Capítulo L: De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Capítulo anterior: Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote
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Capítulo L
-¡Bueno está eso! -respondió don Quijote-. Los libros que están impresoscon licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien seremitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandesy de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados eignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo género depersonas, de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de sermentira?; y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan elpadre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas,punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo, o caballeroshicieron. Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y créame que leaconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto), sino léalos, y veráel gusto que recibe de su leyenda. Si no, dígame: ¿hay mayor contento quever, como si dijésemos: aquí ahora se muestra delante de nosotros un granlago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por élmuchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animalesferoces y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima quedice: ''Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estásmirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas seencubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de sunegro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno de verlas altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos delas siete fadas que debajo desta negregura yacen?'' ¿Y que, apenas elcaballero no ha acabado de oír la voz temerosa, cuando, sin entrar más encuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aunsin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Diosy a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y, cuando no se catani sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quienlos Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece que el cieloes más transparente, y que el sol luce con claridad más nueva; ofrécesele alos ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles compuesta,que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y noaprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que porlos intricados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyasfrescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenasy blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acullá veeuna artificiosa fuente de jaspe variado y de liso mármol compuesta; acá veeotra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, conlas torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con ordendesordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y decontrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte,imitando a la naturaleza, parece que allí la vence. Acullá de improviso sele descubre un fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas son demacizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos; finalmente,él es de tan admirable compostura que, con ser la materia de que estáformado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes, de perlas, deoro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura. Y ¿hay más que ver,después de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo unbuen número de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusieseahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sería nunca acabar; ytomar luego la que parecía principal de todas por la mano al atrevidocaballero que se arrojó en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarlepalabra, dentro del rico alcázar o castillo, y hacerle desnudar como sumadre le parió, y bañarle con templadas aguas, y luego untarle todo conolorosos ungüentos, y vestirle una camisa de cendal delgadísimo, todaolorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantón sobre loshombros, que, por lo menos menos, dicen que suele valer una ciudad, y aunmás? ¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras todo esto, le llevan aotra sala, donde halla puestas las mesas, con tanto concierto, que quedasuspenso y admirado?; ¿qué, el verle echar agua a manos, toda de ámbar y deolorosas flores distilada?; ¿qué, el hacerle sentar sobre una silla demarfil?; ¿qué, verle servir todas las doncellas, guardando un maravillososilencio?; ¿qué, el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamenteguisados, que no sabe el apetito a cuál deba de alargar la mano? ¿Cuál seráoír la música que en tanto que come suena, sin saberse quién la canta niadónde suena? ¿Y, después de la comida acabada y las mesas alzadas,quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose losdientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otramucho más hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al ladodel caballero, y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél, y decómo ella está encantada en él, con otras cosas que suspenden al caballeroy admiran a los leyentes que van leyendo su historia? No quiero alargarmemás en esto, pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se lea,de cualquiera historia de caballero andante, ha de causar gusto y maravillaa cualquiera que la leyere. Y vuestra merced créame, y, como otra vez le hedicho, lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía quetuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala. De mí sé decirque, después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal,bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor detrabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que me viencerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi brazo,favoreciéndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos díasverme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento yliberalidad que mi pecho encierra. Que, mía fe, señor, el pobre estáinhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunqueen sumo grado la posea; y el agradecimiento que sólo consiste en el deseoes cosa muerta, como es muerta la fe sin obras. Por esto querría que lafortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, pormostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre deSancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querríadarle un condado que le tengo muchos días ha prometido, sino que temo queno ha de tener habilidad para gobernar su estado.
Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo, a quien dijo:
-Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme ese condado, tanprometido de vuestra merced como de mí esperado, que yo le prometo que nome falte a mí habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he oídodecir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados delos señores, y les dan un tanto cada año, y ellos se tienen cuidado delgobierno, y el señor se está a pierna tendida, gozando de la renta que ledan, sin curarse de otra cosa;
y así haré yo, y no repararé en tanto más cuanto, sino que luego medesistiré de todo, y me gozaré mi renta como un duque, y allá se lo hayan.
-Eso, hermano Sancho -dijo el canónigo-, entiéndese en cuanto al gozar larenta; empero, al administrar justicia, ha de atender el señor del estado,y aquí entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buenaintención de acertar; que si ésta falta en los principios, siempre iránerrados los medios y los fines; y así suele Dios ayudar al buen deseo delsimple como desfavorecer al malo del discreto.
-No sé esas filosofías -respondió Sancho Panza-; mas sólo sé que tan prestotuviese yo el condado como sabría regirle; que tanta alma tengo yo comootro, y tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado comocada uno del suyo; y, siéndolo, haría lo que quisiese; y, haciendo lo quequisiese, haría mi gusto; y, haciendo mi gusto, estaría contento; y, enestando uno contento, no tiene más que desear; y, no teniendo más quedesear, acabóse; y el estado venga, y a Dios y veámonos, como dijo un ciegoa otro.
-No son malas filosofías ésas, como tú dices, Sancho; pero, con todo eso,hay mucho que decir sobre esta materia de condados.
A lo cual replicó don Quijote:
-Yo no sé que haya más que decir; sólo me guío por el ejemplo que me da elgrande Amadís de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme; yasí, puedo yo, sin escrúpulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, quees uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.
Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates que don Quijotehabía dicho, del modo con que había pintado la aventura del Caballero delLago, de la impresión que en él habían hecho las pensadas mentiras de loslibros que había leído; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho,que con tanto ahínco deseaba alcanzar el condado que su amo le habíaprometido.
Ya en esto, volvían los criados del canónigo, que a la venta habían ido porla acémila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verdeyerba del prado, a la sombra de unos árboles se sentaron, y comieron allí,porque el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho.Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son deesquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que allí junto estabansonaba, y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas malezas unahermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ellavenía un cabrero dándole voces, y diciéndole palabras a su uso, para que sedetuviese, o al rebaño volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida,se vino a la gente, como a favorecerse della, y allí se detuvo. Llegó elcabrero, y, asiéndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso yentendimiento, le dijo:
-¡Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cómo andáis vos estos días depie cojo! ¿Qué lobos os espantan, hija? ¿No me diréis qué es esto, hermosa?Mas ¡qué puede ser sino que sois hembra, y no podéis estar sosegada; quemal haya vuestra condición, y la de todas aquellas a quien imitáis! Volved,volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estaréis más segura envuestro aprisco, o con vuestras compañeras; que si vos que las habéis deguardar y encaminar andáis tan sin guía y tan descaminada, ¿en qué podránparar ellas?
Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron,especialmente al canónigo, que le dijo:
-Por vida vuestra, hermano, que os soseguéis un poco y no os acuciéis envolver tan presto esa cabra a su rebaño; que, pues ella es hembra, como vosdecís, ha de seguir su natural distinto, por más que vos os pongáis aestorbarlo. Tomad este bocado y bebed una vez, con que templaréis lacólera, y en tanto, descansará la cabra.
Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejofiambre, todo fue uno. Tomólo y agradeciólo el cabrero; bebió y sosegóse, yluego dijo:
-No querría que por haber yo hablado con esta alimaña tan en seso, metuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecende misterio las palabras que le dije. Rústico soy, pero no tanto que noentienda cómo se ha de tratar con los hombres y con las bestias.
-Eso creo yo muy bien -dijo el cura-, que ya yo sé de esperiencia que losmontes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos.
-A lo menos, señor -replicó el cabrero-, acogen hombres escarmentados; ypara que creáis esta verdad y la toquéis con la mano, aunque parezca quesin ser rogado me convido, si no os enfadáis dello y queréis, señores, unbreve espacio prestarme oído atento, os contaré una verdad que acredite loque ese señor (señalando al cura) ha dicho, y la mía.
A esto respondió don Quijote:
-Por ver que tiene este caso un no sé qué de sombra de aventura decaballería, yo, por mi parte, os oiré, hermano, de muy buena gana, y así loharán todos estos señores, por lo mucho que tienen de discretos y de seramigos de curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan lossentidos, como, sin duda, pienso que lo ha de hacer vuestro cuento.Comenzad, pues, amigo, que todos escucharemos.
-Saco la mía -dijo Sancho-; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada,donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir a mi señor donQuijote que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se leofreciere, hasta no poder más, a causa que se les suele ofrecer entraracaso por una selva tan intricada que no aciertan a salir della en seisdías; y si el hombre no va harto, o bien proveídas las alforjas, allí sepodrá quedar, como muchas veces se queda, hecho carne momia.
-Tú estás en lo cierto, Sancho -dijo don Quijote-: vete adonde quisieres, ycome lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y sólo me falta dar alalma su refacción, como se la daré escuchando el cuento deste buen hombre.
-Así las daremos todos a las nuestras -dijo el canónigo.
Y luego, rogó al cabrero que diese principio a lo que prometido había. Elcabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernostenía, diciéndole:
-Recuéstate junto a mí, Manchada, que tiempo nos queda para volver anuestro apero.
Parece que lo entendió la cabra, porque, en sentándose su dueño, se tendióella junto a él con mucho sosiego, y, mirándole al rostro, daba a entenderque estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenzó suhistoria desta manera:
Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo, a quien dijo:
-Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme ese condado, tanprometido de vuestra merced como de mí esperado, que yo le prometo que nome falte a mí habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he oídodecir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados delos señores, y les dan un tanto cada año, y ellos se tienen cuidado delgobierno, y el señor se está a pierna tendida, gozando de la renta que ledan, sin curarse de otra cosa;
y así haré yo, y no repararé en tanto más cuanto, sino que luego medesistiré de todo, y me gozaré mi renta como un duque, y allá se lo hayan.
-Eso, hermano Sancho -dijo el canónigo-, entiéndese en cuanto al gozar larenta; empero, al administrar justicia, ha de atender el señor del estado,y aquí entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buenaintención de acertar; que si ésta falta en los principios, siempre iránerrados los medios y los fines; y así suele Dios ayudar al buen deseo delsimple como desfavorecer al malo del discreto.
-No sé esas filosofías -respondió Sancho Panza-; mas sólo sé que tan prestotuviese yo el condado como sabría regirle; que tanta alma tengo yo comootro, y tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado comocada uno del suyo; y, siéndolo, haría lo que quisiese; y, haciendo lo quequisiese, haría mi gusto; y, haciendo mi gusto, estaría contento; y, enestando uno contento, no tiene más que desear; y, no teniendo más quedesear, acabóse; y el estado venga, y a Dios y veámonos, como dijo un ciegoa otro.
-No son malas filosofías ésas, como tú dices, Sancho; pero, con todo eso,hay mucho que decir sobre esta materia de condados.
A lo cual replicó don Quijote:
-Yo no sé que haya más que decir; sólo me guío por el ejemplo que me da elgrande Amadís de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme; yasí, puedo yo, sin escrúpulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, quees uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.
Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates que don Quijotehabía dicho, del modo con que había pintado la aventura del Caballero delLago, de la impresión que en él habían hecho las pensadas mentiras de loslibros que había leído; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho,que con tanto ahínco deseaba alcanzar el condado que su amo le habíaprometido.
Ya en esto, volvían los criados del canónigo, que a la venta habían ido porla acémila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verdeyerba del prado, a la sombra de unos árboles se sentaron, y comieron allí,porque el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho.Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son deesquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que allí junto estabansonaba, y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas malezas unahermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ellavenía un cabrero dándole voces, y diciéndole palabras a su uso, para que sedetuviese, o al rebaño volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida,se vino a la gente, como a favorecerse della, y allí se detuvo. Llegó elcabrero, y, asiéndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso yentendimiento, le dijo:
-¡Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cómo andáis vos estos días depie cojo! ¿Qué lobos os espantan, hija? ¿No me diréis qué es esto, hermosa?Mas ¡qué puede ser sino que sois hembra, y no podéis estar sosegada; quemal haya vuestra condición, y la de todas aquellas a quien imitáis! Volved,volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estaréis más segura envuestro aprisco, o con vuestras compañeras; que si vos que las habéis deguardar y encaminar andáis tan sin guía y tan descaminada, ¿en qué podránparar ellas?
Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron,especialmente al canónigo, que le dijo:
-Por vida vuestra, hermano, que os soseguéis un poco y no os acuciéis envolver tan presto esa cabra a su rebaño; que, pues ella es hembra, como vosdecís, ha de seguir su natural distinto, por más que vos os pongáis aestorbarlo. Tomad este bocado y bebed una vez, con que templaréis lacólera, y en tanto, descansará la cabra.
Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejofiambre, todo fue uno. Tomólo y agradeciólo el cabrero; bebió y sosegóse, yluego dijo:
-No querría que por haber yo hablado con esta alimaña tan en seso, metuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecende misterio las palabras que le dije. Rústico soy, pero no tanto que noentienda cómo se ha de tratar con los hombres y con las bestias.
-Eso creo yo muy bien -dijo el cura-, que ya yo sé de esperiencia que losmontes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos.
-A lo menos, señor -replicó el cabrero-, acogen hombres escarmentados; ypara que creáis esta verdad y la toquéis con la mano, aunque parezca quesin ser rogado me convido, si no os enfadáis dello y queréis, señores, unbreve espacio prestarme oído atento, os contaré una verdad que acredite loque ese señor (señalando al cura) ha dicho, y la mía.
A esto respondió don Quijote:
-Por ver que tiene este caso un no sé qué de sombra de aventura decaballería, yo, por mi parte, os oiré, hermano, de muy buena gana, y así loharán todos estos señores, por lo mucho que tienen de discretos y de seramigos de curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan lossentidos, como, sin duda, pienso que lo ha de hacer vuestro cuento.Comenzad, pues, amigo, que todos escucharemos.
-Saco la mía -dijo Sancho-; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada,donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir a mi señor donQuijote que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se leofreciere, hasta no poder más, a causa que se les suele ofrecer entraracaso por una selva tan intricada que no aciertan a salir della en seisdías; y si el hombre no va harto, o bien proveídas las alforjas, allí sepodrá quedar, como muchas veces se queda, hecho carne momia.
-Tú estás en lo cierto, Sancho -dijo don Quijote-: vete adonde quisieres, ycome lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y sólo me falta dar alalma su refacción, como se la daré escuchando el cuento deste buen hombre.
-Así las daremos todos a las nuestras -dijo el canónigo.
Y luego, rogó al cabrero que diese principio a lo que prometido había. Elcabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernostenía, diciéndole:
-Recuéstate junto a mí, Manchada, que tiempo nos queda para volver anuestro apero.
Parece que lo entendió la cabra, porque, en sentándose su dueño, se tendióella junto a él con mucho sosiego, y, mirándole al rostro, daba a entenderque estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenzó suhistoria desta manera:
Capítulo anterior: Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote
Capítulo siguiente: Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban a don Quijote