Capítulo XIX: Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros en verdad graciosos sucesos
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XIX
Poco trecho se había alongado don Quijote del lugar de don Diego, cuandoencontró con dos como clérigos o como estudiantes y con dos labradores quesobre cuatro bestias asnales venían caballeros. El uno de los estudiantestraía, como en portamanteo, en un lienzo de bocací verde envuelto, alparecer, un poco de grana blanca y dos pares de medias de cordellate; elotro no traía otra cosa que dos espadas negras de esgrima, nuevas, y consus zapatillas. Los labradores traían otras cosas, que daban indicio yseñal que venían de alguna villa grande, donde las habían comprado, y lasllevaban a su aldea; y así estudiantes como labradores cayeron en la mismaadmiración en que caían todos aquellos que la vez primera veían a donQuijote, y morían por saber qué hombre fuese aquél tan fuera del uso de losotros hombres.
Saludóles don Quijote, y, después de saber el camino que llevaban, que erael mesmo que él hacía, les ofreció su compañía, y les pidió detuviesen elpaso, porque caminaban más sus pollinas que su caballo; y, para obligarlos,en breves razones les dijo quién era, y su oficio y profesión, que era decaballero andante que iba a buscar las aventuras por todas las partes delmundo. Díjoles que se llamaba de nombre propio don Quijote de la Mancha, ypor el apelativo, el Caballero de los Leones. Todo esto para los labradoresera hablarles en griego o en jerigonza, pero no para los estudiantes, queluego entendieron la flaqueza del celebro de don Quijote; pero, con todoeso, le miraban con admiración y con respecto, y uno dellos le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, no lleva camino determinado, como nole suelen llevar los que buscan las aventuras, vuesa merced se venga connosotros: verá una de las mejores bodas y más ricas que hasta el día de hoyse habrán celebrado en la Mancha, ni en otras muchas leguas a la redonda.
Preguntóle don Quijote si eran de algún príncipe, que así las ponderaba.
-No son -respondió el estudiante- sino de un labrador y una labradora: él,el más rico de toda esta tierra; y ella, la más hermosa que han visto loshombres. El aparato con que se han de hacer es estraordinario y nuevo,porque se han de celebrar en un prado que está junto al pueblo de la novia,a quien por excelencia llaman Quiteria la hermosa, y el desposado se llamaCamacho el rico; ella de edad de diez y ocho años, y él de veinte y dos;ambos para en uno, aunque algunos curiosos que tienen de memoria loslinajes de todo el mundo quieren decir que el de la hermosa Quiteria seaventaja al de Camacho; pero ya no se mira en esto, que las riquezas sonpoderosas de soldar muchas quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal yhásele antojado de enramar y cubrir todo el prado por arriba, de tal suerteque el sol se ha de ver en trabajo si quiere entrar a visitar las yerbasverdes de que está cubierto el suelo. Tiene asimesmo maheridas danzas, asíde espadas como de cascabel menudo, que hay en su pueblo quien los repiquey sacuda por estremo; de zapateadores no digo nada, que es un juicio losque tiene muñidos; pero ninguna de las cosas referidas ni otras muchas quehe dejado de referir ha de hacer más memorables estas bodas, sino las queimagino que hará en ellas el despechado Basilio. Es este Basilio un zagalvecino del mesmo lugar de Quiteria, el cual tenía su casa pared y medio dela de los padres de Quiteria, de donde tomó ocasión el amor de renovar almundo los ya olvidados amores de Píramo y Tisbe, porque Basilio se enamoróde Quiteria desde sus tiernos y primeros años, y ella fue correspondiendo asu deseo con mil honestos favores, tanto, que se contaban porentretenimiento en el pueblo los amores de los dos niños Basilio yQuiteria. Fue creciendo la edad, y acordó el padre de Quiteria de estorbara Basilio la ordinaria entrada que en su casa tenía; y, por quitarse deandar receloso y lleno de sospechas, ordenó de casar a su hija con el ricoCamacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía tantosbienes de fortuna como de naturaleza; pues si va a decir las verdades sininvidia, él es el más ágil mancebo que conocemos: gran tirador de barra,luchador estremado y gran jugador de pelota; corre como un gamo, salta másque una cabra y birla a los bolos como por encantamento; canta como unacalandria, y toca una guitarra, que la hace hablar, y, sobre todo, juegauna espada como el más pintado.
