Capítulo LII: De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a costa de su sudor


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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General gusto causó el cuento del cabrero a todos los que escuchado lehabían; especialmente le recibió el canónigo, que con estraña curiosidadnotó la manera con que le había contado, tan lejos de parecer rústicocabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y así, dijo que habíadicho muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados. Todos seofrecieron a Eugenio; pero el que más se mostró liberal en esto fue donQuijote, que le dijo:

-Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de podercomenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque vosla tuviérades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin duda alguna,debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y decuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para quehiciérades della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, lasleyes de la caballería, que mandan que a ninguna doncella se le sea fechodesaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Señor que no ha depoder tanto la fuerza de un encantador malicioso, que no pueda más la deotro encantador mejor intencionado, y para entonces os prometo mi favor yayuda, como me obliga mi profesión, que no es otra si no es favorecer a losdesvalidos y menesterosos.

Miróle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura,admiróse y preguntó al barbero, que cerca de sí tenía:

-Señor, ¿quién es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?

-¿Quién ha de ser -respondió el barbero- sino el famoso don Quijote de laMancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de lasdoncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?

-Eso me semeja -respondió el cabrero- a lo que se lee en los libros decaballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre vuestra merceddice; puesto que para mí tengo, o que vuestra merced se burla, o que estegentil hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.

-Sois un grandísimo bellaco -dijo a esta sazón don Quijote-; y vos sois elvacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muyhideputa puta que os parió.

Y, diciendo y haciendo, arrebató de un pan que junto a sí tenía, y dio conél al cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remachó lasnarices; mas el cabrero, que no sabía de burlas, viendo con cuántas verasle maltrataban, sin tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni atodos aquellos que comiendo estaban, saltó sobre don Quijote, y, asiéndoledel cuello con entrambas manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza nollegara en aquel punto, y le asiera por las espaldas y diera con él encimade la mesa, quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendocuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudió a subirsesobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces deSancho, andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para hacer algunasanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo y el cura; mas elbarbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote,sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobrecaballero llovía tanta sangre como del suyo.

Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros degozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando enpendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba, porque no sepodía desasir de un criado del canónigo, que le estorbaba que a su amo noayudase.

En resolución, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantesque se carpían, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizovolver los rostros hacia donde les pareció que sonaba; pero el que más sealborotó de oírle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo delcabrero, harto contra su voluntad y más que medianamente molido, le dijo:

-Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenidovalor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas, no másde por una hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestrosoídos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.

El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego, ydon Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son seoía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos deblanco, a modo de diciplinantes.

Era el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra, ypor todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas ydiciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y leslloviese; y para este efecto la gente de una aldea que allí junto estabavenía en procesión a una devota ermita que en un recuesto de aquel vallehabía.

Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes, sin pasarlepor la memoria las muchas veces que los había de haber visto, se imaginóque era cosa de aventura, y que a él solo tocaba, como a caballero andante,el acometerla; y confirmóle más esta imaginación pensar que una imagen quetraían cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban porfuerza aquellos follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cayóen las mientes, con gran ligereza arremetió a Rocinante, que paciendoandaba, quitándole del arzón el freno y el adarga, y en un punto leenfrenó, y, pidiendo a Sancho su espada, subió sobre Rocinante y embrazó suadarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes estaban:

-Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el mundocaballeros que profesen la orden de la andante caballería; agora digo queveredes, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si sehan de estimar los caballeros andantes.

Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no lastenía, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda estaverdadera historia que jamás la diese Rocinante, se fue a encontrar con losdiciplinantes, bien que fueran el cura y el canónigo y barbero a detenelle;mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho ledaba, diciendo:

-¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que leincitan a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que aquéllaes procesión de diciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre lapeana es la imagen benditísima de la Virgen sin mancilla; mire, señor, loque hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.

Fatigóse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a losensabanados y en librar a la señora enlutada, que no oyó palabra; y, aunquela oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Llegó, pues, a laprocesión, y paró a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco,y, con turbada y ronca voz, dijo:

-Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros, atended yescuchad lo que deciros quiero.

Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno delos cuatro clérigos que cantaban las ledanías, viendo la estraña catadurade don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa quenotó y descubrió en don Quijote, le respondió diciendo:

-Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque se vanestos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razón que nosdetengamos a oír cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras sediga.

-En una lo diré -replicó don Quijote-, y es ésta: que luego al punto dejéislibre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan clarasmuestras que la lleváis contra su voluntad y que algún notorio desaguisadole habedes fecho; y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantesagravios, no consentiré que un solo paso adelante pase sin darle la deseadalibertad que merece.

En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote debía deser algún hombre loco, y tomáronse a reír muy de gana; cuya risa fue ponerpólvora a la cólera de don Quijote, porque, sin decir más palabra, sacandola espada, arremetió a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejandola carga a sus compañeros, salió al encuentro de don Quijote, enarbolandouna horquilla o bastón con que sustentaba las andas en tanto quedescansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada que le tiró donQuijote, con que se la hizo dos partes, con el último tercio, que le quedóen la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismolado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana fuerza, queel pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado.

Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viéndole caído, dio vocesa su moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballeroencantado, que no había hecho mal a nadie en todos los días de su vida.Mas, lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el verque don Quijote no bullía pie ni mano; y así, creyendo que le había muerto,con priesa se alzó la túnica a la cinta, y dio a huir por la campaña comoun gamo.

Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde élestaba; y más los de la procesión, que los vieron venir corriendo, y conellos los cuadrilleros con sus ballestas, temieron algún mal suceso, yhiciéronse todos un remolino alrededor de la imagen; y, alzados loscapirotes, empuñando las diciplinas, y los clérigos los ciriales, esperabanel asalto con determinación de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, asus acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porqueSancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su señor,haciendo sobre él el más doloroso y risueño llanto del mundo, creyendo queestaba muerto.

El cura fue conocido de otro cura que en la procesión venía, cuyoconocimiento puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones. Elprimer cura dio al segundo, en dos razones, cuenta de quién era donQuijote, y así él como toda la turba de los diciplinantes fueron a ver siestaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con lágrimasen los ojos, decía:

-¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrerade tus tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria detoda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedarálleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías!¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses deservicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Ohhumilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor depeligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de losbuenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballeroandante, que es todo lo que decir se puede!

Con las voces y gemidos de Sancho revivió don Quijote, y la primer palabraque dijo fue:

-El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias queéstas está sujeto. Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carroencantado, que ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengotodo este hombro hecho pedazos.

-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, y volvamos ami aldea en compañía destos señores, que su bien desean, y allí daremosorden de hacer otra salida que nos sea de más provecho y fama.

-Bien dices, Sancho -respondió don Quijote-, y será gran prudencia dejarpasar el mal influjo de las estrellas que agora corre.

El canónigo y el cura y barbero le dijeron que haría muy bien en hacer loque decía; y así, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades deSancho Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venía. Laprocesión volvió a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero sedespidió de todos; los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el curales pagó lo que se les debía. El canónigo pidió al cura le avisase elsuceso de don Quijote, si sanaba de su locura o si proseguía en ella, y conesto tomó licencia para seguir su viaje. En fin, todos se dividieron yapartaron, quedando solos el cura y barbero, don Quijote y Panza, y elbueno de Rocinante, que a todo lo que había visto estaba con tantapaciencia como su amo.

El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, ycon su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo deseis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitaddel día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, pormitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver loque en el carro venía, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaronmaravillados, y un muchacho acudió corriendo a dar las nuevas a su ama y asu sobrina de que su tío y su señor venía flaco y amarillo, y tendido sobreun montón de heno y sobre un carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír losgritos que las dos buenas señoras alzaron, las bofetadas que se dieron, lasmaldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerías; todolo cual se renovó cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas.

A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho Panza,que ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero, y, asícomo vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno elasno. Sancho respondió que venía mejor que su amo.

-Gracias sean dadas a Dios -replicó ella-, que tanto bien me ha hecho; perocontadme agora, amigo: ¿qué bien habéis sacado de vuestras escuderías?,¿qué saboyana me traes a mí?, ¿qué zapaticos a vuestros hijos?

-No traigo nada deso -dijo Sancho-, mujer mía, aunque traigo otras cosas demás momento y consideración.

-Deso recibo yo mucho gusto -respondió la mujer-; mostradme esas cosas demás consideración y más momento, amigo mío, que las quiero ver, para que seme alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos lossiglos de vuestra ausencia.

-En casa os las mostraré, mujer -dijo Panza-, y por agora estad contenta,que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscaraventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no delas de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse.

-Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos menester. Mas,decidme: ¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?

-No es la miel para la boca del asno -respondió Sancho-; a su tiempo loverás, mujer, y aun te admirarás de oírte llamar Señoría de todos tusvasallos.

-¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? -respondióJuana Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eranparientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido desus maridos.

-No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digoverdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosamás gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballeroandante buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan nosalen tan a gusto como el hombre querría, porque de ciento que seencuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo deexpiriencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero,con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes,escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventasa toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maravedí.

Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, entanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, yle tendieron en su antiguo lecho. Mirábalas él con ojos atravesados, y noacababa de entender en qué parte estaba. El cura encargó a la sobrinatuviese gran cuenta con regalar a su tío, y que estuviesen alerta de queotra vez no se les escapase, contando lo que había sido menester paratraelle a su casa. Aquí alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; allíse renovaron las maldiciones de los libros de caballerías, allí pidieron alcielo que confundiese en el centro del abismo a los autores de tantasmentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y temerosas deque se habían de ver sin su amo y tío en el mesmo punto que tuviese algunamejoría; y sí fue como ellas se lo imaginaron.

Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia habuscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podidohallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas; sólo la famaha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vezque salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justasque en aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valory buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna,ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguomédico que tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, sehabía hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que serenovaba; en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos conletras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sushazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de lafigura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura delmesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida ycostumbres.

Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone elfidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide alos que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir ybuscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den elmesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, quetan validos andan en el mundo; que con esto se tendrá por bien pagado ysatisfecho, y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lomenos de tanta invención y pasatiempo.

Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló enla caja de plomo eran éstas:

LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA,LUGAR DE LA MANCHA,EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSODON QUIJOTE DE LA MANCHA,

HOC SCRIPSERUNT:

EL MONICONGO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

El calvatrueno que adornó a la Manchade más despojos que Jasón decreta;el jüicio que tuvo la veletaaguda donde fuera mejor ancha,el brazo que su fuerza tanto ensancha,que llegó del Catay hasta Gaeta,la musa más horrenda y más discretaque grabó versos en la broncínea plancha,el que a cola dejó los Amadises,y en muy poquito a Galaores tuvo,estribando en su amor y bizarría,el que hizo callar los Belianises,aquel que en Rocinante errando anduvo,yace debajo desta losa fría.

DEL PANIAGUADO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,

In laudem Dulcineae del Toboso

Soneto

Esta que veis de rostro amondongado,alta de pechos y ademán brioso,es Dulcinea, reina del Toboso,de quien fue el gran Quijote aficionado.Pisó por ella el uno y otro ladode la gran Sierra Negra, y el famosocampo de Montïel, hasta el herbosollano de Aranjüez, a pie y cansado.Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,que esta manchega dama, y este invitoandante caballero, en tiernos años,ella dejó, muriendo, de ser bella;y él, aunque queda en mármores escrito,no pudo huir de amor, iras y engaños.

DEL CAPRICHOSO, DISCRETÍSIMO ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

En el soberbio trono diamantinoque con sangrientas plantas huella Marte,frenético, el Manchego su estandartetremola con esfuerzo peregrino.Cuelga las armas y el acero finocon que destroza, asuela, raja y parte:¡nuevas proezas!, pero inventa el arteun nuevo estilo al nuevo paladino.Y si de su Amadís se precia Gaula,por cuyos bravos descendientes Greciatriunfó mil veces y su fama ensancha,hoy a Quijote le corona el aulado Belona preside, y dél se precia,más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.Nunca sus glorias el olvido mancha,pues hasta Rocinante, en ser gallardo,excede a Brilladoro y a Bayardo.

DEL BURLADOR, ACADÉMICO ARGAMASILLESCO,A SANCHO PANZA

Soneto

DEL CACHIDIABLO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

Aquí yace el caballero,bien molido y mal andante,a quien llevó Rocinantepor uno y otro sendero.Sancho Panza el majaderoyace también junto a él,escudero el más fïelque vio el trato de escudero.

DEL TIQUITOC, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO

Epitafio

Reposa aquí Dulcinea;y, aunque de carnes rolliza,la volvió en polvo y cenizala muerte espantable y fea.Fue de castiza ralea,y tuvo asomos de dama;del gran Quijote fue llama,y fue gloria de su aldea.

Éstos fueron los versos que se pudieron leer; los demás, por estarcarcomida la letra, se entregaron a un académico para que por conjeturaslos declarase. Tiénese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigiliasy mucho trabajo, y que tiene intención de sacallos a luz, con esperanza dela tercera salida de don Quijote.

Forsi altro canterà con miglior plectio.

Finis

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