Capítulo XX: Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso de Basilio el pobre
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XX
Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo, con elardor de sus calientes rayos, las líquidas perlas de sus cabellos de oroenjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se pusoen pie y llamó a su escudero Sancho, que aún todavía roncaba; lo cual vistopor don Quijote, antes que le despertase, le dijo:
-¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, puessin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado espíritu, ni tepersiguen encantadores, ni sobresaltan encantamentos! Duerme, digo otravez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos detu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de loque has de hacer para comer otro día tú y tu pequeña y angustiada familia.Ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues loslímites de tus deseos no se estienden a más que a pensar tu jumento; que elde tu persona sobre mis hombros le tienes puesto: contrapeso y carga quepuso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el criado, y estávelando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacermercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a latierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino al señor, que hade sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad yabundancia.
A todo esto no respondió Sancho, porque dormía, ni despertara tan presto sidon Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver en sí. Despertó,en fin, soñoliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:
-De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto másde torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olorescomienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.
-Acaba, glotón -dijo don Quijote-; ven, iremos a ver estos desposorios, porver lo que hace el desdeñado Basilio.
-Mas que haga lo que quisiere -respondió Sancho-: no fuera él pobre ycasárase con Quiteria. ¿No hay más sino tener un cuarto y querer alzarsepor las nubes? A la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe decontentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostaréun brazo que puede Camacho envolver en reales a Basilio; y si esto es así,como debe de ser, bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y lasjoyas que le debe de haber dado, y le puede dar Camacho, por escoger eltirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro debarra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en lataberna. Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga elconde Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buendinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puedelevantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es eldinero.
-Por quien Dios es, Sancho -dijo a esta sazón don Quijote-, que concluyascon tu arenga; que tengo para mí que si te dejasen seguir en las que a cadapaso comienzas, no te quedaría tiempo para comer ni para dormir, que todole gastarías en hablar.
-Si vuestra merced tuviera buena memoria -replicó Sancho-, debiéraseacordar de los capítulos de nuestro concierto antes que esta última vezsaliésemos de casa: uno dellos fue que me había de dejar hablar todoaquello que quisiese, con que no fuese contra el prójimo ni contra laautoridad de vuesa merced; y hasta agora me parece que no he contravenidocontra el tal capítulo.
-Yo no me acuerdo, Sancho -respondió don Quijote-, del tal capítulo; y,puesto que sea así, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos queanoche oímos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios secelebrarán en el frescor de la mañana, y no en el calor de la tarde.
Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante yla albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrandopor la enramada.
Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en unasador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se habíade asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de lahoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas,porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: asíembebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como sifueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma queestaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no teníannúmero; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados delos árboles para que el aire los enfriase.
Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arrobas cada uno, ytodos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimerosde pan blanquísimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras;los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y doscalderas de aceite, mayores que las de un tinte, servían de freír cosas demasa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían enotra caldera de preparada miel que allí junto estaba.
Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todosdiligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estabandoce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de darlesabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlascomprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en unagrande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tanabundante que podía sustentar a un ejército.
Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo seaficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quiénél tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron lavoluntad los zaques; y, últimamente, las frutas de sartén, si es que sepodían llamar sartenes las tan orondas calderas; y así, sin poderlo sufrirni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitoscocineros, y, con corteses y hambrientas razones, le rogó le dejase mojarun mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinerorespondió:
-Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición lahambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón,y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.
-No veo ninguno -respondió Sancho.
-Esperad -dijo el cocinero-. ¡Pecador de mí, y qué melindroso y para pocodebéis de ser!
Y, diciendo esto, asió de un caldero, y, encajándole en una de las mediastinajas, sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:
-Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la horadel yantar.
-No tengo en qué echarla -respondió Sancho.
-Pues llevaos -dijo el cocinero- la cuchara y todo, que la riqueza y elcontento de Camacho todo lo suple.
En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cómo,por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre docehermosísimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchoscascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; loscuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por elprado, con regocijada algazara y grita, diciendo:
-¡Vivan Camacho y Quiteria: él tan rico como ella hermosa, y ella la máshermosa del mundo!
Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:
-Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si lahubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta suQuiteria.
De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramadamuchas y diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas, de hastaveinte y cuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos dedelgado y blanquísimo lienzo, con sus paños de tocar, labrados de variascolores de fina seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo,preguntó uno de los de las yeguas si se había herido alguno de losdanzantes.
-Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.
Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros, con tantas vueltas ycon tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantesdanzas, ninguna le había parecido tan bien como aquélla.
También le pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozasque, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años,vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y partesueltos, pero todos tan rubios, que con los del sol podían tenercompetencia, sobre los cuales traían guirnaldas de jazmines, rosas,amaranto y madreselva compuestas. Guiábalas un venerable viejo y unaanciana matrona, pero más ligeros y sueltos que sus años prometían.Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y enlos ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban lasmejores bailadoras del mundo.
Tras ésta entró otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Erade ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era guía eldios Cupido, y de la otra, el Interés; aquél, adornado de alas, arco,aljaba y saetas; éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda.Las ninfas que al Amor seguían traían a las espaldas, en pargamino blanco yletras grandes, escritos sus nombres: poesía era el título de la primera,el de la segunda discreción, el de la tercera buen linaje, el de la cuartavalentía; del modo mesmo venían señaladas las que al Interés seguían: decíaliberalidad el título de la primera, dádiva el de la segunda, tesoro el dela tercera y el de la cuarta posesión pacífica. Delante de todos venía uncastillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos deyedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural, que por poco espantarana Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de suscuadros traía escrito: castillo del buen recato. Hacíanles el son cuatrodiestros tañedores de tamboril y flauta.
Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojosy flechaba el arco contra una doncella que se ponía entre las almenas delcastillo, a la cual desta suerte dijo:
-Yo soy el dios poderoso
en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra
en su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo;
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y vedo.
Acabó la copla, disparó una flecha por lo alto del castillo y retiróse asu puesto. Salió luego el Interés, y hizo otras dos mudanzas; callaron lostamborinos, y él dijo:
-Soy quien puede más que Amor,
y es Amor el que me guía;
soy de la estirpe mejor
que el cielo en la tierra cría,
más conocida y mayor.
Soy el Interés, en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro;
y cual soy te me consagro,
por siempre jamás, amén.
Retiróse el Interés, y hízose adelante la Poesía; la cual, después de haberhecho sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la doncella delcastillo, dijo:
-En dulcísimos conceptos,
la dulcísima Poesía,
altos, graves y discretos,
señora, el alma te envía
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porfía, tu fortuna,
de otras muchas invidiada,
será por mí levantada
sobre el cerco de la luna.
Desvióse la Poesía, y de la parte del Interés salió la Liberalidad, y,después de hechas sus mudanzas, dijo:
-Llaman Liberalidad
al dar que el estremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
de hoy más, pródiga he de ser;
que, aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.
Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dosescuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunoselegantes y algunos ridículos, y sólo tomó de memoria don Quijote -que latenía grande- los ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo ydeshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba elAmor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas, pero elInterés quebraba en él alcancías doradas.
Finalmente, después de haber bailado un buen espacio, el Interés sacó unbolsón, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parecía estarlleno de dineros, y, arrojándole al castillo, con el golpe se desencajaronlas tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensaalguna. Llegó el Interés con las figuras de su valía, y, echándola una grancadena de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; locual visto por el Amor y sus valedores, hicieron ademán de quitársela; ytodas las demostraciones que hacían eran al son de los tamborinos, bailandoy danzando concertadamente. Pusiéronlos en paz los salvajes, los cuales conmucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas del castillo, y ladoncella se encerró en él como de nuevo, y con esto se acabó la danza congran contento de los que la miraban.
Preguntó don Quijote a una de las ninfas que quién la había compuesto yordenado. Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenía gentilcaletre para semejantes invenciones.
-Yo apostaré -dijo don Quijote- que debe de ser más amigo de Camacho que deBasilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener más de satíricoque de vísperas: ¡bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio ylas riquezas de Camacho!
Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:
-El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.
-En fin -dijo don Quijote-, bien se parece, Sancho, que eres villano y deaquéllos que dicen: "¡Viva quien vence!"
-No sé de los que soy -respondió Sancho-, pero bien sé que nunca de ollasde Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de lasde Camacho.
Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una,comenzó a comer con mucho donaire y gana, y dijo:
-¡A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes,y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decíauna agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener seatenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso alhaber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballoenalbardado. Así que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollasson abundantes espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las deBasilio serán, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.
-¿Has acabado tu arenga, Sancho? -dijo don Quijote.
-Habréla acabado -respondió Sancho-, porque veo que vuestra merced recibepesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra habíacortada para tres días.
-Plega a Dios, Sancho -replicó don Quijote-, que yo te vea mudo antes queme muera.
-Al paso que llevamos -respondió Sancho-, antes que vuestra merced se mueraestaré yo mascando barro, y entonces podrá ser que esté tan mudo que nohable palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día delJuicio.
-Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho! -respondió don Quijote-, nunca llegarátu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablaren tu vida; y más, que está muy puesto en razón natural que primero llegueel día de mi muerte que el de la tuya; y así, jamás pienso verte mudo, niaun cuando estés bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.
-A buena fe, señor -respondió Sancho-, que no hay que fiar en ladescarnada, digo, en la muerte, la cual también come cordero como carnero;y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres delos reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más depoder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, yde toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No essegador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta así laseca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y tragacuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta;y, aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta debeber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de aguafría.
-No más, Sancho -dijo a este punto don Quijote-. Tente en buenas, y no tedejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tusrústicos términos es lo que pudiera decir un buen predicador. Dígote,Sancho que si como tienes buen natural y discreción, pudieras tomar unpúlpito en la mano y irte por ese mundo predicando lindezas...
-Bien predica quien bien vive -respondió Sancho-, y yo no sé otrastologías.
-Ni las has menester -dijo don Quijote-; pero yo no acabo de entender nialcanzar cómo, siendo el principio de la sabiduría el temor de Dios, tú,que temes más a un lagarto que a Él, sabes tanto.
-Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías -respondió Sancho-, y no semeta en juzgar de los temores o valentías ajenas, que tan gentil temerososoy yo de Dios como cada hijo de vecino; y déjeme vuestra merced despabilaresta espuma, que lo demás todas son palabras ociosas, de que nos han depedir cuenta en la otra vida.
Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero, con tanbuenos alientos que despertó los de don Quijote, y sin duda le ayudara, sino lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.
-¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, puessin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado espíritu, ni tepersiguen encantadores, ni sobresaltan encantamentos! Duerme, digo otravez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos detu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de loque has de hacer para comer otro día tú y tu pequeña y angustiada familia.Ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues loslímites de tus deseos no se estienden a más que a pensar tu jumento; que elde tu persona sobre mis hombros le tienes puesto: contrapeso y carga quepuso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el criado, y estávelando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacermercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a latierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino al señor, que hade sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad yabundancia.
A todo esto no respondió Sancho, porque dormía, ni despertara tan presto sidon Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver en sí. Despertó,en fin, soñoliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:
-De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto másde torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olorescomienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.
-Acaba, glotón -dijo don Quijote-; ven, iremos a ver estos desposorios, porver lo que hace el desdeñado Basilio.
-Mas que haga lo que quisiere -respondió Sancho-: no fuera él pobre ycasárase con Quiteria. ¿No hay más sino tener un cuarto y querer alzarsepor las nubes? A la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe decontentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostaréun brazo que puede Camacho envolver en reales a Basilio; y si esto es así,como debe de ser, bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y lasjoyas que le debe de haber dado, y le puede dar Camacho, por escoger eltirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro debarra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en lataberna. Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga elconde Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buendinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puedelevantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es eldinero.
-Por quien Dios es, Sancho -dijo a esta sazón don Quijote-, que concluyascon tu arenga; que tengo para mí que si te dejasen seguir en las que a cadapaso comienzas, no te quedaría tiempo para comer ni para dormir, que todole gastarías en hablar.
-Si vuestra merced tuviera buena memoria -replicó Sancho-, debiéraseacordar de los capítulos de nuestro concierto antes que esta última vezsaliésemos de casa: uno dellos fue que me había de dejar hablar todoaquello que quisiese, con que no fuese contra el prójimo ni contra laautoridad de vuesa merced; y hasta agora me parece que no he contravenidocontra el tal capítulo.
-Yo no me acuerdo, Sancho -respondió don Quijote-, del tal capítulo; y,puesto que sea así, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos queanoche oímos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios secelebrarán en el frescor de la mañana, y no en el calor de la tarde.
Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante yla albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrandopor la enramada.
Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en unasador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se habíade asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de lahoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas,porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: asíembebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como sifueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma queestaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no teníannúmero; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados delos árboles para que el aire los enfriase.
Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arrobas cada uno, ytodos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimerosde pan blanquísimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras;los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y doscalderas de aceite, mayores que las de un tinte, servían de freír cosas demasa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían enotra caldera de preparada miel que allí junto estaba.
Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todosdiligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estabandoce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de darlesabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlascomprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en unagrande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tanabundante que podía sustentar a un ejército.
Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo seaficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quiénél tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron lavoluntad los zaques; y, últimamente, las frutas de sartén, si es que sepodían llamar sartenes las tan orondas calderas; y así, sin poderlo sufrirni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitoscocineros, y, con corteses y hambrientas razones, le rogó le dejase mojarun mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinerorespondió:
-Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición lahambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón,y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.
-No veo ninguno -respondió Sancho.
-Esperad -dijo el cocinero-. ¡Pecador de mí, y qué melindroso y para pocodebéis de ser!
Y, diciendo esto, asió de un caldero, y, encajándole en una de las mediastinajas, sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:
-Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la horadel yantar.
-No tengo en qué echarla -respondió Sancho.
-Pues llevaos -dijo el cocinero- la cuchara y todo, que la riqueza y elcontento de Camacho todo lo suple.
En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cómo,por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre docehermosísimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchoscascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; loscuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por elprado, con regocijada algazara y grita, diciendo:
-¡Vivan Camacho y Quiteria: él tan rico como ella hermosa, y ella la máshermosa del mundo!
Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:
-Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si lahubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta suQuiteria.
De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramadamuchas y diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas, de hastaveinte y cuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos dedelgado y blanquísimo lienzo, con sus paños de tocar, labrados de variascolores de fina seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo,preguntó uno de los de las yeguas si se había herido alguno de losdanzantes.
-Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.
Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros, con tantas vueltas ycon tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantesdanzas, ninguna le había parecido tan bien como aquélla.
También le pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozasque, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años,vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y partesueltos, pero todos tan rubios, que con los del sol podían tenercompetencia, sobre los cuales traían guirnaldas de jazmines, rosas,amaranto y madreselva compuestas. Guiábalas un venerable viejo y unaanciana matrona, pero más ligeros y sueltos que sus años prometían.Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y enlos ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban lasmejores bailadoras del mundo.
Tras ésta entró otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Erade ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era guía eldios Cupido, y de la otra, el Interés; aquél, adornado de alas, arco,aljaba y saetas; éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda.Las ninfas que al Amor seguían traían a las espaldas, en pargamino blanco yletras grandes, escritos sus nombres: poesía era el título de la primera,el de la segunda discreción, el de la tercera buen linaje, el de la cuartavalentía; del modo mesmo venían señaladas las que al Interés seguían: decíaliberalidad el título de la primera, dádiva el de la segunda, tesoro el dela tercera y el de la cuarta posesión pacífica. Delante de todos venía uncastillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos deyedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural, que por poco espantarana Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de suscuadros traía escrito: castillo del buen recato. Hacíanles el son cuatrodiestros tañedores de tamboril y flauta.
Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojosy flechaba el arco contra una doncella que se ponía entre las almenas delcastillo, a la cual desta suerte dijo:
-Yo soy el dios poderoso
en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra
en su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo;
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y vedo.
Acabó la copla, disparó una flecha por lo alto del castillo y retiróse asu puesto. Salió luego el Interés, y hizo otras dos mudanzas; callaron lostamborinos, y él dijo:
-Soy quien puede más que Amor,
y es Amor el que me guía;
soy de la estirpe mejor
que el cielo en la tierra cría,
más conocida y mayor.
Soy el Interés, en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro;
y cual soy te me consagro,
por siempre jamás, amén.
Retiróse el Interés, y hízose adelante la Poesía; la cual, después de haberhecho sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la doncella delcastillo, dijo:
-En dulcísimos conceptos,
la dulcísima Poesía,
altos, graves y discretos,
señora, el alma te envía
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porfía, tu fortuna,
de otras muchas invidiada,
será por mí levantada
sobre el cerco de la luna.
Desvióse la Poesía, y de la parte del Interés salió la Liberalidad, y,después de hechas sus mudanzas, dijo:
-Llaman Liberalidad
al dar que el estremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
de hoy más, pródiga he de ser;
que, aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.
Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dosescuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunoselegantes y algunos ridículos, y sólo tomó de memoria don Quijote -que latenía grande- los ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo ydeshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba elAmor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas, pero elInterés quebraba en él alcancías doradas.
Finalmente, después de haber bailado un buen espacio, el Interés sacó unbolsón, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parecía estarlleno de dineros, y, arrojándole al castillo, con el golpe se desencajaronlas tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensaalguna. Llegó el Interés con las figuras de su valía, y, echándola una grancadena de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; locual visto por el Amor y sus valedores, hicieron ademán de quitársela; ytodas las demostraciones que hacían eran al son de los tamborinos, bailandoy danzando concertadamente. Pusiéronlos en paz los salvajes, los cuales conmucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas del castillo, y ladoncella se encerró en él como de nuevo, y con esto se acabó la danza congran contento de los que la miraban.
Preguntó don Quijote a una de las ninfas que quién la había compuesto yordenado. Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenía gentilcaletre para semejantes invenciones.
-Yo apostaré -dijo don Quijote- que debe de ser más amigo de Camacho que deBasilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener más de satíricoque de vísperas: ¡bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio ylas riquezas de Camacho!
Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:
-El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.
-En fin -dijo don Quijote-, bien se parece, Sancho, que eres villano y deaquéllos que dicen: "¡Viva quien vence!"
-No sé de los que soy -respondió Sancho-, pero bien sé que nunca de ollasde Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de lasde Camacho.
Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una,comenzó a comer con mucho donaire y gana, y dijo:
-¡A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes,y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decíauna agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener seatenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso alhaber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballoenalbardado. Así que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollasson abundantes espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las deBasilio serán, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.
-¿Has acabado tu arenga, Sancho? -dijo don Quijote.
-Habréla acabado -respondió Sancho-, porque veo que vuestra merced recibepesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra habíacortada para tres días.
-Plega a Dios, Sancho -replicó don Quijote-, que yo te vea mudo antes queme muera.
-Al paso que llevamos -respondió Sancho-, antes que vuestra merced se mueraestaré yo mascando barro, y entonces podrá ser que esté tan mudo que nohable palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día delJuicio.
-Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho! -respondió don Quijote-, nunca llegarátu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablaren tu vida; y más, que está muy puesto en razón natural que primero llegueel día de mi muerte que el de la tuya; y así, jamás pienso verte mudo, niaun cuando estés bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.
-A buena fe, señor -respondió Sancho-, que no hay que fiar en ladescarnada, digo, en la muerte, la cual también come cordero como carnero;y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres delos reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más depoder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, yde toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No essegador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta así laseca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y tragacuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta;y, aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta debeber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de aguafría.
-No más, Sancho -dijo a este punto don Quijote-. Tente en buenas, y no tedejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tusrústicos términos es lo que pudiera decir un buen predicador. Dígote,Sancho que si como tienes buen natural y discreción, pudieras tomar unpúlpito en la mano y irte por ese mundo predicando lindezas...
-Bien predica quien bien vive -respondió Sancho-, y yo no sé otrastologías.
-Ni las has menester -dijo don Quijote-; pero yo no acabo de entender nialcanzar cómo, siendo el principio de la sabiduría el temor de Dios, tú,que temes más a un lagarto que a Él, sabes tanto.
-Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías -respondió Sancho-, y no semeta en juzgar de los temores o valentías ajenas, que tan gentil temerososoy yo de Dios como cada hijo de vecino; y déjeme vuestra merced despabilaresta espuma, que lo demás todas son palabras ociosas, de que nos han depedir cuenta en la otra vida.
Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero, con tanbuenos alientos que despertó los de don Quijote, y sin duda le ayudara, sino lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.
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