-Por esa sola gracia -dijo a esta sazón don Quijote-, merecía ese mancebono sólo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la mesma reina Ginebra,si fuera hoy viva, a pesar de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarloquisieran.
-¡A mi mujer con eso! -dijo Sancho Panza, que hasta entonces había idocallando y escuchando-, la cual no quiere sino que cada uno case con suigual, ateniéndose al refrán que dicen "cada oveja con su pareja". Lo queyo quisiera es que ese buen Basilio, que ya me le voy aficionando, secasara con esa señora Quiteria; que buen siglo hayan y buen poso, iba adecir al revés, los que estorban que se casen los que bien se quieren.
-Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar -dijo don Quijote-,quitaríase la eleción y juridición a los padres de casar sus hijos conquien y cuando deben; y si a la voluntad de las hijas quedase escoger losmaridos, tal habría que escogiese al criado de su padre, y tal al que viopasar por la calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque fuese undesbaratado espadachín; que el amor y la afición con facilidad ciegan losojos del entendimiento, tan necesarios para escoger estado, y el delmatrimonio está muy a peligro de errarse, y es menester gran tiento yparticular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo,y si es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura yapacible con quien acompañarse; pues, ¿por qué no hará lo mesmo el que hade caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte, y más si lacompañía le ha de acompañar en la cama, en la mesa y en todas partes, comoes la de la mujer con su marido? La de la propia mujer no es mercaduría queuna vez comprada se vuelve, o se trueca o cambia, porque es accidenteinseparable, que dura lo que dura la vida: es un lazo que si una vez leecháis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano, que si no le corta laguadaña de la muerte, no hay desatarle. Muchas más cosas pudiera decir enesta materia, si no lo estorbara el deseo que tengo de saber si le quedamás que decir al señor licenciado acerca de la historia de Basilio.
A lo que respondió el estudiante bachiller, o licenciado, como le llamó donQuijote, que:
-De todo no me queda más que decir sino que desde el punto que Basilio supoque la hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico, nunca más le hanvisto reír ni hablar razón concertada, y siempre anda pensativo y triste,hablando entre sí mismo, con que da ciertas y claras señales de que se leha vuelto el juicio: come poco y duerme poco, y lo que come son frutas, yen lo que duerme, si duerme, es en el campo, sobre la dura tierra, comoanimal bruto; mira de cuando en cuando al cielo, y otras veces clava losojos en la tierra, con tal embelesamiento, que no parece sino estatuavestida que el aire le mueve la ropa. En fin, él da tales muestras de tenerapasionado el corazón, que tememos todos los que le conocemos que el dar elsí mañana la hermosa Quiteria ha de ser la sentencia de su muerte.
-Dios lo hará mejor -dijo Sancho-; que Dios, que da la llaga, da lamedicina; nadie sabe lo que está por venir: de aquí a mañana muchas horashay, y en una, y aun en un momento, se cae la casa; yo he visto llover yhacer sol, todo a un mesmo punto; tal se acuesta sano la noche, que no sepuede mover otro día. Y díganme, ¿por ventura habrá quien se alabe quetiene echado un clavo a la rodaja de la Fortuna? No, por cierto; y entre elsí y el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler,porque no cabría. Denme a mí que Quiteria quiera de buen corazón y de buenavoluntad a Basilio, que yo le daré a él un saco de buena ventura: que elamor, según yo he oído decir, mira con unos antojos que hacen parecer oroal cobre, a la pobreza riqueza, y a las lagañas perlas.
-¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas maldito? -dijo don Quijote-; quecuando comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede esperar sino elmesmo Judas, que te lleve. Dime, animal, ¿qué sabes tú de clavos, ni derodajas, ni de otra cosa ninguna?
-¡Oh! Pues si no me entienden -respondió Sancho-, no es maravilla que missentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me entiendo, ysé que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho; sino que vuesamerced, señor mío, siempre es friscal de mis dichos, y aun de mis hechos.
-Fiscal has de decir -dijo don Quijote-, que no friscal, prevaricador delbuen lenguaje, que Dios te confunda.
-No se apunte vuestra merced conmigo -respondió Sancho-, pues sabe que nome he criado en la Corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber si añadoo quito alguna letra a mis vocablos. Sí, que, ¡válgame Dios!, no hay paraqué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puedehaber que no las corten en el aire en esto del hablar polido.
-Así es -dijo el licenciado-, porque no pueden hablar tan bien los que secrían en las Tenerías y en Zocodover como los que se pasean casi todo eldía por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguajepuro, el propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos,aunque hayan nacido en Majalahonda: dije discretos porque hay muchos que nolo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompañacon el uso. Yo, señores, por mis pecados, he estudiado Cánones enSalamanca, y pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras,llanas y significantes.
-Si no os picáredes más de saber más menear las negras que lleváis que lalengua -dijo el otro estudiante-, vos llevárades el primero en licencias,como llevastes cola.
-Mirad, bachiller -respondió el licenciado-: vos estáis en la más erradaopinión del mundo acerca de la destreza de la espada, teniéndola por vana.
-Para mí no es opinión, sino verdad asentada -replicó Corchuelo-; y siqueréis que os lo muestre con la experiencia, espadas traéis, comodidadhay, yo pulsos y fuerzas tengo, que acompañadas de mi ánimo, que no espoco, os harán confesar que yo no me engaño. Apeaos, y usad de vuestrocompás de pies, de vuestros círculos y vuestros ángulos y ciencia; que yoespero de haceros ver estrellas a mediodía con mi destreza moderna y zafia,en quien espero, después de Dios, que está por nacer hombre que me hagavolver las espaldas, y que no le hay en el mundo a quien yo no le hagaperder tierra.
-En eso de volver, o no, las espaldas no me meto -replico el diestro-;aunque podría ser que en la parte donde la vez primera clavásedes el pie,allí os abriesen la sepultura: quiero decir que allí quedásedes muerto porla despreciada destreza.
-Ahora se verá -respondió Corchuelo.
Y, apeándose con gran presteza de su jumento, tiró con furia de una de lasespadas que llevaba el licenciado en el suyo.
-No ha de ser así -dijo a este instante don Quijote-, que yo quiero ser elmaestro desta esgrima, y el juez desta muchas veces no averiguada cuestión.
Y, apeándose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la mitad delcamino, a tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire de cuerpo ycompás de pies, se iba contra Corchuelo, que contra él se vino, lanzando,como decirse suele, fuego por los ojos. Los otros dos labradores delacompañamiento, sin apearse de sus pollinas, sirvieron de aspetatores en lamortal tragedia. Las cuchilladas, estocadas, altibajos, reveses y mandoblesque tiraba Corchuelo eran sin número, más espesas que hígado y más menudasque granizo. Arremetía como un león irritado, pero salíale al encuentro untapaboca de la zapatilla de la espada del licenciado, que en mitad de sufuria le detenía, y se la hacía besar como si fuera reliquia, aunque no contanta devoción como las reliquias deben y suelen besarse.
Finalmente, el licenciado le contó a estocadas todos los botones de unamedia sotanilla que traía vestida, haciéndole tiras los faldamentos, comocolas de pulpo; derribóle el sombrero dos veces, y cansóle de manera que dedespecho, cólera y rabia asió la espada por la empuñadura, y arrojóla porel aire con tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, que eraescribano, que fue por ella, dio después por testimonio que la alongó de sícasi tres cuartos de legua; el cual testimonio sirve y ha servido para quese conozca y vea con toda verdad cómo la fuerza es vencida del arte.
