Capítulo XLIX: Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XLIX
-¡Ah -dijo Sancho-; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, comoal alma y como a la vida. Venga acá, señor: ¿podría negar lo que comúnmentesuele decirse por ahí cuando una persona está de mala voluntad: "No sé quétiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a propósito a loque le preguntan, que no parece sino que está encantado"? De donde se vienea sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obrasnaturales que yo digo, estos tales están encantados; pero no aquellos quetienen la gana que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y comecuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.
-Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-, pero ya te he dicho que haymuchas maneras de encantamentos, y podría ser que con el tiempo se hubiesenmudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todolo que yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera que contra el uso delos tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengopara mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de miconciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estabaencantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudandoel socorro que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de miayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.
-Pues, con todo eso -replicó Sancho-, digo que, para mayor abundancia ysatisfación, sería bien que vuestra merced probase a salir desta cárcel,que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, yprobase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que también parece que vaencantado, según va de malencólico y triste; y, hecho esto, probásemos otravez la suerte de buscar más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiemponos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen yleal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuerevuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir conlo que digo.
-Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano -replicó donQuijote-; y cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo teobedeceré en todo y por todo; pero tú, Sancho, verás como te engañas en elconocimiento de mi desgracia.
En estas pláticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andanteescudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, elcanónigo y el barbero. Desunció luego los bueyes de la carreta el boyero, ydejólos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuyafrescura convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas comodon Quijote, sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; elcual rogó al cura que permitiese que su señor saliese por un rato de lajaula, porque si no le dejaban salir, no iría tan limpia aquella prisióncomo requiría la decencia de un tal caballero como su amo. Entendióle elcura, y dijo que de muy buena gana haría lo que le pedía si no temiera que,en viéndose su señor en libertad, había de hacer de las suyas, y irse dondejamás gentes le viesen.
-Yo le fío de la fuga -respondió Sancho.
-Y yo y todo -dijo el canónigo-; y más si él me da la palabra, comocaballero, de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.
-Sí doy -respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando-; cuanto más,que el que está encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de supersona lo que quisiere, porque el que le encantó le puede hacer que no semueva de un lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le hará volver envolandas. -Y que, pues esto era así, bien podían soltalle, y más, siendotan en provecho de todos; y del no soltalle les protestaba que no podíadejar de fatigalles el olfato, si de allí no se desviaban.
Tomóle la mano el canónigo, aunque las tenía atadas, y, debajo de su buenafe y palabra, le desenjaularon, de que él se alegró infinito y en grandemanera de verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todoel cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante, y, dándole dos palmadasen las ancas, dijo:
-Aún espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos,que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; tú, con tu señor acuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echó almundo.
Y, diciendo esto, don Quijote se apartó con Sancho en remota parte, dedonde vino más aliviado y con más deseos de poner en obra lo que suescudero ordenase.
Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza de su grande locura,y de que, en cuanto hablaba y respondía, mostraba tener bonísimoentendimiento: solamente venía a perder los estribos, como otras veces seha dicho, en tratándole de caballería. Y así, movido de compasión, despuésde haberse sentado todos en la verde yerba, para esperar el repuesto delcanónigo, le dijo:
-¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced laamarga y ociosa letura de los libros de caballerías, que le hayan vuelto eljuicio de modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas destejaez, tan lejos de ser verdaderas como lo está la mesma mentira de laverdad? Y ¿cómo es posible que haya entendimiento humano que se dé aentender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquellaturbamulta de tanto famoso caballero, tanto emperador de Trapisonda, tantoFelixmarte de Hircania, tanto palafrén, tanta doncella andante, tantassierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras,tanto género de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforadosencuentros, tanta bizarría de trajes, tantas princesas enamoradas, tantosescuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto requiebro,tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan disparatados casoscomo los libros de caballerías contienen? De mí sé decir que, cuando losleo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira yliviandad, me dan algún contento; pero, cuando caigo en la cuenta de lo queson, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con él en el fuego sicerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por serfalsos y embusteros, y fuera del trato que pide la común naturaleza, y comoa inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien daocasión que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderastantas necedades como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que seatreven a turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos,como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced han hecho, pues lehan traído a términos que sea forzoso encerrarle en una jaula, y traerlesobre un carro de bueyes, como quien trae o lleva algún león o algún tigre,de lugar en lugar, para ganar con él dejando que le vean. ¡Ea, señor donQuijote, duélase de sí mismo, y redúzgase al gremio de la discreción, ysepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando elfelicísimo talento de su ingenio en otra letura que redunde enaprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todavía,llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y decaballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallaráverdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvoLusitania; un César, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; unconde Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fernández,Andalucía; un Diego García de Paredes, Estremadura; un Garci Pérez deVargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo; un don Manuel de León, Sevilla, cuyaleción de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar yadmirar a los más altos ingenios que los leyeren. Ésta sí será letura dignadel buen entendimiento de vuestra merced, señor don Quijote mío, de la cualsaldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en labondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sincobardía, y todo esto, para honra de Dios, provecho suyo y fama de laMancha; do, según he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.
Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo; y,cuando vio que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado unbuen espacio mirando, le dijo:
-Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminadoa querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo,y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores einútiles para la república; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor encreerlos, y más mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísimaprofesión de la caballería andante, que ellos enseñan, negándome que no hahabido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otroscaballeros de que las escrituras están llenas.
-Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando -dijo aestá sazón el canónigo.
A lo cual respondió don Quijote:
-Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho dañotales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, yque me sería mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros másverdaderos y que mejor deleitan y enseñan.
-Así es -dijo el canónigo.
-Pues yo -replicó don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio y elencantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemiascontra una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, queel que la negase, como vuestra merced la niega, merecía la mesma pena quevuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porquequerer dar a entender a nadie que Amadís no fue en el mundo, ni todos losotros caballeros aventureros de que están colmadas las historias, seráquerer persuadir que el sol no alumbra, ni el yelo enfría, ni la tierrasustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadira otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoña, y lode Fierabrás con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo deCarlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de día? Y sies mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni laguerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Artús deIngalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en sureino por momentos. Y también se atreverán a decir que es mentirosa lahistoria de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que sonapócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo, como los de Ginebra yLanzarote, habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueñaQuintañona, que fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña.Y es esto tan ansí, que me acuerdo yo que me decía una mi agüela de partesde mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas: ''Aquélla,nieto, se parece a la dueña Quintañona''; de donde arguyo yo que la debióde conocer ella o, por lo menos, debió de alcanzar a ver algún retratosuyo. Pues, ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y lalinda Magalona, pues aun hasta hoy día se vee en la armería de los reyes laclavija con que volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valientePierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Yjunto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está elcuerno de Roldán, tamaño como una grande viga: de donde se infiere que huboDoce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballerossemejantes,
déstos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante elvaliente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en laciudad de Ras con el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, ydespués, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendode entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama; y las aventuras ydesafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles PedroBarba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo por línea recta devarón), venciendo a los hijos del conde de San Polo. Niéguenme, asimesmo,que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, dondese combatió con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria;digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del Paso; lasempresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmán, caballerocastellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos,déstos y de los reinos estranjeros, tan auténticas y verdaderas, que tornoa decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.
Admirado quedó el canónigo de oír la mezcla que don Quijote hacía deverdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosastocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería; y así, lerespondió:
-No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de lo quevuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballerosandantes españoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares deFrancia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que elarzobispo Turpín dellos escribe; porque la verdad dello es que fueroncaballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares porser todos iguales en valor, en calidad y en valentía; a lo menos, si no loeran, era razón que lo fuesen y era como una religión de las que ahora seusan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesanhan de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y,como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alcántara, decían en aqueltiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce iguales los quepara esta religión militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hayduda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las hazañas quedicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestramerced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en laarmería de los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tancorto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver laclavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.
-Pues allí está, sin duda alguna -replicó don Quijote-; y, por más señas,dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.
-Todo puede ser -respondió el canónigo-; pero, por las órdenes que recebí,que no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que está allí, nopor eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tantaturbamulta de caballeros como por ahí nos cuentan; ni es razón que unhombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado detan buen entendimiento, se dé a entender que son verdaderas tantas y tanestrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros decaballerías.
-Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-, pero ya te he dicho que haymuchas maneras de encantamentos, y podría ser que con el tiempo se hubiesenmudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todolo que yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera que contra el uso delos tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengopara mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de miconciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estabaencantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudandoel socorro que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de miayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.
-Pues, con todo eso -replicó Sancho-, digo que, para mayor abundancia ysatisfación, sería bien que vuestra merced probase a salir desta cárcel,que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, yprobase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que también parece que vaencantado, según va de malencólico y triste; y, hecho esto, probásemos otravez la suerte de buscar más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiemponos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen yleal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuerevuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir conlo que digo.
-Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano -replicó donQuijote-; y cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo teobedeceré en todo y por todo; pero tú, Sancho, verás como te engañas en elconocimiento de mi desgracia.
En estas pláticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andanteescudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, elcanónigo y el barbero. Desunció luego los bueyes de la carreta el boyero, ydejólos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuyafrescura convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas comodon Quijote, sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; elcual rogó al cura que permitiese que su señor saliese por un rato de lajaula, porque si no le dejaban salir, no iría tan limpia aquella prisióncomo requiría la decencia de un tal caballero como su amo. Entendióle elcura, y dijo que de muy buena gana haría lo que le pedía si no temiera que,en viéndose su señor en libertad, había de hacer de las suyas, y irse dondejamás gentes le viesen.
-Yo le fío de la fuga -respondió Sancho.
-Y yo y todo -dijo el canónigo-; y más si él me da la palabra, comocaballero, de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.
-Sí doy -respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando-; cuanto más,que el que está encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de supersona lo que quisiere, porque el que le encantó le puede hacer que no semueva de un lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le hará volver envolandas. -Y que, pues esto era así, bien podían soltalle, y más, siendotan en provecho de todos; y del no soltalle les protestaba que no podíadejar de fatigalles el olfato, si de allí no se desviaban.
Tomóle la mano el canónigo, aunque las tenía atadas, y, debajo de su buenafe y palabra, le desenjaularon, de que él se alegró infinito y en grandemanera de verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todoel cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante, y, dándole dos palmadasen las ancas, dijo:
-Aún espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos,que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; tú, con tu señor acuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echó almundo.
Y, diciendo esto, don Quijote se apartó con Sancho en remota parte, dedonde vino más aliviado y con más deseos de poner en obra lo que suescudero ordenase.
Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza de su grande locura,y de que, en cuanto hablaba y respondía, mostraba tener bonísimoentendimiento: solamente venía a perder los estribos, como otras veces seha dicho, en tratándole de caballería. Y así, movido de compasión, despuésde haberse sentado todos en la verde yerba, para esperar el repuesto delcanónigo, le dijo:
-¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced laamarga y ociosa letura de los libros de caballerías, que le hayan vuelto eljuicio de modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas destejaez, tan lejos de ser verdaderas como lo está la mesma mentira de laverdad? Y ¿cómo es posible que haya entendimiento humano que se dé aentender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquellaturbamulta de tanto famoso caballero, tanto emperador de Trapisonda, tantoFelixmarte de Hircania, tanto palafrén, tanta doncella andante, tantassierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras,tanto género de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforadosencuentros, tanta bizarría de trajes, tantas princesas enamoradas, tantosescuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto requiebro,tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan disparatados casoscomo los libros de caballerías contienen? De mí sé decir que, cuando losleo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira yliviandad, me dan algún contento; pero, cuando caigo en la cuenta de lo queson, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con él en el fuego sicerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por serfalsos y embusteros, y fuera del trato que pide la común naturaleza, y comoa inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien daocasión que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderastantas necedades como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que seatreven a turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos,como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced han hecho, pues lehan traído a términos que sea forzoso encerrarle en una jaula, y traerlesobre un carro de bueyes, como quien trae o lleva algún león o algún tigre,de lugar en lugar, para ganar con él dejando que le vean. ¡Ea, señor donQuijote, duélase de sí mismo, y redúzgase al gremio de la discreción, ysepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando elfelicísimo talento de su ingenio en otra letura que redunde enaprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todavía,llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y decaballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallaráverdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvoLusitania; un César, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; unconde Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fernández,Andalucía; un Diego García de Paredes, Estremadura; un Garci Pérez deVargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo; un don Manuel de León, Sevilla, cuyaleción de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar yadmirar a los más altos ingenios que los leyeren. Ésta sí será letura dignadel buen entendimiento de vuestra merced, señor don Quijote mío, de la cualsaldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en labondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sincobardía, y todo esto, para honra de Dios, provecho suyo y fama de laMancha; do, según he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.
Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo; y,cuando vio que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado unbuen espacio mirando, le dijo:
-Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminadoa querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo,y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores einútiles para la república; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor encreerlos, y más mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísimaprofesión de la caballería andante, que ellos enseñan, negándome que no hahabido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otroscaballeros de que las escrituras están llenas.
-Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando -dijo aestá sazón el canónigo.
A lo cual respondió don Quijote:
-Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho dañotales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, yque me sería mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros másverdaderos y que mejor deleitan y enseñan.
-Así es -dijo el canónigo.
-Pues yo -replicó don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio y elencantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemiascontra una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, queel que la negase, como vuestra merced la niega, merecía la mesma pena quevuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porquequerer dar a entender a nadie que Amadís no fue en el mundo, ni todos losotros caballeros aventureros de que están colmadas las historias, seráquerer persuadir que el sol no alumbra, ni el yelo enfría, ni la tierrasustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadira otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoña, y lode Fierabrás con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo deCarlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de día? Y sies mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni laguerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Artús deIngalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en sureino por momentos. Y también se atreverán a decir que es mentirosa lahistoria de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que sonapócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo, como los de Ginebra yLanzarote, habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueñaQuintañona, que fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña.Y es esto tan ansí, que me acuerdo yo que me decía una mi agüela de partesde mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas: ''Aquélla,nieto, se parece a la dueña Quintañona''; de donde arguyo yo que la debióde conocer ella o, por lo menos, debió de alcanzar a ver algún retratosuyo. Pues, ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y lalinda Magalona, pues aun hasta hoy día se vee en la armería de los reyes laclavija con que volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valientePierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Yjunto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está elcuerno de Roldán, tamaño como una grande viga: de donde se infiere que huboDoce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballerossemejantes,
déstos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante elvaliente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en laciudad de Ras con el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, ydespués, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendode entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama; y las aventuras ydesafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles PedroBarba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo por línea recta devarón), venciendo a los hijos del conde de San Polo. Niéguenme, asimesmo,que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, dondese combatió con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria;digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del Paso; lasempresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmán, caballerocastellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos,déstos y de los reinos estranjeros, tan auténticas y verdaderas, que tornoa decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.
Admirado quedó el canónigo de oír la mezcla que don Quijote hacía deverdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosastocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería; y así, lerespondió:
-No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de lo quevuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballerosandantes españoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares deFrancia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que elarzobispo Turpín dellos escribe; porque la verdad dello es que fueroncaballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares porser todos iguales en valor, en calidad y en valentía; a lo menos, si no loeran, era razón que lo fuesen y era como una religión de las que ahora seusan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesanhan de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y,como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alcántara, decían en aqueltiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce iguales los quepara esta religión militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hayduda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las hazañas quedicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestramerced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en laarmería de los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tancorto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver laclavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.
-Pues allí está, sin duda alguna -replicó don Quijote-; y, por más señas,dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.
-Todo puede ser -respondió el canónigo-; pero, por las órdenes que recebí,que no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que está allí, nopor eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tantaturbamulta de caballeros como por ahí nos cuentan; ni es razón que unhombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado detan buen entendimiento, se dé a entender que son verdaderas tantas y tanestrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros decaballerías.
Capítulo anterior: Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio
Capítulo siguiente: De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos