Capítulo XXX: De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Asaz melancólicos y de mal talante llegaron a sus animales caballero yescudero, especialmente Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudaldel dinero, pareciéndole que todo lo que dél se quitaba era quitárselo aél de las niñas de sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusierona caballo y se apartaron del famoso río, don Quijote sepultado en lospensamientos de sus amores, y Sancho en los de su acrecentamiento, que porentonces le parecía que estaba bien lejos de tenerle; porque, maguer eratonto, bien se le alcanzaba que las acciones de su amo, todas o las más,eran disparates, y buscaba ocasión de que, sin entrar en cuentas ni endespedimientos con su señor, un día se desgarrase y se fuese a su casa.Pero la fortuna ordenó las cosas muy al revés de lo que él temía.

Sucedió, pues, que otro día, al poner del sol y al salir de una selva,tendió don Quijote la vista por un verde prado, y en lo último dél viogente, y, llegándose cerca, conoció que eran cazadores de altanería.Llegóse más, y entre ellos vio una gallarda señora sobre un palafrén ohacanea blanquísima, adornada de guarniciones verdes y con un sillón deplata. Venía la señora asimismo vestida de verde, tan bizarra y ricamenteque la misma bizarría venía transformada en ella. En la mano izquierdatraía un azor, señal que dio a entender a don Quijote ser aquélla algunagran señora, que debía serlo de todos aquellos cazadores, como era laverdad; y así, dijo a Sancho:

-Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora del palafrén y del azor que yo,el Caballero de los Leones, besa las manos a su gran fermosura, y que si sugrandeza me da licencia, se las iré a besar, y a servirla en cuanto misfuerzas pudieren y su alteza me mandare. Y mira, Sancho, cómo hablas, y tencuenta de no encajar algún refrán de los tuyos en tu embajada.

-¡Hallado os le habéis el encajador! -respondió Sancho-. ¡A mí con eso!¡Sí, que no es ésta la vez primera que he llevado embajadas a altas ycrecidas señoras en esta vida!

-Si no fue la que llevaste a la señora Dulcinea -replicó don Quijote-, yono sé que hayas llevado otra, a lo menos en mi poder.

-Así es verdad -respondió Sancho-, pero al buen pagador no le duelenprendas, y en casa llena presto se guisa la cena; quiero decir que a mí nohay que decirme ni advertirme de nada, que para todo tengo y de todo se mealcanza un poco.

-Yo lo creo, Sancho -dijo don Quijote-; ve en buena hora, y Dios te guíe.

Partió Sancho de carrera, sacando de su paso al rucio, y llegó donde labella cazadora estaba, y, apeándose, puesto ante ella de hinojos, le dijo:

-Hermosa señora, aquel caballero que allí se parece, llamado el Caballerode los Leones, es mi amo, y yo soy un escudero suyo, a quien llaman en sucasa Sancho Panza. Este tal Caballero de los Leones, que no ha mucho que sellamaba el de la Triste Figura, envía por mí a decir a vuestra grandeza seaservida de darle licencia para que, con su propósito y beneplácito yconsentimiento, él venga a poner en obra su deseo, que no es otro, según éldice y yo pienso, que de servir a vuestra encumbrada altanería y fermosura;que en dársela vuestra señoría hará cosa que redunde en su pro, y élrecibirá señaladísima merced y contento.

-Por cierto, buen escudero -respondió la señora-, vos habéis dado laembajada vuestra con todas aquellas circunstancias que las tales embajadaspiden. Levantaos del suelo, que escudero de tan gran caballero como es elde la Triste Figura, de quien ya tenemos acá mucha noticia, no es justo queesté de hinojos; levantaos, amigo, y decid a vuestro señor que venga muchoen hora buena a servirse de mí y del duque mi marido, en una casa de placerque aquí tenemos.

Levantóse Sancho admirado, así de la hermosura de la buena señora como desu mucha crianza y cortesía, y más de lo que le había dicho que teníanoticia de su señor el Caballero de la Triste Figura, y que si no lehabía llamado el de los Leones, debía de ser por habérsele puesto tannuevamente. Preguntóle la duquesa, cuyo título aún no se sabe:

-Decidme, hermano escudero: este vuestro señor, ¿no es uno de quien andaimpresa una historia que se llama del ingenioso hidalgo don Quijote de laMancha, que tiene por señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?

-El mesmo es, señora -respondió Sancho-; y aquel escudero suyo que anda, odebe de andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo, sino es que me trocaron en la cuna; quiero decir, que me trocaron en laestampa.

-De todo eso me huelgo yo mucho -dijo la duquesa-. Id, hermano Panza, ydecid a vuestro señor que él sea el bien llegado y el bien venido a misestados, y que ninguna cosa me pudiera venir que más contento me diera.

Sancho, con esta tan agradable respuesta, con grandísimo gusto volvió a suamo, a quien contó todo lo que la gran señora le había dicho, levantandocon sus rústicos términos a los cielos su mucha fermosura, su gran donairey cortesía. Don Quijote se gallardeó en la silla, púsose bien en losestribos, acomodóse la visera, arremetió a Rocinante, y con gentil denuedofue a besar las manos a la duquesa; la cual, haciendo llamar al duque, sumarido, le contó, en tanto que don Quijote llegaba, toda la embajada suya;y los dos, por haber leído la primera parte desta historia y haberentendido por ella el disparatado humor de don Quijote, con grandísimogusto y con deseo de conocerle le atendían, con prosupuesto de seguirle elhumor y conceder con él en cuanto les dijese, tratándole como a caballeroandante los días que con ellos se detuviese, con todas las ceremoniasacostumbradas en los libros de caballerías, que ellos habían leído, y aunles eran muy aficionados.

En esto, llegó don Quijote, alzada la visera; y, dando muestras de apearse,acudió Sancho a tenerle el estribo; pero fue tan desgraciado que, alapearse del rucio, se le asió un pie en una soga del albarda, de tal modoque no fue posible desenredarle, antes quedó colgado dél, con la boca y lospechos en el suelo. Don Quijote, que no tenía en costumbre apearse sin quele tuviesen el estribo, pensando que ya Sancho había llegado a tenérsele,descargó de golpe el cuerpo, y llevóse tras sí la silla de Rocinante, quedebía de estar mal cinchado, y la silla y él vinieron al suelo, no sinvergüenza suya y de muchas maldiciones que entre dientes echó al desdichadode Sancho, que aún todavía tenía el pie en la corma.

El duque mandó a sus cazadores que acudiesen al caballero y al escudero,los cuales levantaron a don Quijote maltrecho de la caída, y, renqueando ycomo pudo, fue a hincar las rodillas ante los dos señores; pero el duque nolo consintió en ninguna manera, antes, apeándose de su caballo, fue aabrazar a don Quijote, diciéndole:

-A mí me pesa, señor Caballero de la Triste Figura, que la primera quevuesa merced ha hecho en mi tierra haya sido tan mala como se ha visto;pero descuidos de escuderos suelen ser causa de otros peores sucesos.

-El que yo he tenido en veros, valeroso príncipe -respondió don Quijote-,es imposible ser malo, aunque mi caída no parara hasta el profundo de losabismos, pues de allí me levantara y me sacara la gloria de haberos visto.Mi escudero, que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir maliciasque ata y cincha una silla para que esté firme; pero, comoquiera que yo mehalle, caído o levantado, a pie o a caballo, siempre estaré al serviciovuestro y al de mi señora la duquesa, digna consorte vuestra, y dignaseñora de la hermosura y universal princesa de la cortesía.

-¡Pasito, mi señor don Quijote de la Mancha! -dijo el duque-, que adondeestá mi señora doña Dulcinea del Toboso no es razón que se alaben otrasfermosuras.

Ya estaba a esta sazón libre Sancho Panza del lazo, y, hallándose allícerca, antes que su amo respondiese, dijo:

-No se puede negar, sino afirmar, que es muy hermosa mi señora Dulcinea delToboso, pero donde menos se piensa se levanta la liebre; que yo he oídodecir que esto que llaman naturaleza es como un alcaller que hace vasos debarro, y el que hace un vaso hermoso también puede hacer dos, y tres yciento; dígolo porque mi señora la duquesa a fee que no va en zaga a mi amala señora Dulcinea del Toboso.

Volvióse don Quijote a la duquesa y dijo:

-Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el mundoescudero más hablador ni más gracioso del que yo tengo, y él me sacaráverdadero si algunos días quisiere vuestra gran celsitud servirse de mí.

A lo que respondió la duquesa:

-De que Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque es señalque es discreto; que las gracias y los donaires, señor don Quijote, comovuesa merced bien sabe, no asientan sobre ingenios torpes; y, pues el buenSancho es gracioso y donairoso, desde aquí le confirmo por discreto.

-Y hablador -añadió don Quijote.

-Tanto que mejor -dijo el duque-, porque muchas gracias no se pueden decircon pocas palabras. Y, porque no se nos vaya el tiempo en ellas, venga elgran Caballero de la Triste Figura...

-De los Leones ha de decir vuestra alteza -dijo Sancho-, que ya no hayTriste Figura, ni figuro.

-Sea el de los Leones -prosiguió el duque-. Digo que venga el señorCaballero de los Leones a un castillo mío que está aquí cerca, donde se lehará el acogimiento que a tan alta persona se debe justamente, y el que yoy la duquesa solemos hacer a todos los caballeros andantes que a él llegan.

Ya en esto, Sancho había aderezado y cinchado bien la silla a Rocinante; y,subiendo en él don Quijote, y el duque en un hermoso caballo, pusieron a laduquesa en medio y encaminaron al castillo. Mandó la duquesa a Sancho quefuese junto a ella, porque gustaba infinito de oír sus discreciones. No sehizo de rogar Sancho, y entretejióse entre los tres, y hizo cuarto en laconversación, con gran gusto de la duquesa y del duque, que tuvieron a granventura acoger en su castillo tal caballero andante y tal escudero andado.

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