Capítulo XVI: De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Con la alegría, contento y ufanidad que se ha dicho, seguía don Quijote sujornada, imaginándose por la pasada vitoria ser el caballero andante másvaliente que tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felicefin conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de allí adelante; teníaen poco a los encantos y a los encantadores; no se acordaba de losinumerables palos que en el discurso de sus caballerías le habían dado, nide la pedrada que le derribó la mitad de los dientes, ni deldesagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacasde los yangüeses. Finalmente, decía entre sí que si él hallara arte, modo omanera como desencantar a su señora Dulcinea, no invidiara a la mayorventura que alcanzó o pudo alcanzar el más venturoso caballero andante delos pasados siglos. En estas imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sanchole dijo:

-¿No es bueno, señor, que aun todavía traigo entre los ojos las desaforadasnarices, y mayores de marca, de mi compadre Tomé Cecial?

-Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el Caballero de los Espejos era elbachiller Carrasco; y su escudero, Tomé Cecial, tu compadre?

-No sé qué me diga a eso -respondió Sancho-; sólo sé que las señas que medio de mi casa, mujer y hijos no me las podría dar otro que él mesmo; y lacara, quitadas las narices, era la misma de Tomé Cecial, como yo se la hevisto muchas veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa; y eltono de la habla era todo uno.

-Estemos a razón, Sancho -replicó don Quijote-. Ven acá: ¿en quéconsideración puede caber que el bachiller Sansón Carrasco viniese comocaballero andante, armado de armas ofensivas y defensivas, a pelearconmigo? ¿He sido yo su enemigo por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasiónpara tenerme ojeriza? ¿Soy yo su rival, o hace él profesión de las armas,para tener invidia a la fama que yo por ellas he ganado?

-Pues, ¿qué diremos, señor -respondió Sancho-, a esto de parecerse tantoaquel caballero, sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y su escuderoa Tomé Cecial, mi compadre? Y si ello es encantamento, como vuestra mercedha dicho, ¿no había en el mundo otros dos a quien se parecieran?

-Todo es artificio y traza -respondió don Quijote- de los malignos magosque me persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de quedar vencedor enla contienda, se previnieron de que el caballero vencido mostrase el rostrode mi amigo el bachiller, porque la amistad que le tengo se pusiese entrelos filos de mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la justa ira demi corazón, y desta manera quedase con vida el que con embelecos y falsíasprocuraba quitarme la mía. Para prueba de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!,por experiencia que no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil sea a losencantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso feo y delo feo hermoso, pues no ha dos días que viste por tus mismos ojos lahermosura y gallardía de la sin par Dulcinea en toda su entereza y naturalconformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, concataratas en los ojos y con mal olor en la boca; y más, que el perversoencantador que se atrevió a hacer una transformación tan mala no es muchoque haya hecho la de Sansón Carrasco y la de tu compadre, por quitarme lagloria del vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me consuelo;porque, en fin, en cualquiera figura que haya sido, he quedado vencedor demi enemigo.

-Dios sabe la verdad de todo -respondió Sancho.

Y como él sabía que la transformación de Dulcinea había sido traza yembeleco suyo, no le satisfacían las quimeras de su amo; pero no le quisoreplicar, por no decir alguna palabra que descubriese su embuste.

En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás dellos porel mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido ungabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una monteradel mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta,asimismo de morado y verde. Traía un alfanje morisco pendiente de un anchotahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; lasespuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas ybruñidas que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que sifuera de oro puro. Cuando llegó a ellos, el caminante los saludócortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo; pero don Quijote ledijo:

-Señor galán, si es que vuestra merced lleva el camino que nosotros y noimporta el darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos.

-En verdad -respondió el de la yegua- que no me pasara tan de largo, si nofuera por temor que con la compañía de mi yegua no se alborotara esecaballo.

-Bien puede, señor -respondió a esta sazón Sancho-, bien puede tener lasriendas a su yegua, porque nuestro caballo es el más honesto y bien miradodel mundo: jamás en semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vezque se desmandó a hacerla la lastamos mi señor y yo con las setenas. Digootra vez que puede vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se laden entre dos platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre.

Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de donQuijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en elarzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde adon Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde, pareciéndolehombre de chapa. La edad mostraba ser de cincuenta años; las canas, pocas,y el rostro, aguileño; la vista, entre alegre y grave; finalmente, en eltraje y apostura daba a entender ser hombre de buenas prendas.

Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que semejantemanera ni parecer de hombre no le había visto jamás: admiróle la longura desu caballo, la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro,sus armas, su ademán y compostura: figura y retrato no visto por luengostiempos atrás en aquella tierra. Notó bien don Quijote la atención con queel caminante le miraba, y leyóle en la suspensión su deseo; y, como era tancortés y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, lesalió al camino, diciéndole:

-Esta figura que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva y tan fuerade las que comúnmente se usan, no me maravillaría yo de que le hubiesemaravillado; pero dejará vuesa merced de estarlo cuando le diga, como ledigo, que soy caballero

destos que dicen las gentes

que a sus aventuras van.

Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme en losbrazos de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quiseresucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezandoaquí, cayendo allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplidogran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas yfavoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio decaballeros andantes; y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañashe merecido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo.Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino deimprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo queyo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de laTriste Figura; y, puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzosodecir yo tal vez las mías, y esto se entiende cuando no se halla presentequien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo, esta lanza,ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillezde mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá admirar de aquí adelante,habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago.

Calló en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, según se tardaba enresponderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a buen espaciole dijo:

-Acertastes, señor caballero, a conocer por mi suspensión mi deseo; pero nohabéis acertado a quitarme la maravilla que en mí causa el haberos visto;que, puesto que, como vos, señor, decís, que el saber ya quién sois me lopodría quitar, no ha sido así; antes, agora que lo sé, quedo más suspenso ymaravillado. ¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros andantes en elmundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballerías? No me puedopersuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, amparedoncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera si envuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. ¡Bendito sea el cielo!, quecon esa historia, que vuesa merced dice que está impresa, de sus altas yverdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las innumerables de losfingidos caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo, tan en daño delas buenas costumbres y tan en perjuicio y descrédito de las buenashistorias.

-Hay mucho que decir -respondió don Quijote- en razón de si son fingidas, ono, las historias de los andantes caballeros.

-Pues, ¿hay quien dude -respondió el Verde- que no son falsas las taleshistorias?

-Yo lo dudo -respondió don Quijote-, y quédese esto aquí; que si nuestrajornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hechomal en irse con la corriente de los que tienen por cierto que no sonverdaderas.

Desta última razón de don Quijote tomó barruntos el caminante de que donQuijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras loconfirmase; pero, antes que se divertiesen en otros razonamientos, donQuijote le rogó le dijese quién era, pues él le había dado parte de sucondición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:

-Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de unlugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más quemedianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mimujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el de la cazay pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso, oalgún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romancey cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros; los decaballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo máslos que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento,que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puestoque déstos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos yamigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, yno nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí semurmure; no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de losotros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin haceralarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a lahipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazónmás recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soydevoto de nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia infinita deDios nuestro Señor.

Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos delhidalgo; y, pareciéndole buena y santa y que quien la hacía debía de hacermilagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estriboderecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchasveces. Visto lo cual por el hidalgo, le preguntó:

-¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son éstos?

-Déjenme besar -respondió Sancho-, porque me parece vuesa merced el primersanto a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.

-No soy santo -respondió el hidalgo-, sino gran pecador; vos sí, hermano,que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.

Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de laprofunda malencolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego.Preguntóle don Quijote que cuántos hijos tenía, y díjole que una de lascosas en que ponían el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron delverdadero conocimiento de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en losde la fortuna, en tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.

-Yo, señor don Quijote -respondió el hidalgo-, tengo un hijo, que, a notenerle, quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy; y no porque él seamalo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Será de edad de diez yocho años: los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latinay griega; y, cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tanembebido en la de la poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no esposible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara,ni de la reina de todas, la teología. Quisiera yo que fuera corona de sulinaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente lasvirtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud son perlas en elmuladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero ental verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto, o no, en talepigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versosde Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de losreferidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que delos modernos romancistas no hace mucha cuenta; y, con todo el mal cariñoque muestra tener a la poesía de romance, le tiene agora desvanecidos lospensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado deSalamanca, y pienso que son de justa literaria.

A todo lo cual respondió don Quijote:

-Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así, se hande querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos danvida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de lavirtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, paraque cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de suposteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lotengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no seha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante quele dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejenseguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y, aunque la de lapoesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrara quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como unadoncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienencuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que sontodas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se hande autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, nitraída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni porlos rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud,que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio;hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola correr en torpessátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera,si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comediasalegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni delignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella seencierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a lagente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor ypríncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. Y así, el que con losrequisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso yestimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo. Y a lo quedecís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doymea entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grandeHomero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió engriego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguosescribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar lasestranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto así,razón sería se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que nose desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni elcastellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo,a lo que yo, señor, imagino, no debe de estar mal con la poesía de romance,sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas niotras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; yaun en esto puede haber yerro; porque, según es opinión verdadera, el poetanace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural salepoeta; y, con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio niartificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est Deus innobis..., etcétera. También digo que el natural poeta que se ayudare delarte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el artequisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza,sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el artecon la naturaleza, sacarán un perfetísimo poeta. Sea, pues, la conclusiónde mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo pordonde su estrella le llama; que, siendo él tan buen estudiante como debe deser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las esencias,que es el de las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de lasletras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa yespada, y así le adornan, honran y engrandecen, como las mitras a losobispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Riña vuesamerced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas, ycastíguele, y rómpaselas, pero si hiciere sermones al modo de Horacio,donde reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo hizo,alábele: porque lícito es al poeta escribir contra la invidia, y decir ensus versos mal de los invidiosos, y así de los otros vicios, con que noseñale persona alguna; pero hay poetas que, a trueco de decir una malicia,se pondrán a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poetafuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma eslengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren,tales serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes veen la milagrosaciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran,los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol aquien no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadielos que con tales coronas veen honrados y adornadas sus sienes.

Admirado quedó el del Verde Gabán del razonamiento de don Quijote, y tanto,que fue perdiendo de la opinión que con él tenía, de ser mentecato. Pero, ala mitad desta plática, Sancho, por no ser muy de su gusto, se habíadesviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que allí juntoestaban ordeñando unas ovejas; y, en esto, ya volvía a renovar la pláticael hidalgo, satisfecho en estremo de la discreción y buen discurso de donQuijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino pordonde ellos iban venía un carro lleno de banderas reales; y, creyendo quedebía de ser alguna nueva aventura, a grandes voces llamó a Sancho queviniese a darle la celada. El cual Sancho, oyéndose llamar, dejó a lospastores, y a toda priesa picó al rucio, y llegó donde su amo estaba, aquien sucedió una espantosa y desatinada aventura.

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