Capítulo XIV: Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Entre muchas razones que pasaron don Quijote y el Caballero de la Selva,dice la historia que el del Bosque dijo a don Quijote:

-Finalmente, señor caballero, quiero que sepáis que mi destino, o, pormejor decir, mi elección, me trujo a enamorar de la sin par Casildea deVandalia. Llámola sin par porque no le tiene, así en la grandeza del cuerpocomo en el estremo del estado y de la hermosura. Esta tal Casildea, pues,que voy contando, pagó mis buenos pensamientos y comedidos deseos conhacerme ocupar, como su madrina a Hércules, en muchos y diversos peligros,prometiéndome al fin de cada uno que en el fin del otro llegaría el de miesperanza; pero así se han ido eslabonando mis trabajos, que no tienencuento, ni yo sé cuál ha de ser el último que dé principio al cumplimientode mis buenos deseos. Una vez me mandó que fuese a desafiar a aquellafamosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente y fuertecomo hecha de bronce, y, sin mudarse de un lugar, es la más movible yvoltaria mujer del mundo. Llegué, vila, y vencíla, y hícela estar queda y araya, porque en más de una semana no soplaron sino vientos nortes. Veztambién hubo que me mandó fuese a tomar en peso las antiguas piedras de losvalientes Toros de Guisando, empresa más para encomendarse a ganapanes quea caballeros. Otra vez me mandó que me precipitase y sumiese en la sima deCabra, peligro inaudito y temeroso, y que le trujese particular relación delo que en aquella escura profundidad se encierra. Detuve el movimiento a laGiralda, pesé los Toros de Guisando, despeñéme en la sima y saqué a luz loescondido de su abismo, y mis esperanzas, muertas que muertas, y susmandamientos y desdenes, vivos que vivos. En resolución, últimamente me hamandado que discurra por todas las provincias de España y haga confesar atodos los andantes caballeros que por ellas vagaren que ella sola es la másaventajada en hermosura de cuantas hoy viven, y que yo soy el más valientey el más bien enamorado caballero del orbe; en cuya demanda he andado ya lamayor parte de España, y en ella he vencido muchos caballeros que se hanatrevido a contradecirme. Pero de lo que yo más me precio y ufano es dehaber vencido, en singular batalla, a aquel tan famoso caballero donQuijote de la Mancha, y héchole confesar que es más hermosa mi Casildea quesu Dulcinea; y en solo este vencimiento hago cuenta que he vencido todoslos caballeros del mundo, porque el tal don Quijote que digo los ha vencidoa todos; y, habiéndole yo vencido a él, su gloria, su fama y su honra se hatransferido y pasado a mi persona;

y tanto el vencedor es más honrado,cuanto más el vencido es reputado;

así que, ya corren por mi cuenta y son mías las inumerables hazañas del yareferido don Quijote.

Admirado quedó don Quijote de oír al Caballero del Bosque, y estuvo milveces por decirle que mentía, y ya tuvo el mentís en el pico de la lengua;pero reportóse lo mejor que pudo, por hacerle confesar por su propia bocasu mentira; y así, sosegadamente le dijo:

-De que vuesa merced, señor caballero, haya vencido a los más caballerosandantes de España, y aun de todo el mundo, no digo nada; pero de que hayavencido a don Quijote de la Mancha, póngolo en duda. Podría ser que fueseotro que le pareciese, aunque hay pocos que le parezcan.

-¿Cómo no? -replicó el del Bosque-. Por el cielo que nos cubre, que peleécon don Quijote, y le vencí y rendí; y es un hombre alto de cuerpo, seco derostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña yalgo corva, de bigotes grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombredel Caballero de la Triste Figura, y trae por escudero a un labradorllamado Sancho Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballollamado Rocinante, y, finalmente, tiene por señora de su voluntad a una talDulcinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que,por llamarse Casilda y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea deVandalia. Si todas estas señas no bastan para acreditar mi verdad, aquíestá mi espada, que la hará dar crédito a la mesma incredulidad.

-Sosegaos, señor caballero -dijo don Quijote-, y escuchad lo que decir osquiero. Habéis de saber que ese don Quijote que decís es el mayor amigo queen este mundo tengo, y tanto, que podré decir que le tengo en lugar de mimisma persona, y que por las señas que dél me habéis dado, tan puntuales yciertas, no puedo pensar sino que sea el mismo que habéis vencido. Por otraparte, veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo,si ya no fuese que como él tiene muchos enemigos encantadores,especialmente uno que de ordinario le persigue, no haya alguno dellostomado su figura para dejarse vencer, por defraudarle de la fama que susaltas caballerías le tienen granjeada y adquirida por todo lo descubiertode la tierra. Y, para confirmación desto, quiero también que sepáis que lostales encantadores sus contrarios no ha más de dos días que transformaronla figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso en una aldeana soez ybaja, y desta manera habrán transformado a don Quijote; y si todo esto nobasta para enteraros en esta verdad que digo, aquí está el mesmo donQuijote, que la sustentará con sus armas a pie, o a caballo, o decualquiera suerte que os agradare.

Y, diciendo esto, se levantó en pie y se empuñó en la espada, esperando quéresolución tomaría el Caballero del Bosque; el cual, con voz asimismososegada, respondió y dijo:

-Al buen pagador no le duelen prendas: el que una vez, señor don Quijote,pudo venceros transformado, bien podrá tener esperanza de rendiros envuestro propio ser. Mas, porque no es bien que los caballeros hagan susfechos de armas ascuras, como los salteadores y rufianes, esperemos el día,para que el sol vea nuestras obras. Y ha de ser condición de nuestrabatalla que el vencido ha de quedar a la voluntad del vencedor, para quehaga dél todo lo que quisiere, con tal que sea decente a caballero lo quese le ordenare.

-Soy más que contento desa condición y convenencia -respondió don Quijote.

Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaronroncando y en la misma forma que estaban cuando les salteó el sueño.Despertáronlos y mandáronles que tuviesen a punto los caballos, porque, ensaliendo el sol, habían de hacer los dos una sangrienta, singular ydesigual batalla; a cuyas nuevas quedó Sancho atónito y pasmado, temerosode la salud de su amo, por las valentías que había oído decir del suyo alescudero del Bosque; pero, sin hablar palabra, se fueron los dos escuderosa buscar su ganado, que ya todos tres caballos y el rucio se habían olido,y estaban todos juntos.

En el camino dijo el del Bosque a Sancho:

-Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los peleantes de laAndalucía, cuando son padrinos de alguna pendencia, no estarse ociosos manosobre mano en tanto que sus ahijados riñen. Dígolo porque esté advertidoque mientras nuestros dueños riñeren, nosotros también hemos de pelear yhacernos astillas.

-Esa costumbre, señor escudero -respondió Sancho-, allá puede correr ypasar con los rufianes y peleantes que dice, pero con los escuderos de loscaballeros andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no he oído decir a miamo semejante costumbre, y sabe de memoria todas las ordenanzas de laandante caballería. Cuanto más, que yo quiero que sea verdad y ordenanzaexpresa el pelear los escuderos en tanto que sus señores pelean; pero yo noquiero cumplirla, sino pagar la pena que estuviere puesta a los talespacíficos escuderos, que yo aseguro que no pase de dos libras de cera, ymás quiero pagar las tales libras, que sé que me costarán menos que lashilas que podré gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento porpartida y dividida en dos partes. Hay más: que me imposibilita el reñir elno tener espada, pues en mi vida me la puse.

-Para eso sé yo un buen remedio -dijo el del Bosque-: yo traigo aquí dostalegas de lienzo, de un mesmo tamaño: tomaréis vos la una, y yo la otra, yriñiremos a talegazos, con armas iguales.

-Desa manera, sea en buena hora -respondió Sancho-, porque antes servirá latal pelea de despolvorearnos que de herirnos.

-No ha de ser así -replicó el otro-, porque se han de echar dentro de lastalegas, porque no se las lleve el aire, media docena de guijarros lindos ypelados, que pesen tanto los unos como los otros, y desta manera nospodremos atalegar sin hacernos mal ni daño.

-¡Mirad, cuerpo de mi padre -respondió Sancho-, qué martas cebollinas, oqué copos de algodón cardado pone en las talegas, para no quedar molidoslos cascos y hechos alheña los huesos! Pero, aunque se llenaran de capullosde seda, sepa, señor mío, que no he de pelear: peleen nuestros amos, y alláse lo hayan, y bebamos y vivamos nosotros, que el tiempo tiene cuidado dequitarnos las vidas, sin que andemos buscando apetites para que se acabenantes de llegar su sazón y término y que se cayan de maduras.

-Con todo -replicó el del Bosque-, hemos de pelear siquiera media hora.

-Eso no -respondió Sancho-: no seré yo tan descortés ni tan desagradecido,que con quien he comido y he bebido trabe cuestión alguna, por mínima quesea; cuanto más que, estando sin cólera y sin enojo, ¿quién diablos se hade amañar a reñir a secas?

-Para eso -dijo el del Bosque- yo daré un suficiente remedio: y es que,antes que comencemos la pelea, yo me llegaré bonitamente a vuestra mercedy le daré tres o cuatro bofetadas, que dé con él a mis pies, con las cualesle haré despertar la cólera, aunque esté con más sueño que un lirón.

-Contra ese corte sé yo otro -respondió Sancho-, que no le va en zaga:cogeré yo un garrote, y, antes que vuestra merced llegue a despertarme lacólera, haré yo dormir a garrotazos de tal suerte la suya, que no despiertesi no fuere en el otro mundo, en el cual se sabe que no soy yo hombre queme dejo manosear el rostro de nadie; y cada uno mire por el virote, aunquelo más acertado sería dejar dormir su cólera a cada uno, que no sabe nadieel alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve tresquilado; y Diosbendijo la paz y maldijo las riñas, porque si un gato acosado, encerrado yapretado se vuelve en león, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que podrévolverme; y así, desde ahora intimo a vuestra merced, señor escudero, quecorra por su cuenta todo el mal y daño que de nuestra pendencia resultare.

-Está bien -replicó el del Bosque-. Amanecerá Dios y medraremos.

En esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintadospajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban lanorabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balconesdel oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de suscabellos un número infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licorbañándose las yerbas, parecía asimesmo que ellas brotaban y llovíanblanco y menudo aljófar; los sauces destilaban maná sabroso, reíanse lasfuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse losprados con su venida. Mas, apenas dio lugar la claridad del día para ver ydiferenciar las cosas, cuando la primera que se ofreció a los ojos deSancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era tan grande quecasi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase, en efecto, que era dedemasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena de verrugas, de coloramoratado, como de berenjena; bajábale dos dedos más abajo de la boca; cuyagrandeza, color, verrugas y encorvamiento así le afeaban el rostro, que, enviéndole Sancho, comenzó a herir de pie y de mano, como niño con alferecía,y propuso en su corazón de dejarse dar docientas bofetadas antes quedespertar la cólera para reñir con aquel vestiglo.

Don Quijote miró a su contendor, y hallóle ya puesta y calada la celada, demodo que no le pudo ver el rostro, pero notó que era hombre membrudo, y nomuy alto de cuerpo. Sobre las armas traía una sobrevista o casaca de unatela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñasde resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán yvistoso; volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes,amarillas y blancas; la lanza, que tenía arrimada a un árbol, eragrandísima y gruesa, y de un hierro acerado de más de un palmo.

Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y juzgó de lo visto y mirado queel ya dicho caballero debía de ser de grandes fuerzas; pero no por esotemió, como Sancho Panza; antes, con gentil denuedo, dijo al Caballero delos Espejos:

-Si la mucha gana de pelear, señor caballero, no os gasta la cortesía, porella os pido que alcéis la visera un poco, porque yo vea si la gallardía devuestro rostro responde a la de vuestra disposición.

-O vencido o vencedor que salgáis desta empresa, señor caballero -respondióel de los Espejos-, os quedará tiempo y espacio demasiado para verme; y siahora no satisfago a vuestro deseo, es por parecerme que hago notableagravio a la hermosa Casildea de Vandalia en dilatar el tiempo que tardareen alzarme la visera, sin haceros confesar lo que ya sabéis que pretendo.

-Pues, en tanto que subimos a caballo -dijo don Quijote-, bien podéisdecirme si soy yo aquel don Quijote que dijistes haber vencido.

-A eso vos respondemos -dijo el de los Espejos- que parecéis, como separece un huevo a otro, al mismo caballero que yo vencí; pero, según vosdecís que le persiguen encantadores, no osaré afirmar si sois el contenidoo no.

-Eso me basta a mí -respondió don Quijote- para que crea vuestro engaño;empero, para sacaros dél de todo punto, vengan nuestros caballos; que, enmenos tiempo que el que tardárades en alzaros la visera, si Dios, si miseñora y mi brazo me valen, veré yo vuestro rostro, y vos veréis que no soyyo el vencido don Quijote que pensáis.

Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvió lasriendas a Rocinante para tomar lo que convenía del campo, para volver aencontrar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos. Pero, no sehabía apartado don Quijote veinte pasos, cuando se oyó llamar del de losEspejos, y, partiendo los dos el camino, el de los Espejos le dijo:

-Advertid, señor caballero, que la condición de nuestra batalla es que elvencido, como otra vez he dicho, ha de quedar a discreción del vencedor.

-Ya la sé -respondió don Quijote-; con tal que lo que se le impusiere ymandare al vencido han de ser cosas que no salgan de los límites de lacaballería.

-Así se entiende -respondió el de los Espejos.

Ofreciéronsele en esto a la vista de don Quijote las estrañas narices delescudero, y no se admiró menos de verlas que Sancho; tanto, que le juzgópor algún monstro, o por hombre nuevo y de aquellos que no se usan en elmundo. Sancho, que vio partir a su amo para tomar carrera, no quiso quedarsolo con el narigudo, temiendo que con solo un pasagonzalo con aquellasnarices en las suyas sería acabada la pendencia suya, quedando del golpe, odel miedo, tendido en el suelo, y fuese tras su amo, asido a una acción deRocinante; y, cuando le pareció que ya era tiempo que volviese, le dijo:

-Suplico a vuesa merced, señor mío, que antes que vuelva a encontrarse meayude a subir sobre aquel alcornoque, de donde podré ver más a mi sabor,mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro que vuesa merced ha dehacer con este caballero.

-Antes creo, Sancho -dijo don Quijote-, que te quieres encaramar y subir enandamio por ver sin peligro los toros.

-La verdad que diga -respondió Sancho-, las desaforadas narices de aquelescudero me tienen atónito y lleno de espanto, y no me atrevo a estar juntoa él.

-Ellas son tales -dijo don Quijote-, que, a no ser yo quien soy, también measombraran; y así, ven: ayudarte he a subir donde dices.

En lo que se detuvo don Quijote en que Sancho subiese en el alcornoque,tomó el de los Espejos del campo lo que le pareció necesario; y, creyendoque lo mismo habría hecho don Quijote, sin esperar son de trompeta ni otraseñal que los avisase, volvió las riendas a su caballo -que no era másligero ni de mejor parecer que Rocinante-, y, a todo su correr, que era unmediano trote, iba a encontrar a su enemigo; pero, viéndole ocupado en lasubida de Sancho, detuvo las riendas y paróse en la mitad de la carrera, delo que el caballo quedó agradecidísimo, a causa que ya no podía moverse.Don Quijote, que le pareció que ya su enemigo venía volando, arrimóreciamente las espuelas a las trasijadas ijadas de Rocinante, y le hizoaguijar de manera, que cuenta la historia que esta sola vez se conocióhaber corrido algo, porque todas las demás siempre fueron trotesdeclarados; y con esta no vista furia llegó donde el de los Espejos estabahincando a su caballo las espuelas hasta los botones, sin que le pudiesemover un solo dedo del lugar donde había hecho estanco de su carrera.

En esta buena sazón y coyuntura halló don Quijote a su contrario embarazadocon su caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no acertó, o no tuvolugar de ponerla en ristre. Don Quijote, que no miraba en estosinconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno, encontró al de losEspejos con tanta fuerza, que mal de su grado le hizo venir al suelo porlas ancas del caballo, dando tal caída, que, sin mover pie ni mano, dioseñales de que estaba muerto.

Apenas le vio caído Sancho, cuando se deslizó del alcornoque y a todapriesa vino donde su señor estaba, el cual, apeándose de Rocinante, fuesobre el de los Espejos, y, quitándole las lazadas del yelmo para ver siera muerto y para que le diese el aire si acaso estaba vivo; y vio...¿Quién podrá decir lo que vio, sin causar admiración, maravilla y espanto alos que lo oyeren? Vio, dice la historia, el rostro mesmo, la misma figura,el mesmo aspecto, la misma fisonomía, la mesma efigie, la pespetiva mesmadel bachiller Sansón Carrasco; y, así como la vio, en altas voces dijo:

-¡Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer! ¡Aguija, hijo,y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y losencantadores!

Llegó Sancho, y, como vio el rostro del bachiller Carrasco, comenzó ahacerse mil cruces y a santiguarse otras tantas. En todo esto, no dabamuestras de estar vivo el derribado caballero, y Sancho dijo a don Quijote:

-Soy de parecer, señor mío, que, por sí o por no, vuesa merced hinque ymeta la espada por la boca a este que parece el bachiller Sansón Carrasco;quizá matará en él a alguno de sus enemigos los encantadores.

-No dices mal -dijo don Quijote-, porque de los enemigos, los menos.

Y, sacando la espada para poner en efecto el aviso y consejo de Sancho,llegó el escudero del de los Espejos, ya sin las narices que tan feo lehabían hecho, y a grandes voces dijo:

-Mire vuesa merced lo que hace, señor don Quijote, que ese que tiene a lospies es el bachiller Sansón Carrasco, su amigo, y yo soy su escudero.

Y, viéndole Sancho sin aquella fealdad primera, le dijo:

-¿Y las narices?

A lo que él respondió:

-Aquí las tengo, en la faldriquera.

Y, echando mano a la derecha, sacó unas narices de pasta y barniz, demáscara, de la manifatura que quedan delineadas. Y, mirándole más y másSancho, con voz admirativa y grande, dijo:

-¡Santa María, y valme! ¿Éste no es Tomé Cecial, mi vecino y mi compadre?

-Y ¡cómo si lo soy! -respondió el ya desnarigado escudero-: Tomé Cecialsoy, compadre y amigo Sancho Panza, y luego os diré los arcaduces, embustesy enredos por donde soy aquí venido; y en tanto, pedid y suplicad al señorvuestro amo que no toque, maltrate, hiera ni mate al caballero de losEspejos, que a sus pies tiene, porque sin duda alguna es el atrevido y malaconsejado del bachiller Sansón Carrasco, nuestro compatrioto.

En esto, volvió en sí el de los Espejos, lo cual visto por don Quijote, lepuso la punta desnuda de su espada encima del rostro, y le dijo:

-Muerto sois, caballero, si no confesáis que la sin par Dulcinea del Tobosose aventaja en belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y demás de estohabéis de prometer, si de esta contienda y caída quedárades con vida, de ira la ciudad del Toboso y presentaros en su presencia de mi parte, para quehaga de vos lo que más en voluntad le viniere; y si os dejare en lavuestra, asimismo habéis de volver a buscarme, que el rastro de mis hazañasos servirá de guía que os traiga donde yo estuviere, y a decirme lo que conella hubiéredes pasado; condiciones que, conforme a las que pusimos antesde nuestra batalla, no salen de los términos de la andante caballería.

-Confieso -dijo el caído caballero- que vale más el zapato descosido ysucio de la señora Dulcinea del Toboso que las barbas mal peinadas, aunquelimpias, de Casildea, y prometo de ir y volver de su presencia a lavuestra, y daros entera y particular cuenta de lo que me pedís.

-También habéis de confesar y creer -añadió don Quijote- que aquelcaballero que vencistes no fue ni pudo ser don Quijote de la Mancha, sinootro que se le parecía, como yo confieso y creo que vos, aunque parecéis elbachiller Sansón Carrasco, no lo sois, sino otro que le parece, y que en sufigura aquí me le han puesto mis enemigos, para que detenga y temple elímpetu de mi cólera, y para que use blandamente de la gloria delvencimiento.

-Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creéis, juzgáis y sentís-respondió el derrengado caballero-. Dejadme levantar, os ruego, si es quelo permite el golpe de mi caída, que asaz maltrecho me tiene.

Ayudóle a levantar don Quijote y Tomé Cecial, su escudero, del cual noapartaba los ojos Sancho, preguntándole cosas cuyas respuestas le dabanmanifiestas señales de que verdaderamente era el Tomé Cecial que decía; masla aprehensión que en Sancho había hecho lo que su amo dijo, de que losencantadores habían mudado la figura del Caballero de los Espejos en la delbachiller Carrasco, no le dejaba dar crédito a la verdad que con los ojosestaba mirando. Finalmente, se quedaron con este engaño amo y mozo, y el delos Espejos y su escudero, mohínos y malandantes, se apartaron de donQuijote y Sancho, con intención de buscar algún lugar donde bizmarle yentablarle las costillas. Don Quijote y Sancho volvieron a proseguir sucamino de Zaragoza, donde los deja la historia, por dar cuenta de quién erael Caballero de los Espejos y su narigante escudero.

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