Capítulo XLVIII: De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo XLVIII
Además estaba mohíno y malencólico el mal ferido don Quijote, vendado elrostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato,desdichas anejas a la andante caballería. Seis días estuvo sin salir enpúblico, en una noche de las cuales, estando despierto y desvelado,pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sintió quecon una llave abrían la puerta de su aposento, y luego imaginó que laenamorada doncella venía para sobresaltar su honestidad y ponerle encondición de faltar a la fee que guardar debía a su señora Dulcinea delToboso.
-No -dijo creyendo a su imaginación, y esto, con voz que pudiera ser oída-;no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje deadorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lomás escondido de mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada encebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro ysirgo compuestas, ora te tenga Merlín, o Montesinos, donde ellos quisieren;que, adondequiera eres mía, y adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.
El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Púsose en piesobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, unagalocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, porlos aruños; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cualtraje parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.
Clavó los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a larendida y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña conunas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantabandesde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía unamedia vela encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diesela luz en los ojos, a quien cubrían unos muy grandes antojos. Venía pisandoquedito, y movía los pies blandamente.
Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adeliño y notó susilencio, pensó que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en élalguna mala fechuría, y comenzó a santiguarse con mucha priesa. Fuesellegando la visión, y, cuando llegó a la mitad del aposento, alzó los ojosy vio la priesa con que se estaba haciendo cruces don Quijote; y si élquedó medroso en ver tal figura, ella quedó espantada en ver la suya,porque, así como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con lasvendas, que le desfiguraban, dio una gran voz, diciendo:
-¡Jesús! ¿Qué es lo que veo?
Y con el sobresalto se le cayó la vela de las manos; y, viéndose a escuras,volvió las espaldas para irse, y con el miedo tropezó en sus faldas y dioconsigo una gran caída. Don Quijote, temeroso, comenzó a decir:
-Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quién eres, y que medigas qué es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo, que yoharé por ti todo cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy católicocristiano y amigo de hacer bien a todo el mundo; que para esto tomé laorden de la caballería andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacerbien a las ánimas de purgatorio se estiende.
La brumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de donQuijote, y con voz afligida y baja le respondió:
-Señor don Quijote, si es que acaso vuestra merced es don Quijote, yo nosoy fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe dehaber pensado, sino doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora laduquesa, que, con una necesidad de aquellas que vuestra merced sueleremediar, a vuestra merced vengo.
-Dígame, señora doña Rodríguez -dijo don Quijote-: ¿por ventura vienevuestra merced a hacer alguna tercería? Porque le hago saber que no soy deprovecho para nadie, merced a la sin par belleza de mi señora Dulcinea delToboso. Digo, en fin, señora doña Rodríguez, que, como vuestra merced salvey deje a una parte todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, yvuelva, y departiremos de todo lo que más mandare y más en gusto leviniere, salvando, como digo, todo incitativo melindre.
-¿Yo recado de nadie, señor mío? -respondió la dueña-. Mal me conocevuestra merced; sí, que aún no estoy en edad tan prolongada que me acoja asemejantes niñerías, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, ytodos mis dientes y muelas en la boca, amén de unos pocos que me hanusurpado unos catarros, que en esta tierra de Aragón son tan ordinarios.Pero espéreme vuestra merced un poco; saldré a encender mi vela, y volveréen un instante a contar mis cuitas, como a remediador de todas las delmundo.
Y, sin esperar respuesta, se salió del aposento, donde quedó don Quijotesosegado y pensativo esperándola; pero luego le sobrevinieron milpensamientos acerca de aquella nueva aventura, y parecíale ser mal hecho ypeor pensado ponerse en peligro de romper a su señora la fee prometida, ydecíase a sí mismo:
-¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme agoracon una dueña, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas,marquesas ni condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchosdiscretos que, si él puede, antes os la dará roma que aguileña. Y ¿quiénsabe si esta soledad, esta ocasión y este silencio despertará mis deseosque duermen, y harán que al cabo de mis años venga a caer donde nunca hetropezado? Y, en casos semejantes, mejor es huir que esperar la batalla.Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo y pienso;que no es posible que una dueña toquiblanca, larga y antojuna pueda moverni levantar pensamiento lascivo en el más desalmado pecho del mundo. ¿Porventura hay dueña en la tierra que tenga buenas carnes? ¿Por ventura haydueña en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y melindrosa?¡Afuera, pues, caterva dueñesca, inútil para ningún humano regalo! ¡Oh,cuán bien hacía aquella señora de quien se dice que tenía dos dueñas debulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como queestaban labrando, y tanto le servían para la autoridad de la sala aquellasestatuas como las dueñas verdaderas!
Y, diciendo esto, se arrojó del lecho, con intención de cerrar la puerta yno dejar entrar a la señora Rodríguez; mas, cuando la llegó a cerrar, ya laseñora Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ellavio a don Quijote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas,galocha o becoquín, temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos pasos,dijo:
-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señalhaberse vuesa merced levantado de su lecho.
-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don Quijote-; y así,pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.
-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió ladueña.
-A vos y de vos la pido -replicó don Quijote-, porque ni yo soy de mármolni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun unpoco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lodebió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa ypiadosa Dido. Pero dadme, señora, la mano, que yo no quiero otra seguridadmayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esasreverendísimas tocas.
Y, diciendo esto, besó su derecha mano, y le asió de la suya, que ella ledio con las mesmas ceremonias.
Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera, porver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejoralmalafa de dos que tenía.
Entróse, en fin, don Quijote en su lecho, y quedóse doña Rodríguez sentadaen una silla, algo desviada de la cama, no quitándose los antojos ni lavela. Don Quijote se acorrucó y se cubrió todo, no dejando más de el rostrodescubierto; y, habiéndose los dos sosegado, el primero que rompió elsilencio fue don Quijote, diciendo:
-Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y desbuchartodo aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y lastimadas entrañas,que será de mí escuchada con castos oídos, y socorrida con piadosas obras.
-Así lo creo yo -respondió la dueña-, que de la gentil y agradablepresencia de vuesa merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta.«Es, pues, el caso, señor don Quijote, que, aunque vuesa merced me veesentada en esta silla y en la mitad del reino de Aragón, y en hábito dedueña aniquilada y asendereada, soy natural de las Asturias de Oviedo, y delinaje que atraviesan por él muchos de los mejores de aquella provincia;pero mi corta suerte y el descuido de mis padres, que empobrecieron antesde tiempo, sin saber cómo ni cómo no, me trujeron a la corte, a Madrid,donde por bien de paz y por escusar mayores desventuras, mis padres meacomodaron a servir de doncella de labor a una principal señora; y quierohacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y labor blanca ninguname ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaronsirviendo y se volvieron a su tierra, y de allí a pocos años se debieron deir al cielo, porque eran además buenos y católicos cristianos. Quedéhuérfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes quea las tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin quediese yo ocasión a ello, se enamoró de mi un escudero de casa, hombre ya endías, barbudo y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque eramontañés. No tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen anoticia de mi señora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casó en pazy en haz de la Santa Madre Iglesia Católica Romana, de cuyo matrimonionació una hija para rematar con mi ventura, si alguna tenía; no porque yomuriese del parto, que le tuve derecho y en sazón, sino porque desde allí apoco murió mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahoralugar para contarle, yo sé que vuestra merced se admirara.»
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:
-Perdóneme vuestra merced, señor don Quijote, que no va más en mi mano,porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan losojos de lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora alas ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entoncesno se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señorasiban a las ancas de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar decontarlo, porque se note la crianza y puntualidad de mi buen marido. «Alentrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, venía asalir por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y, así comomi buen escudero le vio, volvió las riendas a la mula, dando señal devolver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas, con voz baja ledecía: ''-¿Qué hacéis, desventurado? ¿No veis que voy aquí?'' El alcalde,de comedido, detuvo la rienda al caballo y díjole: ''-Seguid, señor,vuestro camino, que yo soy el que debo acompañar a mi señora doñaCasilda'', que así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido, conla gorra en la mano, a querer ir acompañando al alcalde, viendo lo cual miseñora, llena de cólera y enojo, sacó un alfiler gordo, o creo que unpunzón, del estuche, y clavósele por los lomos, de manera que mi marido diouna gran voz y torció el cuerpo, de suerte que dio con su señora en elsuelo. Acudieron dos lacayos suyos a levantarla, y lo mismo hizo el alcaldey los alguaciles; alborotóse la Puerta de Guadalajara, digo, la gentebaldía que en ella estaba; vínose a pie mi ama, y mi marido acudió en casade un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a parte las entrañas.Divulgóse la cortesía de mi esposo, tanto, que los muchachos le corrían porlas calles, y por esto y porque él era algún tanto corto de vista, miseñora la duquesa le despidió, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo paramí que se le causó el mal de la muerte. Quedé yo viuda y desamparada, y conhija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar.Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi señora la duquesa,que estaba recién casada con el duque mi señor, quiso traerme consigo aeste reino de Aragón y a mi hija ni más ni menos, adonde, yendo días yviniendo días, creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: cantacomo una calandria, danza como el pensamiento, baila como una perdida, leey escribe como un maestro de escuela, y cuenta como un avariento. De sulimpieza no digo nada: que el agua que corre no es más limpia, y debe detener agora, si mal no me acuerdo, diez y seis años, cinco meses y tresdías, uno más a menos. En resolución: de esta mi muchacha se enamoró unhijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del duque mi señor, nomuy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se juntaron, y,debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la quierecumplir; y, aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a él,no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el tal labrador se case conmi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que,como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale porfiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni darpesadumbre en ningún modo.» Querría, pues, señor mío, que vuesa mercedtomase a cargo el deshacer este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas,pues, según todo el mundo dice, vuesa merced nació en él para deshacerlos ypara enderezar los tuertos y amparar los miserables; y póngasele a vuesamerced por delante la orfandad de mi hija, su gentileza, su mocedad, contodas las buenas partes que he dicho que tiene; que en Dios y en miconciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no hay ninguna quellegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora, que es laque tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mihija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced,señor mío, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorillatiene más de presunción que de hermosura, y más de desenvuelta que derecogida, además que no está muy sana: que tiene un cierto allento cansado,que no hay sufrir el estar junto a ella un momento. Y aun mi señora laduquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen oídos.
-¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez?-preguntó don Quijote.
-Con ese conjuro -respondió la dueña-, no puedo dejar de responder a lo quese me pregunta con toda verdad. ¿Vee vuesa merced, señor don Quijote, lahermosura de mi señora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parecesino de una espada acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y decarmín, que en la una tiene el sol y en la otra la luna, y aquellagallardía con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parecesino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lopuede agradecer, primero, a Dios, y luego, a dos fuentes que tiene en lasdos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen losmédicos que está llena.
-¡Santa María! -dijo don Quijote-. Y ¿es posible que mi señora la duquesatenga tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos;pero, pues la señora doña Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero talesfuentes, y en tales lugares, no deben de manar humor, sino ámbar líquido.Verdaderamente que ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe deser cosa importante para salud.
Apenas acabó don Quijote de decir esta razón, cuando con un gran golpeabrieron las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó adoña Rodríguez la vela de la mano, y quedó la estancia como boca de lobo,como suele decirse. Luego sintió la pobre dueña que la asían de la gargantacon dos manos, tan fuertemente que no la dejaban gañir, y que otra persona,con mucha presteza, sin hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, alparecer, chinela, le comenzó a dar tantos azotes, que era una compasión; y,aunque don Quijote se la tenía, no se meneaba del lecho, y no sabía quépodía ser aquello, y estábase quedo y callando, y aun temiendo no viniesepor él la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano su temor, porque, endejando molida a la dueña los callados verdugos (la cual no osabaquejarse), acudieron a don Quijote, y, desenvolviéndole de la sábana y dela colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo dejarde defenderse a puñadas, y todo esto en silencio admirable. Duró la batallacasi media hora; saliéronse las fantasmas, recogió doña Rodríguez susfaldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la puerta afuera, sin decirpalabra a don Quijote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo,se quedó solo, donde le dejaremos deseoso de saber quién había sido elperverso encantador que tal le había puesto. Pero ello se dirá a su tiempo,que Sancho Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.
-No -dijo creyendo a su imaginación, y esto, con voz que pudiera ser oída-;no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje deadorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lomás escondido de mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada encebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro ysirgo compuestas, ora te tenga Merlín, o Montesinos, donde ellos quisieren;que, adondequiera eres mía, y adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.
El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Púsose en piesobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, unagalocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, porlos aruños; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cualtraje parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.
Clavó los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a larendida y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña conunas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantabandesde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía unamedia vela encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diesela luz en los ojos, a quien cubrían unos muy grandes antojos. Venía pisandoquedito, y movía los pies blandamente.
Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adeliño y notó susilencio, pensó que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en élalguna mala fechuría, y comenzó a santiguarse con mucha priesa. Fuesellegando la visión, y, cuando llegó a la mitad del aposento, alzó los ojosy vio la priesa con que se estaba haciendo cruces don Quijote; y si élquedó medroso en ver tal figura, ella quedó espantada en ver la suya,porque, así como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con lasvendas, que le desfiguraban, dio una gran voz, diciendo:
-¡Jesús! ¿Qué es lo que veo?
Y con el sobresalto se le cayó la vela de las manos; y, viéndose a escuras,volvió las espaldas para irse, y con el miedo tropezó en sus faldas y dioconsigo una gran caída. Don Quijote, temeroso, comenzó a decir:
-Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quién eres, y que medigas qué es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo, que yoharé por ti todo cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy católicocristiano y amigo de hacer bien a todo el mundo; que para esto tomé laorden de la caballería andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacerbien a las ánimas de purgatorio se estiende.
La brumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de donQuijote, y con voz afligida y baja le respondió:
-Señor don Quijote, si es que acaso vuestra merced es don Quijote, yo nosoy fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe dehaber pensado, sino doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora laduquesa, que, con una necesidad de aquellas que vuestra merced sueleremediar, a vuestra merced vengo.
-Dígame, señora doña Rodríguez -dijo don Quijote-: ¿por ventura vienevuestra merced a hacer alguna tercería? Porque le hago saber que no soy deprovecho para nadie, merced a la sin par belleza de mi señora Dulcinea delToboso. Digo, en fin, señora doña Rodríguez, que, como vuestra merced salvey deje a una parte todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, yvuelva, y departiremos de todo lo que más mandare y más en gusto leviniere, salvando, como digo, todo incitativo melindre.
-¿Yo recado de nadie, señor mío? -respondió la dueña-. Mal me conocevuestra merced; sí, que aún no estoy en edad tan prolongada que me acoja asemejantes niñerías, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, ytodos mis dientes y muelas en la boca, amén de unos pocos que me hanusurpado unos catarros, que en esta tierra de Aragón son tan ordinarios.Pero espéreme vuestra merced un poco; saldré a encender mi vela, y volveréen un instante a contar mis cuitas, como a remediador de todas las delmundo.
Y, sin esperar respuesta, se salió del aposento, donde quedó don Quijotesosegado y pensativo esperándola; pero luego le sobrevinieron milpensamientos acerca de aquella nueva aventura, y parecíale ser mal hecho ypeor pensado ponerse en peligro de romper a su señora la fee prometida, ydecíase a sí mismo:
-¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme agoracon una dueña, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas,marquesas ni condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchosdiscretos que, si él puede, antes os la dará roma que aguileña. Y ¿quiénsabe si esta soledad, esta ocasión y este silencio despertará mis deseosque duermen, y harán que al cabo de mis años venga a caer donde nunca hetropezado? Y, en casos semejantes, mejor es huir que esperar la batalla.Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo y pienso;que no es posible que una dueña toquiblanca, larga y antojuna pueda moverni levantar pensamiento lascivo en el más desalmado pecho del mundo. ¿Porventura hay dueña en la tierra que tenga buenas carnes? ¿Por ventura haydueña en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y melindrosa?¡Afuera, pues, caterva dueñesca, inútil para ningún humano regalo! ¡Oh,cuán bien hacía aquella señora de quien se dice que tenía dos dueñas debulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como queestaban labrando, y tanto le servían para la autoridad de la sala aquellasestatuas como las dueñas verdaderas!
Y, diciendo esto, se arrojó del lecho, con intención de cerrar la puerta yno dejar entrar a la señora Rodríguez; mas, cuando la llegó a cerrar, ya laseñora Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ellavio a don Quijote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas,galocha o becoquín, temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos pasos,dijo:
-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señalhaberse vuesa merced levantado de su lecho.
-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don Quijote-; y así,pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.
-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió ladueña.
-A vos y de vos la pido -replicó don Quijote-, porque ni yo soy de mármolni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun unpoco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lodebió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa ypiadosa Dido. Pero dadme, señora, la mano, que yo no quiero otra seguridadmayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esasreverendísimas tocas.
Y, diciendo esto, besó su derecha mano, y le asió de la suya, que ella ledio con las mesmas ceremonias.
Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera, porver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejoralmalafa de dos que tenía.
Entróse, en fin, don Quijote en su lecho, y quedóse doña Rodríguez sentadaen una silla, algo desviada de la cama, no quitándose los antojos ni lavela. Don Quijote se acorrucó y se cubrió todo, no dejando más de el rostrodescubierto; y, habiéndose los dos sosegado, el primero que rompió elsilencio fue don Quijote, diciendo:
-Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y desbuchartodo aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y lastimadas entrañas,que será de mí escuchada con castos oídos, y socorrida con piadosas obras.
-Así lo creo yo -respondió la dueña-, que de la gentil y agradablepresencia de vuesa merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta.«Es, pues, el caso, señor don Quijote, que, aunque vuesa merced me veesentada en esta silla y en la mitad del reino de Aragón, y en hábito dedueña aniquilada y asendereada, soy natural de las Asturias de Oviedo, y delinaje que atraviesan por él muchos de los mejores de aquella provincia;pero mi corta suerte y el descuido de mis padres, que empobrecieron antesde tiempo, sin saber cómo ni cómo no, me trujeron a la corte, a Madrid,donde por bien de paz y por escusar mayores desventuras, mis padres meacomodaron a servir de doncella de labor a una principal señora; y quierohacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y labor blanca ninguname ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaronsirviendo y se volvieron a su tierra, y de allí a pocos años se debieron deir al cielo, porque eran además buenos y católicos cristianos. Quedéhuérfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes quea las tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin quediese yo ocasión a ello, se enamoró de mi un escudero de casa, hombre ya endías, barbudo y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque eramontañés. No tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen anoticia de mi señora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casó en pazy en haz de la Santa Madre Iglesia Católica Romana, de cuyo matrimonionació una hija para rematar con mi ventura, si alguna tenía; no porque yomuriese del parto, que le tuve derecho y en sazón, sino porque desde allí apoco murió mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahoralugar para contarle, yo sé que vuestra merced se admirara.»
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:
-Perdóneme vuestra merced, señor don Quijote, que no va más en mi mano,porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan losojos de lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora alas ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entoncesno se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señorasiban a las ancas de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar decontarlo, porque se note la crianza y puntualidad de mi buen marido. «Alentrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, venía asalir por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y, así comomi buen escudero le vio, volvió las riendas a la mula, dando señal devolver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas, con voz baja ledecía: ''-¿Qué hacéis, desventurado? ¿No veis que voy aquí?'' El alcalde,de comedido, detuvo la rienda al caballo y díjole: ''-Seguid, señor,vuestro camino, que yo soy el que debo acompañar a mi señora doñaCasilda'', que así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido, conla gorra en la mano, a querer ir acompañando al alcalde, viendo lo cual miseñora, llena de cólera y enojo, sacó un alfiler gordo, o creo que unpunzón, del estuche, y clavósele por los lomos, de manera que mi marido diouna gran voz y torció el cuerpo, de suerte que dio con su señora en elsuelo. Acudieron dos lacayos suyos a levantarla, y lo mismo hizo el alcaldey los alguaciles; alborotóse la Puerta de Guadalajara, digo, la gentebaldía que en ella estaba; vínose a pie mi ama, y mi marido acudió en casade un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a parte las entrañas.Divulgóse la cortesía de mi esposo, tanto, que los muchachos le corrían porlas calles, y por esto y porque él era algún tanto corto de vista, miseñora la duquesa le despidió, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo paramí que se le causó el mal de la muerte. Quedé yo viuda y desamparada, y conhija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar.Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi señora la duquesa,que estaba recién casada con el duque mi señor, quiso traerme consigo aeste reino de Aragón y a mi hija ni más ni menos, adonde, yendo días yviniendo días, creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: cantacomo una calandria, danza como el pensamiento, baila como una perdida, leey escribe como un maestro de escuela, y cuenta como un avariento. De sulimpieza no digo nada: que el agua que corre no es más limpia, y debe detener agora, si mal no me acuerdo, diez y seis años, cinco meses y tresdías, uno más a menos. En resolución: de esta mi muchacha se enamoró unhijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del duque mi señor, nomuy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se juntaron, y,debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la quierecumplir; y, aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a él,no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el tal labrador se case conmi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que,como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale porfiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni darpesadumbre en ningún modo.» Querría, pues, señor mío, que vuesa mercedtomase a cargo el deshacer este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas,pues, según todo el mundo dice, vuesa merced nació en él para deshacerlos ypara enderezar los tuertos y amparar los miserables; y póngasele a vuesamerced por delante la orfandad de mi hija, su gentileza, su mocedad, contodas las buenas partes que he dicho que tiene; que en Dios y en miconciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no hay ninguna quellegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora, que es laque tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mihija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced,señor mío, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorillatiene más de presunción que de hermosura, y más de desenvuelta que derecogida, además que no está muy sana: que tiene un cierto allento cansado,que no hay sufrir el estar junto a ella un momento. Y aun mi señora laduquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen oídos.
-¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez?-preguntó don Quijote.
-Con ese conjuro -respondió la dueña-, no puedo dejar de responder a lo quese me pregunta con toda verdad. ¿Vee vuesa merced, señor don Quijote, lahermosura de mi señora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parecesino de una espada acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y decarmín, que en la una tiene el sol y en la otra la luna, y aquellagallardía con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parecesino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lopuede agradecer, primero, a Dios, y luego, a dos fuentes que tiene en lasdos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen losmédicos que está llena.
-¡Santa María! -dijo don Quijote-. Y ¿es posible que mi señora la duquesatenga tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos;pero, pues la señora doña Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero talesfuentes, y en tales lugares, no deben de manar humor, sino ámbar líquido.Verdaderamente que ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe deser cosa importante para salud.
Apenas acabó don Quijote de decir esta razón, cuando con un gran golpeabrieron las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó adoña Rodríguez la vela de la mano, y quedó la estancia como boca de lobo,como suele decirse. Luego sintió la pobre dueña que la asían de la gargantacon dos manos, tan fuertemente que no la dejaban gañir, y que otra persona,con mucha presteza, sin hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, alparecer, chinela, le comenzó a dar tantos azotes, que era una compasión; y,aunque don Quijote se la tenía, no se meneaba del lecho, y no sabía quépodía ser aquello, y estábase quedo y callando, y aun temiendo no viniesepor él la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano su temor, porque, endejando molida a la dueña los callados verdugos (la cual no osabaquejarse), acudieron a don Quijote, y, desenvolviéndole de la sábana y dela colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo dejarde defenderse a puñadas, y todo esto en silencio admirable. Duró la batallacasi media hora; saliéronse las fantasmas, recogió doña Rodríguez susfaldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la puerta afuera, sin decirpalabra a don Quijote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo,se quedó solo, donde le dejaremos deseoso de saber quién había sido elperverso encantador que tal le había puesto. Pero ello se dirá a su tiempo,que Sancho Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.
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