Capítulo XII: De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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La noche que siguió al día del rencuentro de la Muerte la pasaron donQuijote y su escudero debajo de unos altos y sombrosos árboles, habiendo, apersuasión de Sancho, comido don Quijote de lo que venía en el repuesto delrucio, y entre la cena dijo Sancho a su señor:

-Señor, ¡qué tonto hubiera andado yo si hubiera escogido en albricias losdespojos de la primera aventura que vuestra merced acabara, antes que lascrías de las tres yeguas! En efecto, en efecto, más vale pájaro en mano quebuitre volando.

-Todavía -respondió don Quijote-, si tú, Sancho, me dejaras acometer, comoyo quería, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, la corona de orode la Emperatriz y las pintadas alas de Cupido, que yo se las quitara alredropelo y te las pusiera en las manos.

-Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes -respondióSancho Panza- fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.

-Así es verdad -replicó don Quijote-, porque no fuera acertado que losatavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo esla mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola entu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a losque las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a larepública, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivolas acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivonos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y loscomediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comediaadonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas yotros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste elmercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamoradosimple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedantodos los recitantes iguales.

-Sí he visto -respondió Sancho.

-Pues lo mesmo -dijo don Quijote- acontece en la comedia y trato destemundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y,finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia;pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quitala muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en lasepultura.

-¡Brava comparación! -dijo Sancho-, aunque no tan nueva que yo no la hayaoído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que,mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y, enacabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas enuna bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.

-Cada día, Sancho -dijo don Quijote-, te vas haciendo menos simple y másdiscreto.

-Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra merced-respondió Sancho-; que las tierras que de suyo son estériles y secas,estercolándolas y cultivándolas, vienen a dar buenos frutos: quiero decirque la conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que sobre laestéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo queha que le sirvo y comunico; y con esto espero de dar frutos de mí que seande bendición, tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de labuena crianza que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento mío.

Rióse don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y parecióle serverdad lo que decía de su emienda, porque de cuando en cuando hablaba demanera que le admiraba; puesto que todas o las más veces que Sancho queríahablar de oposición y a lo cortesano, acababa su razón con despeñarse delmonte de su simplicidad al profundo de su ignorancia; y en lo que él semostraba más elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o noviniesen a pelo de lo que trataba, como se habrá visto y se habrá notado enel discurso desta historia.

En estas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la noche, y a Sanchole vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como él decíacuando quería dormir, y, desaliñando al rucio, le dio pasto abundoso ylibre. No quitó la silla a Rocinante, por ser expreso mandamiento de suseñor que, en el tiempo que anduviesen en campaña, o no durmiesen debajo detechado, no desaliñase a Rocinante: antigua usanza establecida y guardadade los andantes caballeros, quitar el freno y colgarle del arzón de lasilla; pero, ¿quitar la silla al caballo?, ¡guarda!; y así lo hizo Sancho,y le dio la misma libertad que al rucio, cuya amistad dél y de Rocinantefue tan única y tan trabada, que hay fama, por tradición de padres a hijos,que el autor desta verdadera historia hizo particulares capítulos della;mas que, por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia sedebe, no los puso en ella, puesto que algunas veces se descuida deste suprosupuesto, y escribe que, así como las dos bestias se juntaban, acudían arascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satisfechos, cruzabaRocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba de la otraparte más de media vara), y, mirando los dos atentamente al suelo, sesolían estar de aquella manera tres días; a lo menos, todo el tiempo queles dejaban, o no les compelía la hambre a buscar sustento.

Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había comparado en laamistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes; y si esto esasí, se podía echar de ver, para universal admiración, cuán firme debió serla amistad destos dos pacíficos animales, y para confusión de los hombres,que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo:

No hay amigo para amigo:las cañas se vuelven lanzas;

y el otro que cantó:

De amigo a amigo la chinche, etc.

Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en habercomparado la amistad destos animales a la de los hombres, que de lasbestias han recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchascosas de importancia, como son: de las cigüeñas, el cristel; de los perros,el vómito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de lashormigas, la providencia; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad,del caballo.

Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque, y don Quijotedormitando al de una robusta encina; pero, poco espacio de tiempo habíapasado, cuando le despertó un ruido que sintió a sus espaldas, y,levantándose con sobresalto, se puso a mirar y a escuchar de dónde el ruidoprocedía, y vio que eran dos hombres a caballo, y que el uno, dejándosederribar de la silla, dijo al otro:

-Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi parecer, estesitio abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad que han menestermis amorosos pensamientos.

El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo tiempo; y, alarrojarse, hicieron ruido las armas de que venía armado, manifiesta señalpor donde conoció don Quijote que debía de ser caballero andante; y,llegándose a Sancho, que dormía, le trabó del brazo, y con no pequeñotrabajo le volvió en su acuerdo, y con voz baja le dijo:

-Hermano Sancho, aventura tenemos.

-Dios nos la dé buena -respondió Sancho-; y ¿adónde está, señor mío, sumerced de esa señora aventura?

-¿Adónde, Sancho? -replicó don Quijote-; vuelve los ojos y mira, y verásallí tendido un andante caballero, que, a lo que a mí se me trasluce, nodebe de estar demasiadamente alegre, porque le vi arrojar del caballo ytenderse en el suelo con algunas muestras de despecho, y al caer lecrujieron las armas.

-Pues ¿en qué halla vuesa merced -dijo Sancho- que ésta sea aventura?

-No quiero yo decir -respondió don Quijote- que ésta sea aventura del todo,sino principio della; que por aquí se comienzan las aventuras. Peroescucha, que, a lo que parece, templando está un laúd o vigüela, y, segúnescupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.

-A buena fe que es así -respondió Sancho-, y que debe de ser caballeroenamorado.

-No hay ninguno de los andantes que no lo sea -dijo don Quijote-. Yescuchémosle, que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, sies que canta; que de la abundancia del corazón habla la lengua.

Replicar quería Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del Bosque, queno era muy mala mi muy buena, lo estorbó; y, estando los dos atónitos,oyeron que lo que cantó fue este soneto:

-Dadme, señora, un término que siga,conforme a vuestra voluntad cortado;que será de la mía así estimado,que por jamás un punto dél desdiga.Si gustáis que callando mi fatigamuera, contadme ya por acabado:si queréis que os la cuente en desusadomodo, haré que el mesmo amor la diga.A prueba de contrarios estoy hecho,de blanda cera y de diamante duro,y a las leyes de amor el ama ajusto.Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho:entallad o imprimid lo que os dé gusto,que de guardarlo eternamente juro.

Con un ¡ay!, arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin asu canto el Caballero del Bosque, y, de allí a un poco, con voz doliente ylastimada, dijo:

-¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe! ¿Cómo que seráposible, serenísima Casildea de Vandalia, que has de consentir que seconsuma y acabe en continuas peregrinaciones y en ásperos y duros trabajoseste tu cautivo caballero? ¿No basta ya que he hecho que te confiesen porla más hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos losleoneses, todos los tartesios, todos los castellanos, y, finalmente, todoslos caballeros de la Mancha?

-Eso no -dijo a esta sazón don Quijote-, que yo soy de la Mancha y nuncatal he confesado, ni podía ni debía confesar una cosa tan perjudicial a labelleza de mi señora; y este tal caballero ya vees tú, Sancho, quedesvaría. Pero, escuchemos: quizá se declarará más.

-Si hará -replicó Sancho-, que término lleva de quejarse un mes arreo.

Pero no fue así, porque, habiendo entreoído el Caballero del Bosque quehablaban cerca dél, sin pasar adelante en su lamentación, se puso en pie, ydijo con voz sonora y comedida:

-¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es por ventura de la del número de loscontentos, o la del de los afligidos?

-De los afligidos -respondió don Quijote.

-Pues lléguese a mí -respondió el del Bosque-, y hará cuenta que se llegaa la mesma tristeza y a la aflición mesma.

Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se llegó aél, y Sancho ni más ni menos.

El caballero lamentador asió a don Quijote del brazo, diciendo:

-Sentaos aquí, señor caballero, que para entender que lo sois, y de los queprofesan la andante caballería, bástame el haberos hallado en este lugar,donde la soledad y el sereno os hacen compañía, naturales lechos y propiasestancias de los caballeros andantes.

A lo que respondió don Quijote:

-Caballero soy, y de la profesión que decís; y, aunque en mi alma tienen supropio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por esose ha ahuyentado della la compasión que tengo de las ajenas desdichas. Delo que contaste poco ha, colegí que las vuestras son enamoradas, quierodecir, del amor que tenéis a aquella hermosa ingrata que en vuestraslamentaciones nombrastes.

Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, enbuena paz y compañía, como si al romper del día no se hubieran de romperlas cabezas.

-Por ventura, señor caballero -preguntó el del Bosque a don Quijote-, ¿soisenamorado?

-Por desventura lo soy -respondió don Quijote-; aunque los daños que nacende los bien colocados pensamientos, antes se deben tener por gracias quepor desdichas.

-Así es la verdad -replicó el del Bosque-, si no nos turbasen la razón y elentendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen venganzas.

-Nunca fui desdeñado de mi señora -respondió don Quijote.

-No, por cierto -dijo Sancho, que allí junto estaba-, porque es mi señoracomo una borrega mansa: es más blanda que una manteca.

-¿Es vuestro escudero éste? -preguntó el del Bosque.

-Sí es -respondió don Quijote.

-Nunca he visto yo escudero -replicó el del Bosque- que se atreva a hablardonde habla su señor; a lo menos, ahí está ese mío, que es tan grande comosu padre, y no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo.

-Pues a fe -dijo Sancho-, que he hablado yo, y puedo hablar delante de otrotan..., y aun quédese aquí, que es peor meneallo.

El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole:

-Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuantoquisiéremos, y dejemos a estos señores amos nuestros que se den de lasastas, contándose las historias de sus amores; que a buen seguro que les hade coger el día en ellas y no las han de haber acabado.

-Sea en buena hora -dijo Sancho-; y yo le diré a vuestra merced quién soy,para que vea si puedo entrar en docena con los más hablantes escuderos.

Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó un tangracioso coloquio como fue grave el que pasó entre sus señores.

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