Capítulo XXVI: Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XXVI
Callaron todos, tirios y troyanos; quiero decir, pendientes estaban todoslos que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas,cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas, ydispararse mucha artillería, cuyo rumor pasó en tiempo breve, y luego alzóla voz el muchacho, y dijo:
-Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacadaal pie de la letra de las corónicas francesas y de los romances españolesque andan en boca de las gentes, y de los muchachos, por esas calles. Tratade la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, queestaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña, queasí se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza; y vean vuesasmercedes allí cómo está jugando a las tablas don Gaiferos, según aquelloque se canta:
Jugando está a las tablas don Gaiferos,
que ya de Melisendra está olvidado.
Y aquel personaje que allí asoma, con corona en la cabeza y ceptro en lasmanos, es el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, elcual, mohíno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir; yadviertan con la vehemencia y ahínco que le riñe, que no parece sino que lequiere dar con el ceptro media docena de coscorrones, y aun hay autores quedicen que se los dio, y muy bien dados; y, después de haberle dicho muchascosas acerca del peligro que corría su honra en no procurar la libertad desu esposa, dicen que le dijo:
''Harto os he dicho: miradlo''.
Miren vuestras mercedes también cómo el emperador vuelve las espaldas ydeja despechado a don Gaiferos, el cual ya ven como arroja, impaciente dela cólera, lejos de sí el tablero y las tablas, y pide apriesa las armas, ya don Roldán, su primo, pide prestada su espada Durindana, y cómo donRoldán no se la quiere prestar, ofreciéndole su compañía en la difícilempresa en que se pone; pero el valeroso enojado no lo quiere aceptar;antes, dice que él solo es bastante para sacar a su esposa, si bienestuviese metida en el más hondo centro de la tierra; y, con esto, se entraa armar, para ponerse luego en camino. Vuelvan vuestras mercedes los ojos aaquella torre que allí parece, que se presupone que es una de las torresdel alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería; y aquella dama queen aquel balcón parece, vestida a lo moro, es la sin par Melisendra, quedesde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y, puesta laimaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Mirentambién un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No veenaquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, sellega por las espaldas de Melisendra? Pues miren cómo la da un beso enmitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir, y a limpiárseloscon la blanca manga de su camisa, y cómo se lamenta, y se arranca de pesarsus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio. Mirentambién cómo aquel grave moro que está en aquellos corredores es el reyMarsilio de Sansueña; el cual, por haber visto la insolencia del moro,puesto que era un pariente y gran privado suyo, le mandó luego prender, yque le den docientos azotes, llevándole por las calles acostumbradas de laciudad, con chilladores delante y envaramiento detrás;y veis aquí donde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas nohabiendo sido puesta en ejecución la culpa; porque entre moros no hay"traslado a la parte", ni "a prueba y estése", como entre nosotros.
-Niño, niño -dijo con voz alta a esta sazón don Quijote-, seguid vuestrahistoria línea recta, y no os metáis en las curvas o transversales; que,para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas.
También dijo maese Pedro desde dentro:
-Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, queserá lo más acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos,que se suelen quebrar de sotiles.
-Yo lo haré así -respondió el muchacho; y prosiguió, diciendo-: Esta figuraque aquí parece a caballo, cubierta con una capa gascona, es la mesma dedon Gaiferos, a quien su esposa, ya vengada del atrevimiento del enamoradomoro, con mejor y más sosegado semblante, se ha puesto a los miradores dela torre, y habla con su esposo, creyendo que es algún pasajero, con quienpasó todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen:
Caballero, si a Francia ides,
por Gaiferos preguntad;
las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar elfastidio; basta ver cómo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanesalegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, ymás ahora que veemos se descuelga del balcón, para ponerse en las ancas delcaballo de su buen esposo. Mas, ¡ay, sin ventura!, que se le ha asido unapunta del faldellín de uno de los hierros del balcón, y está pendiente enel aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso cielo socorreen las mayores necesidades, pues llega don Gaiferos, y, sin mirar si serasgará o no el rico faldellín, ase della, y mal su grado la hace bajar alsuelo, y luego, de un brinco, la pone sobre las ancas de su caballo, ahorcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le eche losbrazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no secaiga, a causa que no estaba la señora Melisendra acostumbrada a semejantescaballerías. Veis también cómo los relinchos del caballo dan señales que vacontento con la valiente y hermosa carga que lleva en su señor y en suseñora. Veis cómo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres yregocijados toman de París la vía. ¡Vais en paz, oh par sin par deverdaderos amantes! ¡Lleguéis a salvamento a vuestra deseada patria, sinque la fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! ¡Los ojos de vuestrosamigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días, que los deNéstor sean, que os quedan de la vida!
Aquí alzó otra vez la voz maese Pedro, y dijo:
-Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala.
No respondió nada el intérprete; antes, prosiguió, diciendo:
-No faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen labajada y la subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio,el cual mandó luego tocar al arma; y miren con qué priesa, que ya la ciudadse hunde con el son de las campanas que en todas las torres de lasmezquitas suenan.
-¡Eso no! -dijo a esta sazón don Quijote-: en esto de las campanas anda muyimpropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sinoatabales, y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías; y estode sonar campanas en Sansueña sin duda que es un gran disparate.
Lo cual oído por maese Pedro, cesó el tocar y dijo:
-No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar lascosas tan por el cabo que no se le halle. ¿No se representan por ahí, caside ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, contodo eso, corren felicísimamente su carrera, y se escuchan no sólo conaplauso, sino con admiración y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir; que,como yo llene mi talego, si quiere represente más impropiedades que tieneátomos el sol.
-Así es la verdad -replicó don Quijote.
Y el muchacho dijo:
-Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento delos dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainasque tocan y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los hande alcanzar, y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, quesería un horrendo espetáculo.
Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote,parecióle ser bien dar ayuda a los que huían; y, levantándose en pie, envoz alta, dijo:
-No consentiré yo en mis días y en mi presencia se le haga superchería atan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos.¡Deteneos, mal nacida canalla; no le sigáis ni persigáis; si no, conmigosois en la batalla!
Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada, y de un brinco se puso juntoal retablo, y, con acelerada y nunca vista furia, comenzó a llovercuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando aotros, estropeando a éste, destrozando a aquél, y, entre otros muchos, tiróun altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, lecercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa demazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:
-Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos quederriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas depasta. ¡Mire, pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mihacienda!
Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles,tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos dio contodo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas susjarcias y figuras: el rey Marsilio, mal herido, y el emperador Carlomagno,partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotóse el senado de losoyentes, huyóse el mono por los tejados de la ventana, temió el primo,acobardóse el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo,porque, como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a suseñor con tan desatinada cólera. Hecho, pues, el general destrozo delretablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:
-Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen,ni quieren creer, de cuánto provecho sean en el mundo los caballerosandantes: miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen donGaiferos y de la hermosa Melisendra; a buen seguro que ésta fuera ya lahora que los hubieran alcanzado estos canes, y les hubieran hecho algúndesaguisado. En resolución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosashoy viven en la tierra!
-¡Vivan en hora buena -dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro-, ymuera yo, pues soy tan desdichado que puedo decir con el rey don Rodrigo:
Ayer fui señor de España...
y hoy no tengo una almena
que pueda decir que es mía!
No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y deemperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitoscaballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobrey mendigo, y, sobre todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva ami poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal consideradadeste señor caballero, de quien se dice que ampara pupilos, y enderezatuertos, y hace otras obras caritativas; y en mí solo ha venido afaltar su intención generosa, que sean benditos y alabados los cielos, alládonde tienen más levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la TristeFigura había de ser aquel que había de desfigurar las mías.
Enternecióse Sancho Panza con las razones de maese Pedro, y díjole:
-No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazón; porquete hago saber que es mi señor don Quijote tan católico y escrupulosocristiano, que si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, telo sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas.
-Con que me pagase el señor don Quijote alguna parte de las hechuras que meha deshecho, quedaría contento, y su merced aseguraría su conciencia,porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de sudueño y no lo restituye.
-Así es -dijo don Quijote-, pero hasta ahora yo no sé que tenga nadavuestro, maese Pedro.
-¿Cómo no? -respondió maese Pedro-; y estas reliquias que están por esteduro y estéril suelo, ¿quién las esparció y aniquiló, sino la fuerzainvencible dese poderoso brazo?, y ¿cúyos eran sus cuerpos sino míos?, y¿con quién me sustentaba yo sino con ellos?
-Ahora acabo de creer -dijo a este punto don Quijote- lo que otras muchasveces he creído: que estos encantadores que me persiguen no hacen sinoponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me lasmudan y truecan en las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo,señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado quepasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos donGaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno: por eso se me alteróla cólera, y, por cumplir con mi profesión de caballero andante, quise darayuda y favor a los que huían, y con este buen propósito hice lo que habéisvisto; si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malos que mepersiguen; y, con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido demalicia, quiero yo mismo condenarme en costas: vea maese Pedro lo quequiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco a pagárselo luego, enbuena y corriente moneda castellana.
Inclinósele maese Pedro, diciéndole:
-No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso don Quijotede la Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados ymenesterosos vagamundos; y aquí el señor ventero y el gran Sancho seránmedianeros y apreciadores, entre vuesa merced y mí, de lo que valen opodían valer las ya deshechas figuras.
El ventero y Sancho dijeron que así lo harían, y luego maese Pedro alzó delsuelo, con la cabeza menos, al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo:
-Ya se vee cuán imposible es volver a este rey a su ser primero; y así, meparece, salvo mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin y acabamientocuatro reales y medio.
-¡Adelante! -dijo don Quijote.
-Pues por esta abertura de arriba abajo -prosiguió maese Pedro, tomando enlas manos al partido emperador Carlomagno-, no sería mucho que pidiese yocinco reales y un cuartillo.
-No es poco -dijo Sancho.
-Ni mucho -replicó el ventero-; médiese la partida y señálensele cincoreales.
-Dénsele todos cinco y cuartillo -dijo don Quijote-, que no está en uncuartillo más a menos la monta desta notable desgracia; y acabe prestomaese Pedro, que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos dehambre.
-Por esta figura -dijo maese Pedro- que está sin narices y un ojo menos,que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos realesy doce maravedís.
-Aun ahí sería el diablo -dijo don Quijote-, si ya no estuviese Melisendracon su esposo, por lo menos, en la raya de Francia; porque el caballo enque iban, a mí me pareció que antes volaba que corría; y así, no hay paraqué venderme a mí el gato por liebre, presentándome aquí a Melisendradesnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holgándose en Franciacon su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, señormaese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intención sana. Yprosiga.
Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a suprimer tema, no quiso que se le escapase; y así, le dijo:
-Ésta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que laservían; y así, con sesenta maravedís que me den por ella quedaré contentoy bien pagado.
Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, quedespués los moderaron los dos jueces árbitros, con satisfación de laspartes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y, además desto,que luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajode tomar el mono.
-Dáselos, Sancho -dijo don Quijote-, no para tomar el mono, sino la mona; ydocientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre quela señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia yentre los suyos.
-Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono -dijo maese Pedro-, pero nohabrá diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre lehan de forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios y verémonos.
En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y enbuena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.
Antes que amaneciese, se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, yya después de amanecido, se vinieron a despedir de don Quijote el primo yel paje: el uno, para volverse a su tierra; y el otro, a proseguir sucamino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. MaesePedro no quiso volver a entrar en más dimes ni diretes con don Quijote, aquien él conocía muy bien, y así, madrugó antes que el sol, y, cogiendo lasreliquias de su retablo y a su mono, se fue también a buscar sus aventuras.El ventero, que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían suslocuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien, por ordende su señor, y, despidiéndose dél, casi a las ocho del día dejaron la ventay se pusieron en camino, donde los dejaremos ir; que así conviene para darlugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaración desta famosahistoria.
-Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacadaal pie de la letra de las corónicas francesas y de los romances españolesque andan en boca de las gentes, y de los muchachos, por esas calles. Tratade la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, queestaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña, queasí se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza; y vean vuesasmercedes allí cómo está jugando a las tablas don Gaiferos, según aquelloque se canta:
Jugando está a las tablas don Gaiferos,
que ya de Melisendra está olvidado.
Y aquel personaje que allí asoma, con corona en la cabeza y ceptro en lasmanos, es el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, elcual, mohíno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir; yadviertan con la vehemencia y ahínco que le riñe, que no parece sino que lequiere dar con el ceptro media docena de coscorrones, y aun hay autores quedicen que se los dio, y muy bien dados; y, después de haberle dicho muchascosas acerca del peligro que corría su honra en no procurar la libertad desu esposa, dicen que le dijo:
''Harto os he dicho: miradlo''.
Miren vuestras mercedes también cómo el emperador vuelve las espaldas ydeja despechado a don Gaiferos, el cual ya ven como arroja, impaciente dela cólera, lejos de sí el tablero y las tablas, y pide apriesa las armas, ya don Roldán, su primo, pide prestada su espada Durindana, y cómo donRoldán no se la quiere prestar, ofreciéndole su compañía en la difícilempresa en que se pone; pero el valeroso enojado no lo quiere aceptar;antes, dice que él solo es bastante para sacar a su esposa, si bienestuviese metida en el más hondo centro de la tierra; y, con esto, se entraa armar, para ponerse luego en camino. Vuelvan vuestras mercedes los ojos aaquella torre que allí parece, que se presupone que es una de las torresdel alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería; y aquella dama queen aquel balcón parece, vestida a lo moro, es la sin par Melisendra, quedesde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y, puesta laimaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Mirentambién un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No veenaquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, sellega por las espaldas de Melisendra? Pues miren cómo la da un beso enmitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir, y a limpiárseloscon la blanca manga de su camisa, y cómo se lamenta, y se arranca de pesarsus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio. Mirentambién cómo aquel grave moro que está en aquellos corredores es el reyMarsilio de Sansueña; el cual, por haber visto la insolencia del moro,puesto que era un pariente y gran privado suyo, le mandó luego prender, yque le den docientos azotes, llevándole por las calles acostumbradas de laciudad, con chilladores delante y envaramiento detrás;y veis aquí donde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas nohabiendo sido puesta en ejecución la culpa; porque entre moros no hay"traslado a la parte", ni "a prueba y estése", como entre nosotros.
-Niño, niño -dijo con voz alta a esta sazón don Quijote-, seguid vuestrahistoria línea recta, y no os metáis en las curvas o transversales; que,para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas.
También dijo maese Pedro desde dentro:
-Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, queserá lo más acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos,que se suelen quebrar de sotiles.
-Yo lo haré así -respondió el muchacho; y prosiguió, diciendo-: Esta figuraque aquí parece a caballo, cubierta con una capa gascona, es la mesma dedon Gaiferos, a quien su esposa, ya vengada del atrevimiento del enamoradomoro, con mejor y más sosegado semblante, se ha puesto a los miradores dela torre, y habla con su esposo, creyendo que es algún pasajero, con quienpasó todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen:
Caballero, si a Francia ides,
por Gaiferos preguntad;
las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar elfastidio; basta ver cómo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanesalegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, ymás ahora que veemos se descuelga del balcón, para ponerse en las ancas delcaballo de su buen esposo. Mas, ¡ay, sin ventura!, que se le ha asido unapunta del faldellín de uno de los hierros del balcón, y está pendiente enel aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso cielo socorreen las mayores necesidades, pues llega don Gaiferos, y, sin mirar si serasgará o no el rico faldellín, ase della, y mal su grado la hace bajar alsuelo, y luego, de un brinco, la pone sobre las ancas de su caballo, ahorcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le eche losbrazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no secaiga, a causa que no estaba la señora Melisendra acostumbrada a semejantescaballerías. Veis también cómo los relinchos del caballo dan señales que vacontento con la valiente y hermosa carga que lleva en su señor y en suseñora. Veis cómo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres yregocijados toman de París la vía. ¡Vais en paz, oh par sin par deverdaderos amantes! ¡Lleguéis a salvamento a vuestra deseada patria, sinque la fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! ¡Los ojos de vuestrosamigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días, que los deNéstor sean, que os quedan de la vida!
Aquí alzó otra vez la voz maese Pedro, y dijo:
-Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala.
No respondió nada el intérprete; antes, prosiguió, diciendo:
-No faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen labajada y la subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio,el cual mandó luego tocar al arma; y miren con qué priesa, que ya la ciudadse hunde con el son de las campanas que en todas las torres de lasmezquitas suenan.
-¡Eso no! -dijo a esta sazón don Quijote-: en esto de las campanas anda muyimpropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sinoatabales, y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías; y estode sonar campanas en Sansueña sin duda que es un gran disparate.
Lo cual oído por maese Pedro, cesó el tocar y dijo:
-No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar lascosas tan por el cabo que no se le halle. ¿No se representan por ahí, caside ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, contodo eso, corren felicísimamente su carrera, y se escuchan no sólo conaplauso, sino con admiración y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir; que,como yo llene mi talego, si quiere represente más impropiedades que tieneátomos el sol.
-Así es la verdad -replicó don Quijote.
Y el muchacho dijo:
-Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento delos dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainasque tocan y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los hande alcanzar, y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, quesería un horrendo espetáculo.
Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote,parecióle ser bien dar ayuda a los que huían; y, levantándose en pie, envoz alta, dijo:
-No consentiré yo en mis días y en mi presencia se le haga superchería atan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos.¡Deteneos, mal nacida canalla; no le sigáis ni persigáis; si no, conmigosois en la batalla!
Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada, y de un brinco se puso juntoal retablo, y, con acelerada y nunca vista furia, comenzó a llovercuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando aotros, estropeando a éste, destrozando a aquél, y, entre otros muchos, tiróun altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, lecercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa demazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:
-Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos quederriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas depasta. ¡Mire, pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mihacienda!
Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles,tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos dio contodo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas susjarcias y figuras: el rey Marsilio, mal herido, y el emperador Carlomagno,partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotóse el senado de losoyentes, huyóse el mono por los tejados de la ventana, temió el primo,acobardóse el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo,porque, como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a suseñor con tan desatinada cólera. Hecho, pues, el general destrozo delretablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:
-Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen,ni quieren creer, de cuánto provecho sean en el mundo los caballerosandantes: miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen donGaiferos y de la hermosa Melisendra; a buen seguro que ésta fuera ya lahora que los hubieran alcanzado estos canes, y les hubieran hecho algúndesaguisado. En resolución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosashoy viven en la tierra!
-¡Vivan en hora buena -dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro-, ymuera yo, pues soy tan desdichado que puedo decir con el rey don Rodrigo:
Ayer fui señor de España...
y hoy no tengo una almena
que pueda decir que es mía!
No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y deemperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitoscaballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobrey mendigo, y, sobre todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva ami poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal consideradadeste señor caballero, de quien se dice que ampara pupilos, y enderezatuertos, y hace otras obras caritativas; y en mí solo ha venido afaltar su intención generosa, que sean benditos y alabados los cielos, alládonde tienen más levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la TristeFigura había de ser aquel que había de desfigurar las mías.
Enternecióse Sancho Panza con las razones de maese Pedro, y díjole:
-No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazón; porquete hago saber que es mi señor don Quijote tan católico y escrupulosocristiano, que si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, telo sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas.
-Con que me pagase el señor don Quijote alguna parte de las hechuras que meha deshecho, quedaría contento, y su merced aseguraría su conciencia,porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de sudueño y no lo restituye.
-Así es -dijo don Quijote-, pero hasta ahora yo no sé que tenga nadavuestro, maese Pedro.
-¿Cómo no? -respondió maese Pedro-; y estas reliquias que están por esteduro y estéril suelo, ¿quién las esparció y aniquiló, sino la fuerzainvencible dese poderoso brazo?, y ¿cúyos eran sus cuerpos sino míos?, y¿con quién me sustentaba yo sino con ellos?
-Ahora acabo de creer -dijo a este punto don Quijote- lo que otras muchasveces he creído: que estos encantadores que me persiguen no hacen sinoponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me lasmudan y truecan en las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo,señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado quepasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos donGaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno: por eso se me alteróla cólera, y, por cumplir con mi profesión de caballero andante, quise darayuda y favor a los que huían, y con este buen propósito hice lo que habéisvisto; si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malos que mepersiguen; y, con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido demalicia, quiero yo mismo condenarme en costas: vea maese Pedro lo quequiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco a pagárselo luego, enbuena y corriente moneda castellana.
Inclinósele maese Pedro, diciéndole:
-No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso don Quijotede la Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados ymenesterosos vagamundos; y aquí el señor ventero y el gran Sancho seránmedianeros y apreciadores, entre vuesa merced y mí, de lo que valen opodían valer las ya deshechas figuras.
El ventero y Sancho dijeron que así lo harían, y luego maese Pedro alzó delsuelo, con la cabeza menos, al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo:
-Ya se vee cuán imposible es volver a este rey a su ser primero; y así, meparece, salvo mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin y acabamientocuatro reales y medio.
-¡Adelante! -dijo don Quijote.
-Pues por esta abertura de arriba abajo -prosiguió maese Pedro, tomando enlas manos al partido emperador Carlomagno-, no sería mucho que pidiese yocinco reales y un cuartillo.
-No es poco -dijo Sancho.
-Ni mucho -replicó el ventero-; médiese la partida y señálensele cincoreales.
-Dénsele todos cinco y cuartillo -dijo don Quijote-, que no está en uncuartillo más a menos la monta desta notable desgracia; y acabe prestomaese Pedro, que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos dehambre.
-Por esta figura -dijo maese Pedro- que está sin narices y un ojo menos,que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos realesy doce maravedís.
-Aun ahí sería el diablo -dijo don Quijote-, si ya no estuviese Melisendracon su esposo, por lo menos, en la raya de Francia; porque el caballo enque iban, a mí me pareció que antes volaba que corría; y así, no hay paraqué venderme a mí el gato por liebre, presentándome aquí a Melisendradesnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holgándose en Franciacon su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, señormaese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intención sana. Yprosiga.
Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a suprimer tema, no quiso que se le escapase; y así, le dijo:
-Ésta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que laservían; y así, con sesenta maravedís que me den por ella quedaré contentoy bien pagado.
Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, quedespués los moderaron los dos jueces árbitros, con satisfación de laspartes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y, además desto,que luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajode tomar el mono.
-Dáselos, Sancho -dijo don Quijote-, no para tomar el mono, sino la mona; ydocientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre quela señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia yentre los suyos.
-Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono -dijo maese Pedro-, pero nohabrá diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre lehan de forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios y verémonos.
En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y enbuena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.
Antes que amaneciese, se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, yya después de amanecido, se vinieron a despedir de don Quijote el primo yel paje: el uno, para volverse a su tierra; y el otro, a proseguir sucamino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. MaesePedro no quiso volver a entrar en más dimes ni diretes con don Quijote, aquien él conocía muy bien, y así, madrugó antes que el sol, y, cogiendo lasreliquias de su retablo y a su mono, se fue también a buscar sus aventuras.El ventero, que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían suslocuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien, por ordende su señor, y, despidiéndose dél, casi a las ocho del día dejaron la ventay se pusieron en camino, donde los dejaremos ir; que así conviene para darlugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaración desta famosahistoria.
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