Capítulo XLIX: De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor ysocarrón, el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, seburlaban de Sancho; pero él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto,bronco y rollizo, y dijo a los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio,que, como se acabó el secreto de la carta del duque, había vuelto a entraren la sala:

-Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben deser, o han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de losnegociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen ydespachen, atendiendo sólo a su negocio, venga lo que viniere; y si elpobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede o porque no esaquél el tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen ymurmuran, y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes.Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures; espera sazón ycoyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la del dormir,que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza lo quenaturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mía, mercedal señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere quemuera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios aél y a todos los de su ralea: digo, a la de los malos médicos, que la delos buenos, palmas y lauros merecen.

Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tanelegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios ycargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, eldoctor Pedro Recio Agüero de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquellanoche, aunque excediese de todos los aforismos de Hipócrates. Con estoquedó contento el gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la nochey la hora de cenar; y, aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo,sin moverse de un lugar, todavía se llegó por él el tanto deseado, dondele dieron de cenar un salpicón de vaca con cebolla, y unas manos cocidas deternera algo entrada en días. Entregóse en todo con más gusto que si lehubieran dado francolines de Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento,perdices de Morón, o gansos de Lavajos; y, entre la cena, volviéndose aldoctor, le dijo:

-Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosasregaladas ni manjares esquisitos, porque será sacar a mi estómago de susquicios, el cual está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, anabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, losrecibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puedehacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridasson, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que élquisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algúndía; y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos: vivamos todosy comamos en buena paz compaña, pues, cuando Dios amanece, para todosamanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, ytodo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hagosaber que el diablo está en Cantillana, y que, si me dan ocasión, han dever maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.

-Por cierto, señor gobernador -dijo el maestresala-, que vuesa merced tienemucha razón en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos losinsulanos desta ínsula que han de servir a vuestra merced con todapuntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que enestos principios vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensarcosa que en deservicio de vuesa merced redunde.

-Yo lo creo -respondió Sancho-, y serían ellos unos necios si otra cosahiciesen o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento ycon el de mi rucio, que es lo que en este negocio importa y hace más alcaso; y, en siendo hora, vamos a rondar, que es mi intención limpiar estaínsula de todo género de inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y malentretenida; porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía yperezosa es en la república lo mesmo que los zánganos en las colmenas, quese comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a loslabradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuososy, sobre todo, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos.¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, o quiébrome la cabeza?

-Dice tanto vuesa merced, señor gobernador -dijo el mayordomo-, que estoyadmirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a loque creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentenciasy de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa mercedesperaban los que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se veencosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladoresse hallan burlados.

Llegó la noche, y cenó el gobernador, con licencia del señor doctor Recio.Aderezáronse de ronda; salió con el mayordomo, secretario y maestresala, yel coronista que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguacilesy escribanos, tantos que podían formar un mediano escuadrón. Iba Sancho enmedio, con su vara, que no había más que ver, y pocas calles andadas dellugar, sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá, y hallaron que erandos solos hombres los que reñían, los cuales, viendo venir a la justicia,se estuvieron quedos; y el uno dellos dijo:

-¡Aquí de Dios y del rey! ¿Cómo y que se ha de sufrir que roben en pobladoen este pueblo, y que salga a saltear en él en la mitad de las calles?

-Sosegaos, hombre de bien -dijo Sancho-, y contadme qué es la causa destapendencia, que yo soy el gobernador.

El otro contrario dijo:

-Señor gobernador, yo la diré con toda brevedad. Vuestra merced sabrá queeste gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que está aquífrontero más de mil reales, y sabe Dios cómo; y, hallándome yo presente,juzgué más de una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que medictaba la conciencia; alzóse con la ganancia, y, cuando esperaba que mehabía de dar algún escudo, por lo menos, de barato, como es uso y costumbredarle a los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien ymal pasar, y para apoyar sinrazones y evitar pendencias, él embolsó sudinero y se salió de la casa. Yo vine despechado tras él, y con buenas ycorteses palabras le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabeque yo soy hombre honrado y que no tengo oficio ni beneficio, porque mispadres no me le enseñaron ni me le dejaron, y el socarrón, que no es másladrón que Caco, ni más fullero que Andradilla, no quería darme más decuatro reales; ¡porque vea vuestra merced, señor gobernador, qué pocavergüenza y qué poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced nollegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber concuántas entraba la romana.

-¿Qué decís vos a esto? -preguntó Sancho.

Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no habíaquerido darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y losque esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo queles dieren, sin ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesende cierto que son fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, paraseñal que él era hombre de bien y no ladrón, como decía, ninguna habíamayor que el no haberle querido dar nada; que siempre los fulleros sontributarios de los mirones que los conocen.

-Así es -dijo el mayordomo-. Vea vuestra merced, señor gobernador, qué eslo que se ha de hacer destos hombres.

-Lo que se ha de hacer es esto -respondió Sancho-: vos, ganancioso, bueno,o malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, ymás, habéis de desembolsar treinta para los pobres de la cárcel; y vos, queno tenéis oficio ni beneficio y andáis de nones en esta ínsula, tomad luegoesos cien reales, y mañana en todo el día salid desta ínsula desterrado pordiez años, so pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida,colgándoos yo de una picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; yninguno me replique, que le asentaré la mano.

Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél sefue a su casa, y el gobernador quedó diciendo:

-Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego, que a mí se metrasluce que son muy perjudiciales.

-Ésta, a lo menos -dijo un escribano-, no la podrá vuesa merced quitar,porque la tiene un gran personaje, y más es sin comparación lo que élpierde al año que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menorcantía podrá vuestra merced mostrar su poder, que son los que más dañohacen y más insolencias encubren; que en las casas de los caballerosprincipales y de los señores no se atreven los famosos fulleros a usar desus tretas; y, pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio común,mejor es que se juegue en casas principales que no en la de algún oficial,donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le desuellan vivo.

-Agora, escribano -dijo Sancho-, yo sé que hay mucho que decir en eso.

Y, en esto, llegó un corchete que traía asido a un mozo, y dijo:

-Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y, así como columbróla justicia, volvió las espaldas y comenzó a correr como un gamo, señal quedebe de ser algún delincuente. Yo partí tras él, y, si no fuera porquetropezó y cayó, no le alcanzara jamás.

-¿Por qué huías, hombre? -preguntó Sancho.

A lo que el mozo respondió:

-Señor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justiciashacen.

-¿Qué oficio tienes?

-Tejedor.

-¿Y qué tejes?

-Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.

-¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis? ¡Está bien! Y ¿adóndeíbades ahora?

-Señor, a tomar el aire.

-Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?

-Adonde sopla.

-¡Bueno: respondéis muy a propósito! Discreto sois, mancebo; pero hacedcuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a lacárcel. ¡Asilde, hola, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin aireesta noche!

-¡Par Dios -dijo el mozo-, así me haga vuestra merced dormir en la cárcelcomo hacerme rey!

-Pues, ¿por qué no te haré yo dormir en la cárcel? -respondió Sancho-. ¿Notengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?

-Por más poder que vuestra merced tenga -dijo el mozo-, no será bastantepara hacerme dormir en la cárcel.

-¿Cómo que no? -replicó Sancho-. Llevalde luego donde verá por sus ojos eldesengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesalliberalidad; que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir unpaso de la cárcel.

-Todo eso es cosa de risa -respondió el mozo-. El caso es que no me harándormir en la cárcel cuantos hoy viven.

-Dime, demonio -dijo Sancho-, ¿tienes algún ángel que te saque y que tequite los grillos que te pienso mandar echar?

-Ahora, señor gobernador -respondió el mozo con muy buen donaire-, estemosa razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevara la cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en uncalabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que éllo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, yestarme despierto toda la noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra mercedbastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?

-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con suintención.

-De modo -dijo Sancho- que no dejaréis de dormir por otra cosa que porvuestra voluntad, y no por contravenir a la mía.

-No, señor -dijo el mozo-, ni por pienso.

-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; idos a dormir a vuestra casa, y Dios osdé buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquíadelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que osdé con la burla en los cascos.

Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a pocovinieron dos corchetes que traían a un hombre asido, y dijeron:

-Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea,que viene vestida en hábito de hombre.

Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron unrostro de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos más años, recogidoslos cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como milperlas. Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias deseda encarnada, con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar;los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla delo mesmo, suelta, debajo de la cual traía un jubón de tela finísima de oroy blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traía espada ceñida,sino una riquísima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos.Finalmente, la moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció de cuantosla vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar quiénfuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a Sanchofueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no veníaordenado por ellos; y así, estaban dudosos, esperando en qué pararía elcaso.

Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntóle quién era,adónde iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito.Ella, puestos los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:

-No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuerasecreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni personafacinorosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos hahecho romper el decoro que a la honestidad se debe.

Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:

-Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menosempacho pueda decir lo que quisiere.

Mandólo así el gobernador; apartáronse todos, si no fueron el mayordomo,maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguiódiciendo:

-«Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanasdeste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.»

-Eso no lleva camino -dijo el mayordomo-, señora, porque yo conozco muybien a Pedro Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; ymás, que decís que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchasveces en casa de vuestro padre.

-Ya yo había dado en ello -dijo Sancho.

-Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo -respondió ladoncella-; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, quetodos vuesas mercedes deben de conocer.

-Aún eso lleva camino -respondió el mayordomo-, que yo conozco a Diego dela Llana, y sé que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo yuna hija, y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este lugarque pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tanencerrada que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama diceque es en estremo hermosa.

-Así es la verdad -respondió la doncella-, y esa hija soy yo; si la famamiente o no en mi hermosura ya os habréis, señores, desengañado, pues mehabéis visto.

Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, sellegó al oído del maestresala y le dijo muy paso:

-Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algode importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal,anda fuera de su casa.

-No hay dudar en eso -respondió el maestresala-; y más, que esa sospecha laconfirman sus lágrimas.

Sancho la consoló con las mejores razones que él supo, y le pidió que sintemor alguno les dijese lo que le había sucedido; que todos procuraríanremediarlo con muchas veras y por todas las vías posibles.

-«Es el caso, señores -respondió ella-, que mi padre me ha tenido encerradadiez años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casadicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que elsol del cielo de día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué soncalles, plazas, ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de unhermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que, por entrar de ordinarioen mi casa, se me antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío.Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia,ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver elmundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo noiba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a símesmas. Cuando oía decir que corrían toros y jugaban cañas, y serepresentaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un año menor queyo, que me dijese qué cosas eran aquéllas y otras muchas que yo no hevisto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo eraencenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de miperdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera nital rogara...»

Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:

-Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido,que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.

-Pocas me quedan por decir -respondió la doncella-, aunque muchas lágrimassí que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigootros descuentos que los semejantes.

Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, yllegó otra vez su lanterna para verla de nuevo; y parecióle que no eranlágrimas las que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun lassubía de punto y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que sudesgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto yde sus suspiros. Desesperábase el gobernador de la tardanza que tenía lamoza en dilatar su historia, y díjole que acabase de tenerlos mássuspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entreinterrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:

-«No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mihermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos y queme sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese;él, importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y, poniéndome estevestido y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él notiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche,debe de haber una hora, poco más o menos, nos salimos de casa; y, guiadosde nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, ycuando queríamos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mihermano me dijo: ''Hermana, ésta debe de ser la ronda: aligera los pies ypon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque no nos conozcan, quenos será mal contado''. Y, diciendo esto, volvió las espaldas y comenzó, nodigo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, caí, con elsobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia que me trujo antevuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo avergonzada antetanta gente.»

-¿En efecto, señora -dijo Sancho-, no os ha sucedido otro desmán alguno, nicelos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron devuestra casa?

-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de vermundo, que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar.

Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar loscorchetes con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyóde su hermana. No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damascoazul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosaadornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, según eranrubios y enrizados. Apartáronse con el gobernador, mayordomo y maestresala,y, sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cómo venía en aquel traje, yél, con no menos vergüenza y empacho, contó lo mesmo que su hermana habíacontado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala. Pero elgobernador les dijo:

-Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contaresta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantaslágrimas y suspiros; que con decir: ''Somos fulano y fulana, que nossalimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención, sólo porcuriosidad, sin otro designio alguno'', se acabara el cuento, y nogemidicos, y lloramicos, y darle.

-Así es la verdad -respondió la doncella-, pero sepan vuesas mercedes quela turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar eltérmino que debía.

-No se ha perdido nada -respondió Sancho-. Vamos, y dejaremos a vuesasmercedes en casa de su padre; quizá no los habrá echado menos. Y, de aquíadelante, no se muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que ladoncella honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina,por andar se pierden aína; y la que es deseosa de ver, también tiene deseode ser vista. No digo más.

El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles devolverlos a su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muylejos de allí. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja,al momento bajó una criada, que los estaba esperando, y les abrió lapuerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados, así de su gentilezay hermosura como del deseo que tenían de ver mundo, de noche y sin salirdel lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.

Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro díapedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría,por ser él criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntosde casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática asu tiempo, dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún maridose le podía negar.

Con esto, se acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días elgobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como severá adelante.

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