Capítulo XL: De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XL
Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias comoésta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por lacuriosidad que tuvo en contarnos las semínimas della, sin dejar cosa, pormenuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente: pinta lospensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tácitas, aclaralas dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los átomos del más curiosodeseo manifiesta. ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡OhDulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de porsí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de losvivientes.
Dice, pues, la historia que, así como Sancho vio desmayada a la Dolorida,dijo:
-Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados losPanzas, que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en supensamiento ha cabido, semejante aventura como ésta. Válgate mil satanases,por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y ¿no hallaste otrogénero de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo yno fuera mejor, y a ellas les estuviera más a cuento, quitarles la mitad delas narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerlesbarbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.
-Así es la verdad, señor -respondió una de las doce-, que no tenemoshacienda para mondarnos; y así, hemos tomado algunas de nosotras porremedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, yaplicándolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas comofondo de mortero de piedra; que, puesto que hay en Candaya mujeres queandan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otrosmenjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi señora por jamásquisimos admitirlas, porque las más oliscan a terceras, habiendo dejado deser primas; y si por el señor don Quijote no somos remediadas, con barbasnos llevarán a la sepultura.
-Yo me pelaría las mías -dijo don Quijote- en tierra de moros, si noremediase las vuestras.
A este punto, volvió de su desmayo la Trifaldi y dijo:
-El retintín desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegóa mis oídos, y ha sido parte para que yo dél vuelva y cobre todos missentidos; y así, de nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable,vuestra graciosa promesa se convierta en obra.
-Por mí no quedará -respondió don Quijote-: ved, señora, qué es lo quetengo de hacer, que el ánimo está muy pronto para serviros.
-Es el caso -respondió la Dolorida -que desde aquí al reino de Candaya, sise va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va porel aire y por la línea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Estambién de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase alcaballero nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura hartomejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de seraquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robadaa la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene enla frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligerezaque parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, según estradición antigua, fue compuesto por aquel sabio Merlín; prestósele aPierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes, y robó, como seha dicho, a la linda Magalona, llevándola a las ancas por el aire, dejandoembobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino aquien él quería, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hastaahora no sabemos que haya subido alguno en él. De allí le ha sacadoMalambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en susviajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoyestá aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que eltal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante porlos aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una tazallena de agua en la mano sin que se le derrame gota, según camina llano yreposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballeraen él.
A esto dijo Sancho:
-Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires;pero por la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes hay en el mundo.
Riéronse todos, y la Dolorida prosiguió:
-Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestradesgracia, antes que sea media hora entrada la noche, estará en nuestrapresencia, porque él me significó que la señal que me daría por donde yoentendiese que había hallado el caballero que buscaba, sería enviarme elcaballo, donde fuese con comodidad y presteza.
-Y ¿cuántos caben en ese caballo? -preguntó Sancho.
La Dolorida respondió:
-Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayorparte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando faltaalguna robada doncella.
-Querría yo saber, señora Dolorida -dijo Sancho-, qué nombre tiene esecaballo.
-El nombre -respondió la Dolorida- no es como el caballo de Belorofonte,que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, nicomo el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, como el de Rugero, niBootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco sellama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey delos godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino.
-Yo apostaré -dijo Sancho- que, pues no le han dado ninguno desos famososnombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo,Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.
-Así es -respondió la barbada condesa-, pero todavía le cuadra mucho,porque se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser deleño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con quecamina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famosoRocinante.
-No me descontenta el nombre -replicó Sancho-, pero ¿con qué freno o conqué jáquima se gobierna?
-Ya he dicho -respondió la Trifaldi- que con la clavija, que, volviéndola auna parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere,o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por elmedio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bienordenadas.
-Ya lo querría ver -respondió Sancho-, pero pensar que tengo de subir enél, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno es queapenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que lamesma seda, y querrían ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sincojín ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar lasbarbas a nadie: cada cual se rape como más le viniere a cuento, que yo nopienso acompañar a mi señor en tan largo viaje. Cuanto más, que yo no debode hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para eldesencanto de mi señora Dulcinea.
-Sí sois, amigo -respondió la Trifaldi-, y tanto, que, sin vuestrapresencia, entiendo que no haremos nada.
-¡Aquí del rey! -dijo Sancho-: ¿qué tienen que ver los escuderos con lasaventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban,y hemos de llevar nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen loshistoriadores: "El tal caballero acabó la tal y tal aventura, pero conayuda de fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla".Pero, ¡que escriban a secas: "Don Paralipomenón de las Tres Estrellas acabóla aventura de los seis vestiglos", sin nombrar la persona de suescudero, que se halló presente a todo, como si no fuera en el mundo!Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y buenprovecho le haga, que yo me quedaré aquí, en compañía de la duquesa miseñora, y podría ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de laseñora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en los ratos ociosos ydesocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra pelo.
-Con todo eso, le habéis de acompañar si fuere necesario, buen Sancho,porque os lo rogarán buenos; que no han de quedar por vuestro inútil temortan poblados los rostros destas señoras; que, cierto, sería mal caso.
-¡Aquí del rey otra vez! -replicó Sancho-. Cuando esta caridad se hicierapor algunas doncellas recogidas, o por algunas niñas de la doctrina,pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra porquitar las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las viese yo a todas conbarbas, desde la mayor hasta la menor, y de la más melindrosa hasta la másrepulgada.
-Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo -dijo la duquesa-: mucho os vaistras la opinión del boticario toledano. Pues a fe que no tenéis razón; quedueñas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de dueñas, que aquí está midoña Rodríguez, que no me dejará decir otra cosa.
-Mas que la diga vuestra excelencia -dijo Rodríguez-, que Dios sabe laverdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos lasdueñas, también nos parió nuestra madre como a las otras mujeres; y, puesDios nos echó en el mundo, Él sabe para qué, y a su misericordia me atengo,y no a las barbas de nadie.
-Ahora bien, señora Rodríguez -dijo don Quijote-, y señora Trifaldi ycompañía, yo espero en el cielo que mirará con buenos ojos vuestras cuitas,que Sancho hará lo que yo le mandare, ya viniese Clavileño y ya me viesecon Malambruno; que yo sé que no habría navaja que con más facilidad rapasea vuestras mercedes como mi espada raparía de los hombros la cabeza deMalambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre.
-¡Ay! -dijo a esta sazón la Dolorida-, con benignos ojos miren a vuestragrandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes,e infundan en vuestro ánimo toda prosperidad y valentía para ser escudo yamparo del vituperoso y abatido género dueñesco, abominado de boticarios,murmurado de escuderos y socaliñado de pajes; que mal haya la bellaca queen la flor de su edad no se metió primero a ser monja que a dueña.¡Desdichadas de nosotras las dueñas, que, aunque vengamos por línea recta,de varón en varón, del mismo Héctor el troyano, no dejaran de echaros unvos nuestras señoras, si pensasen por ello ser reinas! ¡Oh giganteMalambruno, que, aunque eres encantador, eres certísimo en tus promesas!,envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe, quesi entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de nuestra ventura!
Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sacó las lágrimas de losojos de todos los circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y propuso ensu corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo, sies que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.
Dice, pues, la historia que, así como Sancho vio desmayada a la Dolorida,dijo:
-Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados losPanzas, que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en supensamiento ha cabido, semejante aventura como ésta. Válgate mil satanases,por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y ¿no hallaste otrogénero de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo yno fuera mejor, y a ellas les estuviera más a cuento, quitarles la mitad delas narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerlesbarbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.
-Así es la verdad, señor -respondió una de las doce-, que no tenemoshacienda para mondarnos; y así, hemos tomado algunas de nosotras porremedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, yaplicándolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas comofondo de mortero de piedra; que, puesto que hay en Candaya mujeres queandan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otrosmenjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi señora por jamásquisimos admitirlas, porque las más oliscan a terceras, habiendo dejado deser primas; y si por el señor don Quijote no somos remediadas, con barbasnos llevarán a la sepultura.
-Yo me pelaría las mías -dijo don Quijote- en tierra de moros, si noremediase las vuestras.
A este punto, volvió de su desmayo la Trifaldi y dijo:
-El retintín desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegóa mis oídos, y ha sido parte para que yo dél vuelva y cobre todos missentidos; y así, de nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable,vuestra graciosa promesa se convierta en obra.
-Por mí no quedará -respondió don Quijote-: ved, señora, qué es lo quetengo de hacer, que el ánimo está muy pronto para serviros.
-Es el caso -respondió la Dolorida -que desde aquí al reino de Candaya, sise va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va porel aire y por la línea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Estambién de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase alcaballero nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura hartomejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de seraquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robadaa la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene enla frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligerezaque parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, según estradición antigua, fue compuesto por aquel sabio Merlín; prestósele aPierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes, y robó, como seha dicho, a la linda Magalona, llevándola a las ancas por el aire, dejandoembobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino aquien él quería, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hastaahora no sabemos que haya subido alguno en él. De allí le ha sacadoMalambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en susviajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoyestá aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que eltal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante porlos aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una tazallena de agua en la mano sin que se le derrame gota, según camina llano yreposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballeraen él.
A esto dijo Sancho:
-Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires;pero por la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes hay en el mundo.
Riéronse todos, y la Dolorida prosiguió:
-Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestradesgracia, antes que sea media hora entrada la noche, estará en nuestrapresencia, porque él me significó que la señal que me daría por donde yoentendiese que había hallado el caballero que buscaba, sería enviarme elcaballo, donde fuese con comodidad y presteza.
-Y ¿cuántos caben en ese caballo? -preguntó Sancho.
La Dolorida respondió:
-Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayorparte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando faltaalguna robada doncella.
-Querría yo saber, señora Dolorida -dijo Sancho-, qué nombre tiene esecaballo.
-El nombre -respondió la Dolorida- no es como el caballo de Belorofonte,que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, nicomo el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, como el de Rugero, niBootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco sellama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey delos godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino.
-Yo apostaré -dijo Sancho- que, pues no le han dado ninguno desos famososnombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo,Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.
-Así es -respondió la barbada condesa-, pero todavía le cuadra mucho,porque se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser deleño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con quecamina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famosoRocinante.
-No me descontenta el nombre -replicó Sancho-, pero ¿con qué freno o conqué jáquima se gobierna?
-Ya he dicho -respondió la Trifaldi- que con la clavija, que, volviéndola auna parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere,o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por elmedio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bienordenadas.
-Ya lo querría ver -respondió Sancho-, pero pensar que tengo de subir enél, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno es queapenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que lamesma seda, y querrían ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sincojín ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar lasbarbas a nadie: cada cual se rape como más le viniere a cuento, que yo nopienso acompañar a mi señor en tan largo viaje. Cuanto más, que yo no debode hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para eldesencanto de mi señora Dulcinea.
-Sí sois, amigo -respondió la Trifaldi-, y tanto, que, sin vuestrapresencia, entiendo que no haremos nada.
-¡Aquí del rey! -dijo Sancho-: ¿qué tienen que ver los escuderos con lasaventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban,y hemos de llevar nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen loshistoriadores: "El tal caballero acabó la tal y tal aventura, pero conayuda de fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla".Pero, ¡que escriban a secas: "Don Paralipomenón de las Tres Estrellas acabóla aventura de los seis vestiglos", sin nombrar la persona de suescudero, que se halló presente a todo, como si no fuera en el mundo!Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y buenprovecho le haga, que yo me quedaré aquí, en compañía de la duquesa miseñora, y podría ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de laseñora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en los ratos ociosos ydesocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra pelo.
-Con todo eso, le habéis de acompañar si fuere necesario, buen Sancho,porque os lo rogarán buenos; que no han de quedar por vuestro inútil temortan poblados los rostros destas señoras; que, cierto, sería mal caso.
-¡Aquí del rey otra vez! -replicó Sancho-. Cuando esta caridad se hicierapor algunas doncellas recogidas, o por algunas niñas de la doctrina,pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra porquitar las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las viese yo a todas conbarbas, desde la mayor hasta la menor, y de la más melindrosa hasta la másrepulgada.
-Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo -dijo la duquesa-: mucho os vaistras la opinión del boticario toledano. Pues a fe que no tenéis razón; quedueñas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de dueñas, que aquí está midoña Rodríguez, que no me dejará decir otra cosa.
-Mas que la diga vuestra excelencia -dijo Rodríguez-, que Dios sabe laverdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos lasdueñas, también nos parió nuestra madre como a las otras mujeres; y, puesDios nos echó en el mundo, Él sabe para qué, y a su misericordia me atengo,y no a las barbas de nadie.
-Ahora bien, señora Rodríguez -dijo don Quijote-, y señora Trifaldi ycompañía, yo espero en el cielo que mirará con buenos ojos vuestras cuitas,que Sancho hará lo que yo le mandare, ya viniese Clavileño y ya me viesecon Malambruno; que yo sé que no habría navaja que con más facilidad rapasea vuestras mercedes como mi espada raparía de los hombros la cabeza deMalambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre.
-¡Ay! -dijo a esta sazón la Dolorida-, con benignos ojos miren a vuestragrandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes,e infundan en vuestro ánimo toda prosperidad y valentía para ser escudo yamparo del vituperoso y abatido género dueñesco, abominado de boticarios,murmurado de escuderos y socaliñado de pajes; que mal haya la bellaca queen la flor de su edad no se metió primero a ser monja que a dueña.¡Desdichadas de nosotras las dueñas, que, aunque vengamos por línea recta,de varón en varón, del mismo Héctor el troyano, no dejaran de echaros unvos nuestras señoras, si pensasen por ello ser reinas! ¡Oh giganteMalambruno, que, aunque eres encantador, eres certísimo en tus promesas!,envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe, quesi entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de nuestra ventura!
Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sacó las lágrimas de losojos de todos los circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y propuso ensu corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo, sies que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.
Capítulo anterior: Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia
Capítulo siguiente: De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura