Capítulo XI: De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro, o carreta, de Las Cortes de la Muerte
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XI
Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante, considerando lamala burla que le habían hecho los encantadores, volviendo a su señoraDulcinea en la mala figura de la aldeana, y no imaginaba qué remediotendría para volverla a su ser primero; y estos pensamientos le llevabantan fuera de sí, que, sin sentirlo, soltó las riendas a Rocinante, el cual,sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía a pacer laverde yerba de que aquellos campos abundaban. De su embelesamiento levolvió Sancho Panza, diciéndole:
-Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para loshombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias:vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante,y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tenganlos caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué descaecimiento es éste?¿Estamos aquí, o en Francia? Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineashay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero andante quetodos los encantos y transformaciones de la tierra.
-Calla, Sancho -respondió don Quijote con voz no muy desmayada-; calla,digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora, que de sudesgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia que me tienenlos malos ha nacido su mala andanza.
-Así lo digo yo -respondió Sancho-: quien la vido y la vee ahora, ¿cuál esel corazón que no llora?
-Eso puedes tú decir bien, Sancho -replicó don Quijote-, pues la viste enla entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se estendió a turbartela vista ni a encubrirte su belleza: contra mí solo y contra mis ojos seendereza la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he caído, Sancho, enuna cosa, y es que me pintaste mal su hermosura, porque, si mal no meacuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen deperlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los deDulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestialesarcos que les sirven de cejas; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalasa los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por losdientes.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, porque también me turbó a mí suhermosura como a vuesa merced su fealdad. Pero encomendémoslo todo a Dios,que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle delágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa queesté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. De una cosa me pesa,señor mío, más que de otras; que es pensar qué medio se ha de tener cuandovuesa merced venza a algún gigante o otro caballero, y le mande que se vayaa presentar ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde la ha dehallar este pobre gigante, o este pobre y mísero caballero vencido?Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes, buscando ami señora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad de la calle, no laconocerán más que a mi padre.
-Quizá, Sancho -respondió don Quijote-, no se estenderá el encantamento aquitar el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes ycaballeros; y, en uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe,haremos la experiencia si la ven o no, mandándoles que vuelvan a darmerelación de lo que acerca desto les hubiere sucedido.
-Digo, señor -replicó Sancho-, que me ha parecido bien lo que vuesa mercedha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo quedeseamos; y si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la desgracia másserá de vuesa merced que suya; pero, como la señora Dulcinea tenga salud ycontento, nosotros por acá nos avendremos y lo pasaremos lo mejor quepudiéremos, buscando nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga de lassuyas, que él es el mejor médico destas y de otras mayores enfermedades.
Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo una carretaque salió al través del camino, cargada de los más diversos y estrañospersonajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas yservía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta alcielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a losojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto aella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba unemperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de laMuerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con suarco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta enblanco, excepto que no traía morrión, ni celada, sino un sombrero lleno deplumas de diversas colores; con éstas venían otras personas de diferentestrajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna maneraalborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego sealegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosaaventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometercualquier peligro, se puso delante de la carreta, y, con voz alta yamenazadora, dijo:
-Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quiéneres, a dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que másparece la barca de Carón que carreta de las que se usan.
A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:
-Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo; hemoshecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es laoctava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de haceresta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y, por estar tan cercay escusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamosvestidos con los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va deMuerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina;el otro, de Soldado; aquél, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una delas principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primerospapeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo,que yo le sabré responder con toda puntualidad; que, como soy demonio, todose me alcanza.
-Por la fe de caballero andante -respondió don Quijote-, que, así como vieste carro, imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía; y ahora digoque es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar aldesengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad simandáis algo en que pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo ybuen talante, porque desde mochacho fui aficionado a la carátula, y en mimocedad se me iban los ojos tras la farándula.
Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la compañía,que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de unpalo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose adon Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con lasvejigas, y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visiónasí alborotó a Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote,tomando el freno entre los dientes, dio a correr por el campo con másligereza que jamás prometieron los huesos de su notomía. Sancho, queconsideró el peligro en que iba su amo de ser derribado, saltó del rucio,y a toda priesa fue a valerle; pero, cuando a él llegó, ya estaba entierra, y junto a él, Rocinante, que, con su amo, vino al suelo: ordinariofin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos.
Mas, apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don Quijote,cuando el demonio bailador de las vejigas saltó sobre el rucio, y,sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido, más que el dolor de los golpes,le hizo volar por la campaña hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta.Miraba Sancho la carrera de su rucio y la caída de su amo, y no sabía acuál de las dos necesidades acudiría primero; pero, en efecto, como buenescudero y como buen criado, pudo más con él el amor de su señor que elcariño de su jumento, puesto que cada vez que veía levantar las vejigas enel aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él tártagos y sustosde muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en lasniñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno. Con estaperpleja tribulación llegó donde estaba don Quijote, harto más maltrecho delo que él quisiera, y, ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo:
-Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
-¿Qué diablo? -preguntó don Quijote.
-El de las vejigas -respondió Sancho.
-Pues yo le cobraré -replicó don Quijote-, si bien se encerrase con él enlos más hondos y escuros calabozos del infierno. Sígueme, Sancho, que lacarreta va despacio, y con las mulas della satisfaré la pérdida del rucio.
-No hay para qué hacer esa diligencia, señor -respondió Sancho-: vuestramerced temple su cólera, que, según me parece, ya el Diablo ha dejado elrucio, y vuelve a la querencia.
Y así era la verdad; porque, habiendo caído el Diablo con el rucio, porimitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y eljumento se volvió a su amo.
-Con todo eso -dijo don Quijote-, será bien castigar el descomedimiento deaquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmoemperador.
-Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación -replicó Sancho-, y tomemi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gentefavorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salirlibre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres y deplacer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y mássiendo de aquellos de las compañías reales y de título, que todos, o losmás, en sus trajes y compostura parecen unos príncipes.
-Pues con todo -respondió don Quijote-, no se me ha de ir el demoniofarsante alabando, aunque le favorezca todo el género humano.
Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo.Iba dando voces, diciendo:
-Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entendercómo se han de tratar los jumentos y alimañas que sirven de caballería alos escuderos de los caballeros andantes.
Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron losde la carreta; y, juzgando por las palabras la intención del que las decía,en un instante saltó la Muerte de la carreta, y tras ella, el Emperador, elDiablo carretero y el Ángel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido; ytodos se cargaron de piedras y se pusieron en ala, esperando recebir a donQuijote en las puntas de sus guijarros. Don Quijote, que los vio puestos entan gallardo escuadrón, los brazos levantados con ademán de despedirpoderosamente las piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensarde qué modo los acometería con menos peligro de su persona. En esto que sedetuvo, llegó Sancho, y, viéndole en talle de acometer al bien formadoescuadrón, le dijo:
-Asaz de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa merced, señormío, que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay arma defensiva en elmundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana de bronce; y tambiénse ha de considerar que es más temeridad que valentía acometer un hombresolo a un ejército donde está la Muerte, y pelean en persona emperadores, ya quien ayudan los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración nole mueve a estarse quedo, muévale saber de cierto que, entre todos los queallí están, aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningúncaballero andante.
-Ahora sí -dijo don Quijote- has dado, Sancho, en el punto que puede y debemudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la espada,como otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armadocaballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la venganza del agravio quea tu rucio se le ha hecho, que yo desde aquí te ayudaré con voces yadvertimientos saludables.
-No hay para qué, señor -respondió Sancho-, tomar venganza de nadie, puesno es de buenos cristianos tomarla de los agravios; cuanto más, que yoacabaré con mi asno que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, lacual es de vivir pacíficamente los días que los cielos me dieren de vida.
-Pues ésa es tu determinación -replicó don Quijote-, Sancho bueno, Sanchodiscreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas yvolvamos a buscar mejores y más calificadas aventuras; que yo veo estatierra de talle, que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas.
Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todosu escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y estefelice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte, graciassean dadas al saludable consejo que Sancho Panza dio a su amo; al cual, eldía siguiente, le sucedió otra con un enamorado y andante caballero, de nomenos suspensión que la pasada.
-Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para loshombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias:vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante,y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tenganlos caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué descaecimiento es éste?¿Estamos aquí, o en Francia? Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineashay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero andante quetodos los encantos y transformaciones de la tierra.
-Calla, Sancho -respondió don Quijote con voz no muy desmayada-; calla,digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora, que de sudesgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia que me tienenlos malos ha nacido su mala andanza.
-Así lo digo yo -respondió Sancho-: quien la vido y la vee ahora, ¿cuál esel corazón que no llora?
-Eso puedes tú decir bien, Sancho -replicó don Quijote-, pues la viste enla entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se estendió a turbartela vista ni a encubrirte su belleza: contra mí solo y contra mis ojos seendereza la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he caído, Sancho, enuna cosa, y es que me pintaste mal su hermosura, porque, si mal no meacuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen deperlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los deDulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestialesarcos que les sirven de cejas; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalasa los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por losdientes.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, porque también me turbó a mí suhermosura como a vuesa merced su fealdad. Pero encomendémoslo todo a Dios,que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle delágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa queesté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. De una cosa me pesa,señor mío, más que de otras; que es pensar qué medio se ha de tener cuandovuesa merced venza a algún gigante o otro caballero, y le mande que se vayaa presentar ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde la ha dehallar este pobre gigante, o este pobre y mísero caballero vencido?Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes, buscando ami señora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad de la calle, no laconocerán más que a mi padre.
-Quizá, Sancho -respondió don Quijote-, no se estenderá el encantamento aquitar el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes ycaballeros; y, en uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe,haremos la experiencia si la ven o no, mandándoles que vuelvan a darmerelación de lo que acerca desto les hubiere sucedido.
-Digo, señor -replicó Sancho-, que me ha parecido bien lo que vuesa mercedha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo quedeseamos; y si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la desgracia másserá de vuesa merced que suya; pero, como la señora Dulcinea tenga salud ycontento, nosotros por acá nos avendremos y lo pasaremos lo mejor quepudiéremos, buscando nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga de lassuyas, que él es el mejor médico destas y de otras mayores enfermedades.
Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo una carretaque salió al través del camino, cargada de los más diversos y estrañospersonajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas yservía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta alcielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a losojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto aella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba unemperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de laMuerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con suarco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta enblanco, excepto que no traía morrión, ni celada, sino un sombrero lleno deplumas de diversas colores; con éstas venían otras personas de diferentestrajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna maneraalborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego sealegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosaaventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometercualquier peligro, se puso delante de la carreta, y, con voz alta yamenazadora, dijo:
-Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quiéneres, a dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que másparece la barca de Carón que carreta de las que se usan.
A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:
-Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo; hemoshecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es laoctava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de haceresta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y, por estar tan cercay escusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamosvestidos con los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va deMuerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina;el otro, de Soldado; aquél, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una delas principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primerospapeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo,que yo le sabré responder con toda puntualidad; que, como soy demonio, todose me alcanza.
-Por la fe de caballero andante -respondió don Quijote-, que, así como vieste carro, imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía; y ahora digoque es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar aldesengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad simandáis algo en que pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo ybuen talante, porque desde mochacho fui aficionado a la carátula, y en mimocedad se me iban los ojos tras la farándula.
Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la compañía,que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de unpalo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose adon Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con lasvejigas, y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visiónasí alborotó a Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote,tomando el freno entre los dientes, dio a correr por el campo con másligereza que jamás prometieron los huesos de su notomía. Sancho, queconsideró el peligro en que iba su amo de ser derribado, saltó del rucio,y a toda priesa fue a valerle; pero, cuando a él llegó, ya estaba entierra, y junto a él, Rocinante, que, con su amo, vino al suelo: ordinariofin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos.
Mas, apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don Quijote,cuando el demonio bailador de las vejigas saltó sobre el rucio, y,sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido, más que el dolor de los golpes,le hizo volar por la campaña hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta.Miraba Sancho la carrera de su rucio y la caída de su amo, y no sabía acuál de las dos necesidades acudiría primero; pero, en efecto, como buenescudero y como buen criado, pudo más con él el amor de su señor que elcariño de su jumento, puesto que cada vez que veía levantar las vejigas enel aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él tártagos y sustosde muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en lasniñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno. Con estaperpleja tribulación llegó donde estaba don Quijote, harto más maltrecho delo que él quisiera, y, ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo:
-Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
-¿Qué diablo? -preguntó don Quijote.
-El de las vejigas -respondió Sancho.
-Pues yo le cobraré -replicó don Quijote-, si bien se encerrase con él enlos más hondos y escuros calabozos del infierno. Sígueme, Sancho, que lacarreta va despacio, y con las mulas della satisfaré la pérdida del rucio.
-No hay para qué hacer esa diligencia, señor -respondió Sancho-: vuestramerced temple su cólera, que, según me parece, ya el Diablo ha dejado elrucio, y vuelve a la querencia.
Y así era la verdad; porque, habiendo caído el Diablo con el rucio, porimitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y eljumento se volvió a su amo.
-Con todo eso -dijo don Quijote-, será bien castigar el descomedimiento deaquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmoemperador.
-Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación -replicó Sancho-, y tomemi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gentefavorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salirlibre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres y deplacer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y mássiendo de aquellos de las compañías reales y de título, que todos, o losmás, en sus trajes y compostura parecen unos príncipes.
-Pues con todo -respondió don Quijote-, no se me ha de ir el demoniofarsante alabando, aunque le favorezca todo el género humano.
Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo.Iba dando voces, diciendo:
-Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entendercómo se han de tratar los jumentos y alimañas que sirven de caballería alos escuderos de los caballeros andantes.
Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron losde la carreta; y, juzgando por las palabras la intención del que las decía,en un instante saltó la Muerte de la carreta, y tras ella, el Emperador, elDiablo carretero y el Ángel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido; ytodos se cargaron de piedras y se pusieron en ala, esperando recebir a donQuijote en las puntas de sus guijarros. Don Quijote, que los vio puestos entan gallardo escuadrón, los brazos levantados con ademán de despedirpoderosamente las piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensarde qué modo los acometería con menos peligro de su persona. En esto que sedetuvo, llegó Sancho, y, viéndole en talle de acometer al bien formadoescuadrón, le dijo:
-Asaz de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa merced, señormío, que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay arma defensiva en elmundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana de bronce; y tambiénse ha de considerar que es más temeridad que valentía acometer un hombresolo a un ejército donde está la Muerte, y pelean en persona emperadores, ya quien ayudan los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración nole mueve a estarse quedo, muévale saber de cierto que, entre todos los queallí están, aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningúncaballero andante.
-Ahora sí -dijo don Quijote- has dado, Sancho, en el punto que puede y debemudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la espada,como otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armadocaballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la venganza del agravio quea tu rucio se le ha hecho, que yo desde aquí te ayudaré con voces yadvertimientos saludables.
-No hay para qué, señor -respondió Sancho-, tomar venganza de nadie, puesno es de buenos cristianos tomarla de los agravios; cuanto más, que yoacabaré con mi asno que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, lacual es de vivir pacíficamente los días que los cielos me dieren de vida.
-Pues ésa es tu determinación -replicó don Quijote-, Sancho bueno, Sanchodiscreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas yvolvamos a buscar mejores y más calificadas aventuras; que yo veo estatierra de talle, que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas.
Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todosu escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y estefelice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte, graciassean dadas al saludable consejo que Sancho Panza dio a su amo; al cual, eldía siguiente, le sucedió otra con un enamorado y andante caballero, de nomenos suspensión que la pasada.
Capítulo anterior: Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos
Capítulo siguiente: De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos