Capítulo XXII: Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el valeroso don Quijote de la Mancha


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a donQuijote, obligados de las muestras que había dado defendiendo su causa, yal par de la valentía le graduaron la discreción, teniéndole por un Cid enlas armas y por un Cicerón en la elocuencia. El buen Sancho se refocilótres días a costa de los novios, de los cuales se supo que no fue trazacomunicada con la hermosa Quiteria el herirse fingidamente, sino industriade Basilio, esperando della el mesmo suceso que se había visto; bien esverdad que confesó que había dado parte de su pensamiento a algunos de susamigos, para que al tiempo necesario favoreciesen su intención y abonasensu engaño.

-No se pueden ni deben llamar engaños -dijo don Quijote- los que ponen lamira en virtuosos fines.

Y que el de casarse los enamorados era el fin de más excelencia,advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es la hambre y lacontinua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento, ymás cuando el amante está en posesión de la cosa amada, contra quien sonenemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza; y que todo estodecía con intención de que se dejase el señor Basilio de ejercitar lashabilidades que sabe, que, aunque le daban fama, no le daban dineros, y queatendiese a granjear hacienda por medios lícitos e industriosos, que nuncafaltan a los prudentes y aplicados.

-El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda entener mujer hermosa, que, cuando se la quitan, le quitan la honra y se lamatan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece sercoronada con laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, porsí sola, atrae las voluntades de cuantos la miran y conocen, y como aseñuelo gustoso se le abaten las águilas reales y los pájaros altaneros;pero si a la tal hermosura se le junta la necesidad y la estrecheza,también la embisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapiña; yla que está a tantos encuentros firme bien merece llamarse corona de sumarido. Mirad, discreto Basilio -añadió don Quijote-: opinión fue de no séqué sabio que no había en todo el mundo sino una sola mujer buena, y dabapor consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era lasuya, y así viviría contento. Yo no soy casado, ni hasta agora me ha venidoen pensamiento serlo; y, con todo esto, me atrevería a dar consejo al queme lo pidiese del modo que había de buscar la mujer con quien se quisiesecasar. Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que a lahacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con serbuena, sino con parecerlo; que mucho más dañan a las honras de las mujereslas desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traesbuena mujer a tu casa, fácil cosa sería conservarla, y aun mejorarla, enaquella bondad; pero si la traes mala, en trabajo te pondrá el enmendarla:que no es muy hacedero pasar de un estremo a otro. Yo no digo que seaimposible, pero téngolo por dificultoso.

Oía todo esto Sancho, y dijo entre sí:

-Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia suele decirque podría yo tomar un púlpito en las manos y irme por ese mundo adelantepredicando lindezas; y yo digo dél que cuando comienza a enhilar sentenciasy a dar consejos, no sólo puede tomar púlpito en las manos, sino dos encada dedo, y andarse por esas plazas a ¿qué quieres boca? ¡Válate el diablopor caballero andante, que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima quesólo podía saber aquello que tocaba a sus caballerías, pero no hay cosadonde no pique y deje de meter su cucharada.

Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyóle su señor, y preguntóle:

-¿Qué murmuras, Sancho?

-No digo nada, ni murmuro de nada -respondió Sancho-; sólo estaba diciendoentre mí que quisiera haber oído lo que vuesa merced aquí ha dicho antesque me casara, que quizá dijera yo agora: "El buey suelto bien se lame".

-¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? -dijo don Quijote.

-No es muy mala -respondió Sancho-, pero no es muy buena; a lo menos, no estan buena como yo quisiera.

-Mal haces, Sancho -dijo don Quijote-, en decir mal de tu mujer, que, enefecto, es madre de tus hijos.

-No nos debemos nada -respondió Sancho-, que también ella dice mal de mícuando se le antoja, especialmente cuando está celosa, que entonces súfralael mesmo Satanás.

Finalmente, tres días estuvieron con los novios, donde fueron regalados yservidos como cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro licenciado lediese una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque teníagran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas lasmaravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos. Ellicenciado le dijo que le daría a un primo suyo, famoso estudiante y muyaficionado a leer libros de caballerías, el cual con mucha voluntad lepondría a la boca de la mesma cueva, y le enseñaría las lagunas de Ruidera,famosas ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda España; y díjole quellevaría con él gustoso entretenimiento, a causa que era mozo que sabíahacer libros para imprimir y para dirigirlos a príncipes. Finalmente, elprimo vino con una pollina preñada, cuya albarda cubría un gayado tapete oarpillera. Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio, proveyó susalforjas, a las cuales acompañaron las del primo, asimismo bien proveídas,y, encomendándose a Dios y despediéndose de todos, se pusieron en camino,tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos.

En el camino preguntó don Quijote al primo de qué género y calidad eran susejercicios, su profesión y estudios; a lo que él respondió que suprofesión era ser humanista; sus ejercicios y estudios, componer librospara dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimientopara la república; que el uno se intitulaba el de las libreas, donde pintasetecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de dondepodían sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos loscaballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando,como dicen, el cerbelo, por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones.

-Porque doy al celoso, al desdeñado, al olvidado y al ausente las que lesconvienen, que les vendrán más justas que pecadoras. Otro libro tengotambién, a quien he de llamar Metamorfóseos, o Ovidio español, de invenciónnueva y rara; porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quiénfue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño deVecinguerra, de Córdoba, quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena,las fuentes de Leganitos y Lavapiés, en Madrid, no olvidándome de la delPiojo, de la del Caño Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías,metáforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseñan a unmismo punto. Otro libro tengo, que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro,que trata de la invención de las cosas, que es de grande erudición yestudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro de gransustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo. Olvidósele aVirgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo,y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y yo lodeclaro al pie de la letra, y lo autorizo con más de veinte y cincoautores: porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser útilel tal libro a todo el mundo.

Sancho, que había estado muy atento a la narración del primo, le dijo:

-Dígame, señor, así Dios le dé buena manderecha en la impresión de suslibros: ¿sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe, quién fue elprimero que se rascó en la cabeza, que yo para mí tengo que debió de sernuestro padre Adán?

-Sí sería -respondió el primo-, porque Adán no hay duda sino que tuvocabeza y cabellos; y, siendo esto así, y siendo el primer hombre del mundo,alguna vez se rascaría.

-Así lo creo yo -respondió Sancho-; pero dígame ahora: ¿quién fue el primervolteador del mundo?

-En verdad, hermano -respondió el primo-, que no me sabré determinar porahora, hasta que lo estudie. Yo lo estudiaré, en volviendo adonde tengo mislibros, y yo os satisfaré cuando otra vez nos veamos, que no ha de ser éstala postrera.

-Pues mire, señor -replicó Sancho-, no tome trabajo en esto, que ahora hecaído en la cuenta de lo que le he preguntado. Sepa que el primer volteadordel mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vinovolteando hasta los abismos.

-Tienes razón, amigo -dijo el primo.

Y dijo don Quijote:

-Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has oído decir.

-Calle, señor -replicó Sancho-, que a buena fe que si me doy a preguntar ya responder, que no acabe de aquí a mañana. Sí, que para preguntarnecedades y responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda devecinos.

-Más has dicho, Sancho, de lo que sabes -dijo don Quijote-; que hay algunosque se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas yaveriguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.

En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche sealbergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote quedesde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que sillevaba determinado de entrar en ella, era menester proverse de sogas, paraatarse y descolgarse en su profundidad.

Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba;y así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día, a las dos de latarde, llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena decambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas,que de todo en todo la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo,Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortísimamente conlas sogas; y, en tanto que le fajaban y ceñían, le dijo Sancho:

-Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar envida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algúnpozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñadordesta que debe de ser peor que mazmorra.

-Ata y calla -respondió don Quijote-, que tal empresa como aquésta, Sanchoamigo, para mí estaba guardada.

Y entonces dijo la guía:

-Suplico a vuesa merced, señor don Quijote, que mire bien y especule concien ojos lo que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las ponga yo en ellibro de mis Transformaciones.

-En manos está el pandero que le sabrá bien tañer -respondió Sancho Panza.

Dicho esto y acabada la ligadura de don Quijote -que no fue sobre el arnés,sino sobre el jubón de armar-, dijo don Quijote:

-Inadvertidos hemos andado en no habernos proveído de algún esquilónpequeño, que fuera atado junto a mí en esta mesma soga, con cuyo sonido seentendiera que todavía bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, ala mano de Dios, que me guíe.

Y luego se hincó de rodillas y hizo una oración en voz baja al cielo,pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer,peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego:

-¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea delToboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogacionesdeste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches,que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora quetanto le he menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en elabismo que aquí se me representa, sólo porque conozca el mundo que si tú mefavoreces, no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe.

Y, en diciendo esto, se acercó a la sima; vio no ser posible descolgarse,ni hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas,y así, poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellasmalezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendosalieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tanespesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo; y si élfuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal yescusara de encerrarse en lugar semejante.

Finalmente se levantó, y, viendo que no salían más cuervos ni otras avesnoturnas, como fueron murciélagos, que asimismo entre los cuervos salieron,dándole soga el primo y Sancho, se dejó calar al fondo de la cavernaespantosa; y, al entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo sobre élmil cruces, dijo:

-¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor,nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo,corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelvalibre, sano y sin cautela a la luz desta vida, que dejas por enterrarte enesta escuridad que buscas!

Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo.

Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y más soga, y ellos se ladaban poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salían,dejaron de oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien brazas de soga, yfueron de parecer de volver a subir a don Quijote, pues no le podían darmás cuerda. Con todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cualespacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno,señal que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro; y,creyéndolo así, Sancho lloraba amargamente y tiraba con mucha priesa pordesengañarse, pero, llegando, a su parecer, a poco más de las ochentabrazas, sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente, a lasdiez vieron distintamente a don Quijote, a quien dio voces Sancho,diciéndole:

-Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío, que ya pensábamos que sequedaba allá para casta.

Pero no respondía palabra don Quijote; y, sacándole del todo, vieron quetraía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en elsuelo y desliáronle, y con todo esto no despertaba; pero tanto le volvierony revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvióen sí, desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueñodespertara; y, mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:

-Dios os lo perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa yagradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto,ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombray sueño, o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos!¡Oh mal ferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, yvosotras sin dicha ijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las quelloraron vuestros hermosos ojos!

Escuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las decíacomo si con dolor inmenso las sacara de las entrañas. Suplicáronle lesdiese a entender lo que decía, y les dijese lo que en aquel infierno habíavisto.

-¿Infierno le llamáis? -dijo don Quijote-; pues no le llaméis ansí, porqueno lo merece, como luego veréis.

Pidió que le diesen algo de comer, que traía grandísima hambre. Tendieronla arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron a la despensa de susalforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compaña, merendaron ycenaron, todo junto. Levantada la arpillera, dijo don Quijote de la Mancha:

-No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.

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