Capítulo XXVII: Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XXVII
Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras eneste capítulo: ''Juro como católico cristiano...''; a lo que su traductordice que el jurar Cide Hamete como católico cristiano, siendo él moro, comosin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que, así como el católicocristiano cuando jura, jura, o debe jurar, verdad, y decirla en lo quedijere, así él la decía, como si jurara como cristiano católico, en lo quequería escribir de don Quijote, especialmente en decir quién era maesePedro, y quién el mono adivino que traía admirados todos aquellos puebloscon sus adivinanzas.
Dice, pues, que bien se acordará, el que hubiere leído la primera partedesta historia, de aquel Ginés de Pasamonte, a quien, entre otros galeotes,dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que después le fue malagradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. EsteGinés de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fueel que hurtó a Sancho Panza el rucio; que, por no haberse puesto el cómo niel cuándo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en quéentender a muchos, que atribuían a poca memoria del autor la falta deemprenta. Pero, en resolución, Ginés le hurtó, estando sobre él durmiendoSancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo cuando, estandoSacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, ydespués le cobró Sancho, como se ha contado. Este Ginés, pues, temeroso deno ser hallado de la justicia, que le buscaba para castigarle de susinfinitas bellaquerías y delitos, que fueron tantos y tales, que él mismocompuso un gran volumen contándolos, determinó pasarse al reino de Aragón ycubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio de titerero; que esto yel jugar de manos lo sabía hacer por estremo.
Sucedió, pues, que de unos cristianos ya libres que venían de Berberíacompró aquel mono, a quien enseñó que, en haciéndole cierta señal, se lesubiese en el hombro y le murmurase, o lo pareciese, al oído. Hecho esto,antes que entrase en el lugar donde entraba con su retablo y mono, seinformaba en el lugar más cercano, o de quien él mejor podía, qué cosasparticulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a qué personas; y,llevándolas bien en la memoria, lo primero que hacía era mostrar suretablo, el cual unas veces era de una historia, y otras de otra; perotodas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra, proponía lashabilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado ylo presente; pero que en lo de por venir no se daba maña. Por la respuestade cada pregunta pedía dos reales, y de algunas hacía barato, según tomabael pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien élsabía los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nadapor no pagarle, él hacía la seña al mono, y luego decía que le había dichotal y tal cosa, que venía de molde con lo sucedido. Con esto cobrabacrédito inefable, y andábanse todos tras él. Otras veces, como era tandiscreto, respondía de manera que las respuestas venían bien con laspreguntas; y, como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cómo adevinabasu mono, a todos hacía monas, y llenaba sus esqueros.
Así como entró en la venta, conoció a don Quijote y a Sancho, por cuyoconocimiento le fue fácil poner en admiración a don Quijote y a SanchoPanza, y a todos los que en ella estaban; pero hubiérale de costar caro sidon Quijote bajara un poco más la mano cuando cortó la cabeza al reyMarsilio y destruyó toda su caballería, como queda dicho en el antecedentecapítulo.
Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono.
Y, volviendo a don Quijote de la Mancha, digo que, después de haber salidode la venta, determinó de ver primero las riberas del río Ebro y todosaquellos contornos, antes de entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le dabatiempo para todo el mucho que faltaba desde allí a las justas. Con estaintención siguió su camino, por el cual anduvo dos días sin acontecerlecosa digna de ponerse en escritura, hasta que al tercero, al subir de unaloma, oyó un gran rumor de atambores, de trompetas y arcabuces. Alprincipio pensó que algún tercio de soldados pasaba por aquella parte, ypor verlos picó a Rocinante y subió la loma arriba; y cuando estuvo en lacumbre, vio al pie della, a su parecer, más de docientos hombres armados dediferentes suertes de armas, como si dijésemos lanzones, ballestas,partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y muchas rodelas. Bajódel recuesto y acercóse al escuadrón, tanto, que distintamente vio lasbanderas, juzgó de las colores y notó las empresas que en ellas traían,especialmente una que en un estandarte o jirón de raso blanco venía, en elcual estaba pintado muy al vivo un asno como un pequeño sardesco, la cabezalevantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como siestuviera rebuznando; alrededor dél estaban escritos de letras grandesestos dos versos:
No rebuznaron en balde
el uno y el otro alcalde.
Por esta insignia sacó don Quijote que aquella gente debía de ser delpueblo del rebuzno, y así se lo dijo a Sancho, declarándole lo que en elestandarte venía escrito. Díjole también que el que les había dado noticiade aquel caso se había errado en decir que dos regidores habían sido losque rebuznaron; pero que, según los versos del estandarte, no habían sidosino alcaldes. A lo que respondió Sancho Panza:
-Señor, en eso no hay que reparar, que bien puede ser que los regidores queentonces rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, yasí, se pueden llamar con entrambos títulos; cuanto más, que no hace alcaso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores,como ellos una por una hayan rebuznado; porque tan a pique está de rebuznarun alcalde como un regidor.
Finalmente, conocieron y supieron como el pueblo corrido salía a pelear conotro que le corría más de lo justo y de lo que se debía a la buenavecindad.
Fuese llegando a ellos don Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho, quenunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas. Los del escuadrón lerecogieron en medio, creyendo que era alguno de los de su parcialidad. DonQuijote, alzando la visera, con gentil brío y continente, llegó hasta elestandarte del asno, y allí se le pusieron alrededor todos los másprincipales del ejército, por verle, admirados con la admiraciónacostumbrada en que caían todos aquellos que la vez primera le miraban. DonQuijote, que los vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le hablase nile preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio, y, rompiendo elsuyo, alzó la voz y dijo:
-Buenos señores, cuan encarecidamente puedo, os suplico que no interrumpáisun razonamiento que quiero haceros, hasta que veáis que os disgusta yenfada; que si esto sucede, con la más mínima señal que me hagáis pondré unsello en mi boca y echaré una mordaza a mi lengua.
Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana leescucharían. Don Quijote, con esta licencia, prosiguió diciendo:
Yo, señores míos, soy caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas,y cuya profesión la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a losmenesterosos. Días ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que osmueve a tomar las armas a cada paso, para vengaros de vuestros enemigos; y,habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestronegocio, hallo, según las leyes del duelo, que estáis engañados en tenerospor afrentados, porque ningún particular puede afrentar a un pueblo entero,si no es retándole de traidor por junto, porque no sabe en particular quiéncometió la traición por que le reta. Ejemplo desto tenemos en don DiegoOrdóñez de Lara, que retó a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba quesolo Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a su rey; y así,retó a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien esverdad que el señor don Diego anduvo algo demasiado, y aun pasó muyadelante de los límites del reto, porque no tenía para qué retar a losmuertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por nacer, ni alas otras menudencias que allí se declaran; pero, ¡vaya!, pues cuando lacólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que lacorrija. Siendo, pues, esto así, que uno solo no puede afrentar a reino,provincia, ciudad, república ni pueblo entero, queda en limpio que no haypara qué salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es;porque, ¡bueno sería que se matasen a cada paso los del pueblo de la Relojacon quien se lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos,jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que andan por ahí en boca delos muchachos y de gente de poco más a menos! ¡Bueno sería, por cierto, quetodos estos insignes pueblos se corriesen y vengasen, y anduviesen continohechas las espadas sacabuches a cualquier pendencia, por pequeña que fuese!No, no, ni Dios lo permita o quiera. Los varones prudentes, las repúblicasbien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar lasespadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, pordefender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de leynatural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia yhacienda; la cuarta, en servicio de su rey, en la guerra justa; y si lequisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es endefensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se puedenagregar algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen a tomarlas armas; pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa ypasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todorazonable discurso; cuanto más, que el tomar venganza injusta, que justa nopuede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley queprofesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos yque amemos a los que nos aborrecen; mandamiento que, aunque parece algodificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos deDios que del mundo, y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Diosy hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendolegislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y así,no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que, misseñores, vuesas mercedes están obligados por leyes divinas y humanas asosegarse.
-El diablo me lleve -dijo a esta sazón Sancho entre sí- si este mi amo noes tólogo; y si no lo es, que lo parece como un güevo a otro.
Tomó un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todavía le prestabansilencio, quiso pasar adelante en su plática, como pasara ni no se pusiereen medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenía, tomóla mano por él, diciendo:
-Mi señor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llamó el Caballero dela Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgomuy atentado, que sabe latín y romance como un bachiller, y en todo cuantotrata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes yordenanzas de lo que llaman el duelo en la uña; y así, no hay más que hacersino dejarse llevar por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren; cuantomás, que ello se está dicho que es necedad correrse por sólo oír unrebuzno, que yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuandoque se me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta gracia ypropiedad que, en rebuznando yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo, yno por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradísimos; y,aunque por esta habilidad era invidiado de más de cuatro de los estiradosde mi pueblo, no se me daba dos ardites. Y, porque se vea que digo verdad,esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar: que, una vezaprendida, nunca se olvida.
Y luego, puesta la mano en las narices, comenzó a rebuznar tan reciamente,que todos los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban juntoa él, creyendo que hacía burla dellos, alzó un varapalo que en la manotenía, y diole tal golpe con él, que, sin ser poderoso a otra cosa, dio conSancho Panza en el suelo. Don Quijote, que vio tan malparado a Sancho,arremetió al que le había dado, con la lanza sobre mano, pero fueron tantoslos que se pusieron en medio, que no fue posible vengarle; antes, viendoque llovía sobre él un nublado de piedras, y que le amenazaban milencaradas ballestas y no menos cantidad de arcabuces, volvió las riendas aRocinante, y a todo lo que su galope pudo, se salió de entre ellos,encomendándose de todo corazón a Dios, que de aquel peligro le librase,temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y lesaliese al pecho; y a cada punto recogía el aliento, por ver si le faltaba.
Pero los del escuadrón se contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sanchole pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en sí, y le dejaron ir tras suamo, no porque él tuviese sentido para regirle; pero el rucio siguió lashuellas de Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues,don Quijote buen trecho, volvió la cabeza y vio que Sancho venía, yatendióle, viendo que ninguno le seguía.
Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y, por no haber salidoa la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados yalegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos,levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.
Dice, pues, que bien se acordará, el que hubiere leído la primera partedesta historia, de aquel Ginés de Pasamonte, a quien, entre otros galeotes,dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que después le fue malagradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. EsteGinés de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fueel que hurtó a Sancho Panza el rucio; que, por no haberse puesto el cómo niel cuándo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en quéentender a muchos, que atribuían a poca memoria del autor la falta deemprenta. Pero, en resolución, Ginés le hurtó, estando sobre él durmiendoSancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo cuando, estandoSacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, ydespués le cobró Sancho, como se ha contado. Este Ginés, pues, temeroso deno ser hallado de la justicia, que le buscaba para castigarle de susinfinitas bellaquerías y delitos, que fueron tantos y tales, que él mismocompuso un gran volumen contándolos, determinó pasarse al reino de Aragón ycubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio de titerero; que esto yel jugar de manos lo sabía hacer por estremo.
Sucedió, pues, que de unos cristianos ya libres que venían de Berberíacompró aquel mono, a quien enseñó que, en haciéndole cierta señal, se lesubiese en el hombro y le murmurase, o lo pareciese, al oído. Hecho esto,antes que entrase en el lugar donde entraba con su retablo y mono, seinformaba en el lugar más cercano, o de quien él mejor podía, qué cosasparticulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a qué personas; y,llevándolas bien en la memoria, lo primero que hacía era mostrar suretablo, el cual unas veces era de una historia, y otras de otra; perotodas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra, proponía lashabilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado ylo presente; pero que en lo de por venir no se daba maña. Por la respuestade cada pregunta pedía dos reales, y de algunas hacía barato, según tomabael pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien élsabía los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nadapor no pagarle, él hacía la seña al mono, y luego decía que le había dichotal y tal cosa, que venía de molde con lo sucedido. Con esto cobrabacrédito inefable, y andábanse todos tras él. Otras veces, como era tandiscreto, respondía de manera que las respuestas venían bien con laspreguntas; y, como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cómo adevinabasu mono, a todos hacía monas, y llenaba sus esqueros.
Así como entró en la venta, conoció a don Quijote y a Sancho, por cuyoconocimiento le fue fácil poner en admiración a don Quijote y a SanchoPanza, y a todos los que en ella estaban; pero hubiérale de costar caro sidon Quijote bajara un poco más la mano cuando cortó la cabeza al reyMarsilio y destruyó toda su caballería, como queda dicho en el antecedentecapítulo.
Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono.
Y, volviendo a don Quijote de la Mancha, digo que, después de haber salidode la venta, determinó de ver primero las riberas del río Ebro y todosaquellos contornos, antes de entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le dabatiempo para todo el mucho que faltaba desde allí a las justas. Con estaintención siguió su camino, por el cual anduvo dos días sin acontecerlecosa digna de ponerse en escritura, hasta que al tercero, al subir de unaloma, oyó un gran rumor de atambores, de trompetas y arcabuces. Alprincipio pensó que algún tercio de soldados pasaba por aquella parte, ypor verlos picó a Rocinante y subió la loma arriba; y cuando estuvo en lacumbre, vio al pie della, a su parecer, más de docientos hombres armados dediferentes suertes de armas, como si dijésemos lanzones, ballestas,partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y muchas rodelas. Bajódel recuesto y acercóse al escuadrón, tanto, que distintamente vio lasbanderas, juzgó de las colores y notó las empresas que en ellas traían,especialmente una que en un estandarte o jirón de raso blanco venía, en elcual estaba pintado muy al vivo un asno como un pequeño sardesco, la cabezalevantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como siestuviera rebuznando; alrededor dél estaban escritos de letras grandesestos dos versos:
No rebuznaron en balde
el uno y el otro alcalde.
Por esta insignia sacó don Quijote que aquella gente debía de ser delpueblo del rebuzno, y así se lo dijo a Sancho, declarándole lo que en elestandarte venía escrito. Díjole también que el que les había dado noticiade aquel caso se había errado en decir que dos regidores habían sido losque rebuznaron; pero que, según los versos del estandarte, no habían sidosino alcaldes. A lo que respondió Sancho Panza:
-Señor, en eso no hay que reparar, que bien puede ser que los regidores queentonces rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, yasí, se pueden llamar con entrambos títulos; cuanto más, que no hace alcaso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores,como ellos una por una hayan rebuznado; porque tan a pique está de rebuznarun alcalde como un regidor.
Finalmente, conocieron y supieron como el pueblo corrido salía a pelear conotro que le corría más de lo justo y de lo que se debía a la buenavecindad.
Fuese llegando a ellos don Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho, quenunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas. Los del escuadrón lerecogieron en medio, creyendo que era alguno de los de su parcialidad. DonQuijote, alzando la visera, con gentil brío y continente, llegó hasta elestandarte del asno, y allí se le pusieron alrededor todos los másprincipales del ejército, por verle, admirados con la admiraciónacostumbrada en que caían todos aquellos que la vez primera le miraban. DonQuijote, que los vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le hablase nile preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio, y, rompiendo elsuyo, alzó la voz y dijo:
-Buenos señores, cuan encarecidamente puedo, os suplico que no interrumpáisun razonamiento que quiero haceros, hasta que veáis que os disgusta yenfada; que si esto sucede, con la más mínima señal que me hagáis pondré unsello en mi boca y echaré una mordaza a mi lengua.
Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana leescucharían. Don Quijote, con esta licencia, prosiguió diciendo:
Yo, señores míos, soy caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas,y cuya profesión la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a losmenesterosos. Días ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que osmueve a tomar las armas a cada paso, para vengaros de vuestros enemigos; y,habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestronegocio, hallo, según las leyes del duelo, que estáis engañados en tenerospor afrentados, porque ningún particular puede afrentar a un pueblo entero,si no es retándole de traidor por junto, porque no sabe en particular quiéncometió la traición por que le reta. Ejemplo desto tenemos en don DiegoOrdóñez de Lara, que retó a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba quesolo Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a su rey; y así,retó a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien esverdad que el señor don Diego anduvo algo demasiado, y aun pasó muyadelante de los límites del reto, porque no tenía para qué retar a losmuertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por nacer, ni alas otras menudencias que allí se declaran; pero, ¡vaya!, pues cuando lacólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que lacorrija. Siendo, pues, esto así, que uno solo no puede afrentar a reino,provincia, ciudad, república ni pueblo entero, queda en limpio que no haypara qué salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es;porque, ¡bueno sería que se matasen a cada paso los del pueblo de la Relojacon quien se lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos,jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que andan por ahí en boca delos muchachos y de gente de poco más a menos! ¡Bueno sería, por cierto, quetodos estos insignes pueblos se corriesen y vengasen, y anduviesen continohechas las espadas sacabuches a cualquier pendencia, por pequeña que fuese!No, no, ni Dios lo permita o quiera. Los varones prudentes, las repúblicasbien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar lasespadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, pordefender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de leynatural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia yhacienda; la cuarta, en servicio de su rey, en la guerra justa; y si lequisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es endefensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se puedenagregar algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen a tomarlas armas; pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa ypasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todorazonable discurso; cuanto más, que el tomar venganza injusta, que justa nopuede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley queprofesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos yque amemos a los que nos aborrecen; mandamiento que, aunque parece algodificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos deDios que del mundo, y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Diosy hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendolegislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y así,no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que, misseñores, vuesas mercedes están obligados por leyes divinas y humanas asosegarse.
-El diablo me lleve -dijo a esta sazón Sancho entre sí- si este mi amo noes tólogo; y si no lo es, que lo parece como un güevo a otro.
Tomó un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todavía le prestabansilencio, quiso pasar adelante en su plática, como pasara ni no se pusiereen medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenía, tomóla mano por él, diciendo:
-Mi señor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llamó el Caballero dela Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgomuy atentado, que sabe latín y romance como un bachiller, y en todo cuantotrata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes yordenanzas de lo que llaman el duelo en la uña; y así, no hay más que hacersino dejarse llevar por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren; cuantomás, que ello se está dicho que es necedad correrse por sólo oír unrebuzno, que yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuandoque se me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta gracia ypropiedad que, en rebuznando yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo, yno por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradísimos; y,aunque por esta habilidad era invidiado de más de cuatro de los estiradosde mi pueblo, no se me daba dos ardites. Y, porque se vea que digo verdad,esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar: que, una vezaprendida, nunca se olvida.
Y luego, puesta la mano en las narices, comenzó a rebuznar tan reciamente,que todos los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban juntoa él, creyendo que hacía burla dellos, alzó un varapalo que en la manotenía, y diole tal golpe con él, que, sin ser poderoso a otra cosa, dio conSancho Panza en el suelo. Don Quijote, que vio tan malparado a Sancho,arremetió al que le había dado, con la lanza sobre mano, pero fueron tantoslos que se pusieron en medio, que no fue posible vengarle; antes, viendoque llovía sobre él un nublado de piedras, y que le amenazaban milencaradas ballestas y no menos cantidad de arcabuces, volvió las riendas aRocinante, y a todo lo que su galope pudo, se salió de entre ellos,encomendándose de todo corazón a Dios, que de aquel peligro le librase,temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y lesaliese al pecho; y a cada punto recogía el aliento, por ver si le faltaba.
Pero los del escuadrón se contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sanchole pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en sí, y le dejaron ir tras suamo, no porque él tuviese sentido para regirle; pero el rucio siguió lashuellas de Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues,don Quijote buen trecho, volvió la cabeza y vio que Sancho venía, yatendióle, viendo que ninguno le seguía.
Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y, por no haber salidoa la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados yalegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos,levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.
Capítulo anterior: Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas
Capítulo siguiente: De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención