Capítulo XXXVIII: Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña Dolorida
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XXXVIII
Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar por el jardín adelantehasta cantidad de doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas vestidas deunos monjiles anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocasblancas de delgado canequí, tan luengas que sólo el ribete del monjildescubrían. Tras ellas venía la condesa Trifaldi, a quien traía de la manoel escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida de finísima y negrabayeta por frisar, que, a venir frisada, descubriera cada grano del grandorde un garbanzo de los buenos de Martos. La cola, o falda, o como llamarlaquisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos detres pajes, asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemáticafigura con aquellos tres ángulos acutos que las tres puntas formaban, porlo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella sedebía llamar la condesa Trifaldi, como si dijésemos la condesa de las TresFaldas; y así dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido sellama la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos,y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa Zorruna, porser costumbre en aquellas partes tomar los señores la denominación de susnombres de la cosa o cosas en que más sus estados abundan; empero estacondesa, por favorecer la novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó elTrifaldi.
Venían las doce dueñas y la señora a paso de procesión, cubiertos losrostros con unos velos negros y no trasparentes como el de Trifaldín, sinotan apretados que ninguna cosa se traslucían.
Así como acabó de parecer el dueñesco escuadrón, el duque, la duquesa y donQuijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesiónmiraban. Pararon las doce dueñas y hicieron calle, por medio de la cual laDolorida se adelantó, sin dejarla de la mano Trifaldín, viendo lo cual elduque, la duquesa y don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos arecebirla. Ella, puesta las rodillas en el suelo, con voz antes basta yronca que sutil y dilicada, dijo:
-Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesía a este sucriado; digo, a esta su criada, porque, según soy de dolorida, no acertaréa responder a lo que debo, a causa que mi estraña y jamás vista desdicha meha llevado el entendimiento no sé adónde, y debe de ser muy lejos, puescuanto más le busco menos le hallo.
-Sin él estaría -respondió el duque-, señora condesa, el que no descubriesepor vuestra persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es merecedor detoda la nata de la cortesía y de toda la flor de las bien criadasceremonias.
Y, levantándola de la mano, la llevó a asentar en una silla junto a laduquesa, la cual la recibió asimismo con mucho comedimiento.
Don Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por ver el rostro de laTrifaldi y de alguna de sus muchas dueñas, pero no fue posible hasta queellas de su grado y voluntad se descubrieron.
Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quién le había deromper, y fue la dueña Dolorida con estas palabras:
-Confiada estoy, señor poderosísimo, hermosísima señora y discretísimoscircunstantes, que ha de hallar mi cuitísima en vuestros valerosísimospechos acogimiento no menos plácido que generoso y doloroso, porque ella estal, que es bastante a enternecer los mármoles, y a ablandar los diamantes,y a molificar los aceros de los más endurecidos corazones del mundo; pero,antes que salga a la plaza de vuestros oídos, por no decir orejas, quisieraque me hicieran sabidora si está en este gremio, corro y compañía elacendradísimo caballero don Quijote de la Manchísima y su escuderísimoPanza.
-El Panza -antes que otro respondiese, dijo Sancho- aquí esta, y el donQuijotísimo asimismo; y así, podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo quequisieridísimis, que todos estamos prontos y aparejadísimos a ser vuestrosservidorísimos.
En esto se levantó don Quijote, y, encaminando sus razones a la Doloridadueña, dijo:
-Si vuestras cuitas, angustiada señora, se pueden prometer alguna esperanzade remedio por algún valor o fuerzas de algún andante caballero, aquí estánlas mías, que, aunque flacas y breves, todas se emplearán en vuestroservicio. Yo soy don Quijote de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a todasuerte de menesterosos, y, siendo esto así, como lo es, no habéis menester,señora, captar benevolencias ni buscar preámbulos, sino, a la llana y sinrodeos, decir vuestros males, que oídos os escuchan que sabrán, si noremediarlos, dolerse dellos.
Oyendo lo cual, la Dolorida dueña hizo señal de querer arrojarse a los piesde don Quijote, y aun se arrojó, y, pugnando por abrazárselos, decía:
-Ante estos pies y piernas me arrojo, ¡oh caballero invicto!, por ser losque son basas y colunas de la andante caballería; estos pies quiero besar,de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia, ¡oh valerosoandante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás y escurecen las fabulosas delos Amadises, Esplandianes y Belianises!
Y, dejando a don Quijote, se volvió a Sancho Panza, y, asiéndole de lasmanos, le dijo:
-¡Oh tú, el más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante en lospresentes ni en los pasados siglos, más luengo en bondad que la barba deTrifaldín, mi acompañador, que está presente!, bien puedes preciarte que enservir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballerosque han tratado las armas en el mundo. Conjúrote, por lo que debes a tubondad fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño, para que luegofavorezca a esta humilísima y desdichadísima condesa.
A lo que respondió Sancho:
-De que sea mi bondad, señoría mía, tan larga y grande como la barba devuestro escudero, a mí me hace muy poco al caso; barbada y con bigotestenga yo mi alma cuando desta vida vaya, que es lo que importa, que de lasbarbas de acá poco o nada me curo; pero, sin esas socaliñas ni plegarias,yo rogaré a mi amo, que sé que me quiere bien, y más agora que me hamenester para cierto negocio, que favorezca y ayude a vuesa merced en todolo que pudiere. Vuesa merced desembaúle su cuita y cuéntenosla, y dejehacer, que todos nos entenderemos.
Reventaban de risa con estas cosas los duques, como aquellos que habíantomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la agudeza ydisimulación de la Trifaldi, la cual, volviéndose a sentar, dijo:
-«Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar delSur, dos leguas más allá del cabo Comorín, fue señora la reina doñaMaguncia, viuda del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimoniotuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia, heredera del reino, la cualdicha infanta Antonomasia se crió y creció debajo de mi tutela y doctrina,por ser yo la más antigua y la más principal dueña de su madre. Sucedió,pues, que, yendo días y viniendo días, la niña Antonomasia llegó a edad decatorce años, con tan gran perfeción de hermosura, que no la pudo subir másde punto la naturaleza. ¡Pues digamos agora que la discreción era mocosa!Así era discreta como bella, y era la más bella del mundo, y lo es, si yalos hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambrede la vida. Pero no habrán, que no han de permitir los cielos que se hagatanto mal a la tierra como sería llevarse en agraz el racimo del máshermoso veduño del suelo. De esta hermosura, y no como se debe encarecidade mi torpe lengua, se enamoró un número infinito de príncipes, asínaturales como estranjeros, entre los cuales osó levantar los pensamientosal cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba,confiado en su mocedad y en su bizarría, y en sus muchas habilidades ygracias, y facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestrasgrandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hacíahablar, y más que era poeta y gran bailarín, y sabía hacer una jaula depájaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida cuando se viera enestrema necesidad, que todas estas partes y gracias son bastantes aderribar una montaña, no que una delicada doncella. Pero toda su gentilezay buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ningunaparte para rendir la fortaleza de mi niña, si el ladrón desuellacaras nousara del remedio de rendirme a mí primero. Primero quiso el malandrín ydesalmado vagamundo granjearme la voluntad y cohecharme el gusto, para queyo, mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que guardaba. Enresolución: él me aduló el entendimiento y me rindió la voluntad con no séqué dijes y brincos que me dio, pero lo que más me hizo postrar y darconmigo por el suelo fueron unas coplas que le oí cantar una noche desdeuna reja que caía a una callejuela donde él estaba, que, si mal no meacuerdo, decían:
De la dulce mi enemiga
nace un mal que al alma hiere,
y, por más tormento, quiere
que se sienta y no se diga.
Parecióme la trova de perlas, y su voz de almíbar, y después acá, digo,desde entonces, viendo el mal en que caí por estos y otros semejantesversos, he considerado que de las buenas y concertadas repúblicas se habíande desterrar los poetas, como aconsejaba Platón, a lo menos, los lascivos,porque escriben unas coplas, no como las del marqués de Mantua, queentretienen y hacen llorar los niños y a las mujeres, sino unas agudezasque, a modo de blandas espinas, os atraviesan el alma, y como rayos oshieren en ella, dejando sano el vestido. Y otra vez cantó:
Ven, muerte, tan escondida
que no te sienta venir,
porque el placer del morir
no me torne a dar la vida.
Y deste jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritossuspenden. Pues, ¿qué cuando se humillan a componer un género de verso queen Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? Allí erael brincar de las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de loscuerpos y, finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y así, digo,señores míos, que los tales trovadores con justo título los debíandesterrar a las islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sinolos simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera labuena dueña que debía, no me habían de mover sus trasnochados conceptos, nihabía de creer ser verdad aquel decir: "Vivo muriendo, ardo en el yelo,tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, pártome y quédome", con otrosimposibles desta ralea, de que están sus escritos llenos. Pues, ¿qué cuandoprometen el fénix de Arabia, la corona de Aridiana, los caballos del Sol,del Sur las perlas, de Tíbar el oro y de Pancaya el bálsamo? Aquí es dondeellos alargan más la pluma, como les cuesta poco prometer lo que jamáspiensan ni pueden cumplir. Pero, ¿dónde me divierto? ¡Ay de mí, desdichada!¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendotanto que decir de las mías? ¡Ay de mí, otra vez, sin ventura!, que no merindieron los versos, sino mi simplicidad; no me ablandaron las músicas,sino mi liviandad: mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron elcamino y desembarazaron la senda a los pasos de don Clavijo, que éste es elnombre del referido caballero; y así, siendo yo la medianera, él se hallóuna y muy muchas veces en la estancia de la por mí, y no por él, engañadaAntonomasia, debajo del título de verdadero esposo; que, aunque pecadora,no consintiera que sin ser su marido la llegara a la vira de la suela desus zapatillas. ¡No, no, eso no: el matrimonio ha de ir adelante encualquier negocio destos que por mí se tratare! Solamente hubo un daño eneste negocio, que fue el de la desigualdad, por ser don Clavijo uncaballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya he dicho,del reino. Algunos días estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mirecato esta maraña, hasta que me pareció que la iba descubriendo a másandar no sé qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizoentrar en bureo a los tres, y salió dél que, antes que se saliese a luz elmal recado, don Clavijo pidiese ante el vicario por su mujer a Antonomasia,en fe de una cédula que de ser su esposa la infanta le había hecho, notadapor mi ingenio, con tanta fuerza, que las de Sansón no pudieran romperla.Hiciéronse las diligencias, vio el vicario la cédula, tomó el tal vicariola confesión a la señora, confesó de plano, mandóla depositar en casa de unalguacil de corte muy honrado...»
A esta sazón, dijo Sancho:
-También en Candaya hay alguaciles de corte, poetas y seguidillas, por loque puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno. Pero dése vuesamerced priesa, señora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el findesta tan larga historia.
-Sí haré -respondió la condesa.
Venían las doce dueñas y la señora a paso de procesión, cubiertos losrostros con unos velos negros y no trasparentes como el de Trifaldín, sinotan apretados que ninguna cosa se traslucían.
Así como acabó de parecer el dueñesco escuadrón, el duque, la duquesa y donQuijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesiónmiraban. Pararon las doce dueñas y hicieron calle, por medio de la cual laDolorida se adelantó, sin dejarla de la mano Trifaldín, viendo lo cual elduque, la duquesa y don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos arecebirla. Ella, puesta las rodillas en el suelo, con voz antes basta yronca que sutil y dilicada, dijo:
-Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesía a este sucriado; digo, a esta su criada, porque, según soy de dolorida, no acertaréa responder a lo que debo, a causa que mi estraña y jamás vista desdicha meha llevado el entendimiento no sé adónde, y debe de ser muy lejos, puescuanto más le busco menos le hallo.
-Sin él estaría -respondió el duque-, señora condesa, el que no descubriesepor vuestra persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es merecedor detoda la nata de la cortesía y de toda la flor de las bien criadasceremonias.
Y, levantándola de la mano, la llevó a asentar en una silla junto a laduquesa, la cual la recibió asimismo con mucho comedimiento.
Don Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por ver el rostro de laTrifaldi y de alguna de sus muchas dueñas, pero no fue posible hasta queellas de su grado y voluntad se descubrieron.
Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quién le había deromper, y fue la dueña Dolorida con estas palabras:
-Confiada estoy, señor poderosísimo, hermosísima señora y discretísimoscircunstantes, que ha de hallar mi cuitísima en vuestros valerosísimospechos acogimiento no menos plácido que generoso y doloroso, porque ella estal, que es bastante a enternecer los mármoles, y a ablandar los diamantes,y a molificar los aceros de los más endurecidos corazones del mundo; pero,antes que salga a la plaza de vuestros oídos, por no decir orejas, quisieraque me hicieran sabidora si está en este gremio, corro y compañía elacendradísimo caballero don Quijote de la Manchísima y su escuderísimoPanza.
-El Panza -antes que otro respondiese, dijo Sancho- aquí esta, y el donQuijotísimo asimismo; y así, podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo quequisieridísimis, que todos estamos prontos y aparejadísimos a ser vuestrosservidorísimos.
En esto se levantó don Quijote, y, encaminando sus razones a la Doloridadueña, dijo:
-Si vuestras cuitas, angustiada señora, se pueden prometer alguna esperanzade remedio por algún valor o fuerzas de algún andante caballero, aquí estánlas mías, que, aunque flacas y breves, todas se emplearán en vuestroservicio. Yo soy don Quijote de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a todasuerte de menesterosos, y, siendo esto así, como lo es, no habéis menester,señora, captar benevolencias ni buscar preámbulos, sino, a la llana y sinrodeos, decir vuestros males, que oídos os escuchan que sabrán, si noremediarlos, dolerse dellos.
Oyendo lo cual, la Dolorida dueña hizo señal de querer arrojarse a los piesde don Quijote, y aun se arrojó, y, pugnando por abrazárselos, decía:
-Ante estos pies y piernas me arrojo, ¡oh caballero invicto!, por ser losque son basas y colunas de la andante caballería; estos pies quiero besar,de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia, ¡oh valerosoandante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás y escurecen las fabulosas delos Amadises, Esplandianes y Belianises!
Y, dejando a don Quijote, se volvió a Sancho Panza, y, asiéndole de lasmanos, le dijo:
-¡Oh tú, el más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante en lospresentes ni en los pasados siglos, más luengo en bondad que la barba deTrifaldín, mi acompañador, que está presente!, bien puedes preciarte que enservir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballerosque han tratado las armas en el mundo. Conjúrote, por lo que debes a tubondad fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño, para que luegofavorezca a esta humilísima y desdichadísima condesa.
A lo que respondió Sancho:
-De que sea mi bondad, señoría mía, tan larga y grande como la barba devuestro escudero, a mí me hace muy poco al caso; barbada y con bigotestenga yo mi alma cuando desta vida vaya, que es lo que importa, que de lasbarbas de acá poco o nada me curo; pero, sin esas socaliñas ni plegarias,yo rogaré a mi amo, que sé que me quiere bien, y más agora que me hamenester para cierto negocio, que favorezca y ayude a vuesa merced en todolo que pudiere. Vuesa merced desembaúle su cuita y cuéntenosla, y dejehacer, que todos nos entenderemos.
Reventaban de risa con estas cosas los duques, como aquellos que habíantomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la agudeza ydisimulación de la Trifaldi, la cual, volviéndose a sentar, dijo:
-«Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar delSur, dos leguas más allá del cabo Comorín, fue señora la reina doñaMaguncia, viuda del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimoniotuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia, heredera del reino, la cualdicha infanta Antonomasia se crió y creció debajo de mi tutela y doctrina,por ser yo la más antigua y la más principal dueña de su madre. Sucedió,pues, que, yendo días y viniendo días, la niña Antonomasia llegó a edad decatorce años, con tan gran perfeción de hermosura, que no la pudo subir másde punto la naturaleza. ¡Pues digamos agora que la discreción era mocosa!Así era discreta como bella, y era la más bella del mundo, y lo es, si yalos hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambrede la vida. Pero no habrán, que no han de permitir los cielos que se hagatanto mal a la tierra como sería llevarse en agraz el racimo del máshermoso veduño del suelo. De esta hermosura, y no como se debe encarecidade mi torpe lengua, se enamoró un número infinito de príncipes, asínaturales como estranjeros, entre los cuales osó levantar los pensamientosal cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba,confiado en su mocedad y en su bizarría, y en sus muchas habilidades ygracias, y facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestrasgrandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hacíahablar, y más que era poeta y gran bailarín, y sabía hacer una jaula depájaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida cuando se viera enestrema necesidad, que todas estas partes y gracias son bastantes aderribar una montaña, no que una delicada doncella. Pero toda su gentilezay buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ningunaparte para rendir la fortaleza de mi niña, si el ladrón desuellacaras nousara del remedio de rendirme a mí primero. Primero quiso el malandrín ydesalmado vagamundo granjearme la voluntad y cohecharme el gusto, para queyo, mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que guardaba. Enresolución: él me aduló el entendimiento y me rindió la voluntad con no séqué dijes y brincos que me dio, pero lo que más me hizo postrar y darconmigo por el suelo fueron unas coplas que le oí cantar una noche desdeuna reja que caía a una callejuela donde él estaba, que, si mal no meacuerdo, decían:
De la dulce mi enemiga
nace un mal que al alma hiere,
y, por más tormento, quiere
que se sienta y no se diga.
Parecióme la trova de perlas, y su voz de almíbar, y después acá, digo,desde entonces, viendo el mal en que caí por estos y otros semejantesversos, he considerado que de las buenas y concertadas repúblicas se habíande desterrar los poetas, como aconsejaba Platón, a lo menos, los lascivos,porque escriben unas coplas, no como las del marqués de Mantua, queentretienen y hacen llorar los niños y a las mujeres, sino unas agudezasque, a modo de blandas espinas, os atraviesan el alma, y como rayos oshieren en ella, dejando sano el vestido. Y otra vez cantó:
Ven, muerte, tan escondida
que no te sienta venir,
porque el placer del morir
no me torne a dar la vida.
Y deste jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritossuspenden. Pues, ¿qué cuando se humillan a componer un género de verso queen Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? Allí erael brincar de las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de loscuerpos y, finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y así, digo,señores míos, que los tales trovadores con justo título los debíandesterrar a las islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sinolos simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera labuena dueña que debía, no me habían de mover sus trasnochados conceptos, nihabía de creer ser verdad aquel decir: "Vivo muriendo, ardo en el yelo,tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, pártome y quédome", con otrosimposibles desta ralea, de que están sus escritos llenos. Pues, ¿qué cuandoprometen el fénix de Arabia, la corona de Aridiana, los caballos del Sol,del Sur las perlas, de Tíbar el oro y de Pancaya el bálsamo? Aquí es dondeellos alargan más la pluma, como les cuesta poco prometer lo que jamáspiensan ni pueden cumplir. Pero, ¿dónde me divierto? ¡Ay de mí, desdichada!¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendotanto que decir de las mías? ¡Ay de mí, otra vez, sin ventura!, que no merindieron los versos, sino mi simplicidad; no me ablandaron las músicas,sino mi liviandad: mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron elcamino y desembarazaron la senda a los pasos de don Clavijo, que éste es elnombre del referido caballero; y así, siendo yo la medianera, él se hallóuna y muy muchas veces en la estancia de la por mí, y no por él, engañadaAntonomasia, debajo del título de verdadero esposo; que, aunque pecadora,no consintiera que sin ser su marido la llegara a la vira de la suela desus zapatillas. ¡No, no, eso no: el matrimonio ha de ir adelante encualquier negocio destos que por mí se tratare! Solamente hubo un daño eneste negocio, que fue el de la desigualdad, por ser don Clavijo uncaballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya he dicho,del reino. Algunos días estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mirecato esta maraña, hasta que me pareció que la iba descubriendo a másandar no sé qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizoentrar en bureo a los tres, y salió dél que, antes que se saliese a luz elmal recado, don Clavijo pidiese ante el vicario por su mujer a Antonomasia,en fe de una cédula que de ser su esposa la infanta le había hecho, notadapor mi ingenio, con tanta fuerza, que las de Sansón no pudieran romperla.Hiciéronse las diligencias, vio el vicario la cédula, tomó el tal vicariola confesión a la señora, confesó de plano, mandóla depositar en casa de unalguacil de corte muy honrado...»
A esta sazón, dijo Sancho:
-También en Candaya hay alguaciles de corte, poetas y seguidillas, por loque puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno. Pero dése vuesamerced priesa, señora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el findesta tan larga historia.
-Sí haré -respondió la condesa.
Capítulo anterior: Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida
Capítulo siguiente: Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia