Capítulo XXIV: Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XXIV
Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribiósu primer autor Cide Hamete Benengeli, que, llegando al capítulo de laaventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas, demano del mesmo Hamete, estas mismas razones:
''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso donQuijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo quedaescrito: la razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sidocontingibles y verisímiles, pero ésta desta cueva no le hallo entradaalguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términosrazonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el másverdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible;que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, consideroque él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que nopudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y siesta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarlapor falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga loque te pareciere, que yo no debo ni puedo más; puesto que se tiene porcierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della, y dijoque él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien conlas aventuras que había leído en sus historias''.
Y luego prosigue, diciendo:
Espantóse el primo, así del atrevimiento de Sancho Panza como de lapaciencia de su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber visto a suseñora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condiciónblanda que entonces mostraba; porque, si así no fuera, palabras y razonesle dijo Sancho, que merecían molerle a palos; porque realmente le parecióque había andado atrevidillo con su señor, a quien le dijo:
-Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornadaque con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas.La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad.La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos,con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me serviránpara el Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender laantigüedad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo delemperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesamerced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacioque estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: ''Paciencia ybarajar''; y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado,sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperadorCarlomagno. Y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro quevoy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invenciónde las antigüedades; y creo que en el suyo no se acordó de poner la de losnaipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y másalegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. Lacuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana,hasta ahora ignorado de las gentes.
-Vuestra merced tiene razón -dijo don Quijote-, pero querría yo saber, yaque Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos suslibros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos.
-Señores y grandes hay en España a quien puedan dirigirse -dijo el primo.
-No muchos -respondió don Quijote-; y no porque no lo merezcan, sino que noquieren admitirlos, por no obligarse a la satisfación que parece se debe altrabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo que puede suplirla falta de los demás, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas,quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos; pero quédeseesto aquí para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde recogernosesta noche.
-No lejos de aquí -respondió el primo- está una ermita, donde hace suhabitación un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y está en opinión de serun buen cristiano, y muy discreto y caritativo además. Junto con la ermitatiene una pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo,aunque chica, es capaz de recibir huéspedes.
-¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño? -preguntó Sancho.
-Pocos ermitaños están sin ellas -respondió don Quijote-, porque no son losque agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestíande hojas de palma y comían raíces de la tierra. Y no se entienda que pordecir bien de aquéllos no lo digo de aquéstos, sino que quiero decir que alrigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora;pero no por esto dejan de ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos losjuzgo; y, cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que sefinge bueno que el público pecador.
Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre apie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que venía cargado delanzas y de alabardas. Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de largo.Don Quijote le dijo:
-Buen hombre, deteneos, que parece que vais con más diligencia que esemacho ha menester.
-No me puedo detener, señor -respondió el hombre-, porque las armas queveis que aquí llevo han de servir mañana; y así, me es forzoso el nodetenerme, y a Dios. Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en laventa que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si esque hacéis este mesmo camino, allí me hallaréis, donde os contarémaravillas. Y a Dios otra vez.
Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote depreguntarle qué maravillas eran las que pensaba decirles; y, como él eraalgo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenóque al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sintocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.
Hízose así, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino dela venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo adon Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyó esto SanchoPanza, cuando encaminó el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron donQuijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que elermitaño no estuviese en casa; que así se lo dijo una sotaermitaño que enla ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lotenía, pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.
-Si yo la tuviera de agua -respondió Sancho-, pozos hay en el camino,donde la hubiera satisfecho. ¡Ah bodas de Camacho y abundancia de la casade don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!
Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trechotoparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa;y así, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puestoun bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, debíande ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porquetraía puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y lacamisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a usode corte; la edad llegaría a diez y ocho o diez y nueve años; alegre derostro, y, al parecer, ágil de su persona. Iba cantando seguidillas, paraentretener el trabajo del camino. Cuando llegaron a él, acababa de cantaruna, que el primo tomó de memoria, que dicen que decía:
A la guerra me llevami necesidad;si tuviera dineros,no fuera, en verdad.
El primero que le habló fue don Quijote, diciéndole:
-Muy a la ligera camina vuesa merced, señor galán. Y ¿adónde bueno?Sepamos, si es que gusta decirlo.
A lo que el mozo respondió:
-El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adónde voyes a la guerra.
-¿Cómo la pobreza? -preguntó don Quijote-; que por el calor bien puede ser.
-Señor -replicó el mancebo-, yo llevo en este envoltorio unos greguescos deterciopelo, compañeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no mepodré honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,así por esto como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unascompañías de infantería que no están doce leguas de aquí, donde asentaré miplaza, y no faltarán bagajes en que caminar de allí adelante hasta elembarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y más quiero tener por amo ypor señor al rey, y servirle en la guerra, que no a un pelón en la corte.
-Y ¿lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? -preguntó el primo.
-Si yo hubiera servido a algún grande de España, o algún principalpersonaje -respondió el mozo-, a buen seguro que yo la llevara, que esotiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alférez ocapitanes, o con algún buen entretenimiento; pero yo, desventurado, servísiempre a catarriberas y a gente advenediza, de ración y quitación tanmísera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consumía la mitaddella; y sería tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase algunasiquiera razonable ventura.
-Y dígame, por su vida, amigo -preguntó don Quijote-: ¿es posible que enlos años que sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?
-Dos me han dado -respondió el paje-; pero, así como el que se sale dealguna religión antes de profesar le quitan el hábito y le vuelven susvestidos, así me volvían a mí los míos mis amos, que, acabados los negociosa que venían a la corte, se volvían a sus casas y recogían las libreas quepor sola ostentación habían dado.
-Notable espilorchería, como dice el italiano -dijo don Quijote-; pero, contodo eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buenaintención como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra más honrada nide más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y señornatural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales sealcanzan, si no más riquezas, a lo menos, más honra que por las letras,como yo tengo dicho muchas veces; que, puesto que han fundado másmayorazgos las letras que las armas, todavía llevan un no sé qué los de lasarmas a los de las letras, con un sí sé qué de esplendor que se halla enellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir lléveloen la memoria, que le será de mucho provecho y alivio en sus trabajos; y esque, aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, queel peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos esel morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano,cuál era la mejor muerte; respondió que la impensada, la de repente y noprevista; y, aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento delverdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimientohumano; que, puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, oya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo esmorir, y acabóse la obra; y, según Terencio, más bien parece el soldadomuerto en la batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de famael buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los quemandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler apólvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrácoger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza; cuantomás, que ya se va dando orden cómo se entretengan y remedien los soldadosviejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelenhacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y nopueden servir, y, echándolos de casa con título de libres, los hacenesclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Ypor ahora no os quiero decir más, sino que subáis a las ancas deste micaballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo, y por la mañana seguiréisel camino, que os le dé Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.
El paje no aceptó el convite de las ancas, aunque sí el de cenar con él enla venta; y, a esta sazón, dicen que dijo Sancho entre sí:
-¡Válate Dios por señor! Y ¿es posible que hombre que sabe decir tales,tantas y tan buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto losdisparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien,ello dirá.
Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anochecía, y no sin gusto deSancho, por ver que su señor la juzgó por verdadera venta, y no porcastillo, como solía. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote preguntóal ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondióque en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de susjumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejorlugar de la caballeriza.
''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso donQuijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo quedaescrito: la razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sidocontingibles y verisímiles, pero ésta desta cueva no le hallo entradaalguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términosrazonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el másverdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible;que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, consideroque él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que nopudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y siesta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarlapor falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga loque te pareciere, que yo no debo ni puedo más; puesto que se tiene porcierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della, y dijoque él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien conlas aventuras que había leído en sus historias''.
Y luego prosigue, diciendo:
Espantóse el primo, así del atrevimiento de Sancho Panza como de lapaciencia de su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber visto a suseñora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condiciónblanda que entonces mostraba; porque, si así no fuera, palabras y razonesle dijo Sancho, que merecían molerle a palos; porque realmente le parecióque había andado atrevidillo con su señor, a quien le dijo:
-Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornadaque con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas.La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad.La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos,con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me serviránpara el Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender laantigüedad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo delemperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesamerced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacioque estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: ''Paciencia ybarajar''; y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado,sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperadorCarlomagno. Y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro quevoy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invenciónde las antigüedades; y creo que en el suyo no se acordó de poner la de losnaipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y másalegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. Lacuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana,hasta ahora ignorado de las gentes.
-Vuestra merced tiene razón -dijo don Quijote-, pero querría yo saber, yaque Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos suslibros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos.
-Señores y grandes hay en España a quien puedan dirigirse -dijo el primo.
-No muchos -respondió don Quijote-; y no porque no lo merezcan, sino que noquieren admitirlos, por no obligarse a la satisfación que parece se debe altrabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo que puede suplirla falta de los demás, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas,quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos; pero quédeseesto aquí para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde recogernosesta noche.
-No lejos de aquí -respondió el primo- está una ermita, donde hace suhabitación un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y está en opinión de serun buen cristiano, y muy discreto y caritativo además. Junto con la ermitatiene una pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo,aunque chica, es capaz de recibir huéspedes.
-¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño? -preguntó Sancho.
-Pocos ermitaños están sin ellas -respondió don Quijote-, porque no son losque agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestíande hojas de palma y comían raíces de la tierra. Y no se entienda que pordecir bien de aquéllos no lo digo de aquéstos, sino que quiero decir que alrigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora;pero no por esto dejan de ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos losjuzgo; y, cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que sefinge bueno que el público pecador.
Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre apie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que venía cargado delanzas y de alabardas. Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de largo.Don Quijote le dijo:
-Buen hombre, deteneos, que parece que vais con más diligencia que esemacho ha menester.
-No me puedo detener, señor -respondió el hombre-, porque las armas queveis que aquí llevo han de servir mañana; y así, me es forzoso el nodetenerme, y a Dios. Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en laventa que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si esque hacéis este mesmo camino, allí me hallaréis, donde os contarémaravillas. Y a Dios otra vez.
Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote depreguntarle qué maravillas eran las que pensaba decirles; y, como él eraalgo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenóque al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sintocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.
Hízose así, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino dela venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo adon Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyó esto SanchoPanza, cuando encaminó el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron donQuijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que elermitaño no estuviese en casa; que así se lo dijo una sotaermitaño que enla ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lotenía, pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.
-Si yo la tuviera de agua -respondió Sancho-, pozos hay en el camino,donde la hubiera satisfecho. ¡Ah bodas de Camacho y abundancia de la casade don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!
Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trechotoparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa;y así, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puestoun bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, debíande ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porquetraía puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y lacamisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a usode corte; la edad llegaría a diez y ocho o diez y nueve años; alegre derostro, y, al parecer, ágil de su persona. Iba cantando seguidillas, paraentretener el trabajo del camino. Cuando llegaron a él, acababa de cantaruna, que el primo tomó de memoria, que dicen que decía:
A la guerra me llevami necesidad;si tuviera dineros,no fuera, en verdad.
El primero que le habló fue don Quijote, diciéndole:
-Muy a la ligera camina vuesa merced, señor galán. Y ¿adónde bueno?Sepamos, si es que gusta decirlo.
A lo que el mozo respondió:
-El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adónde voyes a la guerra.
-¿Cómo la pobreza? -preguntó don Quijote-; que por el calor bien puede ser.
-Señor -replicó el mancebo-, yo llevo en este envoltorio unos greguescos deterciopelo, compañeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no mepodré honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,así por esto como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unascompañías de infantería que no están doce leguas de aquí, donde asentaré miplaza, y no faltarán bagajes en que caminar de allí adelante hasta elembarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y más quiero tener por amo ypor señor al rey, y servirle en la guerra, que no a un pelón en la corte.
-Y ¿lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? -preguntó el primo.
-Si yo hubiera servido a algún grande de España, o algún principalpersonaje -respondió el mozo-, a buen seguro que yo la llevara, que esotiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alférez ocapitanes, o con algún buen entretenimiento; pero yo, desventurado, servísiempre a catarriberas y a gente advenediza, de ración y quitación tanmísera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consumía la mitaddella; y sería tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase algunasiquiera razonable ventura.
-Y dígame, por su vida, amigo -preguntó don Quijote-: ¿es posible que enlos años que sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?
-Dos me han dado -respondió el paje-; pero, así como el que se sale dealguna religión antes de profesar le quitan el hábito y le vuelven susvestidos, así me volvían a mí los míos mis amos, que, acabados los negociosa que venían a la corte, se volvían a sus casas y recogían las libreas quepor sola ostentación habían dado.
-Notable espilorchería, como dice el italiano -dijo don Quijote-; pero, contodo eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buenaintención como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra más honrada nide más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y señornatural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales sealcanzan, si no más riquezas, a lo menos, más honra que por las letras,como yo tengo dicho muchas veces; que, puesto que han fundado másmayorazgos las letras que las armas, todavía llevan un no sé qué los de lasarmas a los de las letras, con un sí sé qué de esplendor que se halla enellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir lléveloen la memoria, que le será de mucho provecho y alivio en sus trabajos; y esque, aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, queel peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos esel morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano,cuál era la mejor muerte; respondió que la impensada, la de repente y noprevista; y, aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento delverdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimientohumano; que, puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, oya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo esmorir, y acabóse la obra; y, según Terencio, más bien parece el soldadomuerto en la batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de famael buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los quemandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler apólvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrácoger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza; cuantomás, que ya se va dando orden cómo se entretengan y remedien los soldadosviejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelenhacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y nopueden servir, y, echándolos de casa con título de libres, los hacenesclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Ypor ahora no os quiero decir más, sino que subáis a las ancas deste micaballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo, y por la mañana seguiréisel camino, que os le dé Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.
El paje no aceptó el convite de las ancas, aunque sí el de cenar con él enla venta; y, a esta sazón, dicen que dijo Sancho entre sí:
-¡Válate Dios por señor! Y ¿es posible que hombre que sabe decir tales,tantas y tan buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto losdisparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien,ello dirá.
Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anochecía, y no sin gusto deSancho, por ver que su señor la juzgó por verdadera venta, y no porcastillo, como solía. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote preguntóal ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondióque en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de susjumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejorlugar de la caballeriza.
Capítulo anterior: De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa
Capítulo siguiente: Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino