Capítulo III: Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


Índice Don Quijote de la Mancha

Capítulo anterior: Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos
Capítulo siguiente: Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse

Pensativo además quedó don Quijote, esperando al bachiller Carrasco, dequien esperaba oír las nuevas de sí mismo puestas en libro, como habíadicho Sancho; y no se podía persuadir a que tal historia hubiese, pues aúnno estaba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos quehabía muerto, y ya querían que anduviesen en estampa sus altas caballerías.Con todo eso, imaginó que algún sabio, o ya amigo o enemigo, por arte deencantamento las habrá dado a la estampa: si amigo, para engrandecerlas ylevantarlas sobre las más señaladas de caballero andante; si enemigo, paraaniquilarlas y ponerlas debajo de las más viles que de algún vil escuderose hubiesen escrito, puesto -decía entre sí- que nunca hazañas de escuderosse escribieron; y cuando fuese verdad que la tal historia hubiese, siendode caballero andante, por fuerza había de ser grandílocua, alta, insigne,magnífica y verdadera.

Con esto se consoló algún tanto, pero desconsolóle pensar que su autor eramoro, según aquel nombre de Cide; y de los moros no se podía esperar verdadalguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase nohubiese tratado sus amores con alguna indecencia, que redundase enmenoscabo y perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso;deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro que siempre la habíaguardado, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas de todascalidades, teniendo a raya los ímpetus de los naturales movimientos; y así,envuelto y revuelto en estas y otras muchas imaginaciones, le hallaronSancho y Carrasco, a quien don Quijote recibió con mucha cortesía.

Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón, no muy grande de cuerpo, aunquemuy gran socarrón, de color macilenta, pero de muy buen entendimiento;tendría hasta veinte y cuatro años, carirredondo, de nariz chata y deboca grande, señales todas de ser de condición maliciosa y amigo dedonaires y de burlas, como lo mostró en viendo a don Quijote, poniéndosedelante dél de rodillas, diciéndole:

-Déme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha; que, porel hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes que lascuatro primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballerosandantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra.Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejóescritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir dearábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de lasgentes.

Hízole levantar don Quijote, y dijo:

-Desa manera, ¿verdad es que hay historia mía, y que fue moro y sabio elque la compuso?

-Es tan verdad, señor -dijo Sansón-, que tengo para mí que el día de hoyestán impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígaloPortugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que seestá imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de habernación ni lengua donde no se traduzga.

-Una de las cosas -dijo a esta sazón don Quijote- que más debe de darcontento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buennombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buennombre porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualará.

-Si por buena fama y si por buen nombre va -dijo el bachiller-, solovuestra merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque elmoro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnosmuy al vivo la gallardía de vuestra merced, el ánimo grande en acometer lospeligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento, así en lasdesgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amorestan platónicos de vuestra merced y de mi señora doña Dulcinea del Toboso.

-Nunca -dijo a este punto Sancho Panza- he oído llamar con don a mi señoraDulcinea, sino solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya en esto andaerrada la historia.

-No es objeción de importancia ésa -respondió Carrasco.

-No, por cierto -respondió don Quijote-; pero dígame vuestra merced, señorbachiller: ¿qué hazañas mías son las que más se ponderan en esa historia?

-En eso -respondió el bachiller-, hay diferentes opiniones, como haydiferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento,que a vuestra merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de losbatanes; éste, a la descripción de los dos ejércitos, que despuésparecieron ser dos manadas de carneros; aquél encarece la del muerto quellevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se aventaja la de lalibertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de los dos gigantesbenitos, con la pendencia del valeroso vizcaíno.

-Dígame, señor bachiller -dijo a esta sazón Sancho-: ¿entra ahí la aventurade los yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojó pedircotufas en el golfo?

-No se le quedó nada -respondió Sansón- al sabio en el tintero: todo lodice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo enla manta.

-En la manta no hice yo cabriolas -respondió Sancho-; en el aire sí, y aunmás de las que yo quisiera.

-A lo que yo imagino -dijo don Quijote-, no hay historia humana en el mundoque no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de caballerías,las cuales nunca pueden estar llenas de prósperos sucesos.

-Con todo eso -respondió el bachiller-, dicen algunos que han leído lahistoria que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores dellaalgunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señordon Quijote.

-Ahí entra la verdad de la historia -dijo Sancho.

-También pudieran callarlos por equidad -dijo don Quijote-, pues lasacciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para quéescribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. Afee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudenteUlises como le describe Homero.

-Así es -replicó Sansón-, pero uno es escribir como poeta y otro comohistoriador: el poeta puede contar, o cantar las cosas, no como fueron,sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debíanser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.

-Pues si es que se anda a decir verdades ese señor moro -dijo Sancho-, abuen seguro que entre los palos de mi señor se hallen los míos; porquenunca a su merced le tomaron la medida de las espaldas que no me la tomasena mí de todo el cuerpo; pero no hay de qué maravillarme, pues, como dice elmismo señor mío, del dolor de la cabeza han de participar los miembros.

-Socarrón sois, Sancho -respondió don Quijote-. A fee que no os faltamemoria cuando vos queréis tenerla.

-Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado -dijoSancho-, no lo consentirán los cardenales, que aún se están frescos en lascostillas.

-Callad, Sancho -dijo don Quijote-, y no interrumpáis al señor bachiller, aquien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de mí en la referidahistoria.

-Y de mí -dijo Sancho-, que también dicen que soy yo uno de los principalespresonajes della.

-Personajes que no presonajes, Sancho amigo -dijo Sansón.

-¿Otro reprochador de voquibles tenemos? -dijo Sancho-. Pues ándense a eso,y no acabaremos en toda la vida.

-Mala me la dé Dios, Sancho -respondió el bachiller-, si no sois vos lasegunda persona de la historia; y que hay tal, que precia más oíros hablara vos que al más pintado de toda ella, puesto que también hay quien digaque anduvistes demasiadamente de crédulo en creer que podía ser verdad elgobierno de aquella ínsula, ofrecida por el señor don Quijote, que estápresente.

-Aún hay sol en las bardas -dijo don Quijote-, y, mientras más fuereentrando en edad Sancho, con la esperiencia que dan los años, estará másidóneo y más hábil para ser gobernador que no está agora.

-Por Dios, señor -dijo Sancho-, la isla que yo no gobernase con los añosque tengo, no la gobernaré con los años de Matusalén. El daño está en quela dicha ínsula se entretiene, no sé dónde, y no en faltarme a mí elcaletre para gobernarla.

-Encomendadlo a Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que todo se hará bien, yquizá mejor de lo que vos pensáis; que no se mueve la hoja en el árbol sinla voluntad de Dios.

-Así es verdad -dijo Sansón-, que si Dios quiere, no le faltarán a Sanchomil islas que gobernar, cuanto más una.

-Gobernador he visto por ahí -dijo Sancho- que, a mi parecer, no llegan ala suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman señoría, y se sirven conplata.

-Ésos no son gobernadores de ínsulas -replicó Sansón-, sino de otrosgobiernos más manuales; que los que gobiernan ínsulas, por lo menos han desaber gramática.

-Con la grama bien me avendría yo -dijo Sancho-, pero con la tica, ni metiro ni me pago, porque no la entiendo. Pero, dejando esto del gobierno enlas manos de Dios, que me eche a las partes donde más de mí se sirva, digo,señor bachiller Sansón Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que elautor de la historia haya hablado de mí de manera que no enfadan las cosasque de mí se cuentan; que a fe de buen escudero que si hubiera dicho de mícosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, que nos habían de oírlos sordos.

-Eso fuera hacer milagros -respondió Sansón.

-Milagros o no milagros -dijo Sancho-, cada uno mire cómo habla o cómoescribe de las presonas, y no ponga a troche moche lo primero que le vieneal magín.

-Una de las tachas que ponen a la tal historia -dijo el bachiller- es quesu autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no pormala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que vercon la historia de su merced del señor don Quijote.

-Yo apostaré -replicó Sancho- que ha mezclado el hideperro berzas concapachos.

-Ahora digo -dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mihistoria, sino algún ignorante hablador, que, a tiento y sin algúndiscurso, se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja,el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: ''Lo quesaliere''. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, queera menester que con letras góticas escribiese junto a él: "Éste es gallo".Y así debe de ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento paraentenderla.

-Eso no -respondió Sansón-, porque es tan clara, que no hay cosa quedificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombresla entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tanleída y tan sabida de todo género de gentes, que, apenas han visto algúnrocín flaco, cuando dicen: "allí va Rocinante". Y los que más se han dado asu letura son los pajes: no hay antecámara de señor donde no se halle unDon Quijote: unos le toman si otros le dejan; éstos le embisten y aquéllosle piden. Finalmente, la tal historia es del más gustoso y menosperjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque en todaella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni unpensamiento menos que católico.

-A escribir de otra suerte -dijo don Quijote-, no fuera escribir verdades,sino mentiras; y los historiadores que de mentiras se valen habían de serquemados, como los que hacen moneda falsa; y no sé yo qué le movió al autora valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en losmíos: sin duda se debió de atener al refrán: "De paja y de heno...",etcétera. Pues en verdad que en sólo manifestar mis pensamientos, missospiros, mis lágrimas, mis buenos deseos y mis acometimientos pudierahacer un volumen mayor, o tan grande que el que pueden hacer todas lasobras del Tostado. En efeto, lo que yo alcanzo, señor bachiller, es quepara componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menesterun gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaireses de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia es la delbobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple. Lahistoria es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde está laverdad está Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunosque así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos.

-No hay libro tan malo -dijo el bachiller- que no tenga algo bueno.

-No hay duda en eso -replicó don Quijote-; pero muchas veces acontece quelos que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por susescritos, en dándolos a la estampa, la perdieron del todo, o lamenoscabaron en algo.

-La causa deso es -dijo Sansón- que, como las obras impresas se mirandespacio, fácilmente se veen sus faltas, y tanto más se escudriñan cuantoes mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios,los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces,son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particularentretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propiosa la luz del mundo.

-Eso no es de maravillar -dijo don Quijote-, porque muchos teólogos hay queno son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas osobras de los que predican.

-Todo eso es así, señor don Quijote -dijo Carrasco-, pero quisiera yo quelos tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sinatenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; que sialiquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto,por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podríaser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las vecesacrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y así, digo que esgrandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de todaimposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todoslos que le leyeren.

-El que de mí trata -dijo don Quijote-, a pocos habrá contentado.

-Antes es al revés; que, como de stultorum infinitus est numerus, infinitosson los que han gustado de la tal historia; y algunos han puesto falta ydolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar quién fue elladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara, y sólo seinfiere de lo escrito que se le hurtaron, y de allí a poco le vemos acaballo sobre el mesmo jumento, sin haber parecido. También dicen que se leolvidó poner lo que Sancho hizo de aquellos cien escudos que halló en lamaleta en Sierra Morena, que nunca más los nombra, y hay muchos que deseansaber qué hizo dellos, o en qué los gastó, que es uno de los puntossustanciales que faltan en la obra.

-Sancho respondió:

-Yo, señor Sansón, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; queme ha tomado un desmayo de estómago, que si no le reparo con dos tragos delo añejo, me pondrá en la espina de Santa Lucía. En casa lo tengo, mi oíslome aguarda; en acabando de comer, daré la vuelta, y satisfaré a vuestramerced y a todo el mundo de lo que preguntar quisieren, así de la pérdidadel jumento como del gasto de los cien escudos.

Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa.

Don Quijote pidió y rogó al bachiller se quedase a hacer penitencia con él.Tuvo el bachiller el envite: quedóse, añadióse al ordinaro un par depichones, tratóse en la mesa de caballerías, siguióle el humor Carrasco,acabóse el banquete, durmieron la siesta, volvió Sancho y renovóse laplática pasada.

Índice Don Quijote de la Mancha

Capítulo anterior: Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos
Capítulo siguiente: Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse