Capítulo XXIII: De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Las cuatro de la tarde serían cuando el sol, entre nubes cubierto, con luzescasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que, sin calor ypesadumbre, contase a sus dos clarísimos oyentes lo que en la cueva deMontesinos había visto. Y comenzó en el modo siguiente:

-A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a laderecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ellaun gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios oagujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra.Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohíno deverme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura regiónabajo, sin llevar cierto ni determinado camino; y así, determiné entrarmeen ella y descansar un poco. Di voces, pidiéndoos que no descolgásedes mássoga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oírme. Fui recogiendola soga que enviábades, y, haciendo della una rosca o rimero, me sentésobre él, pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar alfondo, no teniendo quién me sustentase; y, estando en este pensamiento yconfusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo; y,cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me halléen la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar lanaturaleza ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé losojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto;con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yomismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero eltacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, mecertificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofreciósemeluego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros yparedes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cualabriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacía mí se veníaun venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por elsuelo le arrastraba: ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial,de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba,canísima, le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosariode cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismocomo huevos medianos de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y laanchísima presencia, cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron yadmiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente,y luego decirme: ''Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de laMancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte,para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cuevapor donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardadapara ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo stupendo. Venconmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que estetransparente alcázar solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayorperpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre''.Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunté si fue verdad lo queen el mundo de acá arriba se contaba: que él había sacado de la mitad delpecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte yllevádole a la Señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte.Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga, porque no fue daga,ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna.

-Debía de ser -dijo a este punto Sancho- el tal puñal de Ramón de Hoces, elsevillano.

-No sé -prosiguió don Quijote-, pero no sería dese puñalero, porque Ramónde Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, hamuchos años; y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni alterala verdad y contesto de la historia.

-Así es -respondió el primo-; prosiga vuestra merced, señor don Quijote,que le escucho con el mayor gusto del mundo.

-No con menor lo cuento yo -respondió don Quijote-; y así, digo que elvenerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una salabaja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro demármol, con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballerotendido de largo a largo, no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho,como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puroshuesos. Tenía la mano derecha (que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa,señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón,y, antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al delsepulcro, me dijo: ''Éste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de loscaballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado,como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel francésencantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es que nofue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo.El cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando lostiempos, que no están muy lejos, según imagino. Lo que a mí me admira esque sé, tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de suvida en mis brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mispropias manos; y en verdad que debía de pesar dos libras, porque, según losnaturales, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor valentía del quele tiene pequeño. Pues siendo esto así, y que realmente murió estecaballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como siestuviese vivo?'' Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz,dijo:

''¡Oh, mi primo Montesinos!

Lo postrero que os rogaba,

que cuando yo fuere muerto,

y mi ánima arrancada,

que llevéis mi corazón

adonde Belerma estaba,

sacándomele del pecho,

ya con puñal, ya con daga.''

Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante ellastimado caballero, y, con lágrimas en los ojos, le dijo: ''Ya, señorDurandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciagodía de nuestra pérdida: yo os saqué el corazón lo mejor que pude, sin queos dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo depuntas; yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos primero puestoen el seno de la tierra, con tantas lágrimas, que fueron bastantes alavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenían, de haberosandado en las entrañas; y, por más señas, primo de mi alma, en el primerolugar que topé, saliendo de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestrocorazón, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado,a la presencia de la señora Belerma; la cual, con vos, y conmigo, y conGuadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dossobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquíencantados el sabio Merlín ha muchos años; y, aunque pasan de quinientos,no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus hijas ysobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlíndellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo delos vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas deRuidera; las siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de loscaballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana,vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en unrío llamado de su mesmo nombre; el cual, cuando llegó a la superficie de latierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de verque os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero, como noes posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando saley se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de susaguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que sellegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo esto, pordondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia decriar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos,bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo, ¡oh primomío!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respondéis, imagino que nome dais crédito, o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios losabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan dealivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera. Sabed quetenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, aquel grancaballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aqueldon Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que enlos pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andantecaballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemosdesencantados; que las grandes hazañas para los grandes hombres estánguardadas''. ''Y cuando así no sea -respondió el lastimado Durandarte convoz desmayada y baja-, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia ybarajar''. Y, volviéndose de lado, tornó a su acostumbrado silencio, sinhablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos,acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza, yvi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesión de doshileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantesblancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hilerasvenía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro,con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbanteera mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y lanariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes,que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunqueeran blancos como unas peladas almendras; traía en las manos un lienzodelgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de carne momia,según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos como toda aquella gente dela procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con susdos señores estaban encantados, y que la última, que traía el corazón entreel lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus doncellascuatro días en la semana hacían aquella procesión y cantaban, o, por mejordecir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de suprimo; y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía lafama, era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamentopasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza.''Y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil,ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun años, que no letiene ni asoma por sus puertas, sino del dolor que siente su corazón por elque de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria ladesgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas laigualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tancelebrada en todos estos contornos, y aun en todo el mundo''. ''¡Ceposquedos! -dije yo entonces-, señor don Montesinos: cuente vuesa merced suhistoria como debe, que ya sabe que toda comparación es odiosa, y así, nohay para qué comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del Toboso esquien es, y la señora doña Belerma es quien es, y quien ha sido, y quédeseaquí''. A lo que él me respondió: ''Señor don Quijote, perdóneme vuesamerced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir que apenasigualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me bastaba a mí haberentendido, por no sé qué barruntos, que vuesa merced es su caballero, paraque me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo''.Con esta satisfación que me dio el gran Montesinos se quietó mi corazón delsobresalto que recebí en oír que a mi señora la comparaban con Belerma.

-Y aun me maravillo yo -dijo Sancho- de cómo vuestra merced no se subiósobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló las barbas,sin dejarle pelo en ellas.

-No, Sancho amigo -respondió don Quijote-, no me estaba a mí bien hacereso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunqueno sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados;yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas yrespuestas que entre los dos pasamos.

A esta sazón dijo el primo:

-Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco espacio detiempo como ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado yrespondido tanto.

-¿Cuánto ha que bajé? -preguntó don Quijote.

-Poco más de una hora -respondió Sancho.

-Eso no puede ser -replicó don Quijote-, porque allá me anocheció yamaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a micuenta, tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a lavista nuestra.

-Verdad debe de decir mi señor -dijo Sancho-, que, como todas las cosas quele han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece unhora, debe de parecer allá tres días con sus noches.

-Así será -respondió don Quijote.

-Y ¿ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío? -preguntó elprimo.

-No me he desayunado de bocado -respondió don Quijote-, ni aun he tenidohambre, ni por pensamiento.

-Y los encantados, ¿comen? -dijo el primo.

-No comen -respondió don Quijote-, ni tienen escrementos mayores; aunque esopinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.

-¿Y duermen, por ventura, los encantados, señor? -preguntó Sancho.

-No, por cierto -respondió don Quijote-; a lo menos, en estos tres días queyo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.

-Aquí encaja bien el refrán -dijo Sancho- de dime con quién andas, decirtehe quién eres: ándase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes,mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Peroperdóneme vuestra merced, señor mío, si le digo que de todo cuanto aquí hadicho, lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna.

-¿Cómo no? -dijo el primo-, pues ¿había de mentir el señor don Quijote,que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tantomillón de mentiras?

-Yo no creo que mi señor miente -respondió Sancho.

-Si no, ¿qué crees? -le preguntó don Quijote.

-Creo -respondió Sancho- que aquel Merlín, o aquellos encantadores queencantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto ycomunicado allá bajo, le encajaron en el magín o la memoria toda esamáquina que nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda.

-Todo eso pudiera ser, Sancho -replicó don Quijote-, pero no es así, porquelo que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué con mis mismasmanos. Pero, ¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo, entre otras infinitascosas y maravillas que me mostró Montesinos, las cuales despacio y a sustiempos te las iré contando en el discurso de nuestro viaje, por no sertodas deste lugar, me mostró tres labradoras que por aquellos amenísimoscampos iban saltando y brincando como cabras; y, apenas las hube visto,cuando conocí ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dosaquellas mismas labradoras que venían con ella, que hablamos a la salidadel Toboso? Pregunté a Montesinos si las conocía, respondióme que no, peroque él imaginaba que debían de ser algunas señoras principales encantadas,que pocos días había que en aquellos prados habían parecido; y que no memaravillase desto, porque allí estaban otras muchas señoras de los pasadosy presentes siglos, encantadas en diferentes y estrañas figuras, entre lascuales conocía él a la reina Ginebra y su dueña Quintañona, escanciando elvino a Lanzarote, cuando de Bretaña vino.

Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su amo, pensó perder el juicio, omorirse de risa; que, como él sabía la verdad del fingido encanto deDulcinea, de quien él había sido el encantador y el levantador de taltestimonio, acabó de conocer indubitablemente que su señor estaba fuera dejuicio y loco de todo punto; y así, le dijo:

-En mala coyuntura y en peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced,caro patrón mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró con el señorMontesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acáarriba con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, hablandosentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayoresdisparates que pueden imaginarse.

-Como te conozco, Sancho -respondió don Quijote-, no hago caso de tuspalabras.

-Ni yo tampoco de las de vuestra merced -replicó Sancho-, siquiera mehiera, siquiera me mate por las que le he dicho, o por las que le piensodecir si en las suyas no se corrige y enmienda. Pero dígame vuestra merced,ahora que estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció a la señora nuestra ama? Ysi la habló, ¿qué dijo, y qué le respondió?

-Conocíla -respondió don Quijote- en que trae los mesmos vestidos que traíacuando tú me le mostraste. Habléla, pero no me respondió palabra; antes, mevolvió las espaldas, y se fue huyendo con tanta priesa, que no la alcanzarauna jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me aconsejara Montesinos queno me cansase en ello, porque sería en balde, y más porque se llegaba lahora donde me convenía volver a salir de la sima. Díjome asimesmo que,andando el tiempo, se me daría aviso cómo habían de ser desencantados él, yBelerma y Durandarte, con todos los que allí estaban; pero lo que más pename dio, de las que allí vi y noté, fue que, estándome diciendo Montesinosestas razones, se llegó a mí por un lado, sin que yo la viese venir, una delas dos compañeras de la sin ventura Dulcinea, y, llenos los ojos delágrimas, con turbada y baja voz, me dijo: ''Mi señora Dulcinea del Tobosobesa a vuestra merced las manos, y suplica a vuestra merced se la haga dehacerla saber cómo está; y que, por estar en una gran necesidad, asimismosuplica a vuestra merced, cuan encarecidamente puede, sea servido deprestarle sobre este faldellín que aquí traigo, de cotonía, nuevo, mediadocena de reales, o los que vuestra merced tuviere, que ella da su palabrade volvérselos con mucha brevedad''. Suspendióme y admiróme el tal recado,y, volviéndome al señor Montesinos, le pregunté: ''¿Es posible, señorMontesinos, que los encantados principales padecen necesidad?'' A lo que élme respondió: ''Créame vuestra merced, señor don Quijote de la Mancha, queésta que llaman necesidad adondequiera se usa, y por todo se estiende, y atodos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y, pues la señoraDulcinea del Toboso envía a pedir esos seis reales, y la prenda es buena,según parece, no hay sino dárselos; que, sin duda, debe de estar puesta enalgún grande aprieto''. ''Prenda, no la tomaré yo -le respondí-, ni menosle daré lo que pide, porque no tengo sino solos cuatro reales''; los cualesle di (que fueron los que tú, Sancho, me diste el otro día para dar limosnaa los pobres que topase por los caminos), y le dije: ''Decid, amiga mía, avuesa señora que a mí me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisieraser un Fúcar para remediarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debotener salud careciendo de su agradable vista y discreta conversación, y quele suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servida su merced de dejarsever y tratar deste su cautivo servidor y asendereado caballero. Diréisletambién que, cuando menos se lo piense, oirá decir como yo he hecho unjuramento y voto, a modo de aquel que hizo el marqués de Mantua, de vengara su sobrino Baldovinos, cuando le halló para espirar en mitad de lamontiña, que fue de no comer pan a manteles, con las otras zarandajas queallí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo de no sosegar, y de andar lassiete partidas del mundo, con más puntualidad que las anduvo el infante donPedro de Portugal, hasta desencantarla''. ''Todo eso, y más, debe vuestramerced a mi señora'', me respondió la doncella. Y, tomando los cuatroreales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que selevantó dos varas de medir en el aire.

-¡Oh santo Dios! -dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho-. ¿Esposible que tal hay en el mundo, y que tengan en él tanta fuerza losencantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi señoren una tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor, por quien Dios es, quevuestra merced mire por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito a esasvaciedades que le tienen menguado y descabalado el sentido!

-Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera -dijo don Quijote-; y,como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas quetienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andará el tiempo,como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo hevisto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admiteréplica ni disputa.

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