Capítulo XLIV: Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la estraña aventura que en el castillo sucedió a don Quijote


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Dicen que en el propio original desta historia se lee que, llegando CideHamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él lehabía escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo, porhaber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como esta dedon Quijote, por parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho, sinosar estenderse a otras digresiones y episodios más graves y másentretenidos; y decía que el ir siempre atenido el entendimiento, la mano yla pluma a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocaspersonas era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de suautor, y que, por huir deste inconveniente, había usado en la primera partedel artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente yla del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto quelas demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, queno podían dejar de escribirse. También pensó, como él dice, que muchos,llevados de la atención que piden las hazañas de don Quijote, no la daríana las novelas, y pasarían por ellas, o con priesa o con enfado, sinadvertir la gala y artificio que en sí contienen, el cual se mostrara bienal descubierto cuando, por sí solas, sin arrimarse a las locuras de donQuijote ni a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y así, en esta segundaparte no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodiosque lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece; yaun éstos, limitadamente y con solas las palabras que bastan adeclararlos; y, pues se contiene y cierra en los estrechos límites de lanarración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar deluniverso todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, nopor lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir.

Y luego prosigue la historia diciendo que, en acabando de comer donQuijote, el día que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dioescritos, para que él buscase quien se los leyese; pero, apenas se los hubodado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunicócon la duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingeniode don Quijote; y así, llevando adelante sus burlas, aquella tarde enviarona Sancho con mucho acompañamiento al lugar que para él había de ser ínsula.

Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque,muy discreto y muy gracioso -que no puede haber gracia donde no haydiscreción-, el cual había hecho la persona de la condesa Trifaldi, con eldonaire que queda referido; y con esto, y con ir industriado de susseñores de cómo se había de haber con Sancho, salió con su intentomaravillosamente. Digo, pues, que acaeció que, así como Sancho vio al talmayordomo, se le figuró en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y,volviéndose a su señor, le dijo:

-Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy, en justoy en creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro destemayordomo del duque, que aquí está, es el mesmo de la Dolorida.

Miró don Quijote atentamente al mayordomo, y, habiéndole mirado, dijo aSancho:

-No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente,que no sé lo que quieres decir; que el rostro de la Dolorida es el delmayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida; que, a serlo,implicaría contradición muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estasaveriguaciones, que sería entrarnos en intricados laberintos. Créeme,amigo, que es menester rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos libre alos dos de malos hechiceros y de malos encantadores.

-No es burla, señor -replicó Sancho-, sino que denantes le oí hablar, y nopareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien,yo callaré, pero no dejaré de andar advertido de aquí adelante, a ver sidescubre otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.

-Así lo has de hacer, Sancho -dijo don Quijote-, y darásme aviso de todo loque en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno tesucediere.

Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha gente, vestido a lo letrado, yencima un gabán muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera delo mesmo, sobre un macho a la jineta, y detrás dél, por orden del duque,iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. VolvíaSancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compañíaiba tan contento que no se trocara con el emperador de Alemaña.

Al despedirse de los duques, les besó las manos, y tomó la bendición de suseñor, que se la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con pucheritos.

Deja, lector amable, ir en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dosfanegas de risa, que te ha de causar el saber cómo se portó en su cargo, y,en tanto, atiende a saber lo que le pasó a su amo aquella noche; que si conello no rieres, por lo menos desplegarás los labios con risa de jimia,porque los sucesos de don Quijote, o se han de celebrar con admiración, ocon risa.

Cuéntase, pues, que, apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijotesintió su soledad; y si le fuera posible revocarle la comisión y quitarleel gobierno, lo hiciera. Conoció la duquesa su melancolía, y preguntóle quede qué estaba triste; que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos,dueñas y doncellas había en su casa que le servirían muy a satisfación desu deseo.

-Verdad es, señora mía -respondió don Quijote-, que siento la ausencia deSancho, pero no es ésa la causa principal que me hace parecer que estoytriste, y, de los muchos ofrecimientos que vuestra excelencia me hace,solamente acepto y escojo el de la voluntad con que se me hacen, y, en lodemás, suplico a Vuestra Excelencia que dentro de mi aposento consienta ypermita que yo solo sea el que me sirva.

-En verdad -dijo la duquesa-, señor don Quijote, que no ha de ser así: quele han de servir cuatro doncellas de las mías, hermosas como unas flores.

-Para mí -respondió don Quijote- no serán ellas como flores, sino comoespinas que me puncen el alma. Así entrarán ellas en mi aposento, ni cosaque lo parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevaradelante el hacerme merced sin yo merecerla, déjeme que yo me las hayaconmigo, y que yo me sirva de mis puertas adentro, que yo ponga una murallaen medio de mis deseos y de mi honestidad; y no quiero perder estacostumbre por la liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar conmigo. Y,en resolución, antes dormiré vestido que consentir que nadie me desnude.

-No más, no más, señor don Quijote -replicó la duquesa-. Por mí digo quedaré orden que ni aun una mosca entre en su estancia, no que una doncella;no soy yo persona, que por mí se ha de descabalar la decencia del señor donQuijote; que, según se me ha traslucido, la que más campea entre sus muchasvirtudes es la de la honestidad. Desnúdese vuesa merced y vístase a sussolas y a su modo, como y cuando quisiere, que no habrá quien lo impida,pues dentro de su aposento hallará los vasos necesarios al menester del queduerme a puerta cerrada, porque ninguna natural necesidad le obligue a quela abra. Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombreestendido por toda la redondez de la tierra, pues mereció ser amada de tanvaliente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infundan en elcorazón de Sancho Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto susdiciplinas, para que vuelva a gozar el mundo de la belleza de tan granseñora.

A lo cual dijo don Quijote:

-Vuestra altitud ha hablado como quien es, que en la boca de las buenasseñoras no ha de haber ninguna que sea mala; y más venturosa y más conocidaserá en el mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza, que portodas las alabanzas que puedan darle los más elocuentes de la tierra.

-Agora bien, señor don Quijote -replicó la duquesa-, la hora de cenar sellega, y el duque debe de esperar: venga vuesa merced y cenemos, yacostaráse temprano, que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan cortoque no haya causado algún molimiento.

-No siento ninguno, señora -respondió don Quijote-, porque osaré jurar aVuestra Excelencia que en mi vida he subido sobre bestia más reposada ni demejor paso que Clavileño; y no sé yo qué le pudo mover a Malambruno paradeshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla así, sin másni más.

-A eso se puede imaginar -respondió la duquesa- que, arrepentido del malque había hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras personas, y de lasmaldades que como hechicero y encantador debía de haber cometido, quisoconcluir con todos los instrumentos de su oficio, y, como a principal y quemás le traía desasosegado, vagando de tierra en tierra, abrasó a Clavileño;que con sus abrasadas cenizas y con el trofeo del cartel queda eterno elvalor del gran don Quijote de la Mancha.

De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a la duquesa, y, en cenando, donQuijote se retiró en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase conél a servirle: tanto se temía de encontrar ocasiones que le moviesen oforzasen a perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardaba,siempre puesta en la imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo de losandantes caballeros. Cerró tras sí la puerta, y a la luz de dos velas decera se desnudó, y al descalzarse -¡oh desgracia indigna de tal persona!-se le soltaron, no suspiros, ni otra cosa, que desacreditasen la limpiezade su policía, sino hasta dos docenas de puntos de una media, que quedóhecha celosía. Afligióse en estremo el buen señor, y diera él por tenerallí un adarme de seda verde una onza de plata; digo seda verde porque lasmedias eran verdes.

Aquí exclamó Benengeli, y, escribiendo, dijo ''¡Oh pobreza, pobreza! ¡No séyo con qué razón se movió aquel gran poeta cordobés a llamarte

dádiva santa desagradecida!

Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos,que la santidad consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia ypobreza; pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios el que seviniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza dequien dice uno de sus mayores santos: "Tened todas las cosas como si no lastuviésedes"; y a esto llaman pobreza de espíritu; pero tú, segunda pobreza,que eres de la que yo hablo, ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgosy bien nacidos más que con la otra gente? ¿Por qué los obligas a darpantalia a los zapatos, y a que los botones de sus ropillas unos sean deseda, otros de cerdas, y otros de vidro? ¿Por qué sus cuellos, por la mayorparte, han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?'' Y en estose echará de ver que es antiguo el uso del almidón y de los cuellosabiertos. Y prosiguió: ''¡Miserable del bien nacido que va dando pistos asu honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo dedientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que leobligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honraespantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo delzapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre desu estómago!''

Todo esto se le renovó a don Quijote en la soltura de sus puntos, peroconsolóse con ver que Sancho le había dejado unas botas de camino, quepensó ponerse otro día. Finalmente, él se recostó pensativo y pesaroso, asíde la falta que Sancho le hacía como de la inreparable desgracia de susmedias, a quien tomara los puntos, aunque fuera con seda de otra color, quees una de las mayores señales de miseria que un hidalgo puede dar en eldiscurso de su prolija estrecheza. Mató las velas; hacía calor y no podíadormir; levantóse del lecho y abrió un poco la ventana de una reja que dabasobre un hermoso jardín, y, al abrirla, sintió y oyó que andaba y hablabagente en el jardín. Púsose a escuchar atentamente. Levantaron la voz los deabajo, tanto, que pudo oír estas razones:

-No me porfíes, ¡oh Emerencia!, que cante, pues sabes que, desde el puntoque este forastero entró en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sécantar, sino llorar; cuanto más, que el sueño de mi señora tiene más deligero que de pesado, y no querría que nos hallase aquí por todo el tesorodel mundo. Y, puesto caso que durmiese y no despertase, en vano sería micanto si duerme y no despierta para oírle este nuevo Eneas, que ha llegadoa mis regiones para dejarme escarnida.

-No des en eso, Altisidora amiga -respondieron-, que sin duda la duquesa ycuantos hay en esa casa duermen, si no es el señor de tu corazón y eldespertador de tu alma, porque ahora sentí que abría la ventana de la rejade su estancia, y sin duda debe de estar despierto; canta, lastimada mía,en tono bajo y suave al son de tu arpa, y, cuando la duquesa nos sienta, leecharemos la culpa al calor que hace.

-No está en eso el punto, ¡oh Emerencia! -respondió la Altisidora-, sino enque no querría que mi canto descubriese mi corazón y fuese juzgada de losque no tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por doncellaantojadiza y liviana. Pero venga lo que viniere, que más vale vergüenza encara que mancilla en corazón.

Y, en esto, sintió tocar una arpa suavísimamente. Oyendo lo cual, quedó donQuijote pasmado, porque en aquel instante se le vinieron a la memoria lasinfinitas aventuras semejantes a aquélla, de ventanas, rejas y jardines,músicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos librosde caballerías había leído. Luego imaginó que alguna doncella de la duquesaestaba dél enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta suvoluntad; temió no le rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarsevencer; y, encomendándose de todo buen ánimo y buen talante a su señoraDulcinea del Toboso, determinó de escuchar la música; y, para dar aentender que allí estaba, dio un fingido estornudo, de que no poco sealegraron las doncellas, que otra cosa no deseaban sino que don Quijote lasoyese. Recorrida, pues, y afinada la arpa, Altisidora dio principio a esteromance:

-¡Oh, tú, que estás en tu lecho,

entre sábanas de holanda,

durmiendo a pierna tendida

de la noche a la mañana,

caballero el más valiente

que ha producido la Mancha,

más honesto y más bendito

que el oro fino de Arabia!

Oye a una triste doncella,

bien crecida y mal lograda,

que en la luz de tus dos soles

se siente abrasar el alma.

Tú buscas tus aventuras,

y ajenas desdichas hallas;

das las feridas, y niegas

el remedio de sanarlas.

Dime, valeroso joven,

que Dios prospere tus ansias,

si te criaste en la Libia,

o en las montañas de Jaca;

si sierpes te dieron leche;

si, a dicha, fueron tus amas

la aspereza de las selvas

y el horror de las montañas.

Muy bien puede Dulcinea,

doncella rolliza y sana,

preciarse de que ha rendido

a una tigre y fiera brava.

Por esto será famosa

desde Henares a Jarama,

desde el Tajo a Manzanares,

desde Pisuerga hasta Arlanza.

Trocáreme yo por ella,

y diera encima una saya

de las más gayadas mías,

que de oro le adornan franjas.

¡Oh, quién se viera en tus brazos,

o si no, junto a tu cama,

rascándote la cabeza

y matándote la caspa!

Mucho pido, y no soy digna

de merced tan señalada:

los pies quisiera traerte,

que a una humilde esto le basta.

¡Oh, qué de cofias te diera,

qué de escarpines de plata,

qué de calzas de damasco,

qué de herreruelos de holanda!

¡Qué de finísimas perlas,

cada cual como una agalla,

que, a no tener compañeras,

Las solas fueran llamadas!

No mires de tu Tarpeya

este incendio que me abrasa,

Nerón manchego del mundo,

ni le avives con tu saña.

Niña soy, pulcela tierna,

mi edad de quince no pasa:

catorce tengo y tres meses,

te juro en Dios y en mi ánima.

No soy renca, ni soy coja,

ni tengo nada de manca;

los cabellos, como lirios,

que, en pie, por el suelo arrastran.

Y, aunque es mi boca aguileña

y la nariz algo chata,

ser mis dientes de topacios

mi belleza al cielo ensalza.

Mi voz, ya ves, si me escuchas,

que a la que es más dulce iguala,

y soy de disposición

algo menos que mediana.

Estas y otras gracias mías,

son despojos de tu aljaba;

desta casa soy doncella,

y Altisidora me llaman.

Aquí dio fin el canto de la malferida Altisidora, y comenzó el asombro delrequirido don Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre sí:

-¡Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella queme mire que de mí no se enamore...! ¡Que tenga de ser tan corta de venturala sin par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de laincomparable firmeza mía...! ¿Qué la queréis, reinas? ¿A qué la perseguís,emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a quince años?Dejad, dejad a la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte queAmor quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle mi alma. Mirad,caterva enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfenique, ypara todas las demás soy de pedernal; para ella soy miel, y para vosotrasacíbar; para mí sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la honesta, lagallarda y la bien nacida, y las demás, las feas, las necias, las livianasy las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, me arrojó lanaturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora; desespérese Madama, porquien me aporrearon en el castillo del moro encantado, que yo tengo de serde Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar detodas las potestades hechiceras de la tierra.

Y, con esto, cerró de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como sile hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostó en su lecho, dondele dejaremos por ahora, porque nos está llamando el gran Sancho Panza, quequiere dar principio a su famoso gobierno.

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