Capítulo LIV: Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo LIV
Resolviéronse el duque y la duquesa de que el desafío que don Quijote hizoa su vasallo, por la causa ya referida, pasase adelante; y, puesto que elmozo estaba en Flandes, adonde se había ido huyendo, por no tener porsuegra a doña Rodríguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón,que se llamaba Tosilos, industriándole primero muy bien de todo lo quehabía de hacer.
De allí a dos días dijo el duque a don Quijote como desde allí a cuatrovendría su contrario, y se presentaría en el campo, armado como caballero,y sustentaría como la doncella mentía por mitad de la barba, y aun por todala barba entera, si se afirmaba que él le hubiese dado palabra decasamiento. Don Quijote recibió mucho gusto con las tales nuevas, y seprometió a sí mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran venturahabérsele ofrecido ocasión donde aquellos señores pudiesen ver hasta dóndese estendía el valor de su poderoso brazo; y así, con alborozo y contento,esperaba los cuatro días, que se le iban haciendo, a la cuenta de su deseo,cuatrocientos siglos.
Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos aacompañar a Sancho, que entre alegre y triste venía caminando sobre elrucio a buscar a su amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernadorde todas las ínsulas del mundo.
Sucedió, pues, que, no habiéndose alongado mucho de la ínsula del sugobierno -que él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa olugar la que gobernaba-, vio que por el camino por donde él iba venían seisperegrinos con sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosnacantando, los cuales, en llegando a él, se pusieron en ala, y, levantandolas voces todos juntos, comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho nopudo entender, si no fue una palabra que claramente pronunciaba limosna,por donde entendió que era limosna la que en su canto pedían; y como él,según dice Cide Hamete, era caritativo además, sacó de sus alforjas mediopan y medio queso, de que venía proveído, y dióselo, diciéndoles por señasque no tenía otra cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy buena gana, ydijeron:
-¡Guelte! ¡Guelte!
-No entiendo -respondió Sancho- qué es lo que me pedís, buena gente.
Entonces uno de ellos sacó una bolsa del seno y mostrósela a Sancho, pordonde entendió que le pedían dineros; y él, poniéndose el dedo pulgar en lagarganta y estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no teníaostugo de moneda, y, picando al rucio, rompió por ellos; y, al pasar,habiéndole estado mirando uno dellos con mucha atención, arremetió a él,echándole los brazos por la cintura; en voz alta y muy castellana, dijo:
-¡Válame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos almi caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí tengo, sin duda, porqueyo ni duermo, ni estoy ahora borracho.
Admiróse Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar delestranjero peregrino, y, después de haberle estado mirando sin hablarpalabra, con mucha atención, nunca pudo conocerle; pero, viendo sususpensión el peregrino, le dijo:
-¿Cómo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecinoRicote el morisco, tendero de tu lugar?
Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó a rafigurarle, y ,finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, leechó los brazos al cuello, y le dijo:
-¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho quetraes? Dime: ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes atrevimiento devolver a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura?
-Si tú no me descubres, Sancho -respondió el peregrino-, seguro estoy queen este traje no habrá nadie que me conozca; y apartémonos del camino aaquella alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar miscompañeros, y allí comerás con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendrélugar de contarte lo que me ha sucedido después que me partí de nuestrolugar, por obedecer el bando de Su Majestad, que con tanto rigor a losdesdichados de mi nación amenazaba, según oíste.
Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los demás peregrinos, se apartarona la alameda que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron losbordones, quitáronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todosellos eran mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombreentrado en años. Todos traían alforjas, y todas, según pareció, venían bienproveídas, a lo menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dosleguas.
Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobreellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón,que si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. Pusieronasimismo un manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho dehuevos de pescados, gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas,aunque secas y sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo quemás campeó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, quecada uno sacó la suya de su alforja; hasta el buen Ricote, que se habíatransformado de morisco en alemán o en tudesco, sacó la suya, que engrandeza podía competir con las cinco.
Comenzaron a comer con grandísimo gusto y muy de espacio, saboreándose concada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito decada cosa, y luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y lasbotas en el aire; puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en elcielo, no parecía sino que ponían en él la puntería; y desta manera,meneando las cabezas a un lado y a otro, señales que acreditaban el gustoque recebían, se estuvieron un buen espacio, trasegando en sus estómagoslas entrañas de las vasijas.
Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dolía; antes, por cumplir conel refrán, que él muy bien sabía, de "cuando a Roma fueres, haz comovieres", pidió a Ricote la bota, y tomó su puntería como los demás, y nocon menos gusto que ellos.
Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta nofue posible, porque ya estaban más enjutas y secas que un esparto, cosa quepuso mustia la alegría que hasta allí habían mostrado. De cuando en cuando,juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho, y decía:
-Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño.
Y Sancho respondía: Bon compaño, jura Di!
Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces denada de lo que le había sucedido en su gobierno; porque sobre el rato ytiempo cuando se come y bebe, poca jurisdición suelen tener los cuidados.Finalmente, el acabársele el vino fue principio de un sueño que dio atodos, quedándose dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricotey Sancho quedaron alerta, porque habían comido más y bebido menos; y,apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a losperegrinos sepultados en dulce sueño; y Ricote, sin tropezar nada en sulengua morisca, en la pura castellana le dijo las siguientes razones:
-«Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el pregón y bandoque Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror yespanto en todos nosotros; a lo menos, en mí le puso de suerte que meparece que antes del tiempo que se nos concedía para que hiciésemosausencia de España, ya tenía el rigor de la pena ejecutado en mi persona yen la de mis hijos. Ordené, pues, a mi parecer como prudente, bien así comoel que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y seprovee de otra donde mudarse; ordené, digo, de salir yo solo, sin mifamilia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con comodidad y sin lapriesa con que los demás salieron; porque bien vi, y vieron todos nuestrosancianos, que aquellos pregones no eran sólo amenazas, como algunos decían,sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su determinadotiempo; y forzábame a creer esta verdad saber yo los ruines y disparatadosintentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fueinspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tangallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos habíacristianos firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se podían oponera los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendolos enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigadoscon la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero alnuestro, la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamoslloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patrianatural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventuradesea, y en Berbería, y en todas las partes de África, donde esperábamosser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden ymaltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es eldeseo tan grande, que casi todos tenemos de volver a España, que los más deaquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, ydejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que latienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce elamor de la patria. Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y,aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia yllegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad,porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive comoquiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta; juntéme con estosperegrinos, que tienen por costumbre de venir a España muchos dellos, cadaaño, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y porcertísima granjería y conocida ganancia. Ándanla casi toda, y no hay puebloninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con unreal, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cienescudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, oentre los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden,los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas delos puestos y puertos donde se registran. Ahora es mi intención, Sancho,sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podréhacer sin peligro y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer,que sé que está en Argel, y dar traza como traerlas a algún puerto deFrancia, y desde allí llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Diosquisiere hacer de nosotros; que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que laRicota mi hija y Francisca Ricota, mi mujer, son católicas cristianas, y,aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro, yruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocercómo le tengo de servir. Y lo que me tiene admirado es no saber por qué sefue mi mujer y mi hija antes a Berbería que a Francia, adonde podía vivircomo cristiana.»
A lo que respondió Sancho:
-Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó JuanTiopieyo, el hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lomás bien parado, y séte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscarlo que dejaste encerrado; porque tuvimos nuevas que habían quitado a tucuñado y tu mujer muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban porregistrar.
-Bien puede ser eso -replicó Ricote-, pero yo sé, Sancho, que no tocaron ami encierro, porque yo no les descubrí dónde estaba, temeroso de algúndesmán; y así, si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo ya encubrirlo, yo te daré docientos escudos, con que podrás remediar tusnecesidades, que ya sabes que sé yo que las tienes muchas.
-Yo lo hiciera -respondió Sancho-, pero no soy nada codicioso; que, aserlo, un oficio dejé yo esta mañana de las manos, donde pudiera hacer lasparedes de mi casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata;y, así por esto como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor asus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes docientos escudos, medieras aquí de contado cuatrocientos.
-Y ¿qué oficio es el que has dejado, Sancho? -preguntó Ricote.
-He dejado de ser gobernador de una ínsula -respondió Sancho-, y tal, que abuena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.
-¿Y dónde está esa ínsula? -preguntó Ricote.
-¿Adónde? -respondió Sancho-. Dos leguas de aquí, y se llama la ínsulaBarataria.
-Calla, Sancho -dijo Ricote-, que las ínsulas están allá dentro de la mar;que no hay ínsulas en la tierra firme.
-¿Cómo no? -replicó Sancho-. Dígote, Ricote amigo, que esta mañana me partídella, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario;pero, con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de losgobernadores.
-Y ¿qué has ganado en el gobierno? -preguntó Ricote.
-He ganado -respondió Sancho- el haber conocido que no soy bueno paragobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan enlos tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aun elsustento; porque en las ínsulas deben de comer poco los gobernadores,especialmente si tienen médicos que miren por su salud.
-Yo no te entiendo, Sancho -dijo Ricote-, pero paréceme que todo lo quedices es disparate; que, ¿quién te había de dar a ti ínsulas quegobernases? ¿Faltaban hombres en el mundo más hábiles para gobernadores quetú eres? Calla, Sancho, y vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo,como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dejé escondido; que enverdad que es tanto, que se puede llamar tesoro, y te daré con que vivas,como te he dicho.
-Ya te he dicho, Ricote -replicó Sancho-, que no quiero; conténtate que pormí no serás descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y déjameseguir el mío; que yo sé que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y sudueño.
-No quiero porfiar, Sancho -dijo Ricote-, pero dime: ¿hallástete en nuestrolugar, cuando se partió dél mi mujer, mi hija y mi cuñado?
-Sí hallé -respondió Sancho-, y séte decir que salió tu hija tan hermosaque salieron a verla cuantos había en el pueblo, y todos decían que era lamás bella criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas yconocidas, y a cuantos llegaban a verla, y a todos pedía la encomendasen aDios y a Nuestra Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a míme hizo llorar, que no suelo ser muy llorón. Y a fee que muchos tuvierondeseo de esconderla y salir a quitársela en el camino; pero el miedo de ircontra el mandado del rey los detuvo. Principalmente se mostró másapasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo mayorazgo rico que tú conoces,que dicen que la quería mucho, y después que ella se partió, nunca más élha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos que iba tras ella pararobarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.
-Siempre tuve yo mala sospecha -dijo Ricote- de que ese caballero adamaba ami hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre elsaber que la quería bien; que ya habrás oído decir, Sancho, que lasmoriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos,y mi hija, que, a lo que yo creo, atendía a ser más cristiana queenamorada, no se curaría de las solicitudes de ese señor mayorazgo.
-Dios lo haga -replicó Sancho-, que a entrambos les estaría mal. Y déjamepartir de aquí, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde está miseñor don Quijote.
-Dios vaya contigo, Sancho hermano, que ya mis compañeros se rebullen, ytambién es hora que prosigamos nuestro camino.
Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subió en su rucio, y Ricote searrimó a su bordón, y se apartaron.
De allí a dos días dijo el duque a don Quijote como desde allí a cuatrovendría su contrario, y se presentaría en el campo, armado como caballero,y sustentaría como la doncella mentía por mitad de la barba, y aun por todala barba entera, si se afirmaba que él le hubiese dado palabra decasamiento. Don Quijote recibió mucho gusto con las tales nuevas, y seprometió a sí mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran venturahabérsele ofrecido ocasión donde aquellos señores pudiesen ver hasta dóndese estendía el valor de su poderoso brazo; y así, con alborozo y contento,esperaba los cuatro días, que se le iban haciendo, a la cuenta de su deseo,cuatrocientos siglos.
Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos aacompañar a Sancho, que entre alegre y triste venía caminando sobre elrucio a buscar a su amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernadorde todas las ínsulas del mundo.
Sucedió, pues, que, no habiéndose alongado mucho de la ínsula del sugobierno -que él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa olugar la que gobernaba-, vio que por el camino por donde él iba venían seisperegrinos con sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosnacantando, los cuales, en llegando a él, se pusieron en ala, y, levantandolas voces todos juntos, comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho nopudo entender, si no fue una palabra que claramente pronunciaba limosna,por donde entendió que era limosna la que en su canto pedían; y como él,según dice Cide Hamete, era caritativo además, sacó de sus alforjas mediopan y medio queso, de que venía proveído, y dióselo, diciéndoles por señasque no tenía otra cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy buena gana, ydijeron:
-¡Guelte! ¡Guelte!
-No entiendo -respondió Sancho- qué es lo que me pedís, buena gente.
Entonces uno de ellos sacó una bolsa del seno y mostrósela a Sancho, pordonde entendió que le pedían dineros; y él, poniéndose el dedo pulgar en lagarganta y estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no teníaostugo de moneda, y, picando al rucio, rompió por ellos; y, al pasar,habiéndole estado mirando uno dellos con mucha atención, arremetió a él,echándole los brazos por la cintura; en voz alta y muy castellana, dijo:
-¡Válame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos almi caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí tengo, sin duda, porqueyo ni duermo, ni estoy ahora borracho.
Admiróse Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar delestranjero peregrino, y, después de haberle estado mirando sin hablarpalabra, con mucha atención, nunca pudo conocerle; pero, viendo sususpensión el peregrino, le dijo:
-¿Cómo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecinoRicote el morisco, tendero de tu lugar?
Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó a rafigurarle, y ,finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, leechó los brazos al cuello, y le dijo:
-¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho quetraes? Dime: ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes atrevimiento devolver a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura?
-Si tú no me descubres, Sancho -respondió el peregrino-, seguro estoy queen este traje no habrá nadie que me conozca; y apartémonos del camino aaquella alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar miscompañeros, y allí comerás con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendrélugar de contarte lo que me ha sucedido después que me partí de nuestrolugar, por obedecer el bando de Su Majestad, que con tanto rigor a losdesdichados de mi nación amenazaba, según oíste.
Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los demás peregrinos, se apartarona la alameda que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron losbordones, quitáronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todosellos eran mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombreentrado en años. Todos traían alforjas, y todas, según pareció, venían bienproveídas, a lo menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dosleguas.
Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobreellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón,que si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. Pusieronasimismo un manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho dehuevos de pescados, gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas,aunque secas y sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo quemás campeó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, quecada uno sacó la suya de su alforja; hasta el buen Ricote, que se habíatransformado de morisco en alemán o en tudesco, sacó la suya, que engrandeza podía competir con las cinco.
Comenzaron a comer con grandísimo gusto y muy de espacio, saboreándose concada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito decada cosa, y luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y lasbotas en el aire; puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en elcielo, no parecía sino que ponían en él la puntería; y desta manera,meneando las cabezas a un lado y a otro, señales que acreditaban el gustoque recebían, se estuvieron un buen espacio, trasegando en sus estómagoslas entrañas de las vasijas.
Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dolía; antes, por cumplir conel refrán, que él muy bien sabía, de "cuando a Roma fueres, haz comovieres", pidió a Ricote la bota, y tomó su puntería como los demás, y nocon menos gusto que ellos.
Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta nofue posible, porque ya estaban más enjutas y secas que un esparto, cosa quepuso mustia la alegría que hasta allí habían mostrado. De cuando en cuando,juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho, y decía:
-Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño.
Y Sancho respondía: Bon compaño, jura Di!
Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces denada de lo que le había sucedido en su gobierno; porque sobre el rato ytiempo cuando se come y bebe, poca jurisdición suelen tener los cuidados.Finalmente, el acabársele el vino fue principio de un sueño que dio atodos, quedándose dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricotey Sancho quedaron alerta, porque habían comido más y bebido menos; y,apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a losperegrinos sepultados en dulce sueño; y Ricote, sin tropezar nada en sulengua morisca, en la pura castellana le dijo las siguientes razones:
-«Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el pregón y bandoque Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror yespanto en todos nosotros; a lo menos, en mí le puso de suerte que meparece que antes del tiempo que se nos concedía para que hiciésemosausencia de España, ya tenía el rigor de la pena ejecutado en mi persona yen la de mis hijos. Ordené, pues, a mi parecer como prudente, bien así comoel que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y seprovee de otra donde mudarse; ordené, digo, de salir yo solo, sin mifamilia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con comodidad y sin lapriesa con que los demás salieron; porque bien vi, y vieron todos nuestrosancianos, que aquellos pregones no eran sólo amenazas, como algunos decían,sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su determinadotiempo; y forzábame a creer esta verdad saber yo los ruines y disparatadosintentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fueinspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tangallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos habíacristianos firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se podían oponera los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendolos enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigadoscon la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero alnuestro, la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamoslloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patrianatural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventuradesea, y en Berbería, y en todas las partes de África, donde esperábamosser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden ymaltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es eldeseo tan grande, que casi todos tenemos de volver a España, que los más deaquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, ydejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que latienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce elamor de la patria. Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y,aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia yllegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad,porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive comoquiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta; juntéme con estosperegrinos, que tienen por costumbre de venir a España muchos dellos, cadaaño, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y porcertísima granjería y conocida ganancia. Ándanla casi toda, y no hay puebloninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con unreal, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cienescudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, oentre los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden,los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas delos puestos y puertos donde se registran. Ahora es mi intención, Sancho,sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podréhacer sin peligro y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer,que sé que está en Argel, y dar traza como traerlas a algún puerto deFrancia, y desde allí llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Diosquisiere hacer de nosotros; que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que laRicota mi hija y Francisca Ricota, mi mujer, son católicas cristianas, y,aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro, yruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocercómo le tengo de servir. Y lo que me tiene admirado es no saber por qué sefue mi mujer y mi hija antes a Berbería que a Francia, adonde podía vivircomo cristiana.»
A lo que respondió Sancho:
-Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó JuanTiopieyo, el hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lomás bien parado, y séte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscarlo que dejaste encerrado; porque tuvimos nuevas que habían quitado a tucuñado y tu mujer muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban porregistrar.
-Bien puede ser eso -replicó Ricote-, pero yo sé, Sancho, que no tocaron ami encierro, porque yo no les descubrí dónde estaba, temeroso de algúndesmán; y así, si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo ya encubrirlo, yo te daré docientos escudos, con que podrás remediar tusnecesidades, que ya sabes que sé yo que las tienes muchas.
-Yo lo hiciera -respondió Sancho-, pero no soy nada codicioso; que, aserlo, un oficio dejé yo esta mañana de las manos, donde pudiera hacer lasparedes de mi casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata;y, así por esto como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor asus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes docientos escudos, medieras aquí de contado cuatrocientos.
-Y ¿qué oficio es el que has dejado, Sancho? -preguntó Ricote.
-He dejado de ser gobernador de una ínsula -respondió Sancho-, y tal, que abuena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.
-¿Y dónde está esa ínsula? -preguntó Ricote.
-¿Adónde? -respondió Sancho-. Dos leguas de aquí, y se llama la ínsulaBarataria.
-Calla, Sancho -dijo Ricote-, que las ínsulas están allá dentro de la mar;que no hay ínsulas en la tierra firme.
-¿Cómo no? -replicó Sancho-. Dígote, Ricote amigo, que esta mañana me partídella, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario;pero, con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de losgobernadores.
-Y ¿qué has ganado en el gobierno? -preguntó Ricote.
-He ganado -respondió Sancho- el haber conocido que no soy bueno paragobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan enlos tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aun elsustento; porque en las ínsulas deben de comer poco los gobernadores,especialmente si tienen médicos que miren por su salud.
-Yo no te entiendo, Sancho -dijo Ricote-, pero paréceme que todo lo quedices es disparate; que, ¿quién te había de dar a ti ínsulas quegobernases? ¿Faltaban hombres en el mundo más hábiles para gobernadores quetú eres? Calla, Sancho, y vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo,como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dejé escondido; que enverdad que es tanto, que se puede llamar tesoro, y te daré con que vivas,como te he dicho.
-Ya te he dicho, Ricote -replicó Sancho-, que no quiero; conténtate que pormí no serás descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y déjameseguir el mío; que yo sé que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y sudueño.
-No quiero porfiar, Sancho -dijo Ricote-, pero dime: ¿hallástete en nuestrolugar, cuando se partió dél mi mujer, mi hija y mi cuñado?
-Sí hallé -respondió Sancho-, y séte decir que salió tu hija tan hermosaque salieron a verla cuantos había en el pueblo, y todos decían que era lamás bella criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas yconocidas, y a cuantos llegaban a verla, y a todos pedía la encomendasen aDios y a Nuestra Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a míme hizo llorar, que no suelo ser muy llorón. Y a fee que muchos tuvierondeseo de esconderla y salir a quitársela en el camino; pero el miedo de ircontra el mandado del rey los detuvo. Principalmente se mostró másapasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo mayorazgo rico que tú conoces,que dicen que la quería mucho, y después que ella se partió, nunca más élha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos que iba tras ella pararobarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.
-Siempre tuve yo mala sospecha -dijo Ricote- de que ese caballero adamaba ami hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre elsaber que la quería bien; que ya habrás oído decir, Sancho, que lasmoriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos,y mi hija, que, a lo que yo creo, atendía a ser más cristiana queenamorada, no se curaría de las solicitudes de ese señor mayorazgo.
-Dios lo haga -replicó Sancho-, que a entrambos les estaría mal. Y déjamepartir de aquí, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde está miseñor don Quijote.
-Dios vaya contigo, Sancho hermano, que ya mis compañeros se rebullen, ytambién es hora que prosigamos nuestro camino.
Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subió en su rucio, y Ricote searrimó a su bordón, y se apartaron.
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