Sentóse cansado Corchuelo, y llegándose a él Sancho, le dijo:
-Mía fe, señor bachiller, si vuesa merced toma mi consejo, de aquí adelanteno ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a tirar la barra,pues tiene edad y fuerzas para ello; que destos a quien llaman diestros heoído decir que meten una punta de una espada por el ojo de una aguja.
-Yo me contento -respondió Corchuelo- de haber caído de mi burra, y de queme haya mostrado la experiencia la verdad, de quien tan lejos estaba.
Y, levantándose, abrazó al licenciado, y quedaron más amigos que de antes,y no queriendo esperar al escribano, que había ido por la espada, porparecerle que tardaría mucho; y así, determinaron seguir, por llegartemprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran.
En lo que faltaba del camino, les fue contando el licenciado lasexcelencias de la espada, con tantas razones demostrativas y con tantasfiguras y demostraciones matemáticas, que todos quedaron enterados de labondad de la ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.
Era anochecido, pero antes que llegasen les pareció a todos que estabadelante del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientesestrellas. Oyeron, asimismo, confusos y suaves sonidos de diversosinstrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos ysonajas; y cuando llegaron cerca vieron que los árboles de una enramada,que a mano habían puesto a la entrada del pueblo, estaban todos llenos deluminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces no soplaba sino tanmanso que no tenía fuerza para mover las hojas de los árboles. Los músicoseran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquelagradable sitio andaban, unos bailando, y otros cantando, y otros tocandola diversidad de los referidos instrumentos. En efecto, no parecía sino quepor todo aquel prado andaba corriendo la alegría y saltando el contento.
Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de donde con comodidadpudiesen ver otro día las representaciones y danzas que se habían de haceren aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho y lasexequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque se lopidieron así el labrador como el bachiller; pero él dio por disculpa,bastantísima a su parecer, ser costumbre de los caballeros andantes dormirpor los campos y florestas antes que en los poblados, aunque fuese debajode dorados techos; y con esto, se desvió un poco del camino, bien contra lavoluntad de Sancho, viniéndosele a la memoria el buen alojamiento que habíatenido en el castillo o casa de don Diego.
Saludóles don Quijote, y, después de saber el camino que llevaban, que erael mesmo que él hacía, les ofreció su compañía, y les pidió detuviesen elpaso, porque caminaban más sus pollinas que su caballo; y, para obligarlos,en breves razones les dijo quién era, y su oficio y profesión, que era decaballero andante que iba a buscar las aventuras por todas las partes delmundo. Díjoles que se llamaba de nombre propio don Quijote de la Mancha, ypor el apelativo, el Caballero de los Leones. Todo esto para los labradoresera hablarles en griego o en jerigonza, pero no para los estudiantes, queluego entendieron la flaqueza del celebro de don Quijote; pero, con todoeso, le miraban con admiración y con respecto, y uno dellos le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, no lleva camino determinado, como nole suelen llevar los que buscan las aventuras, vuesa merced se venga connosotros: verá una de las mejores bodas y más ricas que hasta el día de hoyse habrán celebrado en la Mancha, ni en otras muchas leguas a la redonda.
Preguntóle don Quijote si eran de algún príncipe, que así las ponderaba.
-No son -respondió el estudiante- sino de un labrador y una labradora: él,el más rico de toda esta tierra; y ella, la más hermosa que han visto loshombres. El aparato con que se han de hacer es estraordinario y nuevo,porque se han de celebrar en un prado que está junto al pueblo de la novia,a quien por excelencia llaman Quiteria la hermosa, y el desposado se llamaCamacho el rico; ella de edad de diez y ocho años, y él de veinte y dos;ambos para en uno, aunque algunos curiosos que tienen de memoria loslinajes de todo el mundo quieren decir que el de la hermosa Quiteria seaventaja al de Camacho; pero ya no se mira en esto, que las riquezas sonpoderosas de soldar muchas quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal yhásele antojado de enramar y cubrir todo el prado por arriba, de tal suerteque el sol se ha de ver en trabajo si quiere entrar a visitar las yerbasverdes de que está cubierto el suelo. Tiene asimesmo maheridas danzas, asíde espadas como de cascabel menudo, que hay en su pueblo quien los repiquey sacuda por estremo; de zapateadores no digo nada, que es un juicio losque tiene muñidos; pero ninguna de las cosas referidas ni otras muchas quehe dejado de referir ha de hacer más memorables estas bodas, sino las queimagino que hará en ellas el despechado Basilio. Es este Basilio un zagalvecino del mesmo lugar de Quiteria, el cual tenía su casa pared y medio dela de los padres de Quiteria, de donde tomó ocasión el amor de renovar almundo los ya olvidados amores de Píramo y Tisbe, porque Basilio se enamoróde Quiteria desde sus tiernos y primeros años, y ella fue correspondiendo asu deseo con mil honestos favores, tanto, que se contaban porentretenimiento en el pueblo los amores de los dos niños Basilio yQuiteria. Fue creciendo la edad, y acordó el padre de Quiteria de estorbara Basilio la ordinaria entrada que en su casa tenía; y, por quitarse deandar receloso y lleno de sospechas, ordenó de casar a su hija con el ricoCamacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía tantosbienes de fortuna como de naturaleza; pues si va a decir las verdades sininvidia, él es el más ágil mancebo que conocemos: gran tirador de barra,luchador estremado y gran jugador de pelota; corre como un gamo, salta másque una cabra y birla a los bolos como por encantamento; canta como unacalandria, y toca una guitarra, que la hace hablar, y, sobre todo, juegauna espada como el más pintado.
-Por esa sola gracia -dijo a esta sazón don Quijote-, merecía ese mancebono sólo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la mesma reina Ginebra,si fuera hoy viva, a pesar de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarloquisieran.
-¡A mi mujer con eso! -dijo Sancho Panza, que hasta entonces había idocallando y escuchando-, la cual no quiere sino que cada uno case con suigual, ateniéndose al refrán que dicen "cada oveja con su pareja". Lo queyo quisiera es que ese buen Basilio, que ya me le voy aficionando, secasara con esa señora Quiteria; que buen siglo hayan y buen poso, iba adecir al revés, los que estorban que se casen los que bien se quieren.
-Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar -dijo don Quijote-,quitaríase la eleción y juridición a los padres de casar sus hijos conquien y cuando deben; y si a la voluntad de las hijas quedase escoger losmaridos, tal habría que escogiese al criado de su padre, y tal al que viopasar por la calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque fuese undesbaratado espadachín; que el amor y la afición con facilidad ciegan losojos del entendimiento, tan necesarios para escoger estado, y el delmatrimonio está muy a peligro de errarse, y es menester gran tiento yparticular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo,y si es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura yapacible con quien acompañarse; pues, ¿por qué no hará lo mesmo el que hade caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte, y más si lacompañía le ha de acompañar en la cama, en la mesa y en todas partes, comoes la de la mujer con su marido? La de la propia mujer no es mercaduría queuna vez comprada se vuelve, o se trueca o cambia, porque es accidenteinseparable, que dura lo que dura la vida: es un lazo que si una vez leecháis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano, que si no le corta laguadaña de la muerte, no hay desatarle. Muchas más cosas pudiera decir enesta materia, si no lo estorbara el deseo que tengo de saber si le quedamás que decir al señor licenciado acerca de la historia de Basilio.
A lo que respondió el estudiante bachiller, o licenciado, como le llamó donQuijote, que:
-De todo no me queda más que decir sino que desde el punto que Basilio supoque la hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico, nunca más le hanvisto reír ni hablar razón concertada, y siempre anda pensativo y triste,hablando entre sí mismo, con que da ciertas y claras señales de que se leha vuelto el juicio: come poco y duerme poco, y lo que come son frutas, yen lo que duerme, si duerme, es en el campo, sobre la dura tierra, comoanimal bruto; mira de cuando en cuando al cielo, y otras veces clava losojos en la tierra, con tal embelesamiento, que no parece sino estatuavestida que el aire le mueve la ropa. En fin, él da tales muestras de tenerapasionado el corazón, que tememos todos los que le conocemos que el dar elsí mañana la hermosa Quiteria ha de ser la sentencia de su muerte.
-Dios lo hará mejor -dijo Sancho-; que Dios, que da la llaga, da lamedicina; nadie sabe lo que está por venir: de aquí a mañana muchas horashay, y en una, y aun en un momento, se cae la casa; yo he visto llover yhacer sol, todo a un mesmo punto; tal se acuesta sano la noche, que no sepuede mover otro día. Y díganme, ¿por ventura habrá quien se alabe quetiene echado un clavo a la rodaja de la Fortuna? No, por cierto; y entre elsí y el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler,porque no cabría. Denme a mí que Quiteria quiera de buen corazón y de buenavoluntad a Basilio, que yo le daré a él un saco de buena ventura: que elamor, según yo he oído decir, mira con unos antojos que hacen parecer oroal cobre, a la pobreza riqueza, y a las lagañas perlas.
-¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas maldito? -dijo don Quijote-; quecuando comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede esperar sino elmesmo Judas, que te lleve. Dime, animal, ¿qué sabes tú de clavos, ni derodajas, ni de otra cosa ninguna?
-¡Oh! Pues si no me entienden -respondió Sancho-, no es maravilla que missentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me entiendo, ysé que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho; sino que vuesamerced, señor mío, siempre es friscal de mis dichos, y aun de mis hechos.
-Fiscal has de decir -dijo don Quijote-, que no friscal, prevaricador delbuen lenguaje, que Dios te confunda.
-No se apunte vuestra merced conmigo -respondió Sancho-, pues sabe que nome he criado en la Corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber si añadoo quito alguna letra a mis vocablos. Sí, que, ¡válgame Dios!, no hay paraqué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puedehaber que no las corten en el aire en esto del hablar polido.
-Así es -dijo el licenciado-, porque no pueden hablar tan bien los que secrían en las Tenerías y en Zocodover como los que se pasean casi todo eldía por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguajepuro, el propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos,aunque hayan nacido en Majalahonda: dije discretos porque hay muchos que nolo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompañacon el uso. Yo, señores, por mis pecados, he estudiado Cánones enSalamanca, y pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras,llanas y significantes.
-Si no os picáredes más de saber más menear las negras que lleváis que lalengua -dijo el otro estudiante-, vos llevárades el primero en licencias,como llevastes cola.
-Mirad, bachiller -respondió el licenciado-: vos estáis en la más erradaopinión del mundo acerca de la destreza de la espada, teniéndola por vana.
-Para mí no es opinión, sino verdad asentada -replicó Corchuelo-; y siqueréis que os lo muestre con la experiencia, espadas traéis, comodidadhay, yo pulsos y fuerzas tengo, que acompañadas de mi ánimo, que no espoco, os harán confesar que yo no me engaño. Apeaos, y usad de vuestrocompás de pies, de vuestros círculos y vuestros ángulos y ciencia; que yoespero de haceros ver estrellas a mediodía con mi destreza moderna y zafia,en quien espero, después de Dios, que está por nacer hombre que me hagavolver las espaldas, y que no le hay en el mundo a quien yo no le hagaperder tierra.
-En eso de volver, o no, las espaldas no me meto -replico el diestro-;aunque podría ser que en la parte donde la vez primera clavásedes el pie,allí os abriesen la sepultura: quiero decir que allí quedásedes muerto porla despreciada destreza.
-Ahora se verá -respondió Corchuelo.
Y, apeándose con gran presteza de su jumento, tiró con furia de una de lasespadas que llevaba el licenciado en el suyo.
-No ha de ser así -dijo a este instante don Quijote-, que yo quiero ser elmaestro desta esgrima, y el juez desta muchas veces no averiguada cuestión.
Y, apeándose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la mitad delcamino, a tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire de cuerpo ycompás de pies, se iba contra Corchuelo, que contra él se vino, lanzando,como decirse suele, fuego por los ojos. Los otros dos labradores delacompañamiento, sin apearse de sus pollinas, sirvieron de aspetatores en lamortal tragedia. Las cuchilladas, estocadas, altibajos, reveses y mandoblesque tiraba Corchuelo eran sin número, más espesas que hígado y más menudasque granizo. Arremetía como un león irritado, pero salíale al encuentro untapaboca de la zapatilla de la espada del licenciado, que en mitad de sufuria le detenía, y se la hacía besar como si fuera reliquia, aunque no contanta devoción como las reliquias deben y suelen besarse.
Finalmente, el licenciado le contó a estocadas todos los botones de unamedia sotanilla que traía vestida, haciéndole tiras los faldamentos, comocolas de pulpo; derribóle el sombrero dos veces, y cansóle de manera que dedespecho, cólera y rabia asió la espada por la empuñadura, y arrojóla porel aire con tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, que eraescribano, que fue por ella, dio después por testimonio que la alongó de sícasi tres cuartos de legua; el cual testimonio sirve y ha servido para quese conozca y vea con toda verdad cómo la fuerza es vencida del arte.
Sentóse cansado Corchuelo, y llegándose a él Sancho, le dijo:
-Mía fe, señor bachiller, si vuesa merced toma mi consejo, de aquí adelanteno ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a tirar la barra,pues tiene edad y fuerzas para ello; que destos a quien llaman diestros heoído decir que meten una punta de una espada por el ojo de una aguja.
-Yo me contento -respondió Corchuelo- de haber caído de mi burra, y de queme haya mostrado la experiencia la verdad, de quien tan lejos estaba.
Y, levantándose, abrazó al licenciado, y quedaron más amigos que de antes,y no queriendo esperar al escribano, que había ido por la espada, porparecerle que tardaría mucho; y así, determinaron seguir, por llegartemprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran.
En lo que faltaba del camino, les fue contando el licenciado lasexcelencias de la espada, con tantas razones demostrativas y con tantasfiguras y demostraciones matemáticas, que todos quedaron enterados de labondad de la ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.
Era anochecido, pero antes que llegasen les pareció a todos que estabadelante del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientesestrellas. Oyeron, asimismo, confusos y suaves sonidos de diversosinstrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos ysonajas; y cuando llegaron cerca vieron que los árboles de una enramada,que a mano habían puesto a la entrada del pueblo, estaban todos llenos deluminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces no soplaba sino tanmanso que no tenía fuerza para mover las hojas de los árboles. Los músicoseran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquelagradable sitio andaban, unos bailando, y otros cantando, y otros tocandola diversidad de los referidos instrumentos. En efecto, no parecía sino quepor todo aquel prado andaba corriendo la alegría y saltando el contento.
Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de donde con comodidadpudiesen ver otro día las representaciones y danzas que se habían de haceren aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho y lasexequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque se lopidieron así el labrador como el bachiller; pero él dio por disculpa,bastantísima a su parecer, ser costumbre de los caballeros andantes dormirpor los campos y florestas antes que en los poblados, aunque fuese debajode dorados techos; y con esto, se desvió un poco del camino, bien contra lavoluntad de Sancho, viniéndosele a la memoria el buen alojamiento que habíatenido en el castillo o casa de don Diego.
Capítulo anterior: De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes
Capítulo siguiente: Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso de Basilio el pobre