Capítulo XXVIII: De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Cuando el valiente huye, la superchería está descubierta, y es de varonesprudentes guardarse para mejor ocasión. Esta verdad se verificó en donQuijote, el cual, dando lugar a la furia del pueblo y a las malasintenciones de aquel indignado escuadrón, puso pies en polvorosa, y, sinacordarse de Sancho ni del peligro en que le dejaba, se apartó tanto cuantole pareció que bastaba para estar seguro. Seguíale Sancho, atravesado en sujumento, como queda referido. Llegó, en fin, ya vuelto en su acuerdo, y alllegar, se dejó caer del rucio a los pies de Rocinante, todo ansioso, todomolido y todo apaleado. Apeóse don Quijote para catarle las feridas; pero,como le hallase sano de los pies a la cabeza, con asaz cólera le dijo:

-¡Tan en hora mala supistes vos rebuznar, Sancho! Y ¿dónde hallastes vosser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado? A música de rebuznos,¿qué contrapunto se había de llevar sino de varapalos? Y dad gracias aDios, Sancho, que ya que os santiguaron con un palo, no os hicieron el persignum crucis con un alfanje.

-No estoy para responder -respondió Sancho-, porque me parece que hablo porlas espaldas. Subamos y apartémonos de aquí, que yo pondré silencio en misrebuznos, pero no en dejar de decir que los caballeros andantes huyen, ydejan a sus buenos escuderos molidos como alheña, o como cibera, en poderde sus enemigos.

-No huye el que se retira -respondió don Quijote-, porque has de saber,Sancho, que la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia sellama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buenafortuna que a su ánimo. Y así, yo confieso que me he retirado, pero nohuido; y en esto he imitado a muchos valientes, que se han guardado paratiempos mejores, y desto están las historias llenas, las cuales, por noserte a ti de provecho ni a mí de gusto, no te las refiero ahora.

En esto, ya estaba a caballo Sancho, ayudado de don Quijote, el cualasimismo subió en Rocinante, y poco a poco se fueron a emboscar en unaalameda que hasta un cuarto de legua de allí se parecía. De cuando encuando daba Sancho unos ayes profundísimos y unos gemidos dolorosos; y,preguntándole don Quijote la causa de tan amargo sentimiento, respondióque, desde la punta del espinazo hasta la nuca del celebro, le dolía demanera que le sacaba de sentido.

-La causa dese dolor debe de ser, sin duda -dijo don Quijote-, que, comoera el palo con que te dieron largo y tendido, te cogió todas las espaldas,donde entran todas esas partes que te duelen; y si más te cogiera, más tedoliera.

-¡Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me ha sacado de una gran duda, yque me la ha declarado por lindos términos! ¡Cuerpo de mí! ¿Tan encubiertaestaba la causa de mi dolor que ha sido menester decirme que me duele todotodo aquello que alcanzó el palo? Si me dolieran los tobillos, aún pudieraser que se anduviera adivinando el porqué me dolían, pero dolerme lo que memolieron no es mucho adivinar. A la fe, señor nuestro amo, el mal ajeno depelo cuelga, y cada día voy descubriendo tierra de lo poco que puedoesperar de la compañía que con vuestra merced tengo; porque si esta vez meha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos a los manteamientos demarras y a otras muchacherías, que si ahora me han salido a las espaldas,después me saldrán a los ojos. Harto mejor haría yo, sino que soy unbárbaro, y no haré nada que bueno sea en toda mi vida; harto mejor haríayo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa, y a mi mujer, y a mis hijos, ysustentarla y criarlos con lo que Dios fue servido de darme, y no andarmetras vuesa merced por caminos sin camino y por sendas y carreras que no lastienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues, ¡tomadme el dormir! Contad,hermano escudero, siete pies de tierra, y si quisiéredes más, tomad otrostantos, que en vuestra mano está escudillar, y tendeos a todo vuestro buentalante; que quemado vea yo y hecho polvos al primero que dio puntada en laandante caballería, o, a lo menos, al primero que quiso ser escudero detales tontos como debieron ser todos los caballeros andantes pasados. Delos presentes no digo nada, que, por ser vuestra merced uno dellos, lostengo respeto, y porque sé que sabe vuesa merced un punto más que el diabloen cuanto habla y en cuanto piensa.

-Haría yo una buena apuesta con vos, Sancho -dijo don Quijote-: que ahoraque vais hablando sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada entodo vuestro cuerpo. Hablad, hijo mío, todo aquello que os viniere alpensamiento y a la boca; que, a trueco de que a vos no os duela nada,tendré yo por gusto el enfado que me dan vuestras impertinencias. Y sitanto deseáis volveros a vuestra casa con vuestra mujer y hijos, no permitaDios que yo os lo impida; dineros tenéis míos: mirad cuánto ha que estatercera vez salimos de nuestro pueblo, y mirad lo que podéis y debéis ganarcada mes, y pagaos de vuestra mano.

-Cuando yo servía -respondió Sancho- a Tomé Carrasco, el padre delbachiller Sansón Carrasco, que vuestra merced bien conoce, dos ducadosganaba cada mes, amén de la comida; con vuestra merced no sé lo que puedoganar, puesto que sé que tiene más trabajo el escudero del caballeroandante que el que sirve a un labrador; que, en resolución, los queservimos a labradores, por mucho que trabajemos de día, por mal que suceda,a la noche cenamos olla y dormimos en cama, en la cual no he dormidodespués que ha que sirvo a vuestra merced. Si no ha sido el tiempo breveque estuvimos en casa de don Diego de Miranda, y la jira que tuve con laespuma que saqué de las ollas de Camacho, y lo que comí y bebí y dormí encasa de Basilio, todo el otro tiempo he dormido en la dura tierra, al cieloabierto, sujeto a lo que dicen inclemencias del cielo, sustentándome conrajas de queso y mendrugos de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos, ya defuentes, de las que encontramos por esos andurriales donde andamos.

-Confieso -dijo don Quijote- que todo lo que dices, Sancho, sea verdad.¿Cuánto parece que os debo dar más de lo que os daba Tomé Carrasco?

-A mi parecer -dijo Sancho-, con dos reales más que vuestra merced añadiesecada mes me tendría por bien pagado. Esto es cuanto al salario de mitrabajo; pero, en cuanto a satisfacerme a la palabra y promesa que vuestramerced me tiene hecha de darme el gobierno de una ínsula, sería justo quese me añadiesen otros seis reales, que por todos serían treinta.

-Está muy bien -replicó don Quijote-; y, conforme al salario que vos oshabéis señalado, 23 días ha que salimos de nuestro pueblo: contad, Sancho,rata por cantidad, y mirad lo que os debo, y pagaos, como os tengo dicho,de vuestra mano.

-¡Oh, cuerpo de mí! -dijo Sancho-, que va vuestra merced muy errado en estacuenta, porque en lo de la promesa de la ínsula se ha de contar desde eldía que vuestra merced me la prometió hasta la presente hora en queestamos.

-Pues, ¿qué tanto ha, Sancho, que os la prometí? -dijo don Quijote.

-Si yo mal no me acuerdo -respondió Sancho-, debe de haber más de veinteaños, tres días más a menos.

Diose don Quijote una gran palmada en la frente, y comenzó a reír muy degana, y dijo:

-Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestrassalidas, sino dos meses apenas, y ¿dices, Sancho, que ha veinte años que teprometí la ínsula? Ahora digo que quieres que se consuman en tus salariosel dinero que tienes mío; y si esto es así, y tú gustas dello, desde aquíte lo doy, y buen provecho te haga; que, a trueco de verme sin tan malescudero, holgaréme de quedarme pobre y sin blanca. Pero dime, prevaricadorde las ordenanzas escuderiles de la andante caballería, ¿dónde has vistotú, o leído, que ningún escudero de caballero andante se haya puesto con suseñor en tanto más cuánto me habéis de dar cada mes porque os sirva?Éntrate, éntrate, malandrín, follón y vestiglo, que todo lo pareces;éntrate, digo, por el mare magnum de sus historias, y si hallares que algúnescudero haya dicho, ni pensado, lo que aquí has dicho, quiero que me leclaves en la frente, y, por añadidura, me hagas cuatro mamonas selladas enmi rostro. Vuelve las riendas, o el cabestro, al rucio, y vuélvete a tucasa, porque un solo paso desde aquí no has de pasar más adelante conmigo.¡Oh pan mal conocido! ¡Oh promesas mal colocadas! ¡Oh hombre que tiene másde bestia que de persona! ¿Ahora, cuando yo pensaba ponerte en estado, ytal, que a pesar de tu mujer te llamaran señoría, te despides? ¿Ahora tevas, cuando yo venía con intención firme y valedera de hacerte señor de lamejor ínsula del mundo? En fin, como tú has dicho otras veces, no es lamiel... etc. Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de parar cuando sete acabe el curso de la vida; que para mí tengo que antes llegará ella a suúltimo término que tú caigas y des en la cuenta de que eres bestia.

Miraba Sancho a don Quijote de en hito en hito, en tanto que los talesvituperios le decía, y compungióse de manera que le vinieron las lágrimas alos ojos, y con voz dolorida y enferma le dijo:

-Señor mío, yo confieso que para ser del todo asno no me falta más de lacola; si vuestra merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta, y leserviré como jumento todos los días que me quedan de mi vida. Vuestramerced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que sé poco, y quesi hablo mucho, más procede de enfermedad que de malicia; mas, quien yerray se enmienda, a Dios se encomienda.

-Maravillárame yo, Sancho, si no mezclaras algún refrancico en tu coloquio.Ahora bien, yo te perdono, con que te emiendes, y con que no te muestres deaquí adelante tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar elcorazón, y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas,que, aunque se tarda, no se imposibilita.

Sancho respondió que sí haría, aunque sacase fuerzas de flaqueza.

Con esto, se metieron en la alameda, y don Quijote se acomodó al pie de unolmo, y Sancho al de una haya; que estos tales árboles y otros sussemejantes siempre tienen pies, y no manos. Sancho pasó la nochepenosamente, porque el varapalo se hacía más sentir con el sereno. DonQuijote la pasó en sus continuas memorias; pero, con todo eso, dieron losojos al sueño, y al salir del alba siguieron su camino buscando las riberasdel famoso Ebro, donde les sucedió lo que se contará en el capítulovenidero.

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