Capítulo XLVIII: Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XLVIII
-Así es como vuestra merced dice, señor canónigo -dijo el cura-, y por estacausa son más dignos de reprehensión los que hasta aquí han compuestosemejantes libros sin tener advertencia a ningún buen discurso, ni al artey reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo sonen verso los dos príncipes de la poesía griega y latina.
-Yo, a lo menos -replicó el canónigo-, he tenido cierta tentación de hacerun libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que hesignificado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cienhojas. Y para hacer la experiencia de si correspondían a mi estimación, lashe comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, ycon otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y detodos he hallado una agradable aprobación; pero, con todo esto, no heproseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión,como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes; yque, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de losmuchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo,a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más mele quitó de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle, fue un argumentoque hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representa,diciendo: ''Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las dehistoria, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevanpies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene ylas aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que lascomponen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porqueasí las quiere el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza ysiguen la fábula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretosque las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender suartificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, queno opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser un libro, al cabo dehaberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré aser el sastre del cantillo''. Y, aunque algunas veces he procuradopersuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, yque más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que haganel arte que no con las disparatadas, y están tan asidos y encorporados ensu parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque. Acuérdome queun día dije a uno destos pertinaces: ''Decidme, ¿no os acordáis que hapocos años que se representaron en España tres tragedias que compuso unfamoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales, que admiraron,alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, así simples comoprudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron más dineros a losrepresentantes ellas tres solas que treinta de las mejores que después acáse han hecho?'' ''Sin duda -respondió el autor que digo-, que debe de decirvuestra merced por La Isabela, La Filis y La Alejandra''. ''Por ésas digo-le repliqué yo-; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y sipor guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo.Así que no está la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellosque no saben representar otra cosa. Sí, que no fue disparate La ingratitudvengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le halló en la del Mercader amante,ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que de algunosentendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y paraganancia de los que las han representado''. Y otras cosas añadí a éstas,con que, a mi parecer, le dejé algo confuso, pero no satisfecho niconvencido para sacarle de su errado pensamiento.
-En materia ha tocado vuestra merced, señor canónigo -dijo a esta sazón elcura-, que ha despertado en mí un antiguo rancor que tengo con las comediasque agora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros decaballerías; porque, habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio,espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad,las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos denecedades e imágenes de lascivia. Porque, ¿qué mayor disparate puede ser enel sujeto que tratamos que salir un niño en mantillas en la primera cenadel primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y ¿quémayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayorectórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ¿Quédiré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden opodían suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia quela primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera seacabó en Africa, y ansí fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa enAmérica, y así se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y sies que la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo esposible que satisfaga a ningún mediano entendimiento que, fingiendo unaacción que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, el mismo que en ellahace la persona principal le atribuyan que fue el emperador Heraclio, queentró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa Santa, como Godofrede Bullón, habiendo infinitos años de lo uno a lo otro; y fundándose lacomedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia, y mezclarlepedazos de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no contrazas verisímiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Yes lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lodemás es buscar gullurías. Pues, ¿qué si venimos a las comedias divinas?:¡qué de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas apócrifas y malentendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en lashumanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni consideración queparecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellosllaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todoesto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun enoprobrio de los ingenios españoles; porque los estranjeros, que con muchapuntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros eignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no seríabastante disculpa desto decir que el principal intento que las repúblicasbien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es paraentretener la comunidad con alguna honesta recreación, y divertirla a vecesde los malos humores que suele engendrar la ociosidad; y que, pues éste seconsigue con cualquier comedia, buena o mala, no hay para qué poner leyes,ni estrechar a los que las componen y representan a que las hagan comodebían hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que conellas se pretende. A lo cual respondería yo que este fin se conseguiríamucho mejor, sin comparación alguna, con las comedias buenas que con las notales; porque, de haber oído la comedia artificiosa y bien ordenada,saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admiradode los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagazcon los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; quetodos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que laescuchare, por rústico y torpe que sea; y de toda imposibilidad esimposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comediaque todas estas partes tuviere mucho más que aquella que careciere dellas,como por la mayor parte carecen estas que de ordinario agora serepresentan. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porquealgunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y sabenestremadamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hechomercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no selas comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procuraacomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide.Y que esto sea verdad véase por muchas e infinitas comedias que hacompuesto un felicísimo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tantodonaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan gravessentencias y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, quetiene lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de losrepresentantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto dela perfección que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen,que después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse yausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, porhaber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra dealgunos linajes. Y todos estos inconvinientes cesarían, y aun otros muchosmás que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente ydiscreta que examinase todas las comedias antes que se representasen (nosólo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesenrepresentar en España), sin la cual aprobación, sello y firma, ningunajusticia en su lugar dejase representar comedia alguna; y, desta manera,los comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias a la Corte, y conseguridad podrían representallas, y aquellos que las componen mirarían conmás cuidado y estudio lo que hacían, temorosos de haber de pasar sus obraspor el riguroso examen de quien lo entiende; y desta manera se haríanbuenas comedias y se conseguiría felicísimamente lo que en ellas sepretende: así el entretenimiento del pueblo, como la opinión de losingenios de España, el interés y seguridad de los recitantes y el ahorrodel cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a este mismo, queexaminase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen, sin dudapodrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho,enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de laelocuencia, dando ocasión que los libros viejos se escureciesen a la luz delos nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de losociosos, sino de los más ocupados; pues no es posible que esté continuo elarco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sinalguna lícita recreación.
A este punto de su coloquio llegaban el canónigo y el cura, cuando,adelantándose el barbero, llegó a ellos, y dijo al cura:
-Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que,sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.
-Así me lo parece a mí -respondió el cura.
Y, diciéndole al canónigo lo que pensaba hacer, él también quiso quedarsecon ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se lesofrecía. Y, así por gozar dél como de la conversación del cura, de quien yaiba aficionado, y por saber más por menudo las hazañas de don Quijote,mandó a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos deallí estaba, y trujesen della lo que hubiese de comer, para todos, porqueél determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a lo cual uno desus criados respondió que el acémila del repuesto, que ya debía de estar enla venta, traía recado bastante para no obligar a no tomar de la venta másque cebada.
-Pues así es -dijo el canónigo-, llévense allá todas las cabalgaduras, yhaced volver la acémila.
En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podía hablar a su amo sin lacontinua asistencia del cura y el barbero, que tenía por sospechosos, sellegó a la jaula donde iba su amo, y le dijo:
-Señor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cercade su encantamento; y es que aquestos dos que vienen aquí cubiertos losrostros son el cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado estatraza de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen como vuestramerced se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, estaverdad, síguese que no va encantado, sino embaído y tonto. Para prueba delo cual le quiero preguntar una cosa; y si me responde como creo que me hade responder, tocará con la mano este engaño y verá como no va encantado,sino trastornado el juicio.
-Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho -respondió don Quijote-, que yo tesatisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellosque allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestroscompatriotos y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos;pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera.Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices,debe de ser que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia ysemejanza; porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se lesantoja, y habrán tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasiónde que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones,que no aciertes a salir dél, aunque tuvieses la soga de Teseo. Y también lohabrán hecho para que yo vacile en mi entendimiento, y no sepa atinar dedónde me viene este daño; porque si, por una parte, tú me dices que meacompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y, por otra, yo me veoenjaulado, y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales,no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sinoque la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leído en todaslas historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados?Ansí que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los quedices, porque así son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a quererpreguntarme algo, di, que yo te responderé, aunque me preguntes de aquí amañana.
-¡Válame Nuestra Señora! -respondió Sancho, dando una gran voz-. Y ¿esposible que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo,que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta suprisión y desgracia tiene más parte la malicia que el encanto? Pero, puesasí es, yo le quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no,dígame, así Dios le saque desta tormenta, y así se vea en los brazos de miseñora Dulcinea cuando menos se piense...
-Acaba de conjurarme -dijo don Quijote-, y pregunta lo que quisieres; queya te he dicho que te responderé con toda puntualidad.
-Eso pido -replicó Sancho-; y lo que quiero saber es que me diga, sinañadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que lahan de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestramerced las profesa, debajo de título de caballeros andantes...
-Digo que no mentiré en cosa alguna -respondió don Quijote-. Acaba ya depreguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias yprevenciones, Sancho.
-Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y así, porquehace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acasodespués que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en estajaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, comosuele decirse.
-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que teresponda derechamente.
-¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores omayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepaque quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.
-¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. ¡Sácamedeste peligro, que no anda todo limpio!
-Yo, a lo menos -replicó el canónigo-, he tenido cierta tentación de hacerun libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que hesignificado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cienhojas. Y para hacer la experiencia de si correspondían a mi estimación, lashe comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, ycon otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y detodos he hallado una agradable aprobación; pero, con todo esto, no heproseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión,como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes; yque, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de losmuchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo,a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más mele quitó de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle, fue un argumentoque hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representa,diciendo: ''Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las dehistoria, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevanpies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene ylas aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que lascomponen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porqueasí las quiere el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza ysiguen la fábula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretosque las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender suartificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, queno opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser un libro, al cabo dehaberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré aser el sastre del cantillo''. Y, aunque algunas veces he procuradopersuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, yque más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que haganel arte que no con las disparatadas, y están tan asidos y encorporados ensu parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque. Acuérdome queun día dije a uno destos pertinaces: ''Decidme, ¿no os acordáis que hapocos años que se representaron en España tres tragedias que compuso unfamoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales, que admiraron,alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, así simples comoprudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron más dineros a losrepresentantes ellas tres solas que treinta de las mejores que después acáse han hecho?'' ''Sin duda -respondió el autor que digo-, que debe de decirvuestra merced por La Isabela, La Filis y La Alejandra''. ''Por ésas digo-le repliqué yo-; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y sipor guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo.Así que no está la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellosque no saben representar otra cosa. Sí, que no fue disparate La ingratitudvengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le halló en la del Mercader amante,ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que de algunosentendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y paraganancia de los que las han representado''. Y otras cosas añadí a éstas,con que, a mi parecer, le dejé algo confuso, pero no satisfecho niconvencido para sacarle de su errado pensamiento.
-En materia ha tocado vuestra merced, señor canónigo -dijo a esta sazón elcura-, que ha despertado en mí un antiguo rancor que tengo con las comediasque agora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros decaballerías; porque, habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio,espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad,las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos denecedades e imágenes de lascivia. Porque, ¿qué mayor disparate puede ser enel sujeto que tratamos que salir un niño en mantillas en la primera cenadel primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y ¿quémayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayorectórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ¿Quédiré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden opodían suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia quela primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera seacabó en Africa, y ansí fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa enAmérica, y así se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y sies que la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo esposible que satisfaga a ningún mediano entendimiento que, fingiendo unaacción que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, el mismo que en ellahace la persona principal le atribuyan que fue el emperador Heraclio, queentró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa Santa, como Godofrede Bullón, habiendo infinitos años de lo uno a lo otro; y fundándose lacomedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia, y mezclarlepedazos de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no contrazas verisímiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Yes lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lodemás es buscar gullurías. Pues, ¿qué si venimos a las comedias divinas?:¡qué de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas apócrifas y malentendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en lashumanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni consideración queparecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellosllaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todoesto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun enoprobrio de los ingenios españoles; porque los estranjeros, que con muchapuntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros eignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no seríabastante disculpa desto decir que el principal intento que las repúblicasbien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es paraentretener la comunidad con alguna honesta recreación, y divertirla a vecesde los malos humores que suele engendrar la ociosidad; y que, pues éste seconsigue con cualquier comedia, buena o mala, no hay para qué poner leyes,ni estrechar a los que las componen y representan a que las hagan comodebían hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que conellas se pretende. A lo cual respondería yo que este fin se conseguiríamucho mejor, sin comparación alguna, con las comedias buenas que con las notales; porque, de haber oído la comedia artificiosa y bien ordenada,saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admiradode los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagazcon los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; quetodos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que laescuchare, por rústico y torpe que sea; y de toda imposibilidad esimposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comediaque todas estas partes tuviere mucho más que aquella que careciere dellas,como por la mayor parte carecen estas que de ordinario agora serepresentan. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porquealgunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y sabenestremadamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hechomercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no selas comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procuraacomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide.Y que esto sea verdad véase por muchas e infinitas comedias que hacompuesto un felicísimo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tantodonaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan gravessentencias y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, quetiene lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de losrepresentantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto dela perfección que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen,que después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse yausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, porhaber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra dealgunos linajes. Y todos estos inconvinientes cesarían, y aun otros muchosmás que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente ydiscreta que examinase todas las comedias antes que se representasen (nosólo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesenrepresentar en España), sin la cual aprobación, sello y firma, ningunajusticia en su lugar dejase representar comedia alguna; y, desta manera,los comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias a la Corte, y conseguridad podrían representallas, y aquellos que las componen mirarían conmás cuidado y estudio lo que hacían, temorosos de haber de pasar sus obraspor el riguroso examen de quien lo entiende; y desta manera se haríanbuenas comedias y se conseguiría felicísimamente lo que en ellas sepretende: así el entretenimiento del pueblo, como la opinión de losingenios de España, el interés y seguridad de los recitantes y el ahorrodel cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a este mismo, queexaminase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen, sin dudapodrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho,enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de laelocuencia, dando ocasión que los libros viejos se escureciesen a la luz delos nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de losociosos, sino de los más ocupados; pues no es posible que esté continuo elarco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sinalguna lícita recreación.
A este punto de su coloquio llegaban el canónigo y el cura, cuando,adelantándose el barbero, llegó a ellos, y dijo al cura:
-Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que,sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.
-Así me lo parece a mí -respondió el cura.
Y, diciéndole al canónigo lo que pensaba hacer, él también quiso quedarsecon ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se lesofrecía. Y, así por gozar dél como de la conversación del cura, de quien yaiba aficionado, y por saber más por menudo las hazañas de don Quijote,mandó a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos deallí estaba, y trujesen della lo que hubiese de comer, para todos, porqueél determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a lo cual uno desus criados respondió que el acémila del repuesto, que ya debía de estar enla venta, traía recado bastante para no obligar a no tomar de la venta másque cebada.
-Pues así es -dijo el canónigo-, llévense allá todas las cabalgaduras, yhaced volver la acémila.
En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podía hablar a su amo sin lacontinua asistencia del cura y el barbero, que tenía por sospechosos, sellegó a la jaula donde iba su amo, y le dijo:
-Señor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cercade su encantamento; y es que aquestos dos que vienen aquí cubiertos losrostros son el cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado estatraza de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen como vuestramerced se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, estaverdad, síguese que no va encantado, sino embaído y tonto. Para prueba delo cual le quiero preguntar una cosa; y si me responde como creo que me hade responder, tocará con la mano este engaño y verá como no va encantado,sino trastornado el juicio.
-Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho -respondió don Quijote-, que yo tesatisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellosque allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestroscompatriotos y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos;pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera.Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices,debe de ser que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia ysemejanza; porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se lesantoja, y habrán tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasiónde que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones,que no aciertes a salir dél, aunque tuvieses la soga de Teseo. Y también lohabrán hecho para que yo vacile en mi entendimiento, y no sepa atinar dedónde me viene este daño; porque si, por una parte, tú me dices que meacompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y, por otra, yo me veoenjaulado, y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales,no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sinoque la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leído en todaslas historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados?Ansí que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los quedices, porque así son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a quererpreguntarme algo, di, que yo te responderé, aunque me preguntes de aquí amañana.
-¡Válame Nuestra Señora! -respondió Sancho, dando una gran voz-. Y ¿esposible que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo,que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta suprisión y desgracia tiene más parte la malicia que el encanto? Pero, puesasí es, yo le quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no,dígame, así Dios le saque desta tormenta, y así se vea en los brazos de miseñora Dulcinea cuando menos se piense...
-Acaba de conjurarme -dijo don Quijote-, y pregunta lo que quisieres; queya te he dicho que te responderé con toda puntualidad.
-Eso pido -replicó Sancho-; y lo que quiero saber es que me diga, sinañadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que lahan de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestramerced las profesa, debajo de título de caballeros andantes...
-Digo que no mentiré en cosa alguna -respondió don Quijote-. Acaba ya depreguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias yprevenciones, Sancho.
-Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y así, porquehace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acasodespués que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en estajaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, comosuele decirse.
-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que teresponda derechamente.
-¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores omayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepaque quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.
-¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. ¡Sácamedeste peligro, que no anda todo limpio!
Capítulo anterior: Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos
Capítulo siguiente: Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote