Capítulo XLVI: Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XLVI
Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le habíancausado la música de la enamorada doncella Altisidora. Acostóse con ellos,y, como si fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, yjuntábansele los que le faltaban de sus medias; pero, como es ligero eltiempo, y no hay barranco que le detenga, corrió caballero en las horas, ycon mucha presteza llegó la de la mañana. Lo cual visto por don Quijote,dejó las blandas plumas, y, no nada perezoso, se vistió su acamuzadovestido y se calzó sus botas de camino, por encubrir la desgracia de susmedias; arrojóse encima su mantón de escarlata y púsose en la cabeza unamontera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata; colgó eltahelí de sus hombros con su buena y tajadora espada, asió un gran rosarioque consigo contino traía, y con gran prosopopeya y contoneo salió a laantesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y comoesperándole; y, al pasar por una galería, estaban aposta esperándoleAltisidora y la otra doncella su amiga, y, así como Altisidora vio a donQuijote, fingió desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas, y con granpresteza la iba a desabrochar el pecho. Don Quijote, que lo vio, llegándosea ellas, dijo:
-Ya sé yo de qué proceden estos accidentes.
-No sé yo de qué -respondió la amiga-, porque Altisidora es la doncella mássana de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay! en cuanto ha quela conozco, que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, sies que todos son desagradecidos. Váyase vuesa merced, señor don Quijote,que no volverá en sí esta pobre niña en tanto que vuesa merced aquíestuviere.
A lo que respondió don Quijote:
-Haga vuesa merced, señora, que se me ponga un laúd esta noche en miaposento, que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella;que en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedioscalificados.
Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que allí le viesen. No sehubo bien apartado, cuando, volviendo en sí la desmayada Altisidora, dijo asu compañera:
-Menester será que se le ponga el laúd, que sin duda don Quijote quieredarnos música, y no será mala, siendo suya.
Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba y del laúd quepedía don Quijote, y ella, alegre sobremodo, concertó con el duque y consus doncellas de hacerle una burla que fuese más risueña que dañosa, y conmucho contento esperaban la noche, que se vino tan apriesa como se habíavenido el día, el cual pasaron los duques en sabrosas pláticas con donQuijote. Y la duquesa aquel día real y verdaderamente despachó a un pajesuyo, que había hecho en la selva la figura encantada de Dulcinea, a TeresaPanza, con la carta de su marido Sancho Panza, y con el lío de ropa quehabía dejado para que se le enviase, encargándole le trujese buenarelación de todo lo que con ella pasase.
Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, halló don Quijote unavihuela en su aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que andaba genteen el jardín; y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afinándolalo mejor que supo, escupió y remondóse el pecho, y luego, con una vozronquilla, aunque entonada, cantó el siguiente romance, que él mismo aqueldía había compuesto:
-Suelen las fuerzas de amor
sacar de quicio a las almas,
tomando por instrumento
la ociosidad descuidada.
Suele el coser y el labrar,
y el estar siempre ocupada,
ser antídoto al veneno
de las amorosas ansias.
Las doncellas recogidas
que aspiran a ser casadas,
la honestidad es la dote
y voz de sus alabanzas.
Los andantes caballeros,
y los que en la corte andan,
requiébranse con las libres,
con las honestas se casan.
Hay amores de levante,
que entre huéspedes se tratan,
que llegan presto al poniente,
porque en el partirse acaban.
El amor recién venido,
que hoy llegó y se va mañana,
las imágines no deja
bien impresas en el alma.
Pintura sobre pintura
ni se muestra ni señala;
y do hay primera belleza,
la segunda no hace baza.
Dulcinea del Toboso
del alma en la tabla rasa
tengo pintada de modo
que es imposible borrarla.
La firmeza en los amantes
es la parte más preciada,
por quien hace amor milagros,
y asimesmo los levanta.
Aquí llegaba don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el duque yla duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando deimproviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote aplomo caía, descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerrosasidos, y luego, tras ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismotraían cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de loscencerros y el mayar de los gatos, que, aunque los duques habían sidoinventores de la burla, todavía les sobresaltó; y, temeroso, don Quijotequedó pasmado. Y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por lareja de su estancia, y, dando de una parte a otra, parecía que una regiónde diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el aposento ardían, yandaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del cordel de losgrandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del castillo, queno sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.
Levantóse don Quijote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenzó a tirarestocadas por la reja y a decir a grandes voces:
-¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca, que yo soydon Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestrasmalas intenciones!
Y, volviéndose a los gatos que andaban por el aposento, les tiró muchascuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque uno,viéndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltó al rostroy le asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor donQuijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duquey la duquesa, y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudierona su estancia, y, abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballeropugnando con todas sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraroncon luces y vieron la desigual pelea; acudió el duque a despartirla, y donQuijote dijo a voces:
-¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con estehechicero, con este encantador, que yo le daré a entender de mí a él quiénes don Quijote de la Mancha!
Pero el gato, no curándose destas amenazas, gruñía y apretaba. Mas, en fin,el duque se le desarraigó y le echó por la reja.
Quedó don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muydespechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabadatenía con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, yla misma Altisidora, con sus blanquísimas manos, le puso unas vendas portodo lo herido; y, al ponérselas, con voz baja le dijo:
-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecadode tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tuescudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuyaDulcinea, ni tú lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendoyo, que te adoro.
A todo esto no respondió don Quijote otra palabra si no fue dar un profundosuspiro, y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los duques lamerced, no porque él tenía temor de aquella canalla gatesca, encantadora ycencerruna, sino porque había conocido la buena intención con que habíanvenido a socorrerle. Los duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarososdel mal suceso de la burla; que no creyeron que tan pesada y costosa lesaliera a don Quijote aquella aventura, que le costó cinco días deencerramiento y de cama, donde le sucedió otra aventura más gustosa que lapasada, la cual no quiere su historiador contar ahora, por acudir a SanchoPanza, que andaba muy solícito y muy gracioso en su gobierno.
-Ya sé yo de qué proceden estos accidentes.
-No sé yo de qué -respondió la amiga-, porque Altisidora es la doncella mássana de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay! en cuanto ha quela conozco, que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, sies que todos son desagradecidos. Váyase vuesa merced, señor don Quijote,que no volverá en sí esta pobre niña en tanto que vuesa merced aquíestuviere.
A lo que respondió don Quijote:
-Haga vuesa merced, señora, que se me ponga un laúd esta noche en miaposento, que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella;que en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedioscalificados.
Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que allí le viesen. No sehubo bien apartado, cuando, volviendo en sí la desmayada Altisidora, dijo asu compañera:
-Menester será que se le ponga el laúd, que sin duda don Quijote quieredarnos música, y no será mala, siendo suya.
Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba y del laúd quepedía don Quijote, y ella, alegre sobremodo, concertó con el duque y consus doncellas de hacerle una burla que fuese más risueña que dañosa, y conmucho contento esperaban la noche, que se vino tan apriesa como se habíavenido el día, el cual pasaron los duques en sabrosas pláticas con donQuijote. Y la duquesa aquel día real y verdaderamente despachó a un pajesuyo, que había hecho en la selva la figura encantada de Dulcinea, a TeresaPanza, con la carta de su marido Sancho Panza, y con el lío de ropa quehabía dejado para que se le enviase, encargándole le trujese buenarelación de todo lo que con ella pasase.
Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, halló don Quijote unavihuela en su aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que andaba genteen el jardín; y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afinándolalo mejor que supo, escupió y remondóse el pecho, y luego, con una vozronquilla, aunque entonada, cantó el siguiente romance, que él mismo aqueldía había compuesto:
-Suelen las fuerzas de amor
sacar de quicio a las almas,
tomando por instrumento
la ociosidad descuidada.
Suele el coser y el labrar,
y el estar siempre ocupada,
ser antídoto al veneno
de las amorosas ansias.
Las doncellas recogidas
que aspiran a ser casadas,
la honestidad es la dote
y voz de sus alabanzas.
Los andantes caballeros,
y los que en la corte andan,
requiébranse con las libres,
con las honestas se casan.
Hay amores de levante,
que entre huéspedes se tratan,
que llegan presto al poniente,
porque en el partirse acaban.
El amor recién venido,
que hoy llegó y se va mañana,
las imágines no deja
bien impresas en el alma.
Pintura sobre pintura
ni se muestra ni señala;
y do hay primera belleza,
la segunda no hace baza.
Dulcinea del Toboso
del alma en la tabla rasa
tengo pintada de modo
que es imposible borrarla.
La firmeza en los amantes
es la parte más preciada,
por quien hace amor milagros,
y asimesmo los levanta.
Aquí llegaba don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el duque yla duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando deimproviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote aplomo caía, descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerrosasidos, y luego, tras ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismotraían cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de loscencerros y el mayar de los gatos, que, aunque los duques habían sidoinventores de la burla, todavía les sobresaltó; y, temeroso, don Quijotequedó pasmado. Y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por lareja de su estancia, y, dando de una parte a otra, parecía que una regiónde diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el aposento ardían, yandaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del cordel de losgrandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del castillo, queno sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.
Levantóse don Quijote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenzó a tirarestocadas por la reja y a decir a grandes voces:
-¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca, que yo soydon Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestrasmalas intenciones!
Y, volviéndose a los gatos que andaban por el aposento, les tiró muchascuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque uno,viéndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltó al rostroy le asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor donQuijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duquey la duquesa, y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudierona su estancia, y, abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballeropugnando con todas sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraroncon luces y vieron la desigual pelea; acudió el duque a despartirla, y donQuijote dijo a voces:
-¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con estehechicero, con este encantador, que yo le daré a entender de mí a él quiénes don Quijote de la Mancha!
Pero el gato, no curándose destas amenazas, gruñía y apretaba. Mas, en fin,el duque se le desarraigó y le echó por la reja.
Quedó don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muydespechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabadatenía con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, yla misma Altisidora, con sus blanquísimas manos, le puso unas vendas portodo lo herido; y, al ponérselas, con voz baja le dijo:
-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecadode tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tuescudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuyaDulcinea, ni tú lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendoyo, que te adoro.
A todo esto no respondió don Quijote otra palabra si no fue dar un profundosuspiro, y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los duques lamerced, no porque él tenía temor de aquella canalla gatesca, encantadora ycencerruna, sino porque había conocido la buena intención con que habíanvenido a socorrerle. Los duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarososdel mal suceso de la burla; que no creyeron que tan pesada y costosa lesaliera a don Quijote aquella aventura, que le costó cinco días deencerramiento y de cama, donde le sucedió otra aventura más gustosa que lapasada, la cual no quiere su historiador contar ahora, por acudir a SanchoPanza, que andaba muy solícito y muy gracioso en su gobierno.
Capítulo anterior: De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del modo que comenzó a gobernar
Capítulo siguiente: Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno