Capítulo XXI: Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos sucesos


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Cuando estaban don Quijote y Sancho en las razones referidas en el capítuloantecedente, se oyeron grandes voces y gran ruido, y dábanlas y causábanlelos de las yeguas, que con larga carrera y grita iban a recebir a losnovios, que, rodeados de mil géneros de instrumentos y de invenciones,venían acompañados del cura, y de la parentela de entrambos, y de toda lagente más lucida de los lugares circunvecinos, todos vestidos de fiesta. Ycomo Sancho vio a la novia, dijo:

-A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega.¡Pardiez, que según diviso, que las patenas que había de traer son ricoscorales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! ¡Ymontas que la guarnición es de tiras de lienzo, blanca!, ¡voto a mí que esde raso!; pues, ¡tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache!: nomedre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con pelrasblancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. ¡Ohhideputa, y qué cabellos; que, si no son postizos, no los he visto masluengos ni más rubios en toda mi vida! ¡No, sino ponedla tacha en el brío yen el talle, y no la comparéis a una palma que se mueve cargada de racimosde dátiles, que lo mesmo parecen los dijes que trae pendientes de loscabellos y de la garganta! Juro en mi ánima que ella es una chapada moza, yque puede pasar por los bancos de Flandes.

Rióse don Quijote de las rústicas alabanzas de Sancho Panza; parecióle que,fuera de su señora Dulcinea del Toboso, no había visto mujer más hermosajamás. Venía la hermosa Quiteria algo descolorida, y debía de ser de lamala noche que siempre pasan las novias en componerse para el día veniderode sus bodas. Íbanse acercando a un teatro que a un lado del prado estaba,adornado de alfombras y ramos, adonde se habían de hacer los desposorios, yde donde habían de mirar las danzas y las invenciones; y, a la sazón quellegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces, y una que decía:

-Esperaos un poco, gente tan inconsiderada como presurosa.

A cuyas voces y palabras todos volvieron la cabeza, y vieron que las dabaun hombre vestido, al parecer, de un sayo negro, jironado de carmesí allamas. Venía coronado -como se vio luego- con una corona de funestociprés; en las manos traía un bastón grande. En llegando más cerca, fueconocido de todos por el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos,esperando en qué habían de parar sus voces y sus palabras, temiendo algúnmal suceso de su venida en sazón semejante.

Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y, puesto delante de los desposados,hincando el bastón en el suelo, que tenía el cuento de una punta de acero,mudada la color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca,estas razones dijo:

-Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley queprofesamos, que viviendo yo, tú no puedes tomar esposo; y juntamente noignoras que, por esperar yo que el tiempo y mi diligencia mejorasen losbienes de mi fortuna, no he querido dejar de guardar el decoro que a tuhonra convenía; pero tú, echando a las espaldas todas las obligaciones quedebes a mi buen deseo, quieres hacer señor de lo que es mío a otro, cuyasriquezas le sirven no sólo de buena fortuna, sino de bonísima ventura. Ypara que la tenga colmada, y no como yo pienso que la merece, sino como sela quieren dar los cielos, yo, por mis manos, desharé el imposible o elinconveniente que puede estorbársela, quitándome a mí de por medio. ¡Viva,viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, ymuera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha y lepuso en la sepultura!

Y, diciendo esto, asió del bastón que tenía hincado en el suelo, y,quedándose la mitad dél en la tierra, mostró que servía de vaina a unmediano estoque que en él se ocultaba; y, puesta la que se podía llamarempuñadura en el suelo, con ligero desenfado y determinado propósito searrojó sobre él, y en un punto mostró la punta sangrienta a las espaldas,con la mitad del acerada cuchilla, quedando el triste bañado en su sangre ytendido en el suelo, de sus mismas armas traspasado.

Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria ylastimosa desgracia; y, dejando don Quijote a Rocinante, acudió afavorecerle y le tomó en sus brazos, y halló que aún no había espirado.Quisiéronle sacar el estoque, pero el cura, que estaba presente, fue deparecer que no se le sacasen antes de confesarle, porque el sacársele y elespirar sería todo a un tiempo. Pero, volviendo un poco en sí Basilio, convoz doliente y desmayada dijo:

-Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este último y forzoso trance lamano de esposa, aún pensaría que mi temeridad tendría desculpa, pues enella alcancé el bien de ser tuyo.

El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese a la salud del alma antesque a los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdón desus pecados y de su desesperada determinación. A lo cual replicó Basilioque en ninguna manera se confesaría si primero Quiteria no le daba la manode ser su esposa: que aquel contento le adobaría la voluntad y le daríaaliento para confesarse.

En oyendo don Quijote la petición del herido, en altas voces dijo queBasilio pedía una cosa muy justa y puesta en razón, y además, muy hacedera,y que el señor Camacho quedaría tan honrado recibiendo a la señora Quiteriaviuda del valeroso Basilio como si la recibiera del lado de su padre:

-Aquí no ha de haber más de un sí, que no tenga otro efecto que elpronunciarle, pues el tálamo de estas bodas ha de ser la sepultura.

Todo lo oía Camacho, y todo le tenía suspenso y confuso, sin saber quéhacer ni qué decir; pero las voces de los amigos de Basilio fueron tantas,pidiéndole que consintiese que Quiteria le diese la mano de esposa, porquesu alma no se perdiese, partiendo desesperado desta vida, que le movieron,y aun forzaron, a decir que si Quiteria quería dársela, que él secontentaba, pues todo era dilatar por un momento el cumplimiento de susdeseos.

Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos, y otros con lágrimas,y otros con eficaces razones, la persuadían que diese la mano al pobreBasilio; y ella, más dura que un mármol y más sesga que una estatua,mostraba que ni sabía ni podía, ni quería responder palabra; ni larespondiera si el cura no la dijera que se determinase presto en lo quehabía de hacer, porque tenía Basilio ya el alma en los dientes, y no dabalugar a esperar inresolutas determinaciones.

Entonces la hermosa Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, alparecer triste y pesarosa, llegó donde Basilio estaba, ya los ojos vueltos,el aliento corto y apresurado, murmurando entre los dientes el nombre deQuiteria, dando muestras de morir como gentil, y no como cristiano. Llegó,en fin, Quiteria, y, puesta de rodillas, le pidió la mano por señas, y nopor palabras. Desencajó los ojos Basilio, y, mirándola atentamente, ledijo:

-¡Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha deservir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzaspara llevar la gloria que me das en escogerme por tuyo, ni para suspenderel dolor que tan apriesa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombrade la muerte! Lo que te suplico es, ¡oh fatal estrella mía!, que la manoque me pides y quieres darme no sea por cumplimiento, ni para engañarme denuevo, sino que confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, mela entregas y me la das como a tu legítimo esposo; pues no es razón que enun trance como éste me engañes, ni uses de fingimientos con quien tantasverdades ha tratado contigo.

Entre estas razones, se desmayaba, de modo que todos los presentes pensabanque cada desmayo se había de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honestay toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo:

-Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad; y así, con la máslibre que tengo te doy la mano de legítima esposa, y recibo la tuya, si esque me la das de tu libre albedrío, sin que la turbe ni contraste lacalamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto.

-Sí doy -respondió Basilio-, no turbado ni confuso, sino con el claroentendimiento que el cielo quiso darme; y así, me doy y me entrego por tuesposo.

-Y yo por tu esposa -respondió Quiteria-, ahora vivas largos años, ahora telleven de mis brazos a la sepultura.

-Para estar tan herido este mancebo -dijo a este punto Sancho Panza-, muchohabla; háganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que, a miparecer, más la tiene en la lengua que en los dientes.

Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno ylloroso, los echó la bendición y pidió al cielo diese buen poso al alma delnuevo desposado; el cual, así como recibió la bendición, con prestaligereza se levantó en pie, y con no vista desenvoltura se sacó el estoque,a quien servía de vaina su cuerpo.

Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, más simplesque curiosos, en altas voces, comenzaron a decir:

-¡Milagro, milagro!

Pero Basilio replicó:

-¡No "milagro, milagro", sino industria, industria!

El cura, desatentado y atónito, acudió con ambas manos a tentar la herida,y halló que la cuchilla había pasado, no por la carne y costillas deBasilio, sino por un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquellugar bien acomodado tenía; preparada la sangre, según después se supo, demodo que no se helase.

Finalmente, el cura y Camacho, con todos los más circunstantes, se tuvieronpor burlados y escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle de laburla; antes, oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engañoso,no había de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cualcoligieron todos que de consentimiento y sabiduría de los dos se habíatrazado aquel caso, de lo que quedó Camacho y sus valedores tan corridosque remitieron su venganza a las manos, y, desenvainando muchas espadas,arremetieron a Basilio, en cuyo favor en un instante se desenvainaron casiotras tantas. Y, tomando la delantera a caballo don Quijote, con la lanzasobre el brazo y bien cubierto de su escudo, se hacía dar lugar de todos.Sancho, a quien jamás pluguieron ni solazaron semejantes fechurías, seacogió a las tinajas, donde había sacado su agradable espuma, pareciéndoleaquel lugar como sagrado, que había de ser tenido en respeto. Don Quijote,a grandes voces, decía:

-Teneos, señores, teneos, que no es razón toméis venganza de los agraviosque el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una mismacosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardidesy estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competenciasamorosas se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen paraconseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de lacosa amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa yfavorable disposición de los cielos. Camacho es rico, y podrá comprar sugusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene más desta oveja, y nose la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a los dos que Diosjunta no podrá separar el hombre; y el que lo intentare, primero ha depasar por la punta desta lanza.

Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan diestramente, que puso pavor entodos los que no le conocían, y tan intensamente se fijó en la imaginaciónde Camacho el desdén de Quiteria, que se la borró de la memoria en uninstante; y así, tuvieron lugar con él las persuasiones del cura, que eravarón prudente y bien intencionado, con las cuales quedó Camacho y los desu parcialidad pacíficos y sosegados; en señal de lo cual volvieron lasespadas a sus lugares, culpando más a la facilidad de Quiteria que a laindustria de Basilio; haciendo discurso Camacho que si Quiteria quería biena Basilio doncella, también le quisiera casada, y que debía de dar graciasal cielo, más por habérsela quitado que por habérsela dado.

Consolado, pues, y pacífico Camacho y los de su mesnada, todos los de la deBasilio se sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar que no sentía laburla, ni la estimaba en nada, quiso que las fiestas pasasen adelante comosi realmente se desposara; pero no quisieron asistir a ellas Basilio ni suesposa ni secuaces; y así, se fueron a la aldea de Basilio, que también lospobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare, comolos ricos tienen quien los lisonjee y acompañe.

Llevarónse consigo a don Quijote, estimándole por hombre de valor y de peloen pecho. A sólo Sancho se le escureció el alma, por verse imposibilitadode aguardar la espléndida comida y fiestas de Camacho, que duraron hasta lanoche; y así, asenderado y triste, siguió a su señor, que con la cuadrillade Basilio iba, y así se dejó atrás las ollas de Egipto, aunque las llevabaen el alma, cuya ya casi consumida y acabada espuma, que en el calderollevaba, le representaba la gloria y la abundancia del bien que perdía; yasí, congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio,siguió las huellas de Rocinante.

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