Capítulo IV: Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Volvió Sancho a casa de don Quijote, y, volviendo al pasado razonamiento,dijo:

-A lo que el señor Sansón dijo que se deseaba saber quién, o cómo, o cuándose me hurtó el jumento, respondiendo digo que la noche misma que, huyendode la Santa Hermandad, nos entramos en Sierra Morena, después de laaventura sin ventura de los galeotes y de la del difunto que llevaban aSegovia, mi señor y yo nos metimos entre una espesura, adonde mi señorarrimado a su lanza, y yo sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadasrefriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones depluma; especialmente yo dormí con tan pesado sueño, que quienquiera que fuetuvo lugar de llegar y suspenderme sobre cuatro estacas que puso a loscuatro lados de la albarda, de manera que me dejó a caballo sobre ella, yme sacó debajo de mí al rucio, sin que yo lo sintiese.

-Eso es cosa fácil, y no acontecimiento nuevo, que lo mesmo le sucedió aSacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invenciónle sacó el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrón llamadoBrunelo.

-Amaneció -prosiguió Sancho-, y, apenas me hube estremecido, cuando,faltando las estacas, di conmigo en el suelo una gran caída; miré por eljumento, y no le vi; acudiéronme lágrimas a los ojos, y hice unalamentación, que si no la puso el autor de nuestra historia, puede hacercuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no sé cuántos días, viniendo conla señora princesa Micomicona, conocí mi asno, y que venía sobre él enhábito de gitano aquel Ginés de Pasamonte, aquel embustero y grandísimomaleador que quitamos mi señor y yo de la cadena.

-No está en eso el yerro -replicó Sansón-, sino en que, antes de haberparecido el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmorucio.

-A eso -dijo Sancho-, no sé qué responder, sino que el historiador seengañó, o ya sería descuido del impresor.

-Así es, sin duda -dijo Sansón-; pero, ¿qué se hicieron los cien escudos?;¿deshiciéronse?

Respondió Sancho:

-Yo los gasté en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, yellos han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos ycarreras que he andado sirviendo a mi señor don Quijote; que si, al cabo detanto tiempo, volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra venturame esperaba; y si hay más que saber de mí, aquí estoy, que responderé almismo rey en presona, y nadie tiene para qué meterse en si truje o notruje, si gasté o no gasté; que si los palos que me dieron en estos viajesse hubieran de pagar a dinero, aunque no se tasaran sino a cuatro maravedíscada uno, en otros cien escudos no había para pagarme la mitad; y cada unometa la mano en su pecho, y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lonegro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchasveces.

-Yo tendré cuidado -dijo Carrasco- de acusar al autor de la historia que siotra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho,que será realzarla un buen coto más de lo que ella se está.

-¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, señor bachiller? -preguntó donQuijote.

-Sí debe de haber -respondió él-, pero ninguna debe de ser de laimportancia de las ya referidas.

-Y por ventura -dijo don Quijote-, ¿promete el autor segunda parte?

-Sí promete -respondió Sansón-, pero dice que no ha hallado ni sabe quiénla tiene, y así, estamos en duda si saldrá o no; y así por esto como porquealgunos dicen: "Nunca segundas partes fueron buenas", y otros: "De lascosas de don Quijote bastan las escritas", se duda que no ha de habersegunda parte; aunque algunos que son más joviales que saturninos dicen:"Vengan más quijotadas: embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea loque fuere, que con eso nos contentamos".

-Y ¿a qué se atiene el autor?

-A que -respondió Sansón-, en hallando que halle la historia, que él vabuscando con extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa,llevado más del interés que de darla se le sigue que de otra alabanzaalguna.

A lo que dijo Sancho:

-¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porqueno hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de pascuas, y lasobras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfeción que requieren.Atienda ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi señorle daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesosdiferentes, que pueda componer no sólo segunda parte, sino ciento. Debe depensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí en las pajas; puesténganos el pie al herrar, y verá del que cosqueamos. Lo que yo sé decir esque si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañasdeshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de losbuenos andantes caballeros.

No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a susoídos relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tomó don Quijote porfelicísimo agüero, y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otrasalida; y, declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por quéparte comenzaría su jornada; el cual le respondió que era su parecer quefuese al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza, adonde, de allí a pocosdías, se habían de hacer unas solenísimas justas por la fiesta de SanJorge, en las cuales podría ganar fama sobre todos los caballerosaragoneses, que sería ganarla sobre todos los del mundo. Alabóle serhonradísima y valentísima su determinación, y advirtióle que anduviese másatentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era suya, sino detodos aquellos que le habían de menester para que los amparase y socorrieseen sus desventuras.

-Deso es lo que yo reniego, señor Sansón -dijo a este punto Sancho-, queasí acomete mi señor a cien hombres armados como un muchacho goloso a mediadocena de badeas. ¡Cuerpo del mundo, señor bachiller! Sí, que tiempos hayde acometer y tiempos de retirar; sí, no ha de ser todo "¡Santiago, ycierra, España!" Y más, que yo he oído decir, y creo que a mi señor mismo,si mal no me acuerdo, que en los estremos de cobarde y de temerario está elmedio de la valentía; y si esto es así, no quiero que huya sin tener paraqué, ni que acometa cuando la demasía pide otra cosa. Pero, sobre todo,aviso a mi señor que si me ha de llevar consigo, ha de ser con condiciónque él se lo ha de batallar todo, y que yo no he de estar obligado a otracosa que a mirar por su persona en lo que tocare a su limpieza y a suregalo; que en esto yo le bailaré el agua delante; pero pensar que tengo deponer mano a la espada, aunque sea contra villanos malandrines de hacha ycapellina, es pensar en lo escusado. Yo, señor Sansón, no pienso granjearfama de valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás sirvió acaballero andante; y si mi señor don Quijote, obligado de mis muchos ybuenos servicios, quisiere darme alguna ínsula de las muchas que su merceddice que se ha de topar por ahí, recibiré mucha merced en ello; y cuando nome la diere, nacido soy, y no ha de vivir el hombre en hoto de otro sino deDios; y más, que tan bien, y aun quizá mejor, me sabrá el pan desgobernadoque siendo gobernador; y ¿sé yo por ventura si en esos gobiernos me tieneaparejada el diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga lasmuelas? Sancho nací, y Sancho pienso morir; pero si con todo esto, debuenas a buenas, sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me deparase elcielo alguna ínsula, o otra cosa semejante, no soy tan necio que ladesechase; que también se dice: "Cuando te dieren la vaquilla, corre con lasoguilla"; y "Cuando viene el bien, mételo en tu casa".

-Vos, hermano Sancho -dijo Carrasco-, habéis hablado como un catedrático;pero, con todo eso, confiad en Dios y en el señor don Quijote, que os ha dedar un reino, no que una ínsula.

-Tanto es lo de más como lo de menos -respondió Sancho-; aunque sé decir alseñor Carrasco que no echara mi señor el reino que me diera en saco roto,que yo he tomado el pulso a mí mismo, y me hallo con salud para regirreinos y gobernar ínsulas, y esto ya otras veces lo he dicho a mi señor.

-Mirad, Sancho -dijo Sansón-, que los oficios mudan las costumbres, ypodría ser que viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió.

-Eso allá se ha de entender -respondió Sancho- con los que nacieron en lasmalvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia decristianos viejos, como yo los tengo. ¡No, sino llegaos a mi condición, quesabrá usar de desagradecimiento con alguno!

-Dios lo haga -dijo don Quijote-, y ello dirá cuando el gobierno venga; queya me parece que le trayo entre los ojos.

Dicho esto, rogó al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced decomponerle unos versos que tratasen de la despedida que pensaba hacer de suseñora Dulcinea del Toboso, y que advirtiese que en el principio de cadaverso había de poner una letra de su nombre, de manera que al fin de losversos, juntando las primeras letras, se leyese: Dulcinea del Toboso.

El bachiller respondió que, puesto que él no era de los famosos poetas quehabía en España, que decían que no eran sino tres y medio, que no dejaríade componer los tales metros, aunque hallaba una dificultad grande en sucomposición, a causa que las letras que contenían el nombre eran diez ysiete; y que si hacía cuatro castellanas de a cuatro versos, sobrara unaletra; y si de a cinco, a quien llaman décimas o redondillas, faltaban tresletras; pero, con todo eso, procuraría embeber una letra lo mejor quepudiese, de manera que en las cuatro castellanas se incluyese el nombre deDulcinea del Toboso.

-Ha de ser así en todo caso -dijo don Quijote-; que si allí no va el nombrepatente y de manifiesto, no hay mujer que crea que para ella se hicieronlos metros.

Quedaron en esto y en que la partida sería de allí a ocho días. Encargó donQuijote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maeseNicolás, y a su sobrina y al ama, porque no estorbasen su honrada yvalerosa determinación. Todo lo prometió Carrasco. Con esto se despidió,encargando a don Quijote que de todos sus buenos o malos sucesos leavisase, habiendo comodidad; y así, se despidieron, y Sancho fue a poner enorden lo necesario para su jornada.

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