Capítulo I: De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo I
Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercerasalida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un messin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; perono por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargándolastuviesen cuenta con regalarle, dándole a comer cosas confortativas yapropiadas para el corazón y el celebro, de donde procedía, según buendiscurso, toda su mala ventura. Las cuales dijeron que así lo hacían, y loharían, con la voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que suseñor por momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio; de locual recibieron los dos gran contento, por parecerles que habían acertadoen haberle traído encantado en el carro de los bueyes, como se contó en laprimera parte desta tan grande como puntual historia, en su últimocapítulo. Y así, determinaron de visitarle y hacer esperiencia de sumejoría, aunque tenían casi por imposible que la tuviese, y acordaron de notocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse a peligrode descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.
Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en la cama, vestida una almillade bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco yamojamado, que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron dél muy bienrecebidos, preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de sí y de ella conmucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su pláticavinieron a tratar en esto que llaman razón de estado y modos de gobierno,enmendando este abuso y condenando aquél, reformando una costumbre ydesterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, unLicurgo moderno o un Solón flamante; y de tal manera renovaron larepública, que no pareció sino que la habían puesto en una fragua, y sacadootra de la que pusieron; y habló don Quijote con tanta discreción en todaslas materias que se tocaron, que los dos esaminadores creyeronindubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.
Halláronse presentes a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dargracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento; pero el cura,mudando el propósito primero, que era de no tocarle en cosa de caballerías,quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote erafalsa o verdadera, y así, de lance en lance, vino a contar algunas nuevasque habían venido de la corte; y, entre otras, dijo que se tenía por ciertoque el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio,ni adónde había de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con quecasi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, ySu Majestad había hecho proveer las costas de Nápoles y Sicilia y la islade Malta. A esto respondió don Quijote:
-Su Majestad ha hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados contiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara miconsejo, aconsejárale yo que usara de una prevención, de la cual SuMajestad la hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.
Apenas oyó esto el cura, cuando dijo entre sí:
-¡Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote: que me parece que tedespeñas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tusimplicidad!
Mas el barbero, que ya había dado en el mesmo pensamiento que el cura,preguntó a don Quijote cuál era la advertencia de la prevención que decíaera bien se hiciese; quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista delos muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes.
-El mío, señor rapador -dijo don Quijote-, no será impertinente, sinoperteneciente.
-No lo digo por tanto -replicó el barbero-, sino porque tiene mostrado laesperiencia que todos o los más arbitrios que se dan a Su Majestad, o sonimposibles, o disparatados, o en daño del rey o del reino.
-Pues el mío -respondió don Quijote- ni es imposible ni disparatado, sinoel más fácil, el más justo y el más mañero y breve que puede caber enpensamiento de arbitrante alguno.
-Ya tarda en decirle vuestra merced, señor don Quijote -dijo el cura.
-No querría -dijo don Quijote- que le dijese yo aquí agora, y amaneciesemañana en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro lasgracias y el premio de mi trabajo.
-Por mí -dijo el barbero-, doy la palabra, para aquí y para delante deDios, de no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni ahombre terrenal, juramento que aprendí del romance del cura que en elprefacio avisó al rey del ladrón que le había robado las cien doblas y lasu mula la andariega.
-No sé historias -dijo don Quijote-, pero sé que es bueno ese juramento, enfee de que sé que es hombre de bien el señor barbero.
-Cuando no lo fuera -dijo el cura-, yo le abono y salgo por él, que en estecaso no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.
-Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? -dijo don Quijote.
-Mi profesión -respondió el cura-, que es de guardar secreto.
-¡Cuerpo de tal! -dijo a esta sazón don Quijote-. ¿Hay más, sino mandar SuMajestad por público pregón que se junten en la corte para un día señaladotodos los caballeros andantes que vagan por España; que, aunque no viniesensino media docena, tal podría venir entre ellos, que solo bastase adestruir toda la potestad del Turco? Esténme vuestras mercedes atentos, yvayan conmigo. ¿Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballeroandante un ejército de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieranuna sola garganta, o fueran hechos de alfenique? Si no, díganme: ¿cuántashistorias están llenas destas maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, queno quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don Belianís, o alguno delos del inumerable linaje de Amadís de Gaula; que si alguno déstos hoyviviera y con el Turco se afrontara, a fee que no le arrendara la ganancia!Pero Dios mirará por su pueblo, y deparará alguno que, si no tan bravo comolos pasados andantes caballeros, a lo menos no les será inferior en elánimo; y Dios me entiende, y no digo más.
-¡Ay! -dijo a este punto la sobrina-; ¡que me maten si no quiere mi señorvolver a ser caballero andante!
A lo que dijo don Quijote:
-Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere ycuan poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.
A esta sazón dijo el barbero:
-Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuentobreve que sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de molde, me da ganade contarle.
Dio la licencia don Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, yél comenzó desta manera:
-«En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parienteshabían puesto allí por falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna,pero, aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara deser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento, sedio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con estaimaginación escribió al arzobispo, suplicándole encarecidamente y con muyconcertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que vivía, puespor la misericordia de Dios había ya cobrado el juicio perdido; pero quesus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenían allí, y, apesar de la verdad, querían que fuese loco hasta la muerte.
»El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandóa un capellán suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo queaquel licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con el loco, y que sile pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo asíel capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco: que,puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, alcabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban asus primeras discreciones, como se podía hacer la esperiencia hablándole.Quiso hacerla el capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una horay más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida nidisparatada; antes, habló tan atentadamente, que el capellán fue forzado acreer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijofue que el retor le tenía ojeriza, por no perder los regalos que susparientes le hacían porque dijese que aún estaba loco, y con lúcidosintervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenía era su muchahacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponían dolo y dudaban de lamerced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en hombre.Finalmente, él habló de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos ydesalmados a sus parientes, y a él tan discreto que el capellán sedeterminó a llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con lamano la verdad de aquel negocio.
»Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar losvestidos con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retorque mirase lo que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún seestaba loco. No sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones yadvertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor,viendo ser orden del arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, queeran nuevos y decentes, y, como él se vio vestido de cuerdo y desnudo deloco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir adespedirse de sus compañeros los locos. El capellán dijo que él le queríaacompañar y ver los locos que en la casa había. Subieron, en efeto, y conellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el licenciado a unajaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, ledijo: ''Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que yaDios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yomerecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca delpoder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianzaen Él, que, pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volveráa él si en Él confía. Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos quecoma, y cómalos en todo caso, que le hago saber que imagino, como quien hapasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estómagosvacíos y los celebros llenos de aire. Esfuércese, esfuércese, que eldescaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte''.
»Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otrajaula, frontero de la del furioso, y, levantándose de una estera viejadonde estaba echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién erael que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondió: ''Yo soy, hermano, elque me voy; que ya no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doyinfinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho''.''Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe el diablo -replicó el loco-;sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorraréis la vuelta''.''Yo sé que estoy bueno -replicó el licenciado-, y no habrá para qué tornara andar estaciones''. ''¿Vos bueno? -dijo el loco-: agora bien, ello dirá;andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter, cuya majestad yo represento enla tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla, en sacarosdesta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella,que quede memoria dél por todos los siglos del los siglos, amén. ¿No sabestú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo, soyJúpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedoy suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quierocastigar a este ignorante pueblo, y es con no llover en él ni en todo sudistrito y contorno por tres enteros años, que se han de contar desde eldía y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, túsano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? Así pienso llovercomo pensar ahorcarme''.
»A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos,pero nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de lasmanos, le dijo: ''No tenga vuestra merced pena, señor mío, ni haga caso delo que este loco ha dicho, que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo,que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las vecesque se me antojare y fuere menester''. A lo que respondió el capellán:''Con todo eso, señor Neptuno, no será bien enojar al señor Júpiter:vuestra merced se quede en su casa, que otro día, cuando haya más comodidady más espacio, volveremos por vuestra merced''. Rióse el retor y lospresentes, por cuya risa se medio corrió el capellán; desnudaron allicenciado, quedóse en casa y acabóse el cuento.»
-Pues, ¿éste es el cuento, señor barbero -dijo don Quijote-, que, por veniraquí como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista, señorrapista, y cuán ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y ¿es posibleque vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio aingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linajeson siempre odiosas y mal recebidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno, eldios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo;sólo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que está en norenovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andantecaballería. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tantobien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron asu cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparode las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de lossoberbios y el premio de los humildes. Los más de los caballeros que agorase usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas deque se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero queduerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armasdesde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de losestribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, elsueño, como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que,saliendo deste bosque, entre en aquella montaña, y de allí pise una estérily desierta playa del mar, las más veces proceloso y alterado, y, hallandoen ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarciaalguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose a lasimplacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajanal abismo; y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menosse cata, se halla tres mil y más leguas distante del lugar donde seembarcó, y, saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosasdignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora, yatriunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio dela virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de lasarmas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en losandantes caballeros. Si no, díganme: ¿quién más honesto y más valiente queel famoso Amadís de Gaula?; ¿quién más discreto que Palmerín deInglaterra?; ¿quién más acomodado y manual que Tirante el Blanco?; ¿quiénmás galán que Lisuarte de Grecia?; ¿quién más acuchillado ni acuchilladorque don Belianís?; ¿quién más intrépido que Perión de Gaula, o quién másacometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o quién más sincero queEsplandián?; ¿quién mas arrojado que don Cirongilio de Tracia?; ¿quién másbravo que Rodamonte?; ¿quién más prudente que el rey Sobrino?; ¿quién másatrevido que Reinaldos?; ¿quién más invencible que Roldán?; y ¿quién másgallardo y más cortés que Rugero, de quien decienden hoy los duques deFerrara, según Turpín en su Cosmografía? Todos estos caballeros, y otrosmuchos que pudiera decir, señor cura, fueron caballeros andantes, luz ygloria de la caballería. Déstos, o tales como éstos, quisiera yo que fueranlos de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido yahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y conesto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y sisu Júpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, quelloveré cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el señor Bacía que leentiendo.
-En verdad, señor don Quijote -dijo el barbero-, que no lo dije por tanto,y así me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestramerced sentirse.
-Si puedo sentirme o no -respondió don Quijote-, yo me lo sé.
A esto dijo el cura:
-Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisieraquedar con un escrúpulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de loque aquí el señor don Quijote ha dicho.
-Para otras cosas más -respondió don Quijote- tiene licencia el señor cura;y así, puede decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar con laconciencia escrupulosa.
-Pues con ese beneplácito -respondió el cura-, digo que mi escrúpulo es queno me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballerosandantes que vuestra merced, señor don Quijote, ha referido, hayan sidoreal y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imaginoque todo es ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombresdespiertos, o, por mejor decir, medio dormidos.
-Ése es otro error -respondió don Quijote- en que han caído muchos, que nocreen que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces,con diversas gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdadeste casi común engaño; pero algunas veces no he salido con mi intención, yotras sí, sustentándola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad estan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadís deGaula, que era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto debarba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones,tardo en airarse y presto en deponer la ira; y del modo que he delineado aAmadís pudiera, a mi parecer, pintar y descubrir todos cuantos caballerosandantes andan en las historias en el orbe, que, por la aprehensión quetengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las hazañas quehicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosofíasus faciones, sus colores y estaturas.
-¿Que tan grande le parece a vuestra merced, mi señor don Quijote -preguntóel barbero-, debía de ser el gigante Morgante?
-En esto de gigantes -respondió don Quijote- hay diferentes opiniones, silos ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puedefaltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos lahistoria de aquel filisteazo de Golías, que tenía siete codos y medio dealtura, que es una desmesurada grandeza. También en la isla de Sicilia sehan hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta quefueron gigantes sus dueños, y tan grandes como grandes torres; que lageometría saca esta verdad de duda. Pero, con todo esto, no sabré decir concertidumbre qué tamaño tuviese Morgante, aunque imagino que no debió de sermuy alto; y muéveme a ser deste parecer hallar en la historia donde se hacemención particular de sus hazañas que muchas veces dormía debajo detechado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro está que no eradesmesurada su grandeza.
-Así es -dijo el cura.
El cual, gustando de oírle decir tan grandes disparates, le preguntó quequé sentía acerca de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán,y de los demás Doce Pares de Francia, pues todos habían sido caballerosandantes.
-De Reinaldos -respondió don Quijote- me atrevo a decir que era ancho derostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso ycolérico en demasía, amigo de ladrones y de gente perdida. De Roldán, oRotolando, o Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias,soy de parecer y me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas,algo estevado, moreno de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y devista amenazadora; corto de razones, pero muy comedido y bien criado.
-Si no fue Roldán más gentilhombre que vuestra merced ha dicho -replicó elcura-, no fue maravilla que la señora Angélica la Bella le desdeñase ydejase por la gala, brío y donaire que debía de tener el morillobarbiponiente a quien ella se entregó; y anduvo discreta de adamar antes lablandura de Medoro que la aspereza de Roldán.
-Esa Angélica -respondió don Quijote-, señor cura, fue una doncelladestraída, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de susimpertinencias como de la fama de su hermosura: despreció mil señores, milvalientes y mil discretos, y contentóse con un pajecillo barbilucio, sinotra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de agradecido la amistad queguardó a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por noatreverse, o por no querer cantar lo que a esta señora le sucedió despuésde su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, ladejó donde dijo:
Y como del Catay recibió el cetro,
quizá otro cantará con mejor plectro.
Y, sin duda, que esto fue como profecía; que los poetas también se llamanvates, que quiere decir adivinos. Véese esta verdad clara, porque, despuésacá, un famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso yúnico poeta castellano cantó su hermosura.
-Dígame, señor don Quijote -dijo a esta sazón el barbero-, ¿no ha habidoalgún poeta que haya hecho alguna sátira a esa señora Angélica, entretantos como la han alabado?
-Bien creo yo -respondió don Quijote- que si Sacripante o Roldán fueranpoetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio ynatural de los poetas desdeñados y no admitidos de sus damas fingidas -ofingidas, en efeto, de aquéllos a quien ellos escogieron por señoras de suspensamientos-, vengarse con sátiras y libelos (venganza, por cierto,indigna de pechos generosos), pero hasta agora no ha llegado a mi noticianingún verso infamatorio contra la señora Angélica, que trujo revuelto elmundo.
-¡Milagro! -dijo el cura.
Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habían dejado laconversación, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.
Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en la cama, vestida una almillade bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco yamojamado, que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron dél muy bienrecebidos, preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de sí y de ella conmucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su pláticavinieron a tratar en esto que llaman razón de estado y modos de gobierno,enmendando este abuso y condenando aquél, reformando una costumbre ydesterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, unLicurgo moderno o un Solón flamante; y de tal manera renovaron larepública, que no pareció sino que la habían puesto en una fragua, y sacadootra de la que pusieron; y habló don Quijote con tanta discreción en todaslas materias que se tocaron, que los dos esaminadores creyeronindubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.
Halláronse presentes a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dargracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento; pero el cura,mudando el propósito primero, que era de no tocarle en cosa de caballerías,quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote erafalsa o verdadera, y así, de lance en lance, vino a contar algunas nuevasque habían venido de la corte; y, entre otras, dijo que se tenía por ciertoque el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio,ni adónde había de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con quecasi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, ySu Majestad había hecho proveer las costas de Nápoles y Sicilia y la islade Malta. A esto respondió don Quijote:
-Su Majestad ha hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados contiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara miconsejo, aconsejárale yo que usara de una prevención, de la cual SuMajestad la hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.
Apenas oyó esto el cura, cuando dijo entre sí:
-¡Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote: que me parece que tedespeñas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tusimplicidad!
Mas el barbero, que ya había dado en el mesmo pensamiento que el cura,preguntó a don Quijote cuál era la advertencia de la prevención que decíaera bien se hiciese; quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista delos muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes.
-El mío, señor rapador -dijo don Quijote-, no será impertinente, sinoperteneciente.
-No lo digo por tanto -replicó el barbero-, sino porque tiene mostrado laesperiencia que todos o los más arbitrios que se dan a Su Majestad, o sonimposibles, o disparatados, o en daño del rey o del reino.
-Pues el mío -respondió don Quijote- ni es imposible ni disparatado, sinoel más fácil, el más justo y el más mañero y breve que puede caber enpensamiento de arbitrante alguno.
-Ya tarda en decirle vuestra merced, señor don Quijote -dijo el cura.
-No querría -dijo don Quijote- que le dijese yo aquí agora, y amaneciesemañana en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro lasgracias y el premio de mi trabajo.
-Por mí -dijo el barbero-, doy la palabra, para aquí y para delante deDios, de no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni ahombre terrenal, juramento que aprendí del romance del cura que en elprefacio avisó al rey del ladrón que le había robado las cien doblas y lasu mula la andariega.
-No sé historias -dijo don Quijote-, pero sé que es bueno ese juramento, enfee de que sé que es hombre de bien el señor barbero.
-Cuando no lo fuera -dijo el cura-, yo le abono y salgo por él, que en estecaso no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.
-Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? -dijo don Quijote.
-Mi profesión -respondió el cura-, que es de guardar secreto.
-¡Cuerpo de tal! -dijo a esta sazón don Quijote-. ¿Hay más, sino mandar SuMajestad por público pregón que se junten en la corte para un día señaladotodos los caballeros andantes que vagan por España; que, aunque no viniesensino media docena, tal podría venir entre ellos, que solo bastase adestruir toda la potestad del Turco? Esténme vuestras mercedes atentos, yvayan conmigo. ¿Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballeroandante un ejército de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieranuna sola garganta, o fueran hechos de alfenique? Si no, díganme: ¿cuántashistorias están llenas destas maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, queno quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don Belianís, o alguno delos del inumerable linaje de Amadís de Gaula; que si alguno déstos hoyviviera y con el Turco se afrontara, a fee que no le arrendara la ganancia!Pero Dios mirará por su pueblo, y deparará alguno que, si no tan bravo comolos pasados andantes caballeros, a lo menos no les será inferior en elánimo; y Dios me entiende, y no digo más.
-¡Ay! -dijo a este punto la sobrina-; ¡que me maten si no quiere mi señorvolver a ser caballero andante!
A lo que dijo don Quijote:
-Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere ycuan poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.
A esta sazón dijo el barbero:
-Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuentobreve que sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de molde, me da ganade contarle.
Dio la licencia don Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, yél comenzó desta manera:
-«En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parienteshabían puesto allí por falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna,pero, aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara deser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento, sedio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con estaimaginación escribió al arzobispo, suplicándole encarecidamente y con muyconcertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que vivía, puespor la misericordia de Dios había ya cobrado el juicio perdido; pero quesus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenían allí, y, apesar de la verdad, querían que fuese loco hasta la muerte.
»El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandóa un capellán suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo queaquel licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con el loco, y que sile pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo asíel capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco: que,puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, alcabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban asus primeras discreciones, como se podía hacer la esperiencia hablándole.Quiso hacerla el capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una horay más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida nidisparatada; antes, habló tan atentadamente, que el capellán fue forzado acreer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijofue que el retor le tenía ojeriza, por no perder los regalos que susparientes le hacían porque dijese que aún estaba loco, y con lúcidosintervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenía era su muchahacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponían dolo y dudaban de lamerced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en hombre.Finalmente, él habló de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos ydesalmados a sus parientes, y a él tan discreto que el capellán sedeterminó a llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con lamano la verdad de aquel negocio.
»Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar losvestidos con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retorque mirase lo que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún seestaba loco. No sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones yadvertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor,viendo ser orden del arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, queeran nuevos y decentes, y, como él se vio vestido de cuerdo y desnudo deloco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir adespedirse de sus compañeros los locos. El capellán dijo que él le queríaacompañar y ver los locos que en la casa había. Subieron, en efeto, y conellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el licenciado a unajaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, ledijo: ''Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que yaDios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yomerecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca delpoder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianzaen Él, que, pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volveráa él si en Él confía. Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos quecoma, y cómalos en todo caso, que le hago saber que imagino, como quien hapasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estómagosvacíos y los celebros llenos de aire. Esfuércese, esfuércese, que eldescaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte''.
»Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otrajaula, frontero de la del furioso, y, levantándose de una estera viejadonde estaba echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién erael que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondió: ''Yo soy, hermano, elque me voy; que ya no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doyinfinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho''.''Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe el diablo -replicó el loco-;sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorraréis la vuelta''.''Yo sé que estoy bueno -replicó el licenciado-, y no habrá para qué tornara andar estaciones''. ''¿Vos bueno? -dijo el loco-: agora bien, ello dirá;andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter, cuya majestad yo represento enla tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla, en sacarosdesta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella,que quede memoria dél por todos los siglos del los siglos, amén. ¿No sabestú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo, soyJúpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedoy suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quierocastigar a este ignorante pueblo, y es con no llover en él ni en todo sudistrito y contorno por tres enteros años, que se han de contar desde eldía y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, túsano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? Así pienso llovercomo pensar ahorcarme''.
»A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos,pero nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de lasmanos, le dijo: ''No tenga vuestra merced pena, señor mío, ni haga caso delo que este loco ha dicho, que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo,que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las vecesque se me antojare y fuere menester''. A lo que respondió el capellán:''Con todo eso, señor Neptuno, no será bien enojar al señor Júpiter:vuestra merced se quede en su casa, que otro día, cuando haya más comodidady más espacio, volveremos por vuestra merced''. Rióse el retor y lospresentes, por cuya risa se medio corrió el capellán; desnudaron allicenciado, quedóse en casa y acabóse el cuento.»
-Pues, ¿éste es el cuento, señor barbero -dijo don Quijote-, que, por veniraquí como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista, señorrapista, y cuán ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y ¿es posibleque vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio aingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linajeson siempre odiosas y mal recebidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno, eldios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo;sólo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que está en norenovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andantecaballería. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tantobien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron asu cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparode las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de lossoberbios y el premio de los humildes. Los más de los caballeros que agorase usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas deque se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero queduerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armasdesde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de losestribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, elsueño, como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que,saliendo deste bosque, entre en aquella montaña, y de allí pise una estérily desierta playa del mar, las más veces proceloso y alterado, y, hallandoen ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarciaalguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose a lasimplacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajanal abismo; y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menosse cata, se halla tres mil y más leguas distante del lugar donde seembarcó, y, saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosasdignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora, yatriunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio dela virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de lasarmas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en losandantes caballeros. Si no, díganme: ¿quién más honesto y más valiente queel famoso Amadís de Gaula?; ¿quién más discreto que Palmerín deInglaterra?; ¿quién más acomodado y manual que Tirante el Blanco?; ¿quiénmás galán que Lisuarte de Grecia?; ¿quién más acuchillado ni acuchilladorque don Belianís?; ¿quién más intrépido que Perión de Gaula, o quién másacometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o quién más sincero queEsplandián?; ¿quién mas arrojado que don Cirongilio de Tracia?; ¿quién másbravo que Rodamonte?; ¿quién más prudente que el rey Sobrino?; ¿quién másatrevido que Reinaldos?; ¿quién más invencible que Roldán?; y ¿quién másgallardo y más cortés que Rugero, de quien decienden hoy los duques deFerrara, según Turpín en su Cosmografía? Todos estos caballeros, y otrosmuchos que pudiera decir, señor cura, fueron caballeros andantes, luz ygloria de la caballería. Déstos, o tales como éstos, quisiera yo que fueranlos de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido yahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y conesto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y sisu Júpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, quelloveré cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el señor Bacía que leentiendo.
-En verdad, señor don Quijote -dijo el barbero-, que no lo dije por tanto,y así me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestramerced sentirse.
-Si puedo sentirme o no -respondió don Quijote-, yo me lo sé.
A esto dijo el cura:
-Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisieraquedar con un escrúpulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de loque aquí el señor don Quijote ha dicho.
-Para otras cosas más -respondió don Quijote- tiene licencia el señor cura;y así, puede decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar con laconciencia escrupulosa.
-Pues con ese beneplácito -respondió el cura-, digo que mi escrúpulo es queno me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballerosandantes que vuestra merced, señor don Quijote, ha referido, hayan sidoreal y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imaginoque todo es ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombresdespiertos, o, por mejor decir, medio dormidos.
-Ése es otro error -respondió don Quijote- en que han caído muchos, que nocreen que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces,con diversas gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdadeste casi común engaño; pero algunas veces no he salido con mi intención, yotras sí, sustentándola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad estan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadís deGaula, que era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto debarba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones,tardo en airarse y presto en deponer la ira; y del modo que he delineado aAmadís pudiera, a mi parecer, pintar y descubrir todos cuantos caballerosandantes andan en las historias en el orbe, que, por la aprehensión quetengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las hazañas quehicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosofíasus faciones, sus colores y estaturas.
-¿Que tan grande le parece a vuestra merced, mi señor don Quijote -preguntóel barbero-, debía de ser el gigante Morgante?
-En esto de gigantes -respondió don Quijote- hay diferentes opiniones, silos ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puedefaltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos lahistoria de aquel filisteazo de Golías, que tenía siete codos y medio dealtura, que es una desmesurada grandeza. También en la isla de Sicilia sehan hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta quefueron gigantes sus dueños, y tan grandes como grandes torres; que lageometría saca esta verdad de duda. Pero, con todo esto, no sabré decir concertidumbre qué tamaño tuviese Morgante, aunque imagino que no debió de sermuy alto; y muéveme a ser deste parecer hallar en la historia donde se hacemención particular de sus hazañas que muchas veces dormía debajo detechado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro está que no eradesmesurada su grandeza.
-Así es -dijo el cura.
El cual, gustando de oírle decir tan grandes disparates, le preguntó quequé sentía acerca de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán,y de los demás Doce Pares de Francia, pues todos habían sido caballerosandantes.
-De Reinaldos -respondió don Quijote- me atrevo a decir que era ancho derostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso ycolérico en demasía, amigo de ladrones y de gente perdida. De Roldán, oRotolando, o Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias,soy de parecer y me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas,algo estevado, moreno de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y devista amenazadora; corto de razones, pero muy comedido y bien criado.
-Si no fue Roldán más gentilhombre que vuestra merced ha dicho -replicó elcura-, no fue maravilla que la señora Angélica la Bella le desdeñase ydejase por la gala, brío y donaire que debía de tener el morillobarbiponiente a quien ella se entregó; y anduvo discreta de adamar antes lablandura de Medoro que la aspereza de Roldán.
-Esa Angélica -respondió don Quijote-, señor cura, fue una doncelladestraída, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de susimpertinencias como de la fama de su hermosura: despreció mil señores, milvalientes y mil discretos, y contentóse con un pajecillo barbilucio, sinotra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de agradecido la amistad queguardó a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por noatreverse, o por no querer cantar lo que a esta señora le sucedió despuésde su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, ladejó donde dijo:
Y como del Catay recibió el cetro,
quizá otro cantará con mejor plectro.
Y, sin duda, que esto fue como profecía; que los poetas también se llamanvates, que quiere decir adivinos. Véese esta verdad clara, porque, despuésacá, un famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso yúnico poeta castellano cantó su hermosura.
-Dígame, señor don Quijote -dijo a esta sazón el barbero-, ¿no ha habidoalgún poeta que haya hecho alguna sátira a esa señora Angélica, entretantos como la han alabado?
-Bien creo yo -respondió don Quijote- que si Sacripante o Roldán fueranpoetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio ynatural de los poetas desdeñados y no admitidos de sus damas fingidas -ofingidas, en efeto, de aquéllos a quien ellos escogieron por señoras de suspensamientos-, vengarse con sátiras y libelos (venganza, por cierto,indigna de pechos generosos), pero hasta agora no ha llegado a mi noticianingún verso infamatorio contra la señora Angélica, que trujo revuelto elmundo.
-¡Milagro! -dijo el cura.
Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habían dejado laconversación, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.
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