Capítulo LV: De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más que ver
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo LV
El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel díallegase al castillo del duque, puesto que llegó media legua dél, donde letomó la noche, algo escura y cerrada; pero, como era verano, no le diomucha pesadumbre; y así, se apartó del camino con intención de esperar lamañana; y quiso su corta y desventurada suerte que, buscando lugar dondemejor acomodarse, cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima queentre unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo del caer, seencomendó a Dios de todo corazón, pensando que no había de parar hasta elprofundo de los abismos. Y no fue así, porque a poco más de tres estadosdio fondo el rucio, y él se halló encima dél, sin haber recebido lisión nidaño alguno.
Tentóse todo el cuerpo, y recogió el aliento, por ver si estaba sano oagujereado por alguna parte; y, viéndose bueno, entero y católico de salud,no se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro Señor de la merced que le habíahecho, porque sin duda pensó que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismocon las manos por las paredes de la sima, por ver si sería posible salirdella sin ayuda de nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero alguno,de lo que Sancho se congojó mucho, especialmente cuando oyó que el rucio sequejaba tierna y dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio,que, a la verdad, no estaba muy bien parado.
-¡Ay -dijo entonces Sancho Panza-, y cuán no pensados sucesos suelensuceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijeraque el que ayer se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sussirvientes y a sus vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima, sinhaber persona alguna que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a susocorro? Aquí habremos de perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nosmorimos antes, él de molido y quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, noseré yo tan venturoso como lo fue mi señor don Quijote de la Mancha cuandodecendió y bajó a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde halló quienle regalase mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesapuesta y a cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y apacibles, y yo veréaquí, a lo que creo, sapos y culebras. ¡Desdichado de mí, y en qué hanparado mis locuras y fantasías! De aquí sacarán mis huesos, cuando el cielosea servido que me descubran, mondos, blancos y raídos, y los de mi buenrucio con ellos, por donde quizá se echará de ver quién somos, a lo menosde los que tuvieren noticia que nunca Sancho Panza se apartó de su asno, nisu asno de Sancho Panza. Otra vez digo: ¡miserables de nosotros, que no haquerido nuestra corta suerte que muriésemos en nuestra patria y entre losnuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltaraquien dello se doliera, y en la hora última de nuestro pasamiento noscerrara los ojos! ¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tusbuenos servicios! Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo quesupieres, que nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos losdos; que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que noparezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados.
Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento le escuchaba sinresponderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobrese hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserablesquejas y lamentaciones, vino el día, con cuya claridad y resplandor vioSancho que era imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin serayudado, y comenzó a lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oía; perotodas sus voces eran dadas en desierto, pues por todos aquellos contornosno había persona que pudiese escucharle, y entonces se acabó de dar pormuerto.
Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomodó de modo que le pusoen pie, que apenas se podía tener; y, sacando de las alforjas, que tambiénhabían corrido la mesma fortuna de la caída, un pedazo de pan, lo dio a sujumento, que no le supo mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera:
-Todos los duelos con pan son buenos.
En esto, descubrió a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por éluna persona, si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho Panza, y,agazapándose, se entró por él y vio que por de dentro era espacioso ylargo, y púdolo ver, porque por lo que se podía llamar techo entraba unrayo de sol que lo descubría todo. Vio también que se dilataba y alargabapor otra concavidad espaciosa; viendo lo cual, volvió a salir adonde estabael jumento, y con una piedra comenzó a desmoronar la tierra del agujero, demodo que en poco espacio hizo lugar donde con facilidad pudiese entrar elasno, como lo hizo; y, cogiéndole del cabestro, comenzó a caminar poraquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. Aveces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo.
-¡Válame Dios todopoderoso! -decía entre sí-. Esta que para mí esdesventura, mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote. Él sí quetuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y porpalacios de Galiana, y esperara salir de esta escuridad y estrecheza aalgún florido prado; pero yo, sin ventura, falto de consejo y menoscabadode ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha deabrir otra sima más profunda que la otra, que acabe de tragarme. ¡Bienvengas mal, si vienes solo!
Desta manera y con estos pensamientos le pareció que habría caminado pocomás de media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa claridad, quepareció ser ya de día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio detener fin abierto aquel, para él, camino de la otra vida.
Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don Quijote,que, alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que había dehacer con el robador de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quienpensaba enderezar el tuerto y desaguisado que malamente le tenían fecho.
Sucedió, pues, que, saliéndose una mañana a imponerse y ensayarse en lo quehabía de hacer en el trance en que otro día pensaba verse, dando un repelóno arremetida a Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una cueva,que, a no tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella.En fin, le detuvo y no cayó, y, llegándose algo más cerca, sin apearse,miró aquella hondura; y, estándola mirando, oyó grandes voces dentro; y,escuchando atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decía:
-¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballerocaritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichadodesgobernado gobernador?
Parecióle a don Quijote que oía la voz de Sancho Panza, de que quedósuspenso y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:
-¿Quién está allá bajo? ¿Quién se queja?
-¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar -respondieron-, sino elasendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su malaandanza, de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero donQuijote de la Mancha?
Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la admiración y se le acrecentó elpasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto, yque estaba allí penando su alma, y llevado desta imaginación dijo:
-Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano,que me digas quién eres; y si eres alma en pena, dime qué quieres que hagapor ti; que, pues es mi profesión favorecer y acorrer a los necesitadosdeste mundo, también lo seré para acorrer y ayudar a los menesterosos delotro mundo, que no pueden ayudarse por sí propios.
-Desa manera -respondieron-, vuestra merced que me habla debe de ser miseñor don Quijote de la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro,sin duda.
-Don Quijote soy -replicó don Quijote-, el que profeso socorrer y ayudar ensus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quién eres, queme tienes atónito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te hasmuerto, como no te hayan llevado los diablos, y, por la misericordia deDios, estés en el purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre laIglesia Católica Romana bastantes a sacarte de las penas en que estás, yyo, que lo solicitaré con ella, por mi parte, con cuanto mi haciendaalcanzare; por eso, acaba de declararte y dime quién eres.
-¡Voto a tal! -respondieron-, y por el nacimiento de quien vuesa mercedquisiere, juro, señor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escuderoSancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida; sinoque, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester másespacio para decirlas, anoche caí en esta sima donde yago, el rucioconmigo, que no me dejará mentir, pues, por más señas, está aquí conmigo.
Y hay más: que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo,porque al momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda la cuevaretumbaba.
-¡Famoso testigo! -dijo don Quijote-. El rebuzno conozco como si lepariera, y tu voz oigo, Sancho mío. Espérame; iré al castillo del duque,que está aquí cerca, y traeré quien te saque desta sima, donde tus pecadoste deben de haber puesto.
-Vaya vuesa merced -dijo Sancho-, y vuelva presto, por un solo Dios, que yano lo puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo demiedo.
Dejóle don Quijote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso deSancho Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron quedebía de haber caído por la correspondencia de aquella gruta que de tiemposinmemoriales estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado elgobierno sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen,llevaron sogas y maromas; y, a costa de mucha gente y de mucho trabajo,sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol.Viole un estudiante, y dijo:
-Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malosgobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto dehambre, descolorido, y sin blanca, a lo que yo creo.
Oyólo Sancho, y dijo:
-Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsulaque me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; enellos me han perseguido médicos, y enemigos me han brumado los güesos; nihe tenido lugar de hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo estoasí, como lo es, no merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero elhombre pone y Dios dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le está bien acada uno; y cual el tiempo, tal el tiento; y nadie diga "desta agua nobeberé", que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios meentiende, y basta, y no digo más, aunque pudiera.
-No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que seránunca acabar: ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y esquerer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer ponerpuertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dél queha sido un ladrón, y si sale pobre, que ha sido un para poco y unmentecato.
-A buen seguro -respondió Sancho- que por esta vez antes me han de tenerpor tonto que por ladrón.
En estas pláticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, alcastillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesaesperando a don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duquesin que primero no hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porquedecía que había pasado muy mala noche en la posada; y luego subió a ver asus señores, ante los cuales, puesto de rodillas, dijo:
-Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimientomío, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, ydesnudo me hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigoshe tenido delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas,sentenciado pleitos, siempre muerto de hambre, por haberlo querido así eldoctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, médico insulano ygobernadoresco. Acometiéronnos enemigos de noche, y, habiéndonos puesto engrande aprieto, dicen los de la ínsula que salieron libres y con vitoriapor el valor de mi brazo, que tal salud les dé Dios como ellos dicenverdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las cargas que traeconsigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que nolas podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas demi aljaba; y así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he queridoyo dar con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé la ínsula como lahallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré enella. No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y, aunquepensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso queno se habían de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Salí,como digo, de la ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio; caí enuna sima, víneme por ella adelante, hasta que, esta mañana, con la luz delsol, vi la salida, pero no tan fácil que, a no depararme el cielo a miseñor don Quijote, allí me quedara hasta la fin del mundo. Así que, misseñores duque y duquesa, aquí está vuestro gobernador Sancho Panza, que hagranjeado en solos diez días que ha tenido el gobierno a conocer que no sele ha de dar nada por ser gobernador, no que de una ínsula, sino de todo elmundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies,imitando al juego de los muchachos, que dicen "Salta tú, y dámela tú", doyun salto del gobierno, y me paso al servicio de mi señor don Quijote; que,en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto, hártome, a lo menos, ypara mí, como yo esté harto, eso me hace que sea de zanahorias que deperdices.
Con esto dio fin a su larga plática Sancho, temiendo siempre don Quijoteque había de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabarcon tan pocos, dio en su corazón gracias al cielo, y el duque abrazó aSancho, y le dijo que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan prestoel gobierno; pero que él haría de suerte que se le diese en su estado otrooficio de menos carga y de más provecho. Abrazóle la duquesa asimismo, ymandó que le regalasen, porque daba señales de venir mal molido y peorparado.
Tentóse todo el cuerpo, y recogió el aliento, por ver si estaba sano oagujereado por alguna parte; y, viéndose bueno, entero y católico de salud,no se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro Señor de la merced que le habíahecho, porque sin duda pensó que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismocon las manos por las paredes de la sima, por ver si sería posible salirdella sin ayuda de nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero alguno,de lo que Sancho se congojó mucho, especialmente cuando oyó que el rucio sequejaba tierna y dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio,que, a la verdad, no estaba muy bien parado.
-¡Ay -dijo entonces Sancho Panza-, y cuán no pensados sucesos suelensuceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijeraque el que ayer se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sussirvientes y a sus vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima, sinhaber persona alguna que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a susocorro? Aquí habremos de perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nosmorimos antes, él de molido y quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, noseré yo tan venturoso como lo fue mi señor don Quijote de la Mancha cuandodecendió y bajó a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde halló quienle regalase mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesapuesta y a cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y apacibles, y yo veréaquí, a lo que creo, sapos y culebras. ¡Desdichado de mí, y en qué hanparado mis locuras y fantasías! De aquí sacarán mis huesos, cuando el cielosea servido que me descubran, mondos, blancos y raídos, y los de mi buenrucio con ellos, por donde quizá se echará de ver quién somos, a lo menosde los que tuvieren noticia que nunca Sancho Panza se apartó de su asno, nisu asno de Sancho Panza. Otra vez digo: ¡miserables de nosotros, que no haquerido nuestra corta suerte que muriésemos en nuestra patria y entre losnuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltaraquien dello se doliera, y en la hora última de nuestro pasamiento noscerrara los ojos! ¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tusbuenos servicios! Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo quesupieres, que nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos losdos; que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que noparezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados.
Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento le escuchaba sinresponderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobrese hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserablesquejas y lamentaciones, vino el día, con cuya claridad y resplandor vioSancho que era imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin serayudado, y comenzó a lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oía; perotodas sus voces eran dadas en desierto, pues por todos aquellos contornosno había persona que pudiese escucharle, y entonces se acabó de dar pormuerto.
Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomodó de modo que le pusoen pie, que apenas se podía tener; y, sacando de las alforjas, que tambiénhabían corrido la mesma fortuna de la caída, un pedazo de pan, lo dio a sujumento, que no le supo mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera:
-Todos los duelos con pan son buenos.
En esto, descubrió a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por éluna persona, si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho Panza, y,agazapándose, se entró por él y vio que por de dentro era espacioso ylargo, y púdolo ver, porque por lo que se podía llamar techo entraba unrayo de sol que lo descubría todo. Vio también que se dilataba y alargabapor otra concavidad espaciosa; viendo lo cual, volvió a salir adonde estabael jumento, y con una piedra comenzó a desmoronar la tierra del agujero, demodo que en poco espacio hizo lugar donde con facilidad pudiese entrar elasno, como lo hizo; y, cogiéndole del cabestro, comenzó a caminar poraquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. Aveces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo.
-¡Válame Dios todopoderoso! -decía entre sí-. Esta que para mí esdesventura, mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote. Él sí quetuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y porpalacios de Galiana, y esperara salir de esta escuridad y estrecheza aalgún florido prado; pero yo, sin ventura, falto de consejo y menoscabadode ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha deabrir otra sima más profunda que la otra, que acabe de tragarme. ¡Bienvengas mal, si vienes solo!
Desta manera y con estos pensamientos le pareció que habría caminado pocomás de media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa claridad, quepareció ser ya de día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio detener fin abierto aquel, para él, camino de la otra vida.
Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don Quijote,que, alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que había dehacer con el robador de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quienpensaba enderezar el tuerto y desaguisado que malamente le tenían fecho.
Sucedió, pues, que, saliéndose una mañana a imponerse y ensayarse en lo quehabía de hacer en el trance en que otro día pensaba verse, dando un repelóno arremetida a Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una cueva,que, a no tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella.En fin, le detuvo y no cayó, y, llegándose algo más cerca, sin apearse,miró aquella hondura; y, estándola mirando, oyó grandes voces dentro; y,escuchando atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decía:
-¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballerocaritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichadodesgobernado gobernador?
Parecióle a don Quijote que oía la voz de Sancho Panza, de que quedósuspenso y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:
-¿Quién está allá bajo? ¿Quién se queja?
-¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar -respondieron-, sino elasendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su malaandanza, de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero donQuijote de la Mancha?
Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la admiración y se le acrecentó elpasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto, yque estaba allí penando su alma, y llevado desta imaginación dijo:
-Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano,que me digas quién eres; y si eres alma en pena, dime qué quieres que hagapor ti; que, pues es mi profesión favorecer y acorrer a los necesitadosdeste mundo, también lo seré para acorrer y ayudar a los menesterosos delotro mundo, que no pueden ayudarse por sí propios.
-Desa manera -respondieron-, vuestra merced que me habla debe de ser miseñor don Quijote de la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro,sin duda.
-Don Quijote soy -replicó don Quijote-, el que profeso socorrer y ayudar ensus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quién eres, queme tienes atónito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te hasmuerto, como no te hayan llevado los diablos, y, por la misericordia deDios, estés en el purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre laIglesia Católica Romana bastantes a sacarte de las penas en que estás, yyo, que lo solicitaré con ella, por mi parte, con cuanto mi haciendaalcanzare; por eso, acaba de declararte y dime quién eres.
-¡Voto a tal! -respondieron-, y por el nacimiento de quien vuesa mercedquisiere, juro, señor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escuderoSancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida; sinoque, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester másespacio para decirlas, anoche caí en esta sima donde yago, el rucioconmigo, que no me dejará mentir, pues, por más señas, está aquí conmigo.
Y hay más: que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo,porque al momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda la cuevaretumbaba.
-¡Famoso testigo! -dijo don Quijote-. El rebuzno conozco como si lepariera, y tu voz oigo, Sancho mío. Espérame; iré al castillo del duque,que está aquí cerca, y traeré quien te saque desta sima, donde tus pecadoste deben de haber puesto.
-Vaya vuesa merced -dijo Sancho-, y vuelva presto, por un solo Dios, que yano lo puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo demiedo.
Dejóle don Quijote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso deSancho Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron quedebía de haber caído por la correspondencia de aquella gruta que de tiemposinmemoriales estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado elgobierno sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen,llevaron sogas y maromas; y, a costa de mucha gente y de mucho trabajo,sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol.Viole un estudiante, y dijo:
-Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malosgobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto dehambre, descolorido, y sin blanca, a lo que yo creo.
Oyólo Sancho, y dijo:
-Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsulaque me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; enellos me han perseguido médicos, y enemigos me han brumado los güesos; nihe tenido lugar de hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo estoasí, como lo es, no merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero elhombre pone y Dios dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le está bien acada uno; y cual el tiempo, tal el tiento; y nadie diga "desta agua nobeberé", que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios meentiende, y basta, y no digo más, aunque pudiera.
-No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que seránunca acabar: ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y esquerer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer ponerpuertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dél queha sido un ladrón, y si sale pobre, que ha sido un para poco y unmentecato.
-A buen seguro -respondió Sancho- que por esta vez antes me han de tenerpor tonto que por ladrón.
En estas pláticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, alcastillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesaesperando a don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duquesin que primero no hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porquedecía que había pasado muy mala noche en la posada; y luego subió a ver asus señores, ante los cuales, puesto de rodillas, dijo:
-Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimientomío, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, ydesnudo me hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigoshe tenido delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas,sentenciado pleitos, siempre muerto de hambre, por haberlo querido así eldoctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, médico insulano ygobernadoresco. Acometiéronnos enemigos de noche, y, habiéndonos puesto engrande aprieto, dicen los de la ínsula que salieron libres y con vitoriapor el valor de mi brazo, que tal salud les dé Dios como ellos dicenverdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las cargas que traeconsigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que nolas podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas demi aljaba; y así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he queridoyo dar con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé la ínsula como lahallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré enella. No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y, aunquepensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso queno se habían de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Salí,como digo, de la ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio; caí enuna sima, víneme por ella adelante, hasta que, esta mañana, con la luz delsol, vi la salida, pero no tan fácil que, a no depararme el cielo a miseñor don Quijote, allí me quedara hasta la fin del mundo. Así que, misseñores duque y duquesa, aquí está vuestro gobernador Sancho Panza, que hagranjeado en solos diez días que ha tenido el gobierno a conocer que no sele ha de dar nada por ser gobernador, no que de una ínsula, sino de todo elmundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies,imitando al juego de los muchachos, que dicen "Salta tú, y dámela tú", doyun salto del gobierno, y me paso al servicio de mi señor don Quijote; que,en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto, hártome, a lo menos, ypara mí, como yo esté harto, eso me hace que sea de zanahorias que deperdices.
Con esto dio fin a su larga plática Sancho, temiendo siempre don Quijoteque había de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabarcon tan pocos, dio en su corazón gracias al cielo, y el duque abrazó aSancho, y le dijo que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan prestoel gobierno; pero que él haría de suerte que se le diese en su estado otrooficio de menos carga y de más provecho. Abrazóle la duquesa asimismo, ymandó que le regalasen, porque daba señales de venir mal molido y peorparado.
Capítulo anterior: Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna
Capítulo siguiente: De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la dueña doña Rodríguez