Capítulo LII: Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Cuenta Cide Hamete que estando ya don Quijote sano de sus aruños, lepareció que la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden decaballería que profesaba, y así, determinó de pedir licencia a los duquespara partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensabaganar el arnés que en las tales fiestas se conquista.

Y, estando un día a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra suintención y pedir la licencia, veis aquí a deshora entrar por la puerta dela gran sala dos mujeres, como después pareció, cubiertas de luto de lospies a la cabeza, y la una dellas, llegándose a don Quijote, se le echó alos pies tendida de largo a largo, la boca cosida con los pies de donQuijote, y daba unos gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos,que puso en confusión a todos los que la oían y miraban; y, aunque losduques pensaron que sería alguna burla que sus criados querían hacer a donQuijote, todavía, viendo con el ahínco que la mujer suspiraba, gemía ylloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que don Quijote, compasivo, lalevantó del suelo y hizo que se descubriese y quitase el manto de sobre lafaz llorosa.

Ella lo hizo así, y mostró ser lo que jamás se pudiera pensar, porquedescubrió el rostro de doña Rodríguez, la dueña de casa, y la otra enlutadaera su hija, la burlada del hijo del labrador rico. Admiráronse todosaquellos que la conocían, y más los duques que ninguno; que, puesto que latenían por boba y de buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras.Finalmente, doña Rodríguez, volviéndose a los señores, les dijo:

-Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un pococon este caballero, porque así conviene para salir con bien del negocio enque me ha puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.

El duque dijo que él se la daba, y que departiese con el señor don Quijotecuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a donQuijote, dijo:

-Días ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinrazón yalevosía que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, quees esta desdichada que aquí está presente, y vos me habedes prometido devolver por ella, enderezándole el tuerto que le tienen fecho, y agora hallegado a mi noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de lasbuenas venturas que Dios os depare; y así, querría que, antes que osescurriésedes por esos caminos, desafiásedes a este rústico indómito, y lehiciésedes que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que ledio de ser su esposo, antes y primero que yogase con ella; porque pensarque el duque mi señor me ha de hacer justicia es pedir peras al olmo, porla ocasión que ya a vuesa merced en puridad tengo declarada. Y con esto,Nuestro Señor dé a vuesa merced mucha salud, y a nosotras no nos desampare.

A cuyas razones respondió don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya:

-Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o, por mejor decir, enjugadlas yahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestrahija, a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en creerpromesas de enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras deprometer y muy pesadas de cumplir; y así, con licencia del duque mi señor,yo me partiré luego en busca dese desalmado mancebo, y le hallaré, y ledesafiaré, y le mataré cada y cuando que se escusare de cumplir laprometida palabra; que el principal asumpto de mi profesión es perdonar alos humildes y castigar a los soberbios; quiero decir: acorrer a losmiserables y destruir a los rigurosos.

-No es menester -respondió el duque- que vuesa merced se ponga en trabajode buscar al rústico de quien esta buena dueña se queja, ni es menestertampoco que vuesa merced me pida a mí licencia para desafiarle; que yo ledoy por desafiado, y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafío, y quele acete, y venga a responder por sí a este mi castillo, donde a entrambosdaré campo seguro, guardando todas las condiciones que en tales actossuelen y deben guardarse, guardando igualmente su justicia a cada uno, comoestán obligados a guardarla todos aquellos príncipes que dan campo franco alos que se combaten en los términos de sus señoríos.

-Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza -replicó donQuijote-, desde aquí digo que por esta vez renuncio a mi hidalguía, y meallano y ajusto con la llaneza del dañador, y me hago igual con él,habilitándole para poder combatir conmigo; y así, aunque ausente, ledesafío y repto, en razón de que hizo mal en defraudar a esta pobre, quefue doncella y ya por su culpa no lo es, y que le ha de cumplir la palabraque le dio de ser su legítimo esposo, o morir en la demanda.

Y luego, descalzándose un guante, le arrojó en mitad de la sala, y el duquele alzó, diciendo que, como ya había dicho, él acetaba el tal desafío ennombre de su vasallo, y señalaba el plazo de allí a seis días; y el campo,en la plaza de aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de loscaballeros: lanza y escudo, y arnés tranzado, con todas las demás piezas,sin engaño, superchería o superstición alguna, examinadas y vistas por losjueces del campo.

-Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena dueña y esta maladoncella pongan el derecho de su justicia en manos del señor don Quijote;que de otra manera no se hará nada, ni llegará a debida ejecución el taldesafío.

-Yo sí pongo -respondió la dueña.

-Y yo también -añadió la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de maltalante.

Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que habíade hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la duquesa que deallí adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a señorasaventureras que venían a pedir justicia a su casa; y así, les dieron cuartoaparte y las sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las demáscriadas, que no sabían en qué había de parar la sandez y desenvoltura dedoña Rodríguez y de su malandante hija.

Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a lacomida, veis aquí donde entró por la sala el paje que llevó las cartas ypresentes a Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza, de cuyallegada recibieron gran contento los duques, deseosos de saber lo que lehabía sucedido en su viaje; y, preguntándoselo, respondió el paje que no lopodía decir tan en público ni con breves palabras: que sus excelenciasfuesen servidos de dejarlo para a solas, y que entretanto se entretuviesencon aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las puso en manos de laduquesa. La una decía en el sobreescrito: Carta para mi señora la duquesatal, de no sé dónde, y la otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador de laínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí. No se le cocía elpan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abriéndola yleído para sí, y viendo que la podía leer en voz alta para que el duque ylos circunstantes la oyesen, leyó desta manera:

Carta de Teresa Panza a la Duquesa

Mucho contento me dio, señora mía, la carta que vuesa grandeza me escribió,que en verdad que la tenía bien deseada. La sarta de corales es muy buena,y el vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra señoríahaya hecho gobernador a Sancho, mi consorte, ha recebido mucho gusto todoeste lugar, puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y maseNicolás el barbero, y Sansón Carrasco el bachiller; pero a mí no se me danada; que, como ello sea así, como lo es, diga cada uno lo que quisiere;aunque, si va a decir verdad, a no venir los corales y el vestido, tampocoyo lo creyera, porque en este pueblo todos tienen a mi marido por un porro,y que, sacado de gobernar un hato de cabras, no pueden imaginar para quégobierno pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine como vee que lo hanmenester sus hijos.

Yo, señora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, demeter este buen día en mi casa, yéndome a la corte a tenderme en un coche,para quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo; y así, suplico a vuesaexcelencia mande a mi marido me envíe algún dinerillo, y que sea algo qué,porque en la corte son los gastos grandes: que el pan vale a real, y lacarne, la libra, a treinta maravedís, que es un juicio; y si quisiere queno vaya, que me lo avise con tiempo, porque me están bullendo los pies porponerme en camino; que me dicen mis amigas y mis vecinas que, si yo y mihija andamos orondas y pomposas en la corte, vendrá a ser conocido mimarido por mí más que yo por él, siendo forzoso que pregunten muchos:''-¿Quién son estas señoras deste coche?'' Y un criado mío responder: ''-Lamujer y la hija de Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria''; ydesta manera será conocido Sancho, y yo seré estimada, y a Roma por todo.

Pésame, cuanto pesarme puede, que este año no se han cogido bellotas eneste pueblo; con todo eso, envío a vuesa alteza hasta medio celemín, queuna a una las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hallé másmayores; yo quisiera que fueran como huevos de avestruz.

No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendré cuidadode la respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisardeste lugar, donde quedo rogando a Nuestro Señor guarde a vuestra grandeza,y a mí no olvide. Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced lasmanos.

La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría que de escribirla, sucriada,

Teresa Panza.

Grande fue el gusto que todos recibieron de oír la carta de Teresa Panza,principalmente los duques, y la duquesa pidió parecer a don Quijote sisería bien abrir la carta que venía para el gobernador, que imaginaba debíade ser bonísima. Don Quijote dijo que él la abriría por darles gusto, y asílo hizo, y vio que decía desta manera:

Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido

Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y yo te prometo y juro comocatólica cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca decontento. Mira, hermano: cuando yo llegué a oír que eres gobernador, mepensé allí caer muerta de puro gozo, que ya sabes tú que dicen que así matala alegría súbita como el dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueronlas aguas sin sentirlo, de puro contento. El vestido que me enviaste teníadelante, y los corales que me envió mi señora la duquesa al cuello, y lascartas en las manos, y el portador dellas allí presente, y, con todo eso,creía y pensaba que era todo sueño lo que veía y lo que tocaba; porque,¿quién podía pensar que un pastor de cabras había de venir a ser gobernadorde ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que decía mi madre que era menester vivirmucho para ver mucho: dígolo porque pienso ver más si vivo más; porque nopienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios que,aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen ymanejan dineros. Mi señora la duquesa te dirá el deseo que tengo de ir a lacorte; mírate en ello, y avísame de tu gusto, que yo procuraré honrarte enella andando en coche.

El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacristán no pueden creer queeres gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento,como son todas las de don Quijote tu amo; y dice Sansón que ha de ir abuscarte y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don Quijote la locura delos cascos; yo no hago sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza delvestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra hija.

Unas bellotas envié a mi señora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro.Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula.

Las nuevas deste lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor demala mano, que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese; mandóle elConcejo pintar las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento,pidió dos ducados, diéronselos adelantados, trabajó ocho días, al cabo delos cuales no pintó nada, y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas;volvió el dinero, y, con todo eso, se casó a título de buen oficial; verdades que ya ha dejado el pincel y tomado el azada, y va al campo comogentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados y corona,con intención de hacerse clérigo; súpolo Minguilla, la nieta de MingoSilvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de casamiento;malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dél, pero él lo niega apies juntillas.

Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo estepueblo. Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tresmozas deste pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y nofaltará quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.

Sanchica hace puntas de randas; gana cada día ocho maravedís horros, quelos va echando en una alcancía para ayuda a su ajuar; pero ahora que eshija de un gobernador, tú le darás la dote sin que ella lo trabaje. Lafuente de la plaza se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las dentodas.

Espero respuesta désta y la resolución de mi ida a la corte; y, con esto,Dios te me guarde más años que a mí o tantos, porque no querría dejarte sinmí en este mundo.

Tu mujer,

Teresa Panza.

Las cartas fueron solenizadas, reídas, estimadas y admiradas; y, paraacabar de echar el sello, llegó el correo, el que traía la que Sanchoenviaba a don Quijote, que asimesmo se leyó públicamente, la cual puso enduda la sandez del gobernador.

Retiróse la duquesa, para saber del paje lo que le había sucedido en ellugar de Sancho, el cual se lo contó muy por estenso, sin dejarcircunstancia que no refiriese; diole las bellotas, y más un queso queTeresa le dio, por ser muy bueno, que se aventajaba a los de TronchónRecibiólo la duquesa con grandísimo gusto, con el cual la dejaremos, porcontar el fin que tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y espejo detodos los insulanos gobernadores.

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