Capítulo XXXI: Que trata de muchas y grandes cosas
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XXXI
Suma era la alegría que llevaba consigo Sancho, viéndose, a su parecer, enprivanza con la duquesa, porque se le figuraba que había de hallar en sucastillo lo que en la casa de don Diego y en la de Basilio, siempreaficionado a la buena vida; y así, tomaba la ocasión por la melena en estodel regalarse cada y cuando que se le ofrecía.
Cuenta, pues, la historia, que antes que a la casa de placer o castillollegasen, se adelantó el duque y dio orden a todos sus criados del modo quehabían de tratar a don Quijote; el cual, como llegó con la duquesa a laspuertas del castillo, al instante salieron dél dos lacayos o palafreneros,vestidos hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar, de finísimoraso carmesí, y, cogiendo a don Quijote en brazos, sin ser oído ni visto,le dijeron:
-Vaya la vuestra grandeza a apear a mi señora la duquesa.
Don Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos sobre elcaso; pero, en efecto, venció la porfía de la duquesa, y no quiso decendero bajar del palafrén sino en los brazos del duque, diciendo que no sehallaba digna de dar a tan gran caballero tan inútil carga. En fin, salióel duque a apearla; y al entrar en un gran patio, llegaron dos hermosasdoncellas y echaron sobre los hombros a don Quijote un gran manto definísima escarlata, y en un instante se coronaron todos los corredores delpatio de criados y criadas de aquellos señores, diciendo a grandes voces:
-¡Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes!
Y todos, o los más, derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote ysobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquél fue elprimer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andanteverdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él habíaleído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos.
Sancho, desamparando al rucio, se cosió con la duquesa y se entró en elcastillo; y, remordiéndole la conciencia de que dejaba al jumento solo, sellegó a una reverenda dueña, que con otras a recebir a la duquesa habíasalido, y con voz baja le dijo:
-Señora González, o como es su gracia de vuesa merced...
-Doña Rodríguez de Grijalba me llamo -respondió la dueña-. ¿Qué es lo quemandáis, hermano?
A lo que respondió Sancho:
-Querría que vuesa merced me la hiciese de salir a la puerta del castillo,donde hallará un asno rucio mío; vuesa merced sea servida de mandarleponer, o ponerle, en la caballeriza, porque el pobrecito es un pocomedroso, y no se hallará a estar solo en ninguna de las maneras.
-Si tan discreto es el amo como el mozo -respondió la dueña-, ¡medradasestamos! Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos y para quien acá ostrujo, y tened cuenta con vuestro jumento, que las dueñas desta casa noestamos acostumbradas a semejantes haciendas.
-Pues en verdad -respondió Sancho- que he oído yo decir a mi señor, que eszahorí de las historias, contando aquella de Lanzarote,
cuando de Bretaña vino,
que damas curaban dél,
y dueñas del su rocino;
y que en el particular de mi asno, que no le trocara yo con el rocín delseñor Lanzarote.
-Hermano, si sois juglar -replicó la dueña-, guardad vuestras gracias paradonde lo parezcan y se os paguen, que de mi no podréis llevar sino unahiga.
-¡Aun bien -respondió Sancho- que será bien madura, pues no perderá vuesamerced la quínola de sus años por punto menos!
-Hijo de puta -dijo la dueña, toda ya encendida en cólera-, si soy vieja ono, a Dios daré la cuenta, que no a vos, bellaco, harto de ajos.
Y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la duquesa; y, volviendo y viendo ala dueña tan alborotada y tan encarnizados los ojos, le preguntó con quiénlas había.
-Aquí las he -respondió la dueña- con este buen hombre, que me ha pedidoencarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un asno suyo que estáa la puerta del castillo, trayéndome por ejemplo que así lo hicieron no sédónde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas dueñas a surocino, y, sobre todo, por buen término me ha llamado vieja.
-Eso tuviera yo por afrenta -respondió la duquesa-, más que cuantaspudieran decirme.
Y, hablando con Sancho, le dijo:
-Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy moza, y que aquellastocas más las trae por autoridad y por la usanza que por los años.
-Malos sean los que me quedan por vivir -respondió Sancho-, si lo dije portanto; sólo lo dije porque es tan grande el cariño que tengo a mi jumento,que me pareció que no podía encomendarle a persona más caritativa que a laseñora doña Rodríguez.
Don Quijote, que todo lo oía, le dijo:
-¿Pláticas son éstas, Sancho, para este lugar?
-Señor -respondió Sancho-, cada uno ha de hablar de su menester dondequieraque estuviere; aquí se me acordó del rucio, y aquí hablé dél; y si en lacaballeriza se me acordara, allí hablara.
A lo que dijo el duque:
-Sancho está muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada; al rucio sele dará recado a pedir de boca, y descuide Sancho, que se le tratará como asu mesma persona.
Con estos razonamientos, gustosos a todos sino a don Quijote, llegaron a loalto y entraron a don Quijote en una sala adornada de telas riquísimas deoro y de brocado; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todasindustriadas y advertidas del duque y de la duquesa de lo que habían dehacer, y de cómo habían de tratar a don Quijote, para que imaginase y vieseque le trataban como caballero andante. Quedó don Quijote, después dedesarmado, en sus estrechos greguescos y en su jubón de camuza, seco, alto,tendido, con las quijadas, que por de dentro se besaba la una con la otra;figura que, a no tener cuenta las doncellas que le servían con disimular larisa -que fue una de las precisas órdenes que sus señores les habían dado-,reventaran riendo.
Pidiéronle que se dejase desnudar para una camisa, pero nunca lo consintió,diciendo que la honestidad parecía tan bien en los caballeros andantes comola valentía. Con todo, dijo que diesen la camisa a Sancho, y, encerrándosecon él en una cuadra donde estaba un rico lecho, se desnudó y vistió lacamisa; y, viéndose solo con Sancho, le dijo:
-Dime, truhán moderno y majadero antiguo: ¿parécete bien deshonrar yafrentar a una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como aquélla?¿Tiempos eran aquéllos para acordarte del rucio, o señores son éstos paradejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueños? Porquien Dios es, Sancho, que te reportes, y que no descubras la hilaza demanera que caigan en la cuenta de que eres de villana y grosera telatejido. Mira, pecador de ti, que en tanto más es tenido el señor cuantotiene más honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajasmayores que llevan los príncipes a los demás hombres es que se sirven decriados tan buenos como ellos. ¿No adviertes, angustiado de ti, ymalaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano, o unmentecato gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos, o algúncaballero de mohatra? No, no, Sancho amigo, huye, huye destosinconvinientes, que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primerpuntapié cae y da en truhán desgraciado. Enfrena la lengua, considera yrumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemosllegado a parte donde, con el favor de Dios y valor de mi brazo, hemos desalir mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda.
Sancho le prometió con muchas veras de coserse la boca, o morderse lalengua, antes de hablar palabra que no fuese muy a propósito y bienconsiderada, como él se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, quenunca por él se descubriría quién ellos eran.
Vistióse don Quijote, púsose su tahalí con su espada, echóse el mantón deescarlata a cuestas, púsose una montera de raso verde que las doncellas ledieron, y con este adorno salió a la gran sala, adonde halló a lasdoncellas puestas en ala, tantas a una parte como a otra, y todas conaderezo de darle aguamanos, la cual le dieron con muchas reverencias yceremonias.
Luego llegaron doce pajes con el maestresala, para llevarle a comer, que yalos señores le aguardaban. Cogiéronle en medio, y, lleno de pompa ymajestad, le llevaron a otra sala, donde estaba puesta una rica mesa consolos cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron a la puerta de lasala a recebirle, y con ellos un grave eclesiástico, destos que gobiernanlas casas de los príncipes; destos que, como no nacen príncipes, noaciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; destos que quierenque la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus ánimos;destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados,les hacen ser miserables; destos tales, digo que debía de ser el gravereligioso que con los duques salió a recebir a don Quijote. Hiciéronse milcorteses comedimientos, y, finalmente, cogiendo a don Quijote en medio, sefueron a sentar a la mesa.
Convidó el duque a don Quijote con la cabecera de la mesa, y aunque él lorehusó, las importunaciones del duque fueron tantas que la hubo de tomar.El eclesiástico se sentó frontero, y el duque y la duquesa a los dos lados.
A todo estaba presente Sancho, embobado y atónito de ver la honra que a suseñor aquellos príncipes le hacían; y, viendo las muchas ceremonias yruegos que pasaron entre el duque y don Quijote para hacerle sentar a lacabecera de la mesa, dijo:
-Si sus mercedes me dan licencia, les contaré un cuento que pasó en mipueblo acerca desto de los asientos.
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando don Quijote tembló, creyendo sin dudaalguna que había de decir alguna necedad. Miróle Sancho y entendióle, ydijo:
-No tema vuesa merced, señor mío, que yo me desmande, ni que diga cosa queno venga muy a pelo, que no se me han olvidado los consejos que poco havuesa merced me dio sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal.
-Yo no me acuerdo de nada, Sancho -respondió don Quijote-; di lo quequisieres, como lo digas presto.
-Pues lo que quiero decir -dijo Sancho- es tan verdad, que mi señor donQuijote, que está presente, no me dejará mentir.
-Por mí -replicó don Quijote-, miente tú, Sancho, cuanto quisieres, que yono te iré a la mano, pero mira lo que vas a decir.
-Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen salvo está el que repica, comose verá por la obra.
-Bien será -dijo don Quijote- que vuestras grandezas manden echar de aquí aeste tonto, que dirá mil patochadas.
-Por vida del duque -dijo la duquesa-, que no se ha de apartar de mí Sanchoun punto: quiérole yo mucho, porque sé que es muy discreto.
-Discretos días -dijo Sancho- viva vuestra santidad por el buen crédito quede mí tiene, aunque en mí no lo haya. Y el cuento que quiero decir es éste:«Convidó un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venía de losÁlamos de Medina del Campo, que casó con doña Mencía de Quiñones, que fuehija de don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que seahogó en la Herradura, por quien hubo aquella pendencia años ha en nuestrolugar, que, a lo que entiendo, mi señor don Quijote se halló en ella, dedonde salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro elherrero...» ¿No es verdad todo esto, señor nuestro amo? Dígalo, por suvida, porque estos señores no me tengan por algún hablador mentiroso.
-Hasta ahora -dijo el eclesiástico-, más os tengo por hablador que pormentiroso, pero de aquí adelante no sé por lo que os tendré.
-Tú das tantos testigos, Sancho, y tantas señas, que no puedo dejar dedecir que debes de decir verdad. Pasa adelante y acorta el cuento, porquellevas camino de no acabar en dos días.
-No ha de acortar tal -dijo la duquesa-, por hacerme a mí placer; antes, leha de contar de la manera que le sabe, aunque no le acabe en seis días; quesi tantos fuesen, serían para mí los mejores que hubiese llevado en mivida.
-«Digo, pues, señores míos -prosiguió Sancho-, que este tal hidalgo, que yoconozco como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro deballesta, convidó un labrador pobre, pero honrado.»
-Adelante, hermano -dijo a esta sazón el religioso-, que camino lleváis deno parar con vuestro cuento hasta el otro mundo.
-A menos de la mitad pararé, si Dios fuere servido -respondió Sancho-. «Yasí, digo que, llegando el tal labrador a casa del dicho hidalgoconvidador, que buen poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señasdicen que hizo una muerte de un ángel, que yo no me hallé presente, quehabía ido por aquel tiempo a segar a Tembleque...»
-Por vida vuestra, hijo, que volváis presto de Tembleque, y que, sinenterrar al hidalgo, si no queréis hacer más exequias, acabéis vuestrocuento.
-«Es, pues, el caso -replicó Sancho- que, estando los dos para asentarse ala mesa, que parece que ahora los veo más que nunca...»
Gran gusto recebían los duques del disgusto que mostraba tomar el buenreligioso de la dilación y pausas con que Sancho contaba su cuento, y donQuijote se estaba consumiendo en cólera y en rabia.
-«Digo, así -dijo Sancho-, que, estando, como he dicho, los dos parasentarse a la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase lacabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba también que el labrador latomase, porque en su casa se había de hacer lo que él mandase; pero ellabrador, que presumía de cortés y bien criado, jamás quiso, hasta que elhidalgo, mohíno, poniéndole ambas manos sobre los hombros, le hizo sentarpor fuerza, diciéndole: ''Sentaos, majagranzas, que adondequiera que yo mesiente será vuestra cabecera''.» Y éste es el cuento, y en verdad que creoque no ha sido aquí traído fuera de propósito.
Púsose don Quijote de mil colores, que sobre lo moreno le jaspeaban y se leparecían; los señores disimularon la risa, porque don Quijote no acabase decorrerse, habiendo entendido la malicia de Sancho; y, por mudar de pláticay hacer que Sancho no prosiguiese con otros disparates, preguntó la duquesaa don Quijote que qué nuevas tenía de la señora Dulcinea, y que si le habíaenviado aquellos días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues nopodía dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondió:
-Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin.Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero ¿adóndela habían de hallar, si está encantada y vuelta en la más fea labradora queimaginar se puede?
-No sé -dijo Sancho Panza-, a mí me parece la más hermosa criatura delmundo; a lo menos, en la ligereza y en el brincar bien sé yo que no daráella la ventaja a un volteador; a buena fe, señora duquesa, así salta desdeel suelo sobre una borrica como si fuera un gato.
-¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? -preguntó el duque.
-Y ¡cómo si la he visto! -respondió Sancho-. Pues, ¿quién diablos sino yofue el primero que cayó en el achaque del encantorio? ¡Tan encantada estácomo mi padre!
El eclesiástico, que oyó decir de gigantes, de follones y de encantos, cayóen la cuenta de que aquél debía de ser don Quijote de la Mancha, cuyahistoria leía el duque de ordinario, y él se lo había reprehendido muchasveces, diciéndole que era disparate leer tales disparates; y, enterándoseser verdad lo que sospechaba, con mucha cólera, hablando con el duque, ledijo:
-Vuestra Excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta a Nuestro Señor de loque hace este buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llama,imagino yo que no debe de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiereque sea, dándole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces yvaciedades.
Y, volviendo la plática a don Quijote, le dijo:
-Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que soiscaballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad enhora buena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestroshijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagandopor el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y noconocen. ¿En dónde, nora tal, habéis vos hallado que hubo ni hay ahoracaballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en laMancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidadesque de vos se cuentan?
Atento estuvo don Quijote a las razones de aquel venerable varón, y, viendoque ya callaba, sin guardar respeto a los duques, con semblante airado yalborotado rostro, se puso en pie y dijo...
Pero esta respuesta capítulo por sí merece.
Cuenta, pues, la historia, que antes que a la casa de placer o castillollegasen, se adelantó el duque y dio orden a todos sus criados del modo quehabían de tratar a don Quijote; el cual, como llegó con la duquesa a laspuertas del castillo, al instante salieron dél dos lacayos o palafreneros,vestidos hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar, de finísimoraso carmesí, y, cogiendo a don Quijote en brazos, sin ser oído ni visto,le dijeron:
-Vaya la vuestra grandeza a apear a mi señora la duquesa.
Don Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos sobre elcaso; pero, en efecto, venció la porfía de la duquesa, y no quiso decendero bajar del palafrén sino en los brazos del duque, diciendo que no sehallaba digna de dar a tan gran caballero tan inútil carga. En fin, salióel duque a apearla; y al entrar en un gran patio, llegaron dos hermosasdoncellas y echaron sobre los hombros a don Quijote un gran manto definísima escarlata, y en un instante se coronaron todos los corredores delpatio de criados y criadas de aquellos señores, diciendo a grandes voces:
-¡Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes!
Y todos, o los más, derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote ysobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquél fue elprimer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andanteverdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él habíaleído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos.
Sancho, desamparando al rucio, se cosió con la duquesa y se entró en elcastillo; y, remordiéndole la conciencia de que dejaba al jumento solo, sellegó a una reverenda dueña, que con otras a recebir a la duquesa habíasalido, y con voz baja le dijo:
-Señora González, o como es su gracia de vuesa merced...
-Doña Rodríguez de Grijalba me llamo -respondió la dueña-. ¿Qué es lo quemandáis, hermano?
A lo que respondió Sancho:
-Querría que vuesa merced me la hiciese de salir a la puerta del castillo,donde hallará un asno rucio mío; vuesa merced sea servida de mandarleponer, o ponerle, en la caballeriza, porque el pobrecito es un pocomedroso, y no se hallará a estar solo en ninguna de las maneras.
-Si tan discreto es el amo como el mozo -respondió la dueña-, ¡medradasestamos! Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos y para quien acá ostrujo, y tened cuenta con vuestro jumento, que las dueñas desta casa noestamos acostumbradas a semejantes haciendas.
-Pues en verdad -respondió Sancho- que he oído yo decir a mi señor, que eszahorí de las historias, contando aquella de Lanzarote,
cuando de Bretaña vino,
que damas curaban dél,
y dueñas del su rocino;
y que en el particular de mi asno, que no le trocara yo con el rocín delseñor Lanzarote.
-Hermano, si sois juglar -replicó la dueña-, guardad vuestras gracias paradonde lo parezcan y se os paguen, que de mi no podréis llevar sino unahiga.
-¡Aun bien -respondió Sancho- que será bien madura, pues no perderá vuesamerced la quínola de sus años por punto menos!
-Hijo de puta -dijo la dueña, toda ya encendida en cólera-, si soy vieja ono, a Dios daré la cuenta, que no a vos, bellaco, harto de ajos.
Y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la duquesa; y, volviendo y viendo ala dueña tan alborotada y tan encarnizados los ojos, le preguntó con quiénlas había.
-Aquí las he -respondió la dueña- con este buen hombre, que me ha pedidoencarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un asno suyo que estáa la puerta del castillo, trayéndome por ejemplo que así lo hicieron no sédónde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas dueñas a surocino, y, sobre todo, por buen término me ha llamado vieja.
-Eso tuviera yo por afrenta -respondió la duquesa-, más que cuantaspudieran decirme.
Y, hablando con Sancho, le dijo:
-Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy moza, y que aquellastocas más las trae por autoridad y por la usanza que por los años.
-Malos sean los que me quedan por vivir -respondió Sancho-, si lo dije portanto; sólo lo dije porque es tan grande el cariño que tengo a mi jumento,que me pareció que no podía encomendarle a persona más caritativa que a laseñora doña Rodríguez.
Don Quijote, que todo lo oía, le dijo:
-¿Pláticas son éstas, Sancho, para este lugar?
-Señor -respondió Sancho-, cada uno ha de hablar de su menester dondequieraque estuviere; aquí se me acordó del rucio, y aquí hablé dél; y si en lacaballeriza se me acordara, allí hablara.
A lo que dijo el duque:
-Sancho está muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada; al rucio sele dará recado a pedir de boca, y descuide Sancho, que se le tratará como asu mesma persona.
Con estos razonamientos, gustosos a todos sino a don Quijote, llegaron a loalto y entraron a don Quijote en una sala adornada de telas riquísimas deoro y de brocado; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todasindustriadas y advertidas del duque y de la duquesa de lo que habían dehacer, y de cómo habían de tratar a don Quijote, para que imaginase y vieseque le trataban como caballero andante. Quedó don Quijote, después dedesarmado, en sus estrechos greguescos y en su jubón de camuza, seco, alto,tendido, con las quijadas, que por de dentro se besaba la una con la otra;figura que, a no tener cuenta las doncellas que le servían con disimular larisa -que fue una de las precisas órdenes que sus señores les habían dado-,reventaran riendo.
Pidiéronle que se dejase desnudar para una camisa, pero nunca lo consintió,diciendo que la honestidad parecía tan bien en los caballeros andantes comola valentía. Con todo, dijo que diesen la camisa a Sancho, y, encerrándosecon él en una cuadra donde estaba un rico lecho, se desnudó y vistió lacamisa; y, viéndose solo con Sancho, le dijo:
-Dime, truhán moderno y majadero antiguo: ¿parécete bien deshonrar yafrentar a una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como aquélla?¿Tiempos eran aquéllos para acordarte del rucio, o señores son éstos paradejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueños? Porquien Dios es, Sancho, que te reportes, y que no descubras la hilaza demanera que caigan en la cuenta de que eres de villana y grosera telatejido. Mira, pecador de ti, que en tanto más es tenido el señor cuantotiene más honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajasmayores que llevan los príncipes a los demás hombres es que se sirven decriados tan buenos como ellos. ¿No adviertes, angustiado de ti, ymalaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano, o unmentecato gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos, o algúncaballero de mohatra? No, no, Sancho amigo, huye, huye destosinconvinientes, que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primerpuntapié cae y da en truhán desgraciado. Enfrena la lengua, considera yrumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemosllegado a parte donde, con el favor de Dios y valor de mi brazo, hemos desalir mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda.
Sancho le prometió con muchas veras de coserse la boca, o morderse lalengua, antes de hablar palabra que no fuese muy a propósito y bienconsiderada, como él se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, quenunca por él se descubriría quién ellos eran.
Vistióse don Quijote, púsose su tahalí con su espada, echóse el mantón deescarlata a cuestas, púsose una montera de raso verde que las doncellas ledieron, y con este adorno salió a la gran sala, adonde halló a lasdoncellas puestas en ala, tantas a una parte como a otra, y todas conaderezo de darle aguamanos, la cual le dieron con muchas reverencias yceremonias.
Luego llegaron doce pajes con el maestresala, para llevarle a comer, que yalos señores le aguardaban. Cogiéronle en medio, y, lleno de pompa ymajestad, le llevaron a otra sala, donde estaba puesta una rica mesa consolos cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron a la puerta de lasala a recebirle, y con ellos un grave eclesiástico, destos que gobiernanlas casas de los príncipes; destos que, como no nacen príncipes, noaciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; destos que quierenque la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus ánimos;destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados,les hacen ser miserables; destos tales, digo que debía de ser el gravereligioso que con los duques salió a recebir a don Quijote. Hiciéronse milcorteses comedimientos, y, finalmente, cogiendo a don Quijote en medio, sefueron a sentar a la mesa.
Convidó el duque a don Quijote con la cabecera de la mesa, y aunque él lorehusó, las importunaciones del duque fueron tantas que la hubo de tomar.El eclesiástico se sentó frontero, y el duque y la duquesa a los dos lados.
A todo estaba presente Sancho, embobado y atónito de ver la honra que a suseñor aquellos príncipes le hacían; y, viendo las muchas ceremonias yruegos que pasaron entre el duque y don Quijote para hacerle sentar a lacabecera de la mesa, dijo:
-Si sus mercedes me dan licencia, les contaré un cuento que pasó en mipueblo acerca desto de los asientos.
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando don Quijote tembló, creyendo sin dudaalguna que había de decir alguna necedad. Miróle Sancho y entendióle, ydijo:
-No tema vuesa merced, señor mío, que yo me desmande, ni que diga cosa queno venga muy a pelo, que no se me han olvidado los consejos que poco havuesa merced me dio sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal.
-Yo no me acuerdo de nada, Sancho -respondió don Quijote-; di lo quequisieres, como lo digas presto.
-Pues lo que quiero decir -dijo Sancho- es tan verdad, que mi señor donQuijote, que está presente, no me dejará mentir.
-Por mí -replicó don Quijote-, miente tú, Sancho, cuanto quisieres, que yono te iré a la mano, pero mira lo que vas a decir.
-Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen salvo está el que repica, comose verá por la obra.
-Bien será -dijo don Quijote- que vuestras grandezas manden echar de aquí aeste tonto, que dirá mil patochadas.
-Por vida del duque -dijo la duquesa-, que no se ha de apartar de mí Sanchoun punto: quiérole yo mucho, porque sé que es muy discreto.
-Discretos días -dijo Sancho- viva vuestra santidad por el buen crédito quede mí tiene, aunque en mí no lo haya. Y el cuento que quiero decir es éste:«Convidó un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venía de losÁlamos de Medina del Campo, que casó con doña Mencía de Quiñones, que fuehija de don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que seahogó en la Herradura, por quien hubo aquella pendencia años ha en nuestrolugar, que, a lo que entiendo, mi señor don Quijote se halló en ella, dedonde salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro elherrero...» ¿No es verdad todo esto, señor nuestro amo? Dígalo, por suvida, porque estos señores no me tengan por algún hablador mentiroso.
-Hasta ahora -dijo el eclesiástico-, más os tengo por hablador que pormentiroso, pero de aquí adelante no sé por lo que os tendré.
-Tú das tantos testigos, Sancho, y tantas señas, que no puedo dejar dedecir que debes de decir verdad. Pasa adelante y acorta el cuento, porquellevas camino de no acabar en dos días.
-No ha de acortar tal -dijo la duquesa-, por hacerme a mí placer; antes, leha de contar de la manera que le sabe, aunque no le acabe en seis días; quesi tantos fuesen, serían para mí los mejores que hubiese llevado en mivida.
-«Digo, pues, señores míos -prosiguió Sancho-, que este tal hidalgo, que yoconozco como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro deballesta, convidó un labrador pobre, pero honrado.»
-Adelante, hermano -dijo a esta sazón el religioso-, que camino lleváis deno parar con vuestro cuento hasta el otro mundo.
-A menos de la mitad pararé, si Dios fuere servido -respondió Sancho-. «Yasí, digo que, llegando el tal labrador a casa del dicho hidalgoconvidador, que buen poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señasdicen que hizo una muerte de un ángel, que yo no me hallé presente, quehabía ido por aquel tiempo a segar a Tembleque...»
-Por vida vuestra, hijo, que volváis presto de Tembleque, y que, sinenterrar al hidalgo, si no queréis hacer más exequias, acabéis vuestrocuento.
-«Es, pues, el caso -replicó Sancho- que, estando los dos para asentarse ala mesa, que parece que ahora los veo más que nunca...»
Gran gusto recebían los duques del disgusto que mostraba tomar el buenreligioso de la dilación y pausas con que Sancho contaba su cuento, y donQuijote se estaba consumiendo en cólera y en rabia.
-«Digo, así -dijo Sancho-, que, estando, como he dicho, los dos parasentarse a la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase lacabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba también que el labrador latomase, porque en su casa se había de hacer lo que él mandase; pero ellabrador, que presumía de cortés y bien criado, jamás quiso, hasta que elhidalgo, mohíno, poniéndole ambas manos sobre los hombros, le hizo sentarpor fuerza, diciéndole: ''Sentaos, majagranzas, que adondequiera que yo mesiente será vuestra cabecera''.» Y éste es el cuento, y en verdad que creoque no ha sido aquí traído fuera de propósito.
Púsose don Quijote de mil colores, que sobre lo moreno le jaspeaban y se leparecían; los señores disimularon la risa, porque don Quijote no acabase decorrerse, habiendo entendido la malicia de Sancho; y, por mudar de pláticay hacer que Sancho no prosiguiese con otros disparates, preguntó la duquesaa don Quijote que qué nuevas tenía de la señora Dulcinea, y que si le habíaenviado aquellos días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues nopodía dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondió:
-Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin.Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero ¿adóndela habían de hallar, si está encantada y vuelta en la más fea labradora queimaginar se puede?
-No sé -dijo Sancho Panza-, a mí me parece la más hermosa criatura delmundo; a lo menos, en la ligereza y en el brincar bien sé yo que no daráella la ventaja a un volteador; a buena fe, señora duquesa, así salta desdeel suelo sobre una borrica como si fuera un gato.
-¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? -preguntó el duque.
-Y ¡cómo si la he visto! -respondió Sancho-. Pues, ¿quién diablos sino yofue el primero que cayó en el achaque del encantorio? ¡Tan encantada estácomo mi padre!
El eclesiástico, que oyó decir de gigantes, de follones y de encantos, cayóen la cuenta de que aquél debía de ser don Quijote de la Mancha, cuyahistoria leía el duque de ordinario, y él se lo había reprehendido muchasveces, diciéndole que era disparate leer tales disparates; y, enterándoseser verdad lo que sospechaba, con mucha cólera, hablando con el duque, ledijo:
-Vuestra Excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta a Nuestro Señor de loque hace este buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llama,imagino yo que no debe de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiereque sea, dándole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces yvaciedades.
Y, volviendo la plática a don Quijote, le dijo:
-Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que soiscaballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad enhora buena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestroshijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagandopor el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y noconocen. ¿En dónde, nora tal, habéis vos hallado que hubo ni hay ahoracaballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en laMancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidadesque de vos se cuentan?
Atento estuvo don Quijote a las razones de aquel venerable varón, y, viendoque ya callaba, sin guardar respeto a los duques, con semblante airado yalborotado rostro, se puso en pie y dijo...
Pero esta respuesta capítulo por sí merece.
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