Capítulo XVII: De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la felicemente acabada aventura de los leones


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que letrujese el yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores levendían; y, acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos,ni en qué traerlos, y, por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordóde echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió a verlo que le quería; el cual, en llegando, le dijo:

-Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que allídescubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar misarmas.

El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista por todas partes, y nodescubrió otra cosa que un carro que hacia ellos venía, con dos o tresbanderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro debía de traermoneda de Su Majestad, y así se lo dijo a don Quijote; pero él no le diocrédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían deser aventuras y más aventuras, y así, respondió al hidalgo:

-Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo meaperciba, que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles,y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han deacometer.

Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como no tuvo lugar desacar los requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomóla donQuijote, y, sin que echase de ver lo que dentro venía, con toda priesa sela encajó en la cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron,comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de loque recibió tal susto, que dijo a Sancho:

-¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se mederriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo,en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura queagora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copiososudor me ciega los ojos.

Calló Sancho y diole un paño, y dio con él gracias a Dios de que su señorno hubiese caído en el caso. Limpióse don Quijote y quitóse la celada porver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendoaquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices, y enoliéndolas dijo:

-Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquíme has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.

A lo que, con gran flema y disimulación, respondió Sancho:

-Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré... Perocómalos el diablo, que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de teneratrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced? ¡Hallado le habéis elatrevido! A la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo yode tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de vuesamerced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover a cólera su pacienciay hacer que me muela, como suele, las costillas. Pues en verdad que estavez han dado salto en vago, que yo confío en el buen discurso de mi señor,que habrá considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosaque lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que enla celada.

-Todo puede ser -dijo don Quijote.

Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando,después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada,se la encajó; y, afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada yasiendo la lanza, dijo:

-Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con elmesmo Satanás en persona.

Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente queel carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose donQuijote delante y dijo:

-¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y québanderas son aquéstas?

A lo que respondió el carretero:

-El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que elgeneral de Orán envía a la corte, presentados a Su Majestad; las banderasson del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa suya.

-Y ¿son grandes los leones? -preguntó don Quijote.

-Tan grandes -respondió el hombre que iba a la puerta del carro-, que nohan pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás; y yo soy elleonero, y he pasado otros, pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho;el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás; y ahora vanhambrientos porque no han comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe, que esmenester llegar presto donde les demos de comer.

A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:

-¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues, ¡por Dios que hande ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta deleones! Apeaos, buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas yechadme esas bestias fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocerquién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadoresque a mí los envían.

-¡Ta, ta! -dijo a esta sazón entre sí el hidalgo-, dado ha señal de quiénes nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado loscascos y madurado los sesos.

Llegóse en esto a él Sancho y díjole:

-Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor donQuijote no se tome con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacerpedazos a todos.

-Pues, ¿tan loco es vuestro amo -respondió el hidalgo-, que teméis, ycreéis que se ha de tomar con tan fieros animales?

-No es loco -respondió Sancho-, sino atrevido.

-Yo haré que no lo sea -replicó el hidalgo.

Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abrieselas jaulas, le dijo:

-Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras queprometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo laquitan; porque la valentía que se entra en la juridición de la temeridad,más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más, que estos leones novienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, yno será bien detenerlos ni impedirles su viaje.

-Váyase vuesa merced, señor hidalgo -respondió don Quijote-, a entender consu perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer suoficio. Éste es el mío, y yo sé si vienen a mí, o no, estos señores leones.

Y, volviéndose al leonero, le dijo:

-¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que conesta lanza os he de coser con el carro!

El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía, le dijo:

-Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir lasmulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones,porque si me las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengootra hacienda sino este carro y estas mulas.

-¡Oh hombre de poca fe! -respondió don Quijote-, apéate y desunce, y haz loque quisieres, que presto verás que trabajaste en vano y que pudierasahorrar desta diligencia.

Apeóse el carretero y desunció a gran priesa, y el leonero dijo a grandesvoces:

-Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado abrolas jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este señor que todo elmal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con másmis salarios y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobroantes que abra, que yo seguro estoy que no me han de hacer daño.

Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que eratentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que élsabía lo que hacía. Respondióle el hidalgo que lo mirase bien, que élentendía que se engañaba.

-Ahora, señor -replicó don Quijote-, si vuesa merced no quiere ser oyentedesta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase ensalvo.

Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese detal empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de losmolinos de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas lashazañas que había acometido en todo el discurso de su vida.

-Mire, señor -decía Sancho-, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga;que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña deleón verdadero, y saco por ella que el tal león, cuya debe de ser la taluña, es mayor que una montaña.

-El miedo, a lo menos -respondió don Quijote-, te le hará parecer mayorque la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, yasabes nuestro antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.

A éstas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que no habíade dejar de proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabánoponérsele, pero viose desigual en las armas, y no le pareció corduratomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote;el cual, volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dioocasión al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carreteroa sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen,antes que los leones se desembanastasen.

Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía quellegaba en las garras de los leones; maldecía su ventura, y llamabamenguada la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero nopor llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase delcarro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban biendesviados, tornó a requerir y a intimar a don Quijote lo que ya le habíarequerido e intimado, el cual respondió que lo oía, y que no se curase demás intimaciones y requirimientos, que todo sería de poco fruto, y que sediese priesa.

En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera, estuvoconsiderando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que acaballo; y, en fin, se determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinantese espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo,arrojó la lanza y embrazó el escudo, y, desenvainando la espada, paso antepaso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delantedel carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señoraDulcinea.

Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdaderahistoria exclama y dice: ''¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animosodon Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientesdel mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra delos españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosahazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, o quéalabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobretodos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, consola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no demuy luciente y limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos másfieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechossean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su puntopor faltarme palabras con que encarecerlos''.

Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando elhilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura adon Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caeren la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par laprimera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció degrandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizofue revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra, ydesperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casidos palmos de lengua que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó elrostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partescon los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la mismatemeridad. Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase yadel carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerlepedazos.

Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generosoleón, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni debravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho,volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con granflema y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote,mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera.

-Eso no haré yo -respondió el leonero-, porque si yo le instigo, el primeroa quien hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, secontente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género devalentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta lapuerta: en su mano está salir, o no salir; pero, pues no ha salido hastaahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuesa merced yaestá bien declarada: ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, estáobligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si elcontrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana lacorona del vencimiento.

-Así es verdad -respondió don Quijote-: cierra, amigo, la puerta, y damepor testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aquí me has vistohacer; conviene a saber: cómo tú abriste al león, yo le esperé, él nosalió; volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar. No debomás, y encantos afuera, y Dios ayude a la razón y a la verdad, y a laverdadera caballería; y cierra, como he dicho, en tanto que hago señas alos huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.

Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza ellienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones,comenzó a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cadapaso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho aver la señal del blanco paño, dijo:

-Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nosllama.

Detuviéronse todos, y conocieron que el que hacía las señas era donQuijote; y, perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieronacercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote, que losllamaba. Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijoteal carretero:

-Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú,Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensade lo que por mí se han detenido.

-Ésos daré yo de muy buena gana -respondió Sancho-; pero, ¿qué se han hecholos leones? ¿Son muertos, o vivos?

Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de lacontienda, exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote,de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula,puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; yque, por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar alleón para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de sugrado y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase.

-¿Qué te parece desto, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Hay encantos que valgancontra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme laventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.

Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a donQuijote por la merced recebida, y prometióle de contar aquella valerosahazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese.

-Pues, si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que elCaballero de los Leones, que de aquí adelante quiero que en éste setrueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero dela Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantescaballeros, que se mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía acuento.

Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabánprosiguieron el suyo.

En todo este tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda, todoatento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareciéndoleque era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún llegadoa su noticia la primera parte de su historia; que si la hubiera leído,cesara la admiración en que lo ponían sus hechos y sus palabras, pues yasupiera el género de su locura; pero, como no la sabía, ya le tenía porcuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y biendicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto. Y decía entre sí:

-¿Qué más locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones ydarse a entender que le ablandaban los cascos los encantadores? Y ¿quémayor temeridad y disparate que querer pelear por fuerza con leones?

Destas imaginaciones y deste soliloquio le sacó don Quijote, diciéndole:

-¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga ensu opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que asífuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, contodo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tanmenguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero,a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada confelice suceso a un bravo toro; bien parece un caballero, armado deresplandecientes armas, pasar la tela en alegres justas delante de lasdamas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejerciciosmilitares, o que lo parezcan, entretienen y alegran, y, si se puede decir,honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos éstos parece mejor uncaballero andante, que por los desiertos, por las soledades, por lasencrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosasaventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada cima, sólo poralcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballeroandante, socorriendo a una viuda en algún despoblado, que un cortesanocaballero, requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballerostienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano;autorice la corte de su rey con libreas; sustente los caballeros pobres conel espléndido plato de su mesa; concierte justas, mantenga torneos ymuéstrese grande, liberal y magnífico, y buen cristiano, sobre todo, ydesta manera cumplirá con sus precisas obligaciones. Pero el andantecaballero busque los rincones del mundo; éntrese en los más intricadoslaberintos; acometa a cada paso lo imposible; resista en los páramosdespoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en elinvierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombrenleones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que buscaréstos, acometer aquéllos y vencerlos a todos son sus principales yverdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del númerode la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a míme pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios; y así, elacometer los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto queconocí ser temeridad esorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que esuna virtud que está puesta entre dos estremos viciosos, como son lacobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque ysuba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde;que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que al avaro, asíes más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subira la verdadera valentía; y, en esto de acometer aventuras, créame vuesamerced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que demenos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen "el talcaballero es temerario y atrevido" que no "el tal caballero es tímido ycobarde".

-Digo, señor don Quijote -respondió don Diego-, que todo lo que vuesamerced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón, y queentiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante seperdiesen, se hallarían en el pecho de vuesa merced como en su mismodepósito y archivo. Y démonos priesa, que se hace tarde, y lleguemos a mialdea y casa, donde descansará vuestra merced del pasado trabajo, que si noha sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que suele tal vez redundar encansancio del cuerpo.

-Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, señor don Diego- respondiódon Quijote.

Y, picando más de lo que hasta entonces, serían como las dos de la tardecuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a quien don Quijotellamaba el Caballero del Verde Gabán.

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