadas refriegas. Llegáronse a él, que libre y segurode tal acontecimiento dormía, y, asiéndole fuertemente, le ataron muy bienlas manos y los pies, de modo que, cuando él despertó con sobresalto, nopudo menearse, ni hacer otra cosa más que admirarse y suspenderse de verdelante de sí tan estraños visajes; y luego dio en la cuenta de lo que sucontinua y desvariada imaginación le representaba, y se creyó que todasaquellas figuras eran fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sinduda alguna, ya estaba encantado, pues no se podía menear ni defender: todoa punto como había pensado que sucedería el cura, trazador desta máquina.Sólo Sancho, de todos los presentes, estaba en su mesmo juicio y en sumesma figura; el cual, aunque le faltaba bien poco para tener la mesmaenfermedad de su amo, no dejó de conocer quién eran todas aquellascontrahechas figuras; mas no osó descoser su boca, hasta ver en qué parabaaquel asalto y prisión de su amo, el cual tampoco hablaba palabra,atendiendo a ver el paradero de su desgracia; que fue que, trayendo allí lajaula, le encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan fuertemente queno se pudieran romper a dos tirones.

Tomáronle luego en hombros, y, al salir del aposento, se oyó una voztemerosa, todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino elotro, que decía:

-¡Oh Caballero de la Triste Figura!, no te dé afincamiento la prisión enque vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tugran esfuerzo te puso; la cual se acabará cuando el furibundo león manchadocon la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después dehumilladas las altas cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inauditoconsorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros, que imitarán lasrumpantes garras del valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor dela fugitiva ninfa faga dos vegadas la visita de las lucientes imágines consu rápido y natural curso. Y tú, ¡oh, el más noble y obediente escudero quetuvo espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las narices!, no tedesmaye ni descontente ver llevar ansí delante de tus ojos mesmos a la florde la caballería andante; que presto, si al plasmador del mundo le place,te verás tan alto y tan sublimado que no te conozcas, y no saldrándefraudadas las promesas que te ha fecho tu buen señor. Y asegúrote, departe de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo veráspor la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado caballero, queconviene que vayas donde paréis entrambos. Y, porque no me es lícito decirotra cosa, a Dios quedad, que yo me vuelvo adonde yo me sé.

Y, al acabar de la profecía, alzó la voz de punto, y diminuyóla después,con tan tierno acento, que aun los sabidores de la burla estuvieron porcreer que era verdad lo que oían.

Quedó don Quijote consolado con la escuchada profecía, porque luego coligióde todo en todo la significación de ella; y vio que le prometían el verseayuntados en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso,de cuyo felice vientre saldrían los cachorros, que eran sus hijos, paragloria perpetua de la Mancha. Y, creyendo esto bien y firmemente, alzó lavoz, y, dando un gran suspiro, dijo:

-¡Oh tú, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado!, ruégoteque pidas de mi parte al sabio encantador que mis cosas tiene a cargo, queno me deje perecer en esta prisión donde agora me llevan, hasta vercumplidas tan alegres e incomparables promesas como son las que aquí se mehan hecho; que, como esto sea, tendré por gloria las penas de mi cárcel, ypor alivio estas cadenas que me ciñen, y no por duro campo de batalla estelecho en que me acuestan, sino por cama blanda y tálamo dichoso. Y, en loque toca a la consolación de Sancho Panza, mi escudero, yo confío de subondad y buen proceder que no me dejará en buena ni en mala suerte; porque,cuando no suceda, por la suya o por mi corta ventura, el poderle yo dar laínsula, o otra cosa equivalente que le tengo prometida, por lo menos susalario no podrá perderse; que en mi testamento, que ya está hecho, dejodeclarado lo que se le ha de dar, no conforme a sus muchos y buenosservicios, sino a la posibilidad mía.

Sancho Panza se le inclinó con mucho comedimiento, y le besó entrambas lasmanos, porque la una no pudiera, por estar atadas entrambas.

Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, y la acomodaron en elcarro de los bueyes.

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