Capítulo XXXIV: Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas deste libro


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Grande era el gusto que recebían el duque y la duquesa de la conversaciónde don Quijote y de la de Sancho Panza; y, confirmándose en la intenciónque tenían de hacerles algunas burlas que llevasen vislumbres y aparienciasde aventuras, tomaron motivo de la que don Quijote ya les había contado dela cueva de Montesinos, para hacerle una que fuese famosa (pero de lo quemás la duquesa se admiraba era que la simplicidad de Sancho fuese tanta quehubiese venido a creer ser verdad infalible que Dulcinea del Tobosoestuviese encantada, habiendo sido él mesmo el encantador y el embustero deaquel negocio); y así, habiendo dado orden a sus criados de todo lo quehabían de hacer, de allí a seis días le llevaron a caza de montería, contanto aparato de monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado.Diéronle a don Quijote un vestido de monte y a Sancho otro verde, definísimo paño; pero don Quijote no se le quiso poner, diciendo que otro díahabía de volver al duro ejercicio de las armas y que no podía llevarconsigo guardarropas ni reposterías. Sancho sí tomó el que le dieron, conintención de venderle en la primera ocasión que pudiese.

Llegado, pues, el esperado día, armóse don Quijote, vistióse Sancho, y,encima de su rucio, que no le quiso dejar aunque le daban un caballo, semetió entre la tropa de los monteros. La duquesa salió bizarramenteaderezada, y don Quijote, de puro cortés y comedido, tomó la rienda de supalafrén, aunque el duque no quería consentirlo, y, finalmente, llegaron aun bosque que entre dos altísimas montañas estaba, donde, tomados lospuestos, paranzas y veredas, y repartida la gente por diferentes puestos,se comenzó la caza con grande estruendo, grita y vocería, de manera queunos a otros no podían oírse, así por el ladrido de los perros como por elson de las bocinas.

Apeóse la duquesa, y, con un agudo venablo en las manos, se puso en unpuesto por donde ella sabía que solían venir algunos jabalíes. Apeóseasimismo el duque y don Quijote, y pusiéronse a sus lados; Sancho se pusodetrás de todos, sin apearse del rucio, a quien no osara desamparar, porqueno le sucediese algún desmán. Y, apenas habían sentado el pie y puesto enala con otros muchos criados suyos, cuando, acosado de los perros y seguidode los cazadores, vieron que hacia ellos venía un desmesurado jabalí,crujiendo dientes y colmillos y arrojando espuma por la boca; y enviéndole, embrazando su escudo y puesta mano a su espada, se adelantó arecebirle don Quijote. Lo mesmo hizo el duque con su venablo; pero a todosse adelantara la duquesa, si el duque no se lo estorbara. Sólo Sancho, enviendo al valiente animal, desamparó al rucio y dio a correr cuanto pudo,y, procurando subirse sobre una alta encina, no fue posible; antes, estandoya a la mitad dél, asido de una rama, pugnando subir a la cima, fue tancorto de ventura y tan desgraciado, que se desgajó la rama, y, al venir alsuelo, se quedó en el aire, asido de un gancho de la encina, sin poderllegar al suelo. Y, viéndose así, y que el sayo verde se le rasgaba, ypareciéndole que si aquel fiero animal allí allegaba le podía alcanzar,comenzó a dar tantos gritos y a pedir socorro con tanto ahínco, que todoslos que le oían y no le veían creyeron que estaba entre los dientes dealguna fiera.

Finalmente, el colmilludo jabalí quedó atravesado de las cuchillas demuchos venablos que se le pusieron delante; y, volviendo la cabeza donQuijote a los gritos de Sancho, que ya por ellos le había conocido, violependiente de la encina y la cabeza abajo, y al rucio junto a él, que no ledesamparó en su calamidad; y dice Cide Hamete que pocas veces vio a SanchoPanza sin ver al rucio, ni al rucio sin ver a Sancho: tal era la amistad ybuena fe que entre los dos se guardaban.

Llegó don Quijote y descolgó a Sancho; el cual, viéndose libre y en elsuelo, miró lo desgarrado del sayo de monte, y pesóle en el alma; que pensóque tenía en el vestido un mayorazgo. En esto, atravesaron al jabalípoderoso sobre una acémila, y, cubriéndole con matas de romero y con ramasde mirto, le llevaron, como en señal de vitoriosos despojos, a unas grandestiendas de campaña que en la mitad del bosque estaban puestas, dondehallaron las mesas en orden y la comida aderezada, tan sumptuosa y grande,que se echaba bien de ver en ella la grandeza y magnificencia de quien ladaba. Sancho, mostrando las llagas a la duquesa de su roto vestido, dijo:

-Si esta caza fuera de liebres o de pajarillos, seguro estuviera mi sayo deverse en este estremo. Yo no sé qué gusto se recibe de esperar a un animalque, si os alcanza con un colmillo, os puede quitar la vida; yo me acuerdohaber oído cantar un romance antiguo que dice:

De los osos seas comido,

como Favila el nombrado.

-Ése fue un rey godo -dijo don Quijote-, que, yendo a caza de montería, lecomió un oso.

-Eso es lo que yo digo -respondió Sancho-: que no querría yo que lospríncipes y los reyes se pusiesen en semejantes peligros, a trueco de ungusto que parece que no le había de ser, pues consiste en matar a un animalque no ha cometido delito alguno.

-Antes os engañáis, Sancho -respondió el duque-, porque el ejercicio de lacaza de monte es el más conveniente y necesario para los reyes y príncipesque otro alguno. La caza es una imagen de la guerra: hay en ellaestratagemas, astucias, insidias para vencer a su salvo al enemigo;padécense en ella fríos grandísimos y calores intolerables; menoscábase elocio y el sueño, corrobóranse las fuerzas, agilítanse los miembros del quela usa, y, en resolución, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio denadie y con gusto de muchos; y lo mejor que él tiene es que no es paratodos, como lo es el de los otros géneros de caza, excepto el de lavolatería, que también es sólo para reyes y grandes señores. Así que, ¡ohSancho!, mudad de opinión, y, cuando seáis gobernador, ocupaos en la caza yveréis como os vale un pan por ciento.

-Eso no -respondió Sancho-: el buen gobernador, la pierna quebrada y encasa. ¡Bueno sería que viniesen los negociantes a buscarle fatigados y élestuviese en el monte holgándose! ¡Así enhoramala andaría el gobierno! Míafe, señor, la caza y los pasatiempos más han de ser para los holgazanes quepara los gobernadores. En lo que yo pienso entretenerme es en jugar altriunfo envidado las pascuas, y a los bolos los domingos y fiestas; queesas cazas ni cazos no dicen con mi condición ni hacen con mi conciencia.

-Plega a Dios, Sancho, que así sea, porque del dicho al hecho hay grantrecho.

-Haya lo que hubiere -replicó Sancho-, que al buen pagador no le duelenprendas, y más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga, y tripasllevan pies, que no pies a tripas; quiero decir que si Dios me ayuda, y yohago lo que debo con buena intención, sin duda que gobernaré mejor que ungerifalte. ¡No, sino pónganme el dedo en la boca y verán si aprieto o no!

-¡Maldito seas de Dios y de todos sus santos, Sancho maldito -dijo donQuijote-, y cuándo será el día, como otras muchas veces he dicho, donde yote vea hablar sin refranes una razón corriente y concertada! Vuestrasgrandezas dejen a este tonto, señores míos, que les molerá las almas, nosólo puestas entre dos, sino entre dos mil refranes, traídos tan a sazón ytan a tiempo cuanto le dé Dios a él la salud, o a mí si los querríaescuchar.

-Los refranes de Sancho Panza -dijo la duquesa-, puesto que son más que losdel Comendador Griego, no por eso son en menos de estimar, por la brevedadde las sentencias. De mí sé decir que me dan más gusto que otros, aunquesean mejor traídos y con más sazón acomodados.

Con estos y otros entretenidos razonamientos, salieron de la tienda albosque, y en requerir algunas paranzas, y presto, se les pasó el día y seles vino la noche, y no tan clara ni tan sesga como la sazón del tiempopedía, que era en la mitad del verano; pero un cierto claroescuro que trujoconsigo ayudó mucho a la intención de los duques; y, así como comenzó aanochecer, un poco más adelante del crepúsculo, a deshora pareció que todoel bosque por todas cuatro partes se ardía, y luego se oyeron por aquí ypor allí, y por acá y por acullá, infinitas cornetas y otros instrumentosde guerra, como de muchas tropas de caballería que por el bosque pasaba. Laluz del fuego, el son de los bélicos instrumentos, casi cegaron y atronaronlos ojos y los oídos de los circunstantes, y aun de todos los que en elbosque estaban. Luego se oyeron infinitos lelilíes, al uso de moros cuandoentran en las batallas, sonaron trompetas y clarines, retumbaron tambores,resonaron pífaros, casi todos a un tiempo, tan contino y tan apriesa, queno tuviera sentido el que no quedara sin él al son confuso de tantosintrumentos. Pasmóse el duque, suspendióse la duquesa, admiróse donQuijote, tembló Sancho Panza, y, finalmente, aun hasta los mesmos sabidoresde la causa se espantaron. Con el temor les cogió el silencio, y unpostillón que en traje de demonio les pasó por delante, tocando en voz decorneta un hueco y desmesurado cuerno, que un ronco y espantoso sondespedía.

-¡Hola, hermano correo! -dijo el duque-, ¿quién sois, adónde vais, y quégente de guerra es la que por este bosque parece que atraviesa?

A lo que respondió el correo con voz horrísona y desenfadada:

-Yo soy el Diablo; voy a buscar a don Quijote de la Mancha; la gente quepor aquí viene son seis tropas de encantadores, que sobre un carrotriunfante traen a la sin par Dulcinea del Toboso. Encantada viene con elgallardo francés Montesinos, a dar orden a don Quijote de cómo ha de serdesencantada la tal señora.

-Si vos fuérades diablo, como decís y como vuestra figura muestra, yahubiérades conocido al tal caballero don Quijote de la Mancha, pues letenéis delante.

-En Dios y en mi conciencia -respondió el Diablo- que no miraba en ello,porque traigo en tantas cosas divertidos los pensamientos, que de laprincipal a que venía se me olvidaba.

-Sin duda -dijo Sancho- que este demonio debe de ser hombre de bien y buencristiano, porque, a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahorayo tengo para mí que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente.

Luego el Demonio, sin apearse, encaminando la vista a don Quijote, dijo:

-A ti, el Caballero de los Leones (que entre las garras dellos te vea yo),me envía el desgraciado pero valiente caballero Montesinos, mandándome quede su parte te diga que le esperes en el mismo lugar que te topare, a causaque trae consigo a la que llaman Dulcinea del Toboso, con orden de darte laque es menester para desencantarla. Y, por no ser para más mi venida, no hade ser más mi estada: los demonios como yo queden contigo, y los ángelesbuenos con estos señores.

Y, en diciendo esto, tocó el desaforado cuerno, y volvió las espaldas yfuese, sin esperar respuesta de ninguno.

Renovóse la admiración en todos, especialmente en Sancho y don Quijote: enSancho, en ver que, a despecho de la verdad, querían que estuvieseencantada Dulcinea; en don Quijote, por no poder asegurarse si era verdad ono lo que le había pasado en la cueva de Montesinos. Y, estando elevado enestos pensamientos, el duque le dijo:

-¿Piensa vuestra merced esperar, señor don Quijote?

-Pues ¿no? -respondió él-. Aquí esperaré intrépido y fuerte, si me viniesea embestir todo el infierno.

-Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el pasado, así esperaréyo aquí como en Flandes -dijo Sancho.

En esto, se cerró más la noche, y comenzaron a discurrir muchas luces porel bosque, bien así como discurren por el cielo las exhalaciones secas dela tierra, que parecen a nuestra vista estrellas que corren. Oyóse asimismoun espantoso ruido, al modo de aquel que se causa de las ruedas macizas quesuelen traer los carros de bueyes, de cuyo chirrío áspero y continuado sedice que huyen los lobos y los osos, si los hay por donde pasan. Añadióse atoda esta tempestad otra que las aumentó todas, que fue que parecíaverdaderamente que a las cuatro partes del bosque se estaban dando a unmismo tiempo cuatro rencuentros o batallas, porque allí sonaba el duroestruendo de espantosa artillería, acullá se disparaban infinitasescopetas, cerca casi sonaban las voces de los combatientes, lejos sereiteraban los lililíes agarenos.

Finalmente, las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, lastrompetas, los tambores, la artillería, los arcabuces, y, sobre todo, eltemeroso ruido de los carros, formaban todos juntos un son tan confuso ytan horrendo, que fue menester que don Quijote se valiese de todo sucorazón para sufrirle; pero el de Sancho vino a tierra, y dio con éldesmayado en las faldas de la duquesa, la cual le recibió en ellas, y agran priesa mandó que le echasen agua en el rostro. Hízose así, y él volvióen su acuerdo, a tiempo que ya un carro de las rechinantes ruedas llegaba aaquel puesto.

Tirábanle cuatro perezosos bueyes, todos cubiertos de paramentos negros; encada cuerno traían atada y encendida una grande hacha de cera, y encima delcarro venía hecho un asiento alto, sobre el cual venía sentado un venerableviejo, con una barba más blanca que la mesma nieve, y tan luenga que lepasaba de la cintura; su vestidura era una ropa larga de negro bocací, que,por venir el carro lleno de infinitas luces, se podía bien divisar ydiscernir todo lo que en él venía. Guiábanle dos feos demonios vestidos delmesmo bocací, con tan feos rostros, que Sancho, habiéndolos visto una vez,cerró los ojos por no verlos otra. Llegando, pues, el carro a igualar alpuesto, se levantó de su alto asiento el viejo venerable, y, puesto en pie,dando una gran voz, dijo:

-Yo soy el sabio Lirgandeo.

Y pasó el carro adelante, sin hablar más palabra. Tras éste pasó otro carrode la misma manera, con otro viejo entronizado; el cual, haciendo que elcarro se detuviese, con voz no menos grave que el otro, dijo:

-Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo de Urganda la Desconocida.

Y pasó adelante.

Luego, por el mismo continente, llegó otro carro; pero el que venía sentadoen el trono no era viejo como los demás, sino hombrón robusto y de malacatadura, el cual, al llegar, levantándose en pie, como los otros, dijo convoz más ronca y más endiablada:

-Yo soy Arcaláus el encantador, enemigo mortal de Amadís de Gaula y de todasu parentela.

Y pasó adelante. Poco desviados de allí hicieron alto estos tres carros, ycesó el enfadoso ruido de sus ruedas, y luego se oyó otro, no ruido, sinoun son de una suave y concertada música formado, con que Sancho se alegró,y lo tuvo a buena señal; y así, dijo a la duquesa, de quien un punto ni unpaso se apartaba:

-Señora, donde hay música no puede haber cosa mala.

-Tampoco donde hay luces y claridad -respondió la duquesa.

A lo que replicó Sancho:

-Luz da el fuego y claridad las hogueras, como lo vemos en las que noscercan, y bien podría ser que nos abrasasen, pero la música siempre esindicio de regocijos y de fiestas.

-Ello dirá -dijo don Quijote, que todo lo escuchaba.

Y dijo bien, como se muestra en el capítulo siguiente.